LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Las libretas

Barinov se quedó abajo, en la acera de la Via Laietana, con un café de máquina en un vaso de cartón.

Llevaba el abrigo abrochado hasta arriba.

Me dijo que ahí había esperado Iósif una mañana de primavera mientras Rita subía, y que no iba a subir él donde no lo habían llamado.

Le dejé el bolso, que no necesitaba arriba, y subí con la carpeta azul.

El despacho de Piqué está en un tercero con ascensor de reja y portero de uniforme gris.

Lo conozco desde hace doce años de facturas y ocho de subir con cosas que no se traducen.

Sobre la mesa grande de la sala del fondo, la de cristal, estaba encendida la lámpara de brazo aunque entraba sol por el balcón.

Las diez libretas estaban sobre el cristal, en fila, por el lomo, del año cinco al catorce.

Hule negro, el año a lápiz en cada una con la letra de Ferrer.

Nadie las había tocado todavía: Piqué las había sacado de la caja de Berlín delante de Rita y de un notario, con acta.

Las había dejado así para que ella las abriera.

Rita estaba sentada delante, con el lápiz en el pelo y las uñas cortas, y no había abierto ninguna. Me esperaba.

Piqué se levantó cuando entré. Es más bajo de lo que parece por teléfono, con el pelo blanco peinado con agua. Lleva unas gafas de concha que se quita para hablar y se pone para leer. Me dio la mano por encima de la mesa.

—Senyora Vólkova. —En catalán, con mi apellido completo—. Seu, seu.

Me senté al lado de Rita. Rovira, al fondo, en su mesa pequeña de siempre, levantó la cabeza de un libro de registro. Me saludó con dos dedos en la sien. Rovira lleva treinta años en ese despacho. No ha cambiado de mesa en treinta años.

⁂

Rita abrió la del año catorce primero. No la del cinco, ni las otras: la última.

La abrió por la contraportada y fue pasando hojas hacia atrás con el índice de la derecha.

No tocaba la tinta. Leía igual que lee las firmas.

Leía las fechas y las cantidades y los nombres en una columna estrecha, y leía las rayas.

Ferrer hacía las rayas como me había dicho ella en el rellano del Eixample: rectas, sin regla, de punta a punta, apretando al final.

Yo leía otra cosa. Leía la lengua. Ferrer escribía las cuentas en castellano y los conceptos en catalán. Cuando el concepto era de Hamburgo, ponía una abreviatura que no era de ninguna de las dos lenguas: una ge, una de y una flecha.

Y leía a mi padre. No lo buscaba y estaba.

Cada viernes, una línea: «A. V. — semana», con la cantidad y la raya.

Y algunos domingos, otra más pequeña, en la columna de los gastos del almacén: «A.

V. — conferencia Kiev», con los minutos.

Ferrer le cobraba a Bosch las llamadas de mi padre a mi abuela y las apuntaba.

Mi padre había hablado con Kiev desde aquella oficina diecinueve domingos de aquel año.

Los conté con el dedo, sin tocar el papel.

Rita se paró en la última hoja escrita y la recorrió dos veces con el dedo, de arriba abajo. Luego giró la libreta hacia mí, sobre el cristal, sin soltarla del todo, y apoyó el dedo debajo de una línea.

—La última semana de la libreta. Lo último que escribió. Después no hay nada.

Era una línea corta, a pluma, con la letra de Ferrer un poco más torcida que en las de arriba, letra de escribir deprisa o de pie.

«S. V. — pagada la semana. Dile que no venga mañana.»

Leí la línea tres veces. Las iniciales eran las mías. Las de verdad: la ese de Sofía y la uve de Vólkova, no la A de la tarjeta. Ferrer era el único del muelle que sabía cómo me llamaba, y lo había escrito así en la última línea que escribió en su vida.

«Dile.» A mi padre. Ferrer le había pagado a mi padre mi semana por adelantado, para que yo no tuviera que ir. Y le había dicho que me lo dijera.

Mi padre me lo dijo. Me acuerdo ahora, con la libreta delante, y no me había acordado en doce años.

Aquella tarde, en la cocina del Poble-sec, cortaba el pan con la derecha, torcido.

Me dijo que no fuera esa noche al muelle, que me quedara en casa.

No me dijo por qué. Yo le contesté que necesitaba la semana, que debía dos meses de habitación.

Él dejó el cuchillo sobre la tabla y me miró.

No insistió: yo tenía veinticuatro años y él no me había ganado nunca una discusión.

Fui. La semana estaba pagada y yo no lo sabía.

No lloré. Rita no me miró a la cara mientras leía yo; miró la línea.

—La raya no está —murmuró, al cabo—. Siempre la ponía. Debajo de cada pago. Esta no tiene raya. No le dio tiempo.

