Capítulo 5
Tomás ya estaba sentado cuando llegué, con el café pedido para los dos y un vaso de agua que no había tocado. Siempre llega quince minutos antes a los sitios donde va a decir algo que no le apetece.
—Has dormido mal —dijo.
—He dormido lo que suelo.
—Ya. Pues eso.
El comedor del hotel a las ocho y cuarto está lleno de gente que desayuna con el ordenador abierto y no se mira. Es el mejor sitio de Madrid para tener una conversación privada, porque nadie tiene tiempo de escuchar la de al lado.
—¿Quién es Arcadia? —dije.
—Un fondo. Con dinero de fuera y estructura de aquí.
—Removió el café sin azúcar, como hace cuando ordena las ideas—.
Tienen participaciones en dos aplicaciones de citas, en una empresa de historiales de consumo y en algo que llaman servicios de compatibilidad, que es un nombre que no significa nada y por eso me gusta poco.
—¿Quién viene?
—Ismael Bru. Es el que negocia. Lo he visto dos veces. —Levantó la vista—. Te va a caer bien, y eso es lo que tiene de malo.
—¿Ha estado en la casa?
—No. Han estado sus asesores, en la sala pequeña, ocho semanas, con la lista que les dio Celia. Bru viene cuando hay que firmar algo o cuando hay que mirar a alguien a la cara.
Corté un trozo de tostada que no me apetecía, porque las manos ocupadas ayudan.
—Vamos a hacer una cosa —dije—. Vamos a suponer que el problema es el precio.
—No lo es.
—Suponlo. Si yo consiguiera dinero, ¿qué compro?
Tomás dejó la cucharilla en el plato con cuidado, como se deja una herramienta que se va a volver a usar.
—Nada útil. Ellos no compran la sociedad: compran los activos.
El archivo, el método, la marca y lo tecnológico.
La sociedad cobra y sigue existiendo, vacía, con nosotros tres dentro.
Así que aunque compraras mi parte y la de Celia, que no puedes, comprarías una empresa a la que ya le han sacado lo único que vale.
—Podría comprarla antes de que se lo saquen.
—Podrías si tuvieras el dinero, y no lo tienes.
—Lo dijo sin crueldad y sin disculparse.
Es la única manera de decir esa frase—. Yo veo tus números cada año, en la misma hoja.
Cobras bien y gastas poco y no tienes nada que pignorar; y aunque lo tuvieras, no hay banco en este país que financie la compra de una empresa que está en mitad de una diligencia de este tipo.
Ni con avales. Ni con Celia sentada al lado diciendo que sí.
Bebí un poco de café. Estaba mejor de lo que se merecía la hora.
—Entonces saltaos los estatutos.
—¿Cómo?
—No lo digo yo. Lo vas a decir tú dentro de diez días, cuando estés cansado. Celia entrega el archivo, cobra, y luego que os demande la señora del veintiséis por ciento. Yo ganaría el pleito y vosotros ya tendríais el dinero.
Tomás se rio una vez, sin ganas.
—Eso lo ha pensado alguien, sí. No yo. —Se limpió la boca con la servilleta y la dejó doblada, que era su manera de decir que ahora venía lo importante—.
Y no funciona, y no funciona por ellos, no por nosotros.
Bru no compra un activo con un acuerdo impugnable detrás.
Su abogado le dice que un acuerdo contrario a los estatutos se impugna, y que mientras se impugna él tiene un archivo por el que ha pagado y que no puede integrar en nada, porque cualquier juez puede pararle la integración un lunes por la mañana.
Un fondo no paga por una cosa que puede quedarse quieta dos años.
Paga por título limpio y acuerdo válido.
—O sea que me necesitáis.
—Necesitamos tu voto. No es lo mismo.
Y ahí hice la otra pregunta, la que llevaba desde aquella madrugada dándome vueltas.
—¿Y si cojo yo el archivo?
Tomás no se sobresaltó. Eso fue lo peor.
—¿Cogerlo cómo?
