Capítulo 2
El camarero del Único me sirvió el segundo sin preguntar, que era el motivo por el que llevaba tres años yendo.
A las diez y media, entre semana, el bar tiene doce personas y ninguna quiere nada de las otras once.
En la esquina había una pareja discutiendo en voz muy baja, que es como discute la gente que no vive junta todavía.
La televisión estaba puesta sin sonido, con el resumen de una vuelta ciclista de hace años.
Yo había salido de la oficina a las diez y veinte y llevaba trece horas hablando de un plazo de treinta días. No quería irme a mi casa. Es más exacto decir que no quería llegar a mi casa y comprobar que no pasaba nada allí dentro.
El hombre entró y no se sentó a mi lado.
Fue lo primero. Había cuatro taburetes libres a mi izquierda y dos a mi derecha, y eligió el segundo de la derecha, dejando uno vacío entre los dos.
Un desconocido que quiere algo se sienta al lado.
Un desconocido educado se sienta lejos. Uno vacío en medio no es ninguna de las dos cosas: es una invitación que se puede retirar sin que nadie quede mal.
No lo pensé con esas palabras. Lo pensé como se piensa una cosa que se ha escrito uno mismo: sin palabras, con una especie de reconocimiento en la nuca.
Pidió lo mismo que yo, pero no me lo dijo a mí. Se lo dijo al camarero, señalando mi copa con la barbilla, y luego se quedó mirando las botellas de la pared como si aquello ya estuviera resuelto.
Fue lo segundo. No preguntar. Hacer una cosa que exige respuesta y no pedirla.
Le di doce segundos y siguió callado.
—Es ginebra —dije—. No sé si le gusta.
—No me gusta.
—¿Y por qué la pide?
—Porque usted lleva media hora bebiéndola sin mirarla. Eso significa que no ha venido a beber. —Movió el vaso un centímetro sobre la barra, sin levantarlo—. Y si no ha venido a beber, prefiero no averiguar a qué ha venido preguntándoselo.
Miré el reloj de la pared. Las diez y cuarenta y dos.
Aquí hay que decir una cosa. Yo llevo once años leyendo hombres por escrito.
Leo informes de campo, transcripciones, hojas de conformidad, secuencias de contacto anotadas a mano por gente que no sabe escribir.
Sé de qué hablan cuando quieren tiempo y de qué hablan cuando quieren cerrar, y sé cuánto dura la parte en que todavía es reversible.
Lo que no sabía, aquella noche, era cómo se sentía la parte de dentro.
Se sentía bien. Esa es la respuesta y no tiene más adorno.
—¿Usted trabaja aquí al lado? —dijo.
—Sí.
—¿En qué?
—En una consultora.
—Ya.
Y ahí lo dejó. Una pregunta, una respuesta corta, y no insistir.
Hablamos de la televisión sin sonido durante cuatro o cinco minutos.
Él conocía la etapa y yo no, y me la contó mal a propósito o no, y discutimos si un ciclista concreto se había caído en aquella curva o en la siguiente, y el camarero, que llevaba veinte años detrás de esa barra, dijo desde el otro extremo que en la siguiente.
Es la clase de conversación que no sirve para nada y por eso es la única que descansa.
Luego dijo Chueca.
—Usted no vive por aquí.
—¿Cómo lo sabe?
—Por cómo ha entrado. La gente del barrio entra mirando quién hay. Usted ha entrado mirando dónde había sitio. —Levantó dos dedos hacia el camarero, que le puso una botella de agua sin hielo—. Yo diría Chueca.
—Chamberí.
—Ah.
Lo dejó ahí también.
Ese es el tercero y es el bueno. Fallar en algo pequeño, comprobable y sin importancia, y no defenderlo. La persona que corrige se queda con una satisfacción diminuta y con la sensación de haber dirigido la conversación. Y la persona que corrige, además, ha dado un dato.
Yo escribí esa sección. La escribí a los veinticuatro años, en una mesa de cocina, encima de treinta informes de campo que alguien me había pasado sin nombres.
Le puse un título administrativo que ahora me da vergüenza y una nota al margen: funciona mejor si el error es geográfico; nadie miente sobre un barrio .
Bebí. Él no.
Le conté que llevaba trece horas trabajando.
Le conté que había una reunión que había ido bien y me había dejado peor que si hubiera ido mal, y que llevaba todo el día con una imagen tonta en la cabeza, la de un calendario de pared con la fotografía de un pantano, y que no entendía quién decide esas fotografías ni para quién.
