CAPÍTULO 27
Once
La carta de Hoffer llegó el Jueves Santo a Sant Antoni, a nombre de Sonia.
Otra igual, me dijo ella, a cada una de las partes del asiento.
A mí me llegó la mía a Chamberí el mismo día, y la abrí en el tren.
Pero la que leímos fue la suya, en su despacho, en voz alta, porque Oksana quería oírla y Lidia también.
Era una hoja por las dos caras, en castellano, con el membrete de la custodia y la H al pie.
Sonia la leyó de pie junto a su mesa, despacio.
Lidia escuchaba desde la suya con el teléfono descolgado encima del cuaderno, para que no sonara.
Oksana, en la silla de visitas, con la taza entre las rodillas.
«Se comunica a las partes que el asiento de la nave queda cerrado. Constan en él, a la fecha de esta comunicación, los siguientes elementos incorporados:
»Once nombres: cinco personas fallecidas en la fecha del asiento y seis personas presentes y vivas, con sus firmas.
»La orden de la plaza de Madrid, de cuatro nombres, con las correcciones al margen del quinto nombre y del lugar.
»La lista de nueve líneas del titular anterior de la plaza de Madrid y la lista de seis firmas, en hojas contiguas, con la misma inicial.
»La corrección al margen de la segunda firma, de mano de la parte.
»Un reloj de pulsera, entregado por el administrador de las sociedades de Madrid.
»Una cinta con una D.
»Diez libretas de contabilidad de Enric Ferrer, años cinco a catorce, con una etiqueta de recogida. En la del año catorce, una hoja sustituida por copia sellada del original, que conserva la parte a la que se refiere.
»Seis copias de la comparecencia del señor Malkov, devueltas por sus destinatarios.
»El asiento no se reabrirá. Lo que quede por decir sobre esta nave, se dirá fuera del libro. H.»
Debajo, a pluma, con la letra pequeña de custodio que vi en Berlín escribir mi nombre al pie de lo mío: «La rodilla, mejor. Gracias por preguntar».
Sonia dobló la hoja. Luego, sin que nadie se lo pidiera, la desdobló otra vez y se volvió hacia Oksana, y se la volvió a leer, de arriba abajo, en ucraniano.
⁂
Yo no entiendo el ucraniano. Entiendo los números, algunos nombres, la palabra «libro», que se parece a la rusa.
Lo demás lo seguí por la cara de Oksana y por la voz de Sonia.
En ucraniano es más larga y más baja que en castellano, con las frases terminadas hacia abajo. A mí no me ha hablado nunca así.
Cuando llegó a los once nombres, Oksana dejó la taza en el suelo. Cuando llegó al reloj, me miró la muñeca izquierda. Cuando llegó a «la parte a la que se refiere», Sonia se paró un momento y Oksana le puso la palma en la rodilla y Sonia siguió.
Al acabar, Oksana dijo dos frases en ucraniano. Sonia no las tradujo. Lidia, desde su mesa, colgó el teléfono que tenía descolgado y lo volvió a dejar en su sitio.
Mi carta era igual que la de Sonia, con una línea menos al pie.
En la mía no ponía nada de la rodilla. En la lista de los once, entre los vivos, venían los dos hombres que entraron con Ostrovski, con su nombre y sus dos apellidos.
Llevo doce años guardando el nombre de cada persona que me cuenta una cosa.
De aquella noche, esos eran los únicos que yo no sabía.
Los había leído en el tren de Atocha y los había apuntado en la agenda dos veces, la segunda con mejor letra.
⁂
A las cinco llamé a Alicante. Le escribo el día cinco y la llamo a final de mes. Pero era Jueves Santo, y la madre de Iósif había dejado un mensaje en el contestador del despacho de la Castellana: que me llamaba por lo del turrón.
Contestó al segundo tono.
—Vadim. ¿Dónde estás, que suena a calle?
—En Barcelona. En un despacho con la ventana abierta.
—¿El de la abogada?
—El de la traductora. Tiene una tienda de telas debajo y una vecina con un perro.
—Pues que cierre la ventana, que en abril pega el relente. —Una pausa, el ruido de una olla—. Te llamaba por el turrón. Que el año que viene te lo mando a Barcelona o a Madrid, que me lo digas, que la Mari dice que si lo mando a un sitio donde no estás se lo come el portero.
—¿Cómo está la Mari?
—Sube sola. Con el andador, pero sola. El hijo de Elche vino el domingo de Ramos con una palma y se fue a la hora. La palma la tiene en el balcón. Le he dicho que la quite, que atrae a las palomas, y dice que es lo único que le ha traído su hijo en tres años y que se queda.
—¿Y el pan?
