LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Con su letra

La sala del libro estaba fría a esa hora.

Hoffer había encendido la estufa de aceite que tiene junto a la ventana, la de ruedas, y todavía no calentaba.

El libro estaba abierto sobre la mesa larga, por la hoja de la lista de las seis.

A la derecha, en la hoja de al lado, la de Arseni, con las tres palabras azules en el margen.

Las dos A quedaban a la misma altura, una frente a otra, separadas por el lomo.

Sonia entró delante de mí. Yo no pasé del marco de la puerta: lo que se iba a escribir no era mío. Me apoyé en él, con el abrigo puesto y la agenda en el bolsillo de dentro, y la dejé allí.

Hoffer no se levantó. Le preguntó en castellano si había dormido.

Ella contestó que poco. Hoffer le dijo que en esa casa se dormía poco la noche después de un pleno; lo sabía por treinta y cinco años de plenos.

Le señaló la silla que tenía enfrente, la de las visitas, con el asiento de cuero gastado en el centro.

Ella se sentó en el borde y dejó la carpeta azul en el suelo, apoyada en la pata.

Luego Hoffer puso el dedo índice en la segunda línea de la lista, sin tocar la tinta, a un centímetro del papel.

—Los asientos no se borran. Se corrigen al margen.

—Lo dijo despacio, la misma frase que yo le había oído decir a Mijaíl en un pleno de hace dos años, y a Yelena por teléfono, y a él mismo en junio, cuando abrió la incidencia—.

Esta línea dice «Ana», con una inicial. Ayer quedó en el asiento su nombre completo, dicho en sala.

La parte puede corregir su línea, si quiere, con su letra. No está obligada. El libro ya lo tiene.

Ella miró la línea. Miró el margen, vacío en esa hoja, de un dedo de ancho, con el papel más amarillo en el borde que en el centro. Miró la pluma de Hoffer, metida en el tintero: plumín de acero, mango negro, una mancha de tinta seca en la base.

—Quiero.

Hoffer le acercó el tintero y le dio la vuelta a la pluma para ofrecérsela por el mango. Al lado le puso una hoja de papel secante, rosa, de las que yo no veía desde la escuela.

—Once correcciones al margen he visto en este libro —dijo mientras ella se quitaba el abrigo—. Las escribimos mi antecesor o yo, por encargo. Esta la escribe la parte.

Lo que siguió lo vi desde la puerta, a tres metros, y lo cuento por orden.

Cogió la pluma con la izquierda. La mojó una vez y la escurrió en el borde del tintero.

La miró contra la luz de la ventana para ver cuánta tinta llevaba.

Tenía la cabeza un poco ladeada hacia la derecha, para no taparse con su propio brazo lo que iba a escribir.

Lo había visto trescientas veces en mi despacho y en el suyo, firmando traducciones, y nunca lo había mirado.

Primero la A. En el margen, a la altura de la segunda línea, justo enfrente de la otra.

No la copió: la hizo. La pluma rascó un poco en el papel viejo al subir y otra vez al bajar.

La tinta salió más negra que la de la lista, que tiene doce años y está parda.

Dos A en la misma hoja, una de una mañana de hace doce años en un rellano y otra de esta mañana. La nueva quedó un poco más grande.

Luego volvió a mojar la pluma. Debajo de la A, en cirílico, despacio, con las letras redondas de la escuela de Kiev:

Софья Андреевна Волкова

Lo que yo partía en dos en un aparcamiento de Francia, en su alfabeto eran dos letras iguales, una al lado de la otra, y nada más. Lo había dicho mal cinco veces antes de decirlo bien.

Volvió a mojar. Debajo, en latino, con la letra de sus notas al pie, la que me escribió «Guárdalas» en una hoja de bloc:

Sofía Andréievna Vólkova

Puso las tres tildes, la de la i, la de la e y la de la o, porque así se pronuncia. La de la e me la había corregido en el coche.

Dejó la pluma en el tintero, de pie, sin soltarla del todo hasta que estuvo segura de que no caía. Se miró los dedos. Tenía una mancha pequeña de tinta en el borde del meñique izquierdo, el que arrastra sobre el papel al escribir. No se la limpió.