—Para nadie —dijo—. Ese es el trabajo. Hay que llenar doce meses con algo que no ofenda a ninguna oficina de España.
—Un pantano no ofende.
—Un pantano no ofende a nadie. Un pantano es el mínimo común múltiplo de este país.
Me reí. No mucho. Lo justo para que se me pasara el cansancio de la mandíbula y para acordarme de que hacía bastante que no me reía delante de un desconocido.
Y en el punto exacto en que cualquier hombre habría avanzado —una pregunta más personal, el codo un centímetro más cerca, el nombre—, él miró el móvil, lo dejó boca abajo en la barra y dijo:
—Voy a fumar.
Y se fue.
Se fue tres minutos y medio. Los conté sin proponérmelo, mirando la puerta como se mira un ascensor. Cuando volvió no se disculpó ni retomó la broma, y se sentó en el mismo taburete, dejando el mismo hueco.
Retirada en el pico. La sección tiene cuatro líneas y una de ellas la subrayé yo dos veces: el sujeto no busca la continuidad de la conversación; busca la explicación de la interrupción .
Yo quería preguntarle por qué se había ido.
Y esa es la parte que no puedo contar bien, porque las dos cosas ocurrían a la vez y no se estorbaban. Sabía lo que estaba pasando, sabía cómo se llamaba cada movimiento, sabía en qué carpeta de qué servidor estaba archivado el epígrafe correspondiente, y quería preguntarle por qué se había ido.
Miré otra vez el reloj de la pared. Las diez y cincuenta y tres. Once minutos desde el vaso de ginebra que no le gustaba.
—Se ha dejado un paso —dije.
Él giró el vaso de agua por la base, sin beber.
—¿Cuál?
—Entre el barrio y lo de fumar hay uno más.
Se pregunta por un objeto que llevo encima.
Un anillo, unas llaves, un abrigo caro. Algo que yo pueda explicar durante un minuto y medio, para que le cuente una historia mía que él no ha pedido.
—Dejé la copa—. Se lo ha saltado. Supongo que porque no llevo nada.
No dijo nada. No fingió no entender. Eso me habría permitido levantarme.
—El taburete vacío está en la sección uno —seguí—. Lo de pedir sin preguntar, en la dos. Lo de Chueca es un error inducido y tiene su propio epígrafe, con una nota al margen sobre los barrios. Y lo de salir a fumar cuando yo me estaba riendo no es un cigarro.
—No.
—Es una retirada en el pico. —Noté que estaba hablando más deprisa y no conseguí ir más despacio—. Están todas escritas. Las escribí yo.
El camarero pasó por delante con una bandeja y ninguno de los dos lo miró.
—Sí —dijo él.
—¿Sí?
—Sí, las escribió usted.
Hay un momento, cuando se cae una cosa de las manos, en que todavía no se ha roto.
Todo seguía igual que hacía un segundo: la barra, la luz baja, la pareja de la esquina, doce personas que no querían nada de las otras once.
Y yo tenía delante a un hombre que acababa de decirme que había leído mi trabajo.
—¿Desde cuándo? —dije.
—Desde hace rato.
—No pregunto lo de esta noche.
—Ya sé lo que preguntas.
Había cambiado el tratamiento y no lo comenté. Él tampoco.
—¿Te vas a levantar? —dije.
—No.
—¿No es eso lo primero? Cuando te ven, te levantas. Se paga la cuenta, se dice cualquier cosa amable y se sale por la puerta, y a la mañana siguiente eres una mujer que ha bebido dos copas y ha hablado con un tipo raro.
—Cuando te ven, te levantas si lo que quieres es que no te vean. —Volvió a mover el vaso el mismo centímetro—. No es mi caso.
Podía haberme ido yo. Tenía el abrigo en el taburete de al lado y la casa a doce minutos andando y una junta convocada para dentro de treinta días.
Lo que hice fue quedarme quieta, con la copa cogida por el pie que ya no me apetecía, calculando de cuántas maneras podía haber llegado aquel hombre a saber que yo estaría en ese bar aquella noche, y encontrando cuatro, y comprobando que las cuatro pasaban por mi propia casa.
—Sigue —dije.
Se le movió algo en la cara que no supe clasificar, y eso me molestó más que todo lo anterior.
—¿El qué?
—Lo que estabas haciendo. Quiero ver el resto.
Levantó dos dedos hacia el camarero.
—Otra para la señora —dijo—. Y para mí lo mismo que ella.