LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 22 #2
79%

CAPÍTULO 22 #2

Leyó en castellano y Yelena tradujo al ruso, aunque era su propio documento.

El informe de cotejo de la señora Rita Ferrer, perito calígrafa, a petición de la secretaría, sobre la muestra que remitió el administrador de Madrid con su carta de diciembre: una firma de Grigori Denísov del año quince, con traducción jurada al pie.

Las firmas de la plaza de Hamburgo en las comunicaciones de los dos últimos años, cotejadas con esa muestra y con las de Grigori Denísov en el libro azul de la plaza.

La G. La presión del final. El ángulo de la raya.

Conclusión: la firma no es la del firmante que consta como muerto; es una reproducción del trazo de ese firmante por una tercera mano, sostenida en el tiempo.

Rita no miró a Vogt mientras Hoffer leía. Miraba la hoja que tenía en las rodillas, la suya, por si Hoffer se equivocaba en algo. No se equivocó.

Mijaíl abrió por fin la carpeta y leyó, en ruso, con los verbos al final.

Quedaba sin efecto todo lo firmado en nombre de la plaza de Hamburgo desde la fecha de la muerte de Grigori Denísov.

Se requería a la plaza de Hamburgo que entregara la documentación Ferrer a la custodia del libro.

La custodia la entregaría a la hija del titular, la señora Rita Ferrer.

Se cancelaba la cuenta de atenciones de Hamburgo.

Yelena tradujo. Rita miró a Mijaíl. En la galería, Iósif se pasó el pulgar por la boca y lo dejó ahí.

Vogt se levantó. Cogió la cartera de piel del suelo.

Hoffer le acercó por la mesa el acta de la sesión, con el sitio de la plaza de Hamburgo en blanco y un bolígrafo encima.

Vogt la miró. No la cogió. Se abrochó el abrigo, dio media vuelta y salió por la puerta grande, con los dos de Altona detrás.

El mayor, al pasar por delante del banco, nos miró a Barinov y a mí, por este orden, y siguió.

Hoffer escribió en el libro.

—Conste que la plaza de Hamburgo abandona la sala sin firmar el acta.

En veinte años de plenos, me contó después Yelena en la escalera, la firma de Vogt había estado al pie de todas las actas. En esa no.

⁂

—El titular anterior de la plaza de Madrid —dijo Mijaíl.

Arseni se levantó. No fue al atril. Habló desde su sitio, de pie, en ruso, con un ruso más limpio que el de Barinov y más lento que el de Mijaíl. Cuatro frases. Yelena las tradujo al castellano para la galería, y lo hizo con la voz un poco más baja que antes, porque era su hermano.

—Mi orden dice que Andréi Vólkov y el chico murieron abajo, en el almacén.

Murieron arriba, en el borde de la plataforma, delante de la oficina, y eso pido corregirlo yo, porque lo del cuarto nombre me lo corrigieron sin mí.

Mi inventario decía que nadie de Madrid estaba en la oficina. Estaba el que me sustituyó.

Hoffer escribió una línea al margen de la orden y giró el libro hacia él. Arseni se acercó, la leyó de pie y firmó debajo con la letra de imprenta que aprieta. Volvió a su sitio. Barinov no lo miró. Yo sí. Tenía la tirita del pulgar hacia fuera y las rodillas juntas.

Hoffer pidió leer otro documento. Era una hoja sola, de cuaderno, escrita a lápiz con letra grande y torcida, de poco escribir. Llegada por correo a la secretaría desde un cámping, con un sello de una oficina de Correos de un pueblo de la costa. La leyó en castellano, tal como venía.

—«Si me preguntan si había alguien en la oficina: se apagó una luz. Nada más. Grigori Vasílievich Ostrovski.»

Alina cerró los ojos un momento. Luego los abrió.

⁂

Mijaíl preguntó a Hoffer si el asiento tenía todo lo que necesitaba. Hoffer contestó que le faltaba una cosa: el nombre completo de la parte de la segunda línea, tal como debía constar en el libro, porque la lista tenía una inicial y el libro no toma iniciales.

—Señora —me dijo—. Su nombre, para el asiento.

Me levanté. Abrí la boca. Lo tenía, en las dos lenguas, desde la ventana del hotel, desde el coche, desde el segundo escalón. No salió. Salió aire, nada más, y un ruido pequeño en la garganta. Volví a intentarlo y tampoco. La sala esperaba sin moverse. Oí a Marc, en la galería, mover el mapa.

Detrás de mí, desde el banco, sin levantarse, Barinov lo dijo.

—Sofía Andréievna Vólkova.

Con la e cargada. Con la uve en el labio. Con mi padre en medio, bien dicho, sin que Yelena tuviera que corregir nada.

Hoffer lo escribió. Lo vi escribirlo, en cirílico, con la pluma, despacio, el pulso firme pese a la rodilla y a los años. Luego levantó la vista hacia mí, no hacia Barinov.

—¿Es correcto, señora?

Me salió la voz. Poca.

—Es mi nombre.

⁂

Votaron a mano alzada, en ruso, por puntos.

Primero, cierre de la plaza de Madrid a petición de su titular: dieciséis manos.

Segundo, el asiento de la nave queda abierto hasta que entre en la custodia la documentación Ferrer; se cerrará entonces, con todos los nombres.

Dieciséis. Mijaíl levantó la sesión con la misma frase de reglamento con que la había abierto.

La sala se vació despacio. Los dieciséis salieron por la puerta grande hablando entre ellos en ruso de pasillo, que no es el de reglamento.

Uno se rio fuerte de una cosa que no era nuestra.

Danil bajó de su silla y pasó por delante del banco.

Se paró delante de mí. Me habló en ruso, el suyo, el de Kaliningrado, con las vocales abiertas.

—La mañana de después, en tu rellano, te hablé de tus papeles. Hoy los has traído tú.

No esperó respuesta. Se fue detrás de Alina.

Barinov firmó al pie del asiento, de pie, junto a la mesa de la secretaría, donde le dijo Hoffer.

Firmó con la V pequeña de ahora. Arseni salió sin despedirse de nadie, con Vera esperándole en la puerta.

Rita se quedó hablando con Yelena junto a la mesa, con las tres hojas del informe entre las dos.

Bajé la escalera de piedra sola. En el descansillo, junto a la ventana alta, estaba Alina, de espaldas al cristal, con el abrigo gris ya puesto. Me esperaba.

Sin apretón, sin tocarme. Me miró a la cara un momento, la cara, y dijo dos palabras en castellano, sin acento ruso, las dos que llevaba guardando desde octubre.

—Lo has dicho.

Bajó delante de mí. Danil la esperaba abajo, en el vestíbulo, con el abrigo de los dos en el brazo.

Seguí un rato en el descansillo con la carpeta azul. Arriba, en la sala vacía, Hoffer seguía escribiendo. El libro tenía ya todos los nombres. Todos menos uno, que mañana, en la sala de abajo, iba a escribir yo.