Capítulo 3
La habitación estaba en la cuarta planta y olía a la limpieza de los hoteles buenos, que es un olor a nada muy caro.
Había una silla junto a la ventana y me senté en ella con el abrigo puesto.
Él dejó la puerta entornada con el pestillo y luego pareció pensarlo mejor y la abrió del todo, hasta que dio contra el tope.
—Puedes cerrarla —dije.
—Ciérrala tú, si quieres.
No la cerré. Nos quedamos así, con quince centímetros de pasillo iluminado a mi izquierda, durante toda la conversación.
—¿Quién te ha contratado?
—Mímesis.
—Dilo entero.
—Mímesis me ha contratado para conseguir tu firma en la venta. —Se sentó en el borde de la cama, a metro y medio, con los codos en las rodillas—. Eso es todo el encargo. No hay más objetivos.
—¿Plazo?
—El que tenéis vosotros.
—¿Quién firma la autorización?
—No me la enseñan a mí.
—Sé quién firma. Quería saber si tú lo sabías.
—Ella. —Se encogió de hombros con un solo hombro—. Siempre firma ella.
En la mesa, junto a la ventana, había una carpeta de cartón beis con una goma cruzada y una etiqueta blanca sin nada escrito. Del tamaño de un contrato de arrendamiento, un poco más gruesa. Llevaba media hora mirándola sin mirarla, desde que había entrado.
—¿Eso es mío?
—Es sobre ti. Tuyo no.
—Enséñamelo.
Quitó la goma. No me lo dio: lo abrió encima de la mesa, de pie, y volvió a sentarse en la cama, dejándolo abierto y a dos pasos de mí. Eso también tiene número de sección y no se lo dije.
Me acerqué. Vi la primera página y no la leí entera. Nadie lee entera una cosa así; se leen tres líneas y luego se busca aire.
La primera decía a qué hora me acuesto los martes.
La cuarta decía que ordeno los papeles por el borde de la mesa antes de contestar una pregunta difícil.
Estaba redactado con el verbo en tercera persona y una coletilla de campo, conducta observada en al menos cuatro ocasiones , y me quedé un rato en el «al menos», que es una fórmula que puse yo en la plantilla para que los operativos no exageraran.
La séptima decía: deja de hablar cuando alguien la interrumpe dos veces seguidas; no vuelve a intentarlo en esa conversación .
Había una lista de nombres de sitios. El Único estaba el tercero. Debajo, entre paréntesis, las franjas horarias.
Había una entrada de dos líneas sobre mi hermana que no decía nada íntimo y por eso era la peor de todas: decía la frecuencia de las llamadas y decía que la frecuencia no había variado en cuatro años. Alguien había medido eso. Alguien había abierto una hoja y había contado.
Aparté la mano de la mesa.
—Marzo —dije.
—¿Qué?
—Lo de la página dos. La fecha está mal. Fue en marzo, no en abril.
Y ahí me oí. Me oí a mí misma corrigiendo un expediente que un desconocido había hecho sobre mi vida, con el mismo tono con el que corrijo un acta.
Él no se rio. Tampoco lo apuntó.
—Vale —dijo—. Marzo.
Me levanté y fui hasta la ventana, que da a un patio interior y no da a nada. Desde allí se oía un extractor.
—¿Quién lo ha construido?
—Análisis. Yo solo he ejecutado.
—Análisis no trabaja sin ficha de objetivo, y la ficha de objetivo la abre dirección. —Me volví—. Con lo cual, quien ha abierto una ficha sobre mí ha tenido que firmarla. Y en esa casa quedan tres firmas posibles, y una es la mía.
—Sí.
—No pareces incómodo.
—Estoy incómodo. —Seguía con los codos en las rodillas—. Pero no por eso.
No pregunté por qué. Es el primer error de la noche que reconozco como error, y no lo cometí por delicadeza: lo cometí porque en aquel momento tenía delante ochenta páginas sobre mí y una sola cosa clara, que era que no quería saber cuánto había leído él antes de subir a ese bar.
—¿Cuántos ha habido? —dije.
—¿Cuántos qué?
—Encargos como este. Sobre socios. Sobre gente de dentro.
—No sé lo que hace la casa desde hace seis años.
—Pero antes sí.
—Antes también hubo.
—¿Y los hiciste tú?
—Alguno.
—¿Salió bien?
—Salieron todos bien. —Levantó la vista por primera vez en un rato—. Ese es el problema del oficio. No hay ninguno que salga mal y te enteres.
Me acerqué otra vez a la mesa. Pasé las hojas con el dorso de un dedo, sin levantarlas, y fui leyendo los epígrafes, lo único que podía leer sin que me diera vueltas la cabeza.
Contacto. Entorno. Rutinas. Umbral de irritación.
Umbral de risa. Umbral físico, que tiene una definición de once palabras que redacté yo y que nunca había visto aplicada a mi nombre.
—¿Qué sacas tú de esto? —dije.
—Lo pactado.
—Eso es lo que sacas de ellos.
No contestó. Se quedó mirando un punto de la moqueta, y yo esperé más de lo que suelo esperar, y él aguantó más de lo que aguanta la gente, y al final fui yo la que siguió pasando hojas. Anoto esto porque en aquel momento me pareció que había ganado él, y todavía me lo parece.
Llegué al final. Había una hoja en blanco al fondo, de esas que se ponen para que no se lea la última al trasluz.
—Falta una sección.
—¿Cuál?
—La de confianza. —Volví atrás dos hojas, por si me la había saltado—. Aquí está lo que me gusta, lo que me pone de mal humor, a qué hora me canso y con qué me río. Aquí está a quién llamo y cuánto. No está qué necesito para fiarme de alguien.
Él tardó en contestar. No como quien piensa la respuesta, sino como quien decide si la da.
—No existe esa sección.
—En mi plantilla existe.
—En tu plantilla es opcional y va la última. —Se enderezó un poco—. No la rellena nadie. No se puede observar desde fuera. Solo se sabe si te lo dicen, y si te lo dicen ya no hace falta el expediente.
Cerré la carpeta. Le puse la goma. Pasé el pulgar por la etiqueta blanca, que estaba pegada un poco torcida.
Y estuve así el tiempo suficiente para hacer la cuenta entera.
Podía llevármela. Estaba a un metro, pesaba lo que pesa una carpeta y él no se iba a levantar de la cama a quitármela; eso lo tenía claro por razones que no me favorecen.
Podía meterla en el bolso, bajar en el ascensor, andar doce minutos y quemarla en el fregadero de mi casa a la una y media de la mañana.
Y a las nueve de la mañana siguiente presentarme en Zurbano con una denuncia interna, un requerimiento y la cara de quien ha dormido bien.
Y a las nueve y cuarto Celia me habría preguntado, sin levantar la voz, de dónde había sacado yo un documento de la sociedad. Y yo no habría tenido respuesta. Un papel que se coge así no prueba nada: prueba que lo cogí.
La dejé donde estaba, en el centro de la mesa, y volví a sentarme en la silla del abrigo.
—Mañana no vas a llamarme —dije.
—No.
—¿Y qué vas a hacer?
—Esperar.
La carpeta se quedó cerrada entre los dos, con la goma cruzada y la etiqueta torcida, y ninguno de los dos volvió a tocarla en toda la noche.