Capítulo 6
Recogí los cuadernos del suelo del pasillo a las cinco y media y los subí al estante en el orden en que estaban, el único que tienen.
El segundo lo dejé fuera, en la mesa del salón, boca abajo.
No lo pensé mientras lo hacía. Lo pensé cuando sonó el telefonillo y me di cuenta de que lo había dejado boca abajo.
Subió sin decir nada por el interfono. Cuando abrí, se quedó en el rellano hasta que me aparté.
—Bonito —dijo, mirando el pasillo.
—Está sin terminar desde hace cuatro años.
—Ya. Los sitios donde no se recibe a nadie se terminan los últimos.
Le señalé el salón. Eligió la silla que da a la puerta, sin dudarlo, y se sentó como se sienta la gente que va a estar poco: sin quitarse la chaqueta.
Yo había pasado la tarde ordenando lo que iba a decirle, y lo dije en el orden en que lo había ordenado, que fue el primer error de la tarde.
—Tienes un encargo. Conseguir mi firma. Y tienes un plazo, que es el mío.
—Me quedé de pie—. Yo quiero saber quién financia esto de verdad, qué han comprobado en ocho semanas y qué le han enseñado a Arcadia.
Y no puedo entrar en ninguna sala en la que se hable de eso, porque en el momento en que yo pregunto, se cierra.
—Y yo sí puedo.
—Tú no puedes entrar en ninguna sala tampoco. Pero tú informas cada tres días, y para informar te tienen que decir si vas bien. Y para decirte si vas bien, alguien te tiene que contar algo.
—Eso es cierto.
—Entonces seguimos.
—¿Seguimos qué?
—La operación. Tú sigues trabajando y yo me dejo trabajar. La casa cree que estás avanzando. Tú me cuentas lo que te devuelven. —Aquí hice una pausa que había ensayado y que no me sirvió de nada—. Y el día que haya que firmar, no firmo.
Adrián lo estuvo pensando ocho segundos.
—Vale.
—¿Ya está?
—¿Qué esperabas?
—Esperaba media hora de negociación. Esperaba que me pidieras algo. Dinero, garantías, que te sacara del país cuando esto termine.
—No necesito nada tuyo. —Se apoyó en el respaldo—. Y lo que me estás proponiendo es lo mismo que iba a hacer de todas formas, con la diferencia de que ahora lo sabes tú.
Fui a la cocina a por agua, más que nada por moverme. Desde allí se ve el salón entero y se ve la nuca de quien esté sentado en esa silla, y estuve cinco segundos mirándola antes de coger los vasos.
—Dime otra vez por qué has vuelto —dije, desde la cocina.
—Por el archivo.
—Eso no es una razón, es un objeto.
—Es el objeto que quiero.
—¿Para qué?
—Para que no exista.
Volví con dos vasos y le puse uno delante, y no lo tocó en toda la conversación, igual que la otra noche.
—¿Sabes lo que pasa con esa frase? —dije—. Que es exactamente la que diría alguien que ha vuelto a cobrar y necesita que yo me quede tranquila. Es limpia, es corta, y no se puede comprobar.
—Sí.
—¿Sí, qué?
—Sí, es exactamente eso. —Ni una defensa, ni un matiz—. Y aun así es verdad.
—Eso no vale.
—No, no vale. —Se le movió la boca un poco, sin llegar a nada—. Pero es lo único que hay. Si te dijera algo más largo, sonaría mejor y sería peor.
Me senté enfrente. Entre los dos había un metro y medio de mesa y un cuaderno boca abajo que él no miró ni una vez, cosa que anoté.
—Vamos a tener un problema práctico —dije.
—Tenemos varios.
—Uno concreto. Si esto se hace bien, va a haber cosas que hagas porque están en el expediente y cosas que hagas porque te dé la gana. Y desde donde yo estoy, se ven igual. —Puse las manos abiertas sobre la mesa—. Necesito poder preguntar.
—Ya tienes cómo.
—No, no lo tengo.
—Sí lo tienes. —Y entonces las dijo él, antes que yo, sin ninguna solemnidad, como quien recita las tallas de una máquina—. Guion, verdad y corta.
Me quedé quieta.
—Sección segunda del protocolo de protección del operativo —siguió—.
Guion, lo que está previsto en el expediente.
Verdad, lo que no está previsto y hay que declarar en el informe.
Corta, se para y no hay que explicar por qué, y no consta como incidencia.
—Ahí sí se movió: bajó un poco la barbilla—.
Las escribiste tú. Las llevo diciendo doce años.
—No las he usado nunca fuera de un informe.
—Yo tampoco. Es la primera vez que las digo delante de la persona que las escribió, si te sirve de consuelo.
No me servía, pero no lo dije.
—Las escribí para vosotros —dije—. Para que un operativo pudiera parar sin que le costara el trabajo y sin que un cliente se enterara. Es lo único de todo aquello que se hizo pensando en la persona que ejecuta.
—Lo sé. Se nota.
—¿Se nota?
—Es la única sección del manual que no tiene ninguna nota al margen sobre eficacia. —Levantó el vaso dos dedos y lo volvió a dejar sin beber—. Todas las demás dicen cuánto funcionan. Esa no dice nada. Alguien la escribió y no quiso medirla.
Tuve que esperar un momento antes de contestar, y él esperó conmigo.
—Entonces las usamos —dije.
—Las usamos.
—Y si yo pregunto «guion o verdad», contestas.
—Contesto.
—¿Aunque la respuesta sea guion?
—Sobre todo si la respuesta es guion. Lo otro no tiene ningún mérito.
Había una parte que no habíamos tocado y los dos lo sabíamos, y decidí tocarla yo porque prefiero decir las cosas feas antes de que las diga otro.
—Hay verificación.
—Lo sé.
—Todo lo que hagamos se verifica. Tú escribes un informe cada vez y alguien de la casa comprueba los indicadores. Tiempos, cumplimiento de secciones, desviaciones. Está en el protocolo y también lo escribí yo.
—Lo sé.
—Y me da igual —dije.
Fue la primera vez en toda la tarde que él tardó en responder. No mucho. Lo suficiente para que yo oyera lo que acababa de decir.
—Vale —dijo al final.
—¿Vale?
—Vale, te da igual. —Se levantó—. Yo no he dicho que a mí también.
Se quedó un momento de pie junto a la silla, con las manos en los bolsillos, mirando el pasillo sin terminar.
—Una cosa —dijo—. Si esto sale mal, no va a salir mal por Celia.
—¿Por quién entonces?
—Por nosotros dos, que sabemos hacerlo demasiado bien.
Fui con él hasta la puerta. Antes de abrir, le puse la mano en el marco, a la altura de su hombro, y no supe muy bien por qué lo hacía.
—Repítelas —dije.
—¿Las tres?
—Las tres.
Y las dijo. Y las dijo con la entonación exacta con la que están escritas en el manual, que es la mía: primero el término, luego una pausa breve, luego la definición en presente, sin adjetivos. Yo redacté ese formato para que se pudiera memorizar en una tarde y para que no sonara a nada.
—¿Y si dices verdad y es mentira? —dije.
Se puso la mano en el picaporte. Tuve que apartar la mía.
—Entonces habrá funcionado.