CAPÍTULO 25
Terraza
Llegué a Sant Antoni el viernes con la bolsa de deporte de Lucía.
Es la única que tengo ya sin el logotipo de una sociedad.
Vine en el tren de primera hora de la tarde desde Atocha, solo.
Nadie me esperaba en el andén ni me quitó la cartera al bajar.
Entre el metro de Sants y la calle Comte Borrell pregunté el camino dos veces, aunque me lo sabía.
La primera, a un chico con un patinete, que no sabía.
La segunda, a una mujer que vendía cupones en una esquina.
Me explicó el camino con el nombre de cada bar por el que tenía que pasar.
Se llamaba Encarna. Tenía un nieto en Cuenca.
En el portal me crucé con Lidia, que se iba. Me dio dos besos y un dobry den con su acento. Oksana había dejado una manta al pie de la escalera de servicio, me avisó, «por si refresca arriba». Luego se fue sin explicar qué era arriba.
Sonia estaba en su mesa, al fondo, con la lámpara encendida y una escritura de notaría abierta delante.
Sujetaba las hojas un pisapapeles de cristal que yo no había visto antes.
Levantó la vista cuando entré y me miró la izquierda.
Ya no había reloj que mirar. Me desabroché el puño de la camisa y me lo subí, por costumbre ya.
La franja más clara empezaba a borrarse por los bordes.
—Ha llegado —le dije.
Saqué el sobre del bolsillo del abrigo. Membrete de la custodia, letra de máquina, la H al pie.
Lo había abierto en el tren con el cortaplumas de la oficina.
Entre Guadalajara y Calatayud lo había leído muchas más veces de las que piden cuatro líneas.
Se lo di. Lo leyó de pie, en alto, en castellano, porque estaba en castellano:
«Objeto incorporado al asiento de la nave: un reloj de pulsera de caja de acero, correa de piel gastada por la cara interna, en funcionamiento. Entregado por correo por el administrador de las sociedades de Madrid, a iniciativa propia. Consta al margen, junto a la anotación de la marca. H.»
—«En funcionamiento». Lo ha comprobado.
—Lo ha puesto en hora, seguramente. Le gusta que las cosas que entran en el libro funcionen.
Dobló el papel por sus pliegues y me lo devolvió.
—Vino Fátima el martes —contó—. La del turno de tarde.
—¿Sola?
—Con el nieto. Se llama Joel, tiene seis años y ha decidido que de mayor va a ser camionero porque su bisabuelo lo era.
Trajo pan con tomate envuelto en papel de aluminio.
Como entonces. Nos lo comimos aquí, en la mesa de Oksana, con Oksana, que no había probado nunca el pan con tomate y dice que es un desperdicio de tomate.
—¿Y qué quería?
—Ver si yo existía. Me lo dijo así. Que doce años pensando que la de la segunda línea se había muerto o se había vuelto a Kiev, y resulta que estaba a cuatro paradas de metro de su casa traduciendo escrituras.
Se fue sin coger el sobre de Ferrer. Dijo que lo cogería cuando viniera Montse, que quiere que lo abran juntas.
—¿Cuándo viene Montse?
—La semana que viene. —Me miró—. No te la voy a presentar.
—No te lo he pedido.
—Ibas a pedírmelo dentro de tres preguntas. Se te nota cuando estás contando los nombres que te faltan.
Luego cogió las llaves del cajón de Oksana, apagó la lámpara de su mesa y dejó la escritura de la calle Aragó con el pisapapeles encima.
—Arriba.
⁂
A la terraza se sube por una escalera de servicio estrecha.
Hay una puerta metálica en el último rellano, pintada del mismo verde que las barandillas del edificio.
Sonia tuvo que empujarla con el hombro. Arriba había un suelo de baldosas rojas con los bordes rotos, un tendedero de cuerdas sin ropa, la caja de una antena vieja, cuatro macetas de barro con tierra seca y nada dentro, y una barandilla de hierro a la altura de la cintura que daba a la calle.
Debajo estaba el mercado, con la cúpula iluminada por dentro aunque era de noche y ya habían cerrado.
Hacia la izquierda, oscura, la montaña, con la línea del castillo arriba.
Hacia la derecha, las azoteas del Eixample, cientos, con sus tendederos y sus depósitos de agua y alguna ventana encendida en un ático.
Olía a marzo de Barcelona, que es humedad y un poco de mar aunque el mar no se vea desde allí.
—Nunca subo —dijo ella—. Desde que tengo el despacho.
—Las macetas son de otro.
—De un inquilino del ático que se fue hace cuatro años. No he tenido corazón para tirar la tierra.
Se apoyó en la barandilla de espaldas a la ciudad, con los codos atrás, y me miró.
Llevaba el jersey gris de los viernes y una falda larga de punto, y estaba descalza: se había dejado los zapatos al pie de la escalera de servicio.
Yo estaba enfrente, a un paso, con la bolsa de Lucía todavía colgada del hombro, sin saber dónde dejarla.
Me la quitó ella y la dejó en el suelo, junto a las macetas. Luego me cogió la muñeca izquierda. No por la marca: por encima, por el hueso, con los dedos alrededor, y la sostuvo un momento sin mirarla.
No hubo una palabra en ningún idioma.
La besé de pie, contra la barandilla, con el frío del hierro pasándome por las palmas cuando las apoyé a los lados de su cintura.
Ella tenía la boca templada y sabía a café de máquina, el de la tarde.
