LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Pleno

La sala grande está en el primer piso de la casa del libro, encima de la sala donde Hoffer lo guarda. Se sube por una escalera de piedra con un descansillo en medio y una ventana alta. Hoffer la subió delante de mí, de lado, agarrado al pasamanos, una vez. No dejó que nadie le llevara la carpeta.

Dentro había una mesa en herradura con dieciséis sillas y dieciséis hombres sentados en ellas, ninguno joven.

Delante de cada uno, una hoja, un vaso de agua y un bolígrafo igual.

En la cabecera, Mijaíl Petróvich Denísov, con el pelo blanco cortado al rape y una carpeta cerrada bajo la palma.

A su derecha, en una mesa aparte, más baja, la secretaría: Yelena, con su libreta pequeña abierta, y Hoffer con el libro y la silla para el pie.

Enfrente, contra la pared, un banco largo de madera para los comparecientes.

Arriba, una galería de balaustrada oscura con dos filas de sillas.

Me senté en el banco donde me señaló un ujier sin uniforme.

Llevaba la carpeta azul apretada contra el abrigo y no la solté hasta que estuve sentada.

Antes de salir del hotel había repasado las tres cosas en la ventana, una última vez, sin voz, solo con la boca.

Abajo, en la calle, un hombre cargaba cajas de leche en una furgoneta y las contaba en alemán.

A mi derecha, Arseni, que no me miró y me hizo sitio.

A su derecha, Barinov, con las dos hojas en la carpeta gris sobre las rodillas y sin reloj.

A la izquierda de la herradura, en las sillas de las partes, Alina.

Llevaba el mismo abrigo gris que en mi despacho, esta vez quitado y doblado sobre las rodillas; a su lado Danil, con chaqueta y sin el trapo al hombro, y luego Rita, con el lápiz en el pelo.

En la galería vi a Vera, y a Iósif a su lado con el codo en la balaustrada, y a Marc entre los dos con el mapa doblado.

Kuzmín estaba al fondo de la galería, de pie, con el abrigo puesto.

Vogt entró el último, con los dos de Altona, y se sentó en la silla de la plaza de Hamburgo, la tercera de la herradura por la izquierda. Los de Altona se quedaron de pie detrás de él. Dejó la cartera de piel en el suelo, junto a la pata de la silla, sin abrirla.

Mijaíl abrió el pleno en ruso. Un ruso de reglamento, de frases que llevan cien años diciéndose igual, con los verbos al final y sin un adjetivo.

Leyó el orden del día y el tercer punto era nuestro: incidencia del asiento de la nave, comparecencias.

Hoffer escribía mientras Mijaíl hablaba.

Yelena traducía al castellano, en un susurro, para el banco de los comparecientes y para la galería, y no se le escapó ni un verbo.

⁂

Barinov se levantó cuando Mijaíl dijo su nombre.

Lo dijo con el patronímico que yo no le había oído nunca, porque en Madrid nadie lo usa.

Fue hasta el centro de la herradura, donde había un atril pequeño de madera, y dejó las dos hojas encima.

No se apoyó. Habló en castellano, y Yelena traducía al ruso detrás de él, frase a frase, con medio segundo de retraso.

Leyó lo que yo había leído dos veces en Sant Antoni, sin cambiar una coma.

Que administraba las sociedades de Madrid desde seis años antes.

Que recibía instrucciones de Grigori Denísov sin que lo supiera el titular.

Que la noche del asiento entró por la escalera de fuera con los hombres de Ostrovski ya en la nave, cerró con llave, sacó dos libretas del segundo cajón y bajó el diferencial.

Que puso una silla de cara al cristal y se sentó hasta el final.

Que vio morir a Andréi Vólkov en el borde de la plataforma, delante de la oficina, y a Nicolás Salas a su lado.

Cuando dijo el nombre de mi padre, Yelena lo repitió en ruso con la ele dura de Kiev. Ella no tenía por qué saberlo, y lo sabía.

Barinov siguió. La llave puesta por dentro. Las libretas a Altona un mes después, con su etiqueta. Madrid, prometida ese día. «No pide ratificación. Pide que conste.» Ahí terminaba el papel. Dobló las hojas y siguió en el atril.

Yo lo había leído en Sant Antoni con un lápiz en la izquierda, buscando dónde tachar, y no había encontrado sitio.

Oído en aquella sala era otro texto. En el papel eran frases llanas.

En su boca llevaban detrás la cocina de Nochebuena, la mesa de nogal con la quemadura, el asiento de atrás del coche.

Él no lo adornó. No había nada que adornar: estaba todo en los verbos.

Entró. Cerró. Sacó. Bajó. Se sentó. Vio.

—Añado de palabra lo que no escribí. —Miró a Hoffer, no a Mijaíl—.

Unas semanas antes de esa noche, en Altona, Grigori Denísov me regaló un reloj.

Me lo dio con una frase: para lo que vas a recoger.

Lo llevaba puesto en la escalera. Lo he llevado doce años por dentro de la muñeca.

Hoy no lo llevo. —Esperó a que Yelena terminara—.