⁂

—La regla de la mano —dijo Rita después, a Piqué, no a mí—. Lo que está escrito sobre una persona, por otra, es de la persona sobre la que se escribió.

—Això és teu, Rita, no d’en Ferrer.

—Es de mi padre. Y él la habría aplicado.

Piqué se quitó las gafas. Lo pensó con las gafas cogidas por la patilla, mirando las libretas, y luego llamó a Rovira por su apellido, sin levantar la voz. Rovira trajo una regla metálica, un cúter, una carpeta de acetatos y el sello del despacho.

Lo hicieron delante de mí, con acta. Rovira fotocopió la hoja por las dos caras en la fotocopiadora del pasillo, dos veces.

Piqué puso su sello y su firma en cada copia, «es copia fiel del original», y la fecha sin día.

Luego Rita, con el cúter y la regla, cortó la hoja de la libreta por el pliegue.

Limpia, sin rasgar la de al lado. La copia sellada entró en la libreta, en el sitio de la hoja, para que Berlín tuviera completa la última semana. El original me lo dio a mí.

Le di la vuelta. Por el revés, la misma semana, con la misma letra, había una línea más:

«Rita — matrícula, segundo plazo. No olvidar.»

Rita la había visto antes que yo, y esperó a que yo la viera.

—El revés es mío. La cara es tuya. Quédate tú la hoja. Yo me quedo la copia, que también lleva las dos caras.

Me guardé la hoja en la carpeta azul, entre dos cartones, al lado de la tarjeta de Ana.

⁂

Piqué volvió a ponerse las gafas y sacó de un armario bajo dos carpetas de cartón gris con el número en el lomo escrito a pluma. 04/118-B y 19/118-B. Las puso juntas sobre el cristal, al lado de las libretas, con los lomos tocándose.

—Usted me preguntará qué sabía yo —empezó, en castellano ya, con la ele catalana—.

Se lo digo sin que me lo pregunte. Sabía desde el diecinueve que la señora que vino a abrir esta carpeta en efectivo era la intérprete que me había traducido las instrucciones de la otra.

A veure, ¿qué iba a pensar? Usted me tradujo en el quince unas instrucciones en ruso con una firma que yo no conocía, y cuatro años después vino a mi mesa con un sobre de billetes a pedir el número de al lado.

No le pregunté nada porque en este despacho no se pregunta. Se apunta.

—¿Y el número? ¿Por qué me lo dio?

—Porque me lo pidió usted. Y porque Enric me lo habría pedido. Dos carpetas de dos personas que se conocieron en un muelle. El número lo puso usted. Yo puse la carpeta donde me dijo.

Rovira, desde su mesa, sin levantarse, abrió la boca. Hasta entonces solo había saludado con dos dedos.

—Una hora contando. Los billetes del diecinueve. De cien, todos. No faltó ni uno.

Lo dijo con orgullo, de él o de mí, no supe de quién.

⁂

El cierre del diecinueve era una hoja. Piqué la había preparado antes de que yo llegara: «Se cancela la referencia 19/118-B a petición de su titular, sin saldo pendiente, con entrega a la titular de la documentación que obre en la carpeta.» Una línea de puntos para la firma.

Cogí su pluma. Me fijé en que Piqué me había dejado la pluma a la izquierda del papel, no a la derecha. Doce años de facturas.

Firmé. No la A. Escribí, con la izquierda, mi nombre: Sofía Vólkova. Con las dos tildes.

Piqué lo miró por encima de las gafas, lo secó con un secante de los de antes y asintió.

—La A se queda en las traducciones. Que es donde tiene que estar.

Rita, a mi lado, sonrió sin enseñar los dientes. En toda la mañana no lo había hecho.

⁂

Bajé sola. Rita se quedó a firmar el acta de las libretas para Berlín.

Barinov seguía en la acera, de pie, con el vaso de cartón vacío y mi bolso colgado del brazo. Miraba pasar el tráfico sin verlo. Me vio salir del portal y esperó a que hablara yo.

Saqué la hoja de la carpeta, de entre los dos cartones, y se la di. Se la puse en las dos palmas abiertas, por la cara de Ferrer.

La leyó allí mismo, de pie, con los autobuses pasando por detrás y la gente esquivándolo en la acera. La leyó una vez, despacio. Luego le dio la vuelta, leyó la línea de Rita, y la volvió a poner del derecho.

No me la devolvió enseguida. La tuvo un rato en las palmas, sin doblarla, con la cara vuelta hacia la hoja, y lo dejé tenerla.

Era la letra del contable que le había llevado las cuentas a Grigori diez años y cuyas libretas había metido él en su gabardina.

Y era mi semana, pagada, que nadie me dijo bien.

Cuando me la devolvió, la guardé entre los cartones. Él tiró el vaso a una papelera. Echamos a andar hacia el mar, sin decidirlo.