—Como se coge. Tengo llave de dos puertas de siete. Copio lo que puedo, lo saco, y se lo pongo delante a quien haga falta.
—¿Y qué le pones delante?
—Expedientes.
—Expedientes sueltos, sacados por una socia que estaba en mitad de una discusión con los otros dos, sin cadena, sin inventario, sin nadie que certifique de dónde salen.
—Se echó atrás en la silla—. Piénsalo como te lo van a contar.
Una directiva a la que iban a apartar se llevó papeles.
Eso no prueba lo que hay en los papeles.
Prueba que te los llevaste, y prueba también que sabías perfectamente lo que había dentro. Esa parte a ti no te conviene.
Eso último no lo dijo con intención. Se le escapó del razonamiento, que es de donde se escapan las cosas verdaderas.
—Y encima quemas el sistema —siguió—. En cuanto se sabe que ha salido material así, Celia cierra puertas, cambia claves, mete a un despacho de los caros y todo lo demás se vuelve inalcanzable durante el resto de tu vida. Nadie vuelve a dejar una carpeta a la vista contigo en el edificio.
—Ya.
—Podríamos entregarles una copia mañana —dijo—. También podríamos prenderle fuego al edificio. Las dos cosas servirían igual de poco.
Nos quedamos callados un momento. En la mesa de al lado alguien intentaba conectar un portátil a una pantalla y no lo conseguía. Un camarero pasó dos veces con la misma bandeja.
—¿Qué te ha ofrecido? —dije.
—Nada distinto de lo que le corresponde a mi porcentaje.
—No me refiero a la venta.
Tomás me miró un segundo de más.
—No hay nada más, Mara. Esto no es una película. Hay una empresa que vale mucho dinero, un comprador que paga bien y tres socios que tienen que ponerse de acuerdo. —Cogió el vaso de agua por primera vez—. Lo que hay debajo lleva ahí nueve años y no lo ha puesto Arcadia.
—Enséñame el paquete.
—No lo llevo encima.
—Lo tienes desde el viernes.
—Lo tengo desde el viernes y no está cerrado. Cuando esté cerrado te lo doy entero, con todas las cláusulas, y te sientas con alguien que no sea yo a leerlo.
—Eso es lo primero honesto que me dices esta mañana.
—Todo lo que te he dicho esta mañana es honesto. —Se ajustó el reloj, que es lo que hace cuando le molesta algo—. Lo que pasa es que te resulta más fácil discutir con Celia. A ella le discutes las ideas. A mí me tienes que discutir las cuentas, y las cuentas las he hecho yo.
Dejé la taza en el plato y no la solté.
—Tomás.
—Dime.
—¿Has leído alguna vez un expediente entero?
Tardó lo justo.
—No.
—¿Ninguno?
—Ninguno. —No apartó la mirada—. He leído resúmenes de riesgo.
Es lo que me mandáis. He firmado nueve años y medio de cuentas.
Sé el nombre de dos operaciones, y las sé porque hubo un problema y me llamaron un domingo por la mañana.
—Cogió la servilleta doblada y la volvió a dejar en el mismo sitio—.
No me lo estás preguntando para saberlo.
Me lo estás preguntando para que lo diga en voz alta.
—Sí.
—Pues ya está dicho. Y no me voy a disculpar por ello a las ocho y media de la mañana. Yo puse el dinero. Vosotras pusisteis lo demás.
Levantó la mano hacia el camarero antes de que trajeran la cuenta, que hace desde que lo conozco y que nunca le he visto fallar. Cuando llegó el datáfono ya tenía la tarjeta fuera.
—Una cosa más —dijo, mientras firmaba en la pantalla con el dedo—. Cuando te den el cuaderno de venta, no discutas con la valoración. La valoración es correcta. Discute con la página en la que explican qué han comprobado.
—¿Y qué han comprobado?
—Que funciona con gente distinta. —Guardó la tarjeta—. Eso es lo caro. Lo demás son ficheros.