Lo que sabe de mí Capítulo 1
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Lo que sabe de mí

Lo que sabe de mí

Por Iria Montfort

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Capítulo 1

Celia llegó con el calendario debajo del brazo.

Era de papel, de pared, con la fotografía de un pantano que no había mirado nunca nadie, y lo traía a las juntas desde hacía nueve años porque decía que en una pantalla las fechas no pesan.

Lo dejó boca abajo a su derecha y se sentó antes que nosotros.

—Punto tercero —dijo—. Tomás.

La sala da a Zurbano por dos ventanas altas y tiene la mesa colocada de modo que quien preside quede de espaldas a la luz.

Eso lo decidí yo cuando alquilamos la planta, y cada vez que entro compruebo que sigue así, igual que se comprueba una firma.

Aquella mañana la luz le daba a Celia en la nuca y a mí en los ojos.

Tomás abrió la carpeta que trae siempre y que casi nunca abre. Dijo la cifra. Luego la repitió, que es lo que hace la gente cuando la cifra es la única parte del argumento.

—Con el pago aplazado —añadió—, y una parte contra permanencia. Está bien planteado. Lo han planteado ellos, no nosotros, y aun así está bien planteado.

—¿Objeto?

—Ya lo sabes.

—Quiero que conste cómo lo has redactado tú.

Tomás miró a Celia un segundo antes de contestar, que era lo que yo quería ver.

—El archivo, el método, la marca y los activos tecnológicos esenciales. Venta y licencia exclusiva. No se venden participaciones. Cobra la sociedad.

—Entonces es transmisión de activo esencial y decide la junta.

—Por eso estamos aquí a las nueve de la mañana —dijo Celia.

Había café en las tazas y nadie lo estaba bebiendo. Tomás tenía delante dos folios y una tabla que yo ya había visto en un correo del jueves. Celia no tenía nada. Nunca tiene nada; escucha con las manos quietas delante y eso hace que los demás llenen los silencios con documentación.

—¿Desde cuándo hay diligencia abierta? —pregunté.

—Diez semanas.

—Diez.

—Diez.

—¿Y a mí se me comunica en el punto tercero del orden del día?

—Se te comunicó en septiembre —dijo Celia—. Dijiste que no querías el detalle hasta que hubiera algo que decidir.

Era verdad. Lo había dicho yo, con esas palabras, en un pasillo, con un vaso de plástico en la mano, y lo había dicho porque en septiembre me convenía no saber cuántas carpetas estaban saliendo de nuestros servidores hacia los asesores de alguien.

Hay una forma de trabajar que consiste en firmar solo lo que te ponen delante, y yo he vivido nueve años de esa forma, y aquella mañana descubrí que la había perfeccionado tanto que ya no se notaba.

—Bien —dije—. Ahora quiero el detalle.

Tomás se pasó dos dedos por el borde de la carpeta.

—Mara, el detalle no cambia nada. Lo que cambia es qué pasa si esto no se cierra.

—Levantó una mano antes de que yo abriera la boca—.

Déjame terminar. Esta casa no puede pararse.

Si se para, no desaparece: se desparrama.

Sale a la calle todo, sin control, y sin dinero para responder de nada.

Yo prefiero una venta ordenada a un incendio ordenado por un juez.

Y sí, prefiero cobrar. Las dos cosas caben en la misma frase.

—Caben. Por eso funciona.

—Por eso funciona —repitió, y no sonó a triunfo.

Celia esperó a que se agotara.

—El método existía antes de esta empresa —dijo entonces—. Existirá después. Lo único que está en discusión es si opera dejando registro. Eso lo sabes tú mejor que Tomás y mejor que yo, porque el registro lo diseñaste tú.

—El registro sirve para trazar. También sirve para vender.

—Sirve para las dos cosas, sí. —Ni una subida de voz, ni una pausa dramática. Habla como quien recuerda una fecha—. La alternativa no es que nadie lo haga. La alternativa es que nadie lo escriba.

Tengo un procedimiento para estos momentos y funciona casi siempre.

Consiste en desmontar la frase en sus partes, comprobar cuáles son ciertas, cuáles son ciertas pero no vienen al caso, y cuáles son mentira, y contestar solo a las últimas.

La ventaja de este procedimiento es que mientras se ejecuta no se siente nada.

Aquella mañana no encontré ninguna mentira.

—Voto en contra —dije.

—No hay voto todavía —dijo Celia.

—Anticipo el sentido para que Tomás no siga trabajando de balde.

Tomás cerró la carpeta. Celia siguió con las manos donde estaban.