Pido que se cierre la plaza de Madrid. No porque la pierda. Porque la tuve así.

—¿La petición es oral? —preguntó Hoffer.

—Oral. Y la firmo donde usted me diga.

—Firmará al pie del asiento. Conste que la petición se hace de palabra, en sala, por el titular.

Barinov volvió al banco. Al sentarse me rozó la rodilla con la carpeta y no se disculpó. Arseni, entre los dos, tenía los ojos en la herradura.

⁂

Vogt pidió la palabra antes de que Mijaíl la diera. Habló en ruso, el de papel, sin levantarse.

—La plaza de Hamburgo solicita que conste que la documentación a la que se ha referido el compareciente fue custodiada por la plaza de Hamburgo por instrucción.

Mijaíl no lo miró. Abrió la carpeta que tenía debajo de la palma, leyó la primera hoja y la volvió a cerrar.

—Conste. Y conste de quién.

Vogt no contestó. Yelena tradujo las dos frases a la galería y Iósif se rio solo, un segundo, y Vera le dio con el codo.

⁂

—La parte de la segunda línea —dijo Mijaíl en ruso, y Yelena no tuvo que traducirlo.

Me levanté. Fui al atril sin papeles. La carpeta azul la dejé en el banco, cerrada, con la tarjeta dentro. Había decidido en el coche, en algún punto de Francia, que la tarjeta no la iba a sacar delante de ellos; que la sacaría el ujier si alguien la pedía. No la pidió nadie.

Hablé en castellano. Yelena traducía al ruso detrás de mí, y yo la oía, y en dos ocasiones estuve a punto de corregirla y no hizo falta: se corrigió ella sola en la frase siguiente, igual que me corrijo yo.

Dije que en el año del asiento trabajaba sin papeles en el muelle de la nave, con una tarjeta comprada a nombre de Ana Melnyk.

Que en el muelle me llamaban Sonia. Que la mañana siguiente firmé con ese nombre la lista que está en el libro, en la segunda línea, con una A.

Que aquella noche Ostrovski nos mandó abajo, a la otra mujer y a mí, por la escalera de hierro del sótano.

Que en el segundo escalón hay una ventana al patio de atrás.

Que por esa ventana vi subir por la escalera de fuera a un hombre con una linterna en la derecha, apuntando al suelo.

El reloj lo llevaba en la otra, por dentro, del revés.

Que luego se apagó la luz de la oficina y oí arrastrarse una silla un palmo, encima de mi cabeza. Que no vi a mi padre.

Dije que en el año diecinueve ese hombre entró en mi despacho de Barcelona con una carta en ruso. Que lo reconocí antes de verle la cara, por la muñeca. Que llevo siete años traduciéndole.

Dije lo del diecinueve, en el orden en que lo abrí.

Que en el año diecinueve abrí en persona, en efectivo, la referencia 19/118-B en el despacho de Ferran Piqué.

Que pedí el número ciento dieciocho para que mi carpeta estuviera al lado de la de Enric Ferrer.

Era el único hombre del muelle que sabía mi nombre verdadero.

Que vendí la ubicación de Grigori Ostrovski tres veces.

La primera, ese mismo año, a la plaza de Hamburgo, por Piqué.

La segunda, cuatro años después, a la señora Kovaleva, aquí presente, por un pariente mío de esta ciudad.

La tercera, gratis, a la plaza de Madrid, en el margen de una lista, con mi letra.

Alina siguió con la vista en la herradura. Grisha no estaba.

Vogt levantó dos dedos del vaso de agua.

—La plaza de Hamburgo solicita que se recuse a la compareciente. Ha reconocido en sala que vendía información sobre el asiento. Una vendedora no es parte.

Mijaíl lo dejó terminar. Luego habló sin levantar la voz y sin mirar a nadie, a la carpeta.

—Se rechaza. Continúe, señora.

No me quedaba nada que continuar. Lo dije.

Mijaíl levantó la vista de la carpeta y me miró. Tenía los ojos muy claros, casi sin color, con los párpados cansados.

—El hombre de la escalera. ¿Lo reconocería?

Para eso me sobraban las dos lenguas. Me volví hacia el banco y señalé. No la cara: el brazo izquierdo de Barinov, apoyado en la carpeta gris.

Barinov se levantó. Se desabrochó el botón del puño y se subió la manga de la camisa hasta el codo, despacio, con la palma hacia arriba.

No había reloj. En la piel de la cara interna, donde durante doce años había ido la esfera, había una franja más clara que el resto del brazo, del ancho de una correa.

En un extremo, el dibujo pequeño de una hebilla, marcado de tanto tiempo.

La sala lo miró. Dieciséis hombres, una secretaria, un custodio, una galería. Hoffer se inclinó sobre el libro y escribió una línea corta.

—Conste —dijo Mijaíl.

Barinov se bajó la manga y se volvió a sentar sin abrocharse el puño.

⁂

Hoffer pidió la palabra a la presidencia para leer un documento de la secretaría. Mijaíl se la dio con un gesto. Hoffer sacó de su carpeta tres hojas grapadas y se puso unas gafas que no le había visto nunca, de montura de alambre.