Lo que sabe de mí Capítulo 4
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Capítulo 4

A las ocho y cuarto ya tenía la clave en la pantalla y no me servía de nada.

El repositorio de informes de operativos consta por clave, no por nombre: tres letras y cuatro cifras, asignadas por coordinación de campo, sin correspondencia visible desde análisis.

Esa regla la redacté yo en el protocolo de compartimentación, en el epígrafe segundo, y la defendí en su día con un argumento que todavía me parece bueno: un analista que sabe a quién está leyendo deja de leer bien.

Empieza a disculpar. Empieza a poner quizá donde antes ponía el sujeto .

Así que tenía la clave del hombre que había dormido a cuatro plantas de mi copa y no tenía su nombre. Tenía las fechas. Tenía el número de operaciones. Tenía dos folios de metadatos y una casilla de estado que decía baja y una fecha de hace seis años.

Probé lo que se prueba. Pedí el cruce con recursos humanos y me devolvió un aviso de perfil insuficiente, que fue como leer mi propia letra en una pared.

Pedí las autorizaciones internas asociadas y me dejó ver los números de expediente y no los firmantes.

Entré en instrucciones de clientes y encontré tres despachos intermediarios y ninguna persona física.

Siete puertas, y yo tenía llave de dos, y las dos daban al mismo pasillo.

Entonces hice lo único que quedaba, que no era entrar en ningún sitio: era ordenar.

Pedí el listado completo de informes firmados con esa clave y lo puse por antigüedad, de más viejo a más nuevo.

El primero es de hace catorce años.

Me quedé un rato con eso, con la taza fría a un lado y el ruido de la impresora de análisis al otro.

Catorce años son dos años antes de que yo entrara, cuando aquello no era una sociedad sino Celia con dos mesas, un teléfono fijo y un hombre que hacía una cosa muy bien y no sabía por qué le salía.

Hace doce años me pasaron treinta informes suyos, sin nombres, para que hiciera un dictamen de riesgo.

Yo tenía veintidós años y una carrera recién terminada y me pareció el encargo más interesante que me habían hecho nunca.

Les hice el dictamen en once días. A la semana siguiente les hice otra cosa que no me habían pedido.

Bajé por el listado. Los informes de esa clave no se acaban. Están en el año dos, en el año cuatro, en el año siete. Están debajo de todo lo que escribí.

Entonces hice lo evidente, y por eso tardé una hora: abrí en otra ventana el índice del método y fui comprobando, sección por sección, de qué informes había salido cada una.

Doce de las catorce.

Lo comprobé dos veces, que es una manía mía y que sirve para tres cosas, y ninguna de las tres es comprobar.

Apagué la pantalla.

Conviene decir aquí una cosa, aunque no me deje bien.

Yo no construí el método a partir de un archivo.

Lo construí a partir de un hombre. Lo que hice durante seis años fue leer a una persona concreta hasta encontrarle el patrón, ponerle números a lo que ese hombre hacía por instinto y devolverlo en forma de secciones para que lo pudiera ejecutar cualquiera.

Lo llamé sistema porque en un sistema no hay nadie dentro.

Cobré por ello. Me pareció bonito, y esa es la palabra exacta, y llevo once años sin decirla en voz alta.

Salí a las once y media. En el vestíbulo me crucé con dos de análisis y me saludaron por el nombre, como todos los días, y yo les contesté por el suyo, como todos los días.

En casa tengo los cuadernos en el segundo estante del pasillo.

Son nueve, con el lomo de tela, comprados todos en la misma papelería de la calle Fuencarral porque cuando encuentras una libreta que aguanta no la cambias.

No los he devuelto nunca. No hay nada dentro que la empresa pueda reclamar: no hay identidades, no hay expedientes, no hay un solo apellido.

Hay fragmentos mecanografiados que yo misma sanée, códigos, fechas, y mi letra alrededor.

Un abogado que quisiera reclamármelos tendría que explicar primero qué es lo que reclama.

Los bajé todos. Me senté en el suelo del pasillo con la espalda contra la pared y el abrigo todavía puesto, y empecé por el segundo, que es de hace once años, porque el primero es casi todo indignación y frases que ahora me dan pena.

Tardé cuarenta minutos. En algún momento sonó el telefonillo del portal y no era para mí.

La encontré por la esquina doblada, que es una manía que tenía entonces y que perdí después, cuando empecé a doblar esquinas por trabajo.

Era la misma clave. Estaba arriba, a lápiz, con mi letra de los veintitrés años, más redonda y más segura.

Y debajo estaba lo que yo había escrito al lado de un hombre que once años después me había dejado un hueco en una barra y se había ido a fumar cuando me estaba riendo.

Lo leí dos veces. La segunda, de pie.

CUADERNO 2 — pág. 41

Clave: LEV-0417. Serie: informes cedidos por C. para dictamen. Fragmento sanitizado; identidad del objetivo no facilitada.

«Estuvo hablando una hora y cuarto de su hermana.

Yo no pregunté nada, porque cuando pregunto se para.

Le puse el vaso delante y me quedé mirando la calle.

En un momento se rio, y ahí es donde suelo entrar, y no entré.

Salí a la calle a fumar aunque no fumo. Cuando volví no me preguntó dónde había estado, pero se había cambiado de sitio para dejarme el de antes.

A las dos de la mañana me dijo que si el juicio salía mal se iba a ir del país. Le dije que si se iba, yo me iba con ella. No estaba escrito. Se me ocurrió allí. Salió bien: firmó el jueves.

No sé por qué lo dije. Lo pensaría luego.»

Margen, tinta azul, letra de M. V.:

Sección 1 (espacio): funciona. Anotar el hueco físico como forma de invitación reversible.

Sección 4 (retirada en el pico): confirmado, tercera vez que aparece. El sujeto no busca continuidad; busca explicación de la interrupción.

Ojo con el párrafo dos. No es un cierre planificado. Es material nuevo.

Debajo, subrayado dos veces:

Tendencia a improvisar promesas. Aparece cuando el objetivo llora o cuando lleva más de una hora hablando sin ser interrumpido. Alta eficacia. Alto riesgo.

Clasificar como variable, no como error.

Preguntar a C. si esto se puede replicar en alguien que no lo haga solo.