Hoffer cogió el secante y lo apoyó sobre el margen con la palma abierta, sin presionar, y lo levantó en un solo movimiento.

En el secante quedó el nombre al revés, en las dos letras, pálido.

Hoffer lo dobló por la mitad, con la escritura hacia dentro, y lo tiró a la papelera de mimbre.

Luego se inclinó sobre el libro y leyó lo que ella había escrito, en las dos letras.

Asintió una vez, para el libro, no para ella.

Escribió él debajo, con su letra pequeña de custodio, una línea en ruso que reconocí a medias: la fecha, sin día, y la fórmula de la corrección al margen, «a petición de la parte, de su mano». Firmó con la H. Nada más.

—La lista de Arseni Kalinin y la de las seis quedan en hojas contiguas —dijo, mirando las dos páginas abiertas—. Con la misma A, para quien lea.

Ella asintió. Leyó las dos hojas el tiempo que necesitó, que no fue mucho: una pasada por cada margen. Luego se levantó y recogió la carpeta azul del suelo.

Hoffer cerró el libro. Lo hizo con las dos palmas, una a cada lado.

Apretó un poco el lomo antes de bajar la tapa, para que ninguna hoja se doblara.

Se levantó con la pierna mala por delante, apoyándose en el borde de la mesa.

Lo llevó en brazos al armario de pared, el de cristal y llave.

Lo colocó en su balda, de pie, con el lomo hacia fuera.

Cerró el cristal. Echó la llave. Se guardó la llave en el bolsillo del chaleco.

En ese libro yo estaba ya, desde ayer, con todo lo que hice, firmado al pie con la V pequeña.

Ella no estaba hasta esa mañana. Estaba la inicial de una tarjeta comprada en un muelle.

Estaba una línea de Hoffer de noviembre que decía «abajo».

Y su nombre, dicho en sala por mí. Ahora estaba ella, con su letra, en dos alfabetos y con la A delante.

Pensé, en la puerta, en la primera tarde de su despacho, en el diecinueve.

Le llevé una carta de Berlín en ruso y le dije que me habían dicho que era la mejor.

Ella me miró la muñeca antes que la cara.

Yo creí que miraba si el reloj era caro.

Siete años creyéndolo, y apunté en la agenda que la intérprete de Sant Antoni se fijaba en los relojes.

Pensé también en el contrato de las sociedades de Levante del año quince.

El primer papel legal con su nombre, que dijo ella.

Lo firmé yo, con mi letra, sin haberla visto nunca, porque me lo pidió Grigori.

Su nombre lo escribió en ese contrato una secretaria de la notaría a máquina, y yo firmé debajo.

Ella ha tenido su nombre en papeles desde entonces: en el colegio de traductores, en Extranjería, en la placa de la puerta de Sant Antoni.

Pero en ninguno lo había escrito ella misma con la izquierda en un libro que no se puede quemar.

Hoffer volvió a su silla y subió la pierna a la otra. Nos miró a los dos, primero a ella y después a mí, en la puerta.

—Pueden irse cuando quieran. El libro ya no los necesita.

Ella fue hacia la puerta. Yo me aparté del marco y me eché a un lado, hacia el pasillo, con la espalda contra la pared.

Pasó delante de mí, primero ella. Llevaba la mancha de tinta en el meñique y la carpeta azul contra el pecho.

No me miró al pasar, ni tenía por qué. Olía al aceite de la estufa y a tinta.

La seguí por el pasillo. En el vestíbulo hay un perchero de hierro con un solo abrigo, el de Hoffer, y un espejo pequeño, picado en las esquinas. Ella se paró delante. Se miró un momento la cara, no el pelo ni el abrigo, la cara. Luego abrió la puerta de la calle.

Fuera hacía un frío limpio, de enero de Berlín, sin viento. Kuzmín estaba en la acera de enfrente, junto al coche, con el motor encendido y la calefacción puesta, mirando hacia otro lado.