—Se lo subo yo. Como siempre. —Otra pausa—. ¿Y la traductora?
—Aquí. Traduciendo una carta para una señora de Járkov.
—¿Es buena?
—Es la mejor. Me lo dijeron hace siete años y lo comprobé después. Me corrige el ruso cuando lo digo mal y, desde hace poco, también cuando lo digo bien, para ver si me lo sé.
—Pues tráela en verano. Que traduzca a la Mari, que desde la operación habla raro y yo ya no la entiendo.
Le dije que se lo preguntaría. Me dijo que no se lo preguntara, que la trajera. Luego me dijo que el turrón, a Barcelona, y colgó ella, como siempre, sin despedirse, porque para eso estaba el mes siguiente.
⁂
El ingreso de Kiev lo firmé ese mes desde mi cuenta. Ya no había sociedad que lo mandara. El banco pide un concepto en las transferencias de un particular, y en doce años ese campo lo había rellenado la gestoría de las sociedades con una sola palabra: pensión.
Se lo pregunté a Sonia una noche, por teléfono, desde la cocina de Chamberí. No me contestó esa noche. Me llamó el domingo siguiente desde el teléfono del despacho, a media mañana. Los domingos su padre llamaba a Kiev desde la oficina de Bosch; Ferrer los tenía apuntados con los minutos.
—Acabo de hablar con mi abuela —dijo—. Le he dicho que no fue un accidente. Le he dicho quién estaba en la oficina y quién paga desde entonces. Ha estado callada mucho rato, y la llamada la pago yo. Luego me ha preguntado si eres buena persona.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no lo sé. Que eres exacto. Dice que a su edad con eso le basta para seguir cobrando, y que quiere saber de quién viene el dinero y por quién. Pon los dos nombres.
Los escribí en el campo del banco con las mayúsculas que pide el formulario: VADIM BARINOV POR ANDRÉI VÓLKOV. Cabía justo.
⁂
Lucía llegó el viernes por la mañana en el tren de Madrid, sola.
Nunca había viajado sola en tren. Traía una mochila de la que colgaba un llavero de un tiburón y otra de ruedas que no arrastraba: la llevaba en volandas, cogida del asa, para no hacer ruido.
Carmen la había dejado en el andén de Atocha y la había llamado tres veces antes de Zaragoza.
Sonia bajó al portal a recogerla. La vi desde la ventana del despacho: Lucía le dio la mano, la apretó dos veces y le tocó el codo con la otra. Luego le preguntó una cosa al oído y Sonia se rio, y subieron.
En la escalera oí que Lucía preguntaba por la terraza.
—Papá dice que hay una terraza y que en julio vamos a plantar albahaca.
—En julio hace demasiado calor para subir antes de las once.
—Pues a las once. Mamá dice que en julio puedo venir quince días si apruebo matemáticas. —Una pausa en el rellano, el último tramo—. Voy a aprobar matemáticas.
Entró en el despacho y saludó a Lidia por su nombre, que yo le había dicho por teléfono, y a Oksana también.
Oksana le contestó primero en ucraniano y luego en castellano.
Su hija tenía doce años y los sábados hacía los deberes en esa misma mesa.
Que si quería venir mañana. Lucía dijo que sí sin mirarme.
Dejó la mochila del tiburón en la silla de visitas, la de la pata que cojea, y la de ruedas debajo, sin arrastrarla.
⁂
Por la tarde Oksana se había ido y Lidia había bajado con Lucía a enseñarle el mercado. Sonia y yo estábamos solos en el despacho, con las dos cartas de Hoffer en su mesa, una al lado de la otra. La suya, con la línea de la rodilla.
Ella apagó la lámpara. Entraba luz de abril por la persiana a medias, la de última hora, que en Barcelona tiene color.
—¿Me lo vas a decir en ruso? —me preguntó, en castellano, sin mirarme, ordenando las dos cartas por la fecha aunque tenían la misma.
—¿El qué?
—Lo que ya te oí en Berlín.
Lo pensé. En Berlín yo había dicho muchas cosas, delante de dieciséis hombres, de un libro y de una galería: lo que hice, lo que vi, dónde me senté, qué me pagaron. Y había dicho desde un banco, sin levantarme, su nombre completo, con la e cargada y la uve en el labio. A ella no le salía la voz.
—Ya me lo oíste —le dije—. Está en el libro.
Ella asintió, despacio, y guardó las dos cartas en la carpeta azul, al lado de la tarjeta de Ana y de la hoja de Ferrer.
Abajo, en la calle, Lucía le contaba a Lidia a gritos la historia del tiburón del llavero. Lidia le contestaba en gallego para hacerla reír.