LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Sin plaza

La carta del colegio llegó un martes de febrero. Sobre blanco, el escudo impreso en la esquina y mi nombre completo en la ventanilla, con las tres tildes. Lidia la dejó en mi mesa sin abrir, al lado del café, y se volvió a la suya. Sabía de quién era por el escudo.

Era una hoja. La junta de gobierno había tenido conocimiento «a raíz de documentación remitida por una entidad con sede en Hamburgo».

La colegiada había ejercido en el año catorce con una identidad que no era la suya.

No se me abría expediente: los hechos eran anteriores a mi alta y estaban prescritos para el colegio.

Pero se me apartaba del turno de oficio de los juzgados de Barcelona «con carácter indefinido, en tanto la junta valora la idoneidad».

Me conservaban el título de jurada. Me conservaban las traducciones privadas.

Me quitaban la Ciutat de la Justícia, el acta de Badalona de los miércoles, los camioneros de Lviv y las vistas de Tarragona.

Firmaba el decano, con una rúbrica de diestro, rápida, de las que se aprenden en una facultad.

La leí dos veces y la metí en la caja del fondo, con los originales que no se devuelven.

No había nada que contestar. La entidad con sede en Hamburgo había mandado una copia del acta del pleno, o de la parte que le convenía.

La mandó al colegio de una ciudad donde no tenía plaza ni nada que ganar.

Una carta así ya no le servía a Vogt para cobrar nada.

La mandó igual. Fue lo último que firmó, si es que lo firmó él y no el muerto.

⁂

Oksana lo supo antes de que se lo dijera, porque yo había dejado de ir los miércoles a Badalona y ella lleva mi agenda mejor que yo.

A media mañana vino a mi mesa con su taza y se sentó en la silla de las visitas, la que tiene una pata que cojea.

Me habló en ucraniano, como siempre que va a decir una cosa larga. Dicho en castellano, fue esto:

—Ya me lo imaginaba. Desde que volviste de Berlín con esa cara de haber dejado algo allí.

Mira, Sónechka, yo llegué aquí sin papeles y tú me diste una mesa, y nadie me preguntó con qué nombre había cruzado ninguna frontera.

Así que no me vas a contar que por un sello de un colegio se acaba este despacho.

No se acaba. Ahora traducimos para los que no tienen juzgado.

Hay más de esos que de los otros. La mitad de mis vecinas de Járkov no saben leer una carta del ayuntamiento, y la otra mitad no se atreve.

Les cobramos poco, pero les cobramos, para que no crean que es caridad, que eso no lo soporta nadie de allí.

Lidia hace las facturas, que las hace mejor que tú.

—¿Y si no llega?

—Llega. Tú vendías cosas más caras que una traducción, y sabías ponerles precio. Ponle precio a esto. —Se levantó con la taza—. Y come, que estás más delgada que en noviembre.

Lidia, desde su mesa, sin entender una palabra, había entendido toda la conversación por las caras.

A la hora de comer tenía abierta en la pantalla una hoja de cálculo nueva, con tres columnas: particulares, asociaciones, notarías.

En la de notarías había puesto dos nombres de la calle Aragó que yo no le había dado.

Los había sacado de las facturas de los últimos cinco años.

Casi todos los notarios de Barcelona nos habían mandado alguna vez a alguien con una escritura rusa, y nunca les habíamos llamado de vuelta.

—Ahora les llamamos —dijo—. Dobry den. Con acento de Lugo, que eso vende.

⁂

Los dos mensajes llegaron la misma semana, por el móvil, de números que no tenía guardados.

El primero era largo, escrito con faltas y sin un solo punto, de una mujer que firmaba «Fátima, la del turno de tarde del almacén».

La señora rusa del abrigo gris le había llevado en abril un sobre con dinero, y ella se lo había devuelto en la puerta porque no sabía de quién era ni por qué.

En enero la misma señora la había vuelto a llamar.

El dinero era de un hombre del muelle que se llamaba Ferrer, el que le apuntaba la semana en un sobre cada viernes.

Y había otra de la lista que se llamaba de verdad Sofía y era traductora en Barcelona.

Que ella vivía en Badalona, que tenía tres hijos y un nieto, y que quería verme. No decía para qué.

El segundo era corto, tres líneas, sin faltas, de una mujer que no firmaba con nombre. «Soy la de la tercera línea. Yo también devolví el sobre. Me gustaría tomar un café contigo, Sonia, si quieres. Sin papeles de por medio.»

Sonia, sin apellido. Como me llamaba mi padre, como me llamaban en el muelle, como me llamaba Alina en mi despacho cuando estaba enfadada y cuando me dio las gracias.

Las contesté a las dos el mismo día, a la primera en castellano y a la segunda también, y les dije lo mismo: que sí, que en mi despacho o donde ellas quisieran, y que el sobre de Ferrer seguía donde lo dejó Alina, si algún día lo querían.

A Fátima le puse la dirección de Sant Antoni.

A la de la tercera línea le pregunté su nombre.

Me contestó a la hora. «Montse. Pero en el muelle me llamaban la Rubia, y de eso no te acordarás.»

Me acordaba. Llevaba el pelo teñido con agua oxigenada y un pañuelo de flores contra el polvo de cemento. Le cantaba a la carretilla.