Me soltó el cinturón sin mirar. Yo le subí el jersey por la espalda hasta encontrar la piel, que estaba fría por fuera y caliente en cuanto se apretaba un poco.
Se oía toda la ciudad debajo: una moto en Comte Borrell, la persiana de un bar bajando, unos chicos discutiendo en catalán la hora de un tren.
Le subí la falda. Llevaba medias de lana hasta el muslo, sin liguero, y nada más debajo, y me reí contra su hombro.
Ella se rio también, en el pecho, sin abrir la boca.
Me desabrochó el pantalón y lo bajó lo justo, y me cogió con la palma abierta, despacio, mirándome desde muy cerca, sin apartar los ojos.
Le levanté una pierna por detrás de la rodilla y ella la cruzó en mi cadera.
Entré en ella de pie, contra la barandilla, con toda la ciudad a su espalda y el mercado iluminado por encima de su hombro.
Fue lento. No mandaba nadie. Ella no me decía qué hacer y yo no tenía nada que decirle.
Nos movíamos a la vez, buscando dónde apoyar el peso para que el hierro no le diera en los riñones.
Cuando lo encontramos, lo dejamos estar.
El aire de marzo nos pasaba por las piernas desnudas.
Ella respiraba contra mi oreja, cada vez más hondo.
En un momento echó la cabeza atrás, por encima de la barandilla, hacia la calle.
Le sujeté la nuca. Me dio miedo, aunque no había peligro ninguno.
Al rato soltó «suelo», en castellano, una palabra, y me reí otra vez porque era la única que había dicho y era de traductora: la exacta.
La manta de Oksana estaba al pie de la escalera de servicio, doblada, donde Lidia había dicho.
Era de cuadros, de lana gruesa. La extendí sobre las baldosas rojas entre las macetas y el tendedero.
Ella se tumbó primero, boca arriba, con la falda arrugada en la cintura y el jersey todavía puesto.
El pelo se le salió de la manta, hasta la baldosa.
Me puse encima. El suelo estaba duro y frío por debajo de la lana, y no nos importó.
Arriba no había estrellas, porque en Barcelona no hay. Había el resplandor naranja de la ciudad contra las nubes bajas. Un avión muy alto, parpadeando, cruzó despacio el trozo de cielo que quedaba entre la antena y el depósito del edificio de al lado.
Me corrí primero. Sin prisa, mucho después de que empezara a querer hacerlo, con la frente contra la suya y los ojos abiertos. Ella me sujetó por la espalda hasta que acabé y luego no me dejó salir.
—Mírame.
Fue la segunda palabra de la noche, y también era exacta.
Me apoyé en un codo, a su lado, sin soltarla, y la toqué con los dedos donde ella me llevó, y la miré.
La miré a ella, la cara sobre todo: lo que hacía con la boca, cómo se le iba apretando la frente, cómo cerraba los ojos y los volvía a abrir para comprobar que la estaba mirando.
Le costó llegar y no le metí prisa. Se corrió con la cara vuelta hacia mí, con un sonido corto que no era ninguna palabra.
Después se rio, bajito, con los ojos cerrados, de una cosa que no me contó.
Nos tapamos con la mitad de la manta que sobraba. El frío ya se notaba.
⁂
—Chamberí tiene ascensor en la casa de Carmen —empezó ella al cabo de un rato, mirando al cielo naranja—. En la tuya no.
—Tercero sin ascensor. Me lo has dicho tú, que es de estudiante.
—Lo dijo Marina. Yo digo que es de opositor. —Se volvió de lado, hacia mí, con la manta hasta la barbilla—. Aquí hay ascensor.
—Aquí hay una tienda de telas que abre a las nueve y una vecina que baja la basura a las siete menos cuarto con un perro que ladra a las palomas.
—La señora Puig. Te sabes su nombre desde octubre. Yo lo supe por ti.
—Y Lucía los jueves en Madrid.
—Y Oksana los lunes aquí, y la hija de Oksana los sábados en el despacho haciendo los deberes en la mesa de Lidia. —Me miró—. Las dos.
—¿Las dos qué?
—Las dos ciudades. Como el diecinueve y el ciento dieciocho. Una al lado de la otra, en el mismo libro.
—Eso es una solución de traductora.
—Es una solución de las de verdad. Las tuyas eran de administrador: una sociedad para cada cosa y un poder para tu hija.
—Puedo llevarte las facturas. Sin cobrar. Sé hacerlo.
—Lidia las hace mejor que tú. Y Oksana dice que tú cobrarías aunque dijeras que no, en pasteles.
Me reí. Se oyó en la calle, de vuelta, rebotada en la fachada de enfrente.
—Lucía quiere venir en julio —le conté—. Me lo dijo el jueves. Quiere ver el despacho y la terraza, aunque yo no le he contado lo de la terraza. Dice que tú le explicarás qué ponen mal en los subtítulos de la serie de abogados, y que en Madrid no hay nadie que se lo explique.
Lo pensó.
—En julio aquí hace un calor que no se puede subir a la terraza hasta las once de la noche.
—Pues a las once.
—Con Lucía.
—Con Lucía, la manta de Oksana y las macetas sin nada. Plantaremos algo. Me he informado. Albahaca, que aguanta.
—No hemos decidido dónde vivimos.
—No. —Le busqué la izquierda debajo de la manta, la de la mancha de tinta que ya no estaba, y se la cogí—. Hemos decidido dónde vamos a estar las noches de julio. Para dos negociadores, es un avance.
Se rio otra vez.