—Cuarenta y treinta y cuatro son setenta y cuatro —dijo, despacio, como si me estuviera enseñando a mí una cosa que había aprendido de mí—. Nos falta uno.

—Os falta uno.

—Nos.

Es su manera de trabajar. Nunca dice «tú hiciste». Dice «nosotras hicimos», y luego te deja a solas con el plural.

—Podríamos modificar el artículo —dijo Tomás, sin creérselo—. Los estatutos se cambian por mayoría.

—Ese no.

—Ese también, en general.

—Ese no —repetí—. La cláusula exige el setenta y cinco por ciento para vender o licenciar el archivo, para transferir el método, y el mismo setenta y cinco para tocar la cláusula. Se protege a sí misma. Está en la escritura desde la constitución.

—La escribiste tú —dijo Celia.

—La escribí yo.

—Sin arrastre.

—Sin arrastre. También lo escribí yo.

Lo dijo sin reproche, que es como lo dice todo, y por eso duele después y no en el momento.

Hace nueve años y medio yo tenía veinticinco años y una idea muy clara de lo que había que impedir.

Redacté doce páginas de protecciones en un piso sin muebles y las defendí una por una delante de un notario que tenía prisa y de dos socios que ponían el dinero.

Me dieron el veintiséis por ciento porque no puse un euro, y me lo dieron con la condición de que dejara de discutir a las nueve de la noche.

Aquella mañana, en la sala, esas doce páginas eran lo único mío que quedaba en pie dentro de la casa.

—Hay una cosa que no has preguntado —dijo Celia.

—Pregúntamela tú.

—Qué pasa contigo. En la operación hay un tratamiento para ti. Contrato de transición, compensación, salida ordenada. Tomás lo tiene desde el viernes y no te lo ha enseñado porque le da apuro.

—No me da apuro —dijo Tomás—. Me parecía prematuro.

—Enséñamelo cuando exista de verdad —dije—. Con las cláusulas. Todas.

—Te lo enseñará. —Celia se movió por primera vez en veinte minutos: apartó mi taza dos centímetros hacia el centro de la mesa, sin pedir permiso, como quien retira una silla del paso—. Ahora hagamos lo que hay que hacer.

Y dio la vuelta al calendario.

Eso fue el punto en que la reunión dejó de ser una reunión.

—Convoco junta general —dijo—. Transmisión del activo esencial como punto único. Treinta días.

—Treinta días no los pide la ley.

—No, los pide el comprador. —Buscó la página del mes siguiente con el dedo, sin prisa—. Lo tienes por escrito en el correo de anoche, con el orden del día y la hora. Si quieres el burofax, también.

—Lo quiero.

—Ya está enviado.

Tomás tenía los ojos en la tabla que ya no servía para nada. Yo hice lo que hago: coloqué el borde de mis folios con el borde de la mesa y guardé el bolígrafo antes de hablar, porque hablar con un bolígrafo en la mano parece que se va a firmar algo.

—Ya sabes cómo va a acabar —dije.

—Sé cómo va a empezar. Lo de acabar lo veremos el día de la junta.

Y ahí está lo que estuve a punto de decir y no dije, porque decirlo en voz alta en aquella sala habría sido regalarle a Celia el único argumento que le faltaba.

Yo podía votar que no. Podía votar que no aquel día, y el día de la junta, y todas las veces que hiciera falta.

Y el archivo seguiría donde está, con las mismas siete puertas y las mismas llaves, con la misma gente dentro y con la misma señora enfrente buscando un comprador algo mejor asesorado, o el mismo un año más tarde y con la cláusula estudiada por un despacho más caro. Mi voto detenía una venta. Un jueves.

Celia cogió un rotulador negro del cajón, que también hacía nueve años que estaba en ese cajón, y marcó el día. Dos rayas. Una encima de otra, un poco torcida la segunda, como si el pulso le hubiera pesado al final.

—Está marcado —dijo, y volvió a poner el calendario boca abajo.

Salimos los tres a la vez. Es lo peor de las juntas de tres. En el pasillo, Tomás se ajustó el reloj sin motivo y esperó a que Celia entrara en su despacho y cerrara.

—Mara.

—Dime.

—Léete el cuaderno de venta cuando te lo den. No la parte de las cifras. La otra.

—¿Cuál es la otra?

—La que describe qué compran. —Se quedó un momento con la mano en el pomo de su puerta—. Arcadia no paga por lo que hay en el archivo. Eso lo tiene cualquiera con dinero y con un despacho de detectives. Paga por lo que el archivo demuestra que se puede hacer dos veces.