De Fátima me acordaba peor. Entraba cuando nosotras salíamos, y los viernes traía pan con tomate envuelto en papel de aluminio y lo repartía en la puerta del almacén sin preguntar a nadie cómo se llamaba.

A mí me daba el trozo del medio, el más blando, porque decía que yo no comía nada.

Doce años después me escribía sin un punto para decirme que quería verme y no me decía para qué.

⁂

Rita escribió un viernes, por la noche, una sola línea y una foto.

La foto era una mesa de cristal con diez libretas de hule negro alineadas por el lomo, el año a lápiz en cada una.

Encima, una lámpara de brazo. Reconocí el cristal: la mesa del despacho de Piqué, en la Via Laietana, donde abrí el diecinueve.

«Han llegado de Berlín. Hoffer las mandó a Piqué para que me las entregue con acta. Las voy a leer una vez. Te aviso por si quieres estar.»

Le contesté que sí. Me dio día y hora para la semana siguiente. Luego, en otro mensaje, solo: «Son de mi padre. Pero los nombres de dentro no».

En esas diez libretas estaban los viernes de Ferrer, los sobres, las semanas de cada una. Estaba la mía, con el apellido que me escribía en el sobre. Estaba, quizá, mi padre. Le escribí a Rita que se lo agradecía.

⁂

Barinov llamaba cada noche desde que volvimos de Berlín, a la misma hora, cuando Lucía se iba a su cuarto o a casa de su madre. Mi día no me lo pedía; me contaba el suyo, con los nombres, y yo le corregía lo que me contaba mal.

Esa noche llamó más tarde. Sonaba a cocina: un grifo, un plato.

—He firmado las arras de la casa. Un matrimonio de Valladolid con dos hijos y un perro.

Él es notario, ella pediatra. El perro se llama Truman.

—Una pausa, el grifo—. Les he enseñado el rellano.

La marca de la mochila de Marc. Les he dicho que no la pinten.

La señora me ha preguntado por qué y le he dicho que era de un niño que vivió aquí y que le daba vergüenza la mochila de ruedas.

Se ha reído. Ha dicho que su hijo pequeño arrastra una igual. No la van a pintar.

—¿Lo has puesto en el contrato?

—No se puede. Pero el notario me ha dado la mano, y para un notario eso es más que una cláusula.

—¿Y tú?

—Un piso en Chamberí, en la calle de Lucía, en el portal de enfrente de su madre.

Tercero sin ascensor. Dos habitaciones. La pequeña es para cuando venga Lucía, que dice que vendrá los jueves para que Carmen tenga una noche libre, aunque Carmen no la ha pedido.

Marina me ha dicho que es un piso de estudiante.

Tiene razón: lo era. El dueño anterior era un opositor a notarías que aprobó a la sexta.

—¿Y Kuzmín?

—Jubilado desde el lunes. Con la pensión de la notaría.

Ayer vino a devolverme las llaves del coche y se quedó a comer.

Dos horas en la cocina, con dos platos de lentejas y ni una frase.

Se fue con el táper de los varéniki de Oksana, lavado, para que se lo devuelva yo.

Le he dicho que se lo devuelva él, en persona, en Barcelona, y ha cogido el táper y se lo ha llevado.

Me reí. Oí que dejaba el plato en el escurridor.

—El reloj se lo he mandado a Hoffer —dijo, sin cambiar la voz—.

Por mensajero, en una caja, desde la oficina.

Con una carta corta: objeto del asiento, para incorporar si el custodio lo considera.

Hoffer me ha contestado que lo considera y que me manda un recibo.

El recibo no ha llegado todavía. Cuando llegue te lo enseño.

—¿Y qué te pones ahora en la muñeca?

—Nada. Me miro la hora en el móvil, como Lucía. Me equivoco de bolsillo tres veces al día.

Hubo un silencio en la línea, no de los suyos de antes: uno de cocina, con la nevera de fondo.

—Sigo sin dormir —dijo—. Sin plaza, sin casa, sin reloj, y sigo sin dormir. Pensaba que era por la silla y resulta que era por mí.

Miré el despacho. La mesa de Oksana con la taza dentro del cajón para que no la usara Lidia.

La de Lidia con la hoja de cálculo impresa y tres nombres de notarías subrayados con rotulador verde.

La caja del fondo, cerrada, con la carta del colegio dentro.

La ventana, la persiana a medias, la tienda de telas cerrada abajo.

En la acera de enfrente, el perro de la señora Puig atado a una farola mientras ella bajaba la basura antes de hora.

—Pues ven a no dormir aquí —le dije.

No contestó enseguida. Lo oí secarse en un paño.

—¿A Barcelona?

—Arriba hay una terraza. Desde que tengo el despacho no la he usado nunca, porque una terraza sola no sirve para nada. Ven el jueves. Trae el recibo de Hoffer.

—El jueves viene Lucía.

—Pues el viernes.

—Me lo apunto —dijo, y oí el bolígrafo contra la agenda. Y luego, en ruso, despacio, con el verbo bien colocado esta vez—: El viernes voy a no dormir a tu casa.

Le dije que el verbo estaba bien. En siete años no le había dejado pasar una frase rusa sin tocarla. Esa la dejé pasar como venía. Se lo dije en castellano.