LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 21
72%

CAPÍTULO 21

La víspera del pleno

Saqué el sobre de la carpeta gris y se lo di cerrado.

Lo abrió él, con un cortaplumas de mango de hueso que tenía junto al tintero, por el lado corto, sin romper la letra de fuera.

Sacó la hoja de Arseni, la extendió encima del libro y la miró un rato largo sin comentar lo que veía.

Leyó las nueve líneas para sí, en ruso, aunque estuvieran escritas en castellano.

Luego se detuvo en el margen. Las tres palabras en azul. La A debajo.

Pasó tres hojas del libro hacia atrás. Allí estaba la lista de las seis, incorporada hacía dos años, con las seis firmas de mujer en columna.

Hoffer puso la hoja de Arseni al lado, sobre la mesa, sin pegarla.

No las comparó. Las dejó una junto a la otra, la A de la segunda línea a la altura de la A del margen, y escribió en el libro una línea que no leí, con la pluma, despacio.

—Consta —dijo—. Entregado en persona por el administrador de Madrid. Lo pone en el sobre y lo pongo yo.

—¿Y lo de Hamburgo?

—Llegó ayer por la secretaría. —Volvió una hoja hacia delante con la uña—. «La plaza de Hamburgo comunica que la documentación Ferrer no está disponible para el pleno.» Firmado por el señor Vogt. Consta encima de su petición, con la fecha.

—Gracias, Hoffer.

—No me las dé. Yo leo lo que llega.

Me puse el abrigo. En la puerta le pregunté si iba a subir la escalera dos veces al día siguiente. Me dijo que una, y que la bajaría cuando se hubiera ido todo el mundo.

⁂

En el hotel había más gente de la que el hotel sabía.

Era el mismo de noviembre, a dos calles del libro, con el ascensor de rejilla y la moqueta verde gastada delante de cada puerta.

Rita estaba en el bar del vestíbulo con un té y un portafolios de cartón, con el pelo recogido con un lápiz, y Iósif a su lado con una bolsa de plástico de supermercado entre los pies. Iósif se levantó primero. Rita no.

—Vadim. —Me dio un abrazo corto, de un brazo, con el otro sujetando la bolsa—. Mi madre te manda turrón. Del duro. Dice que el blando es de gente que no tiene dientes, y que tú todavía los tienes.

—¿Cómo está tu madre?

—Te lo cuenta ella el día cinco, que me ha dicho que la llames aunque estés en Berlín. —Me puso la bolsa en los brazos—. La Mari ya sube sola al segundo. Con el andador, pero sola. Eso también te lo iba a contar ella y se lo he robado.

—¿Y Lleida?

—Lleida bien. La mesa de sonido nueva tiene un fallo en el canal ocho y nadie lo arregla. Siéntate, que Rita te tiene que decir una cosa y no se va a levantar a decírtela.

Me senté. Rita tenía las uñas muy cortas y el dedo corazón de la derecha manchado de grafito. Abrió el portafolios, sacó una hoja y no me la dio: la dejó encima del portafolios, de su lado de la mesa.

—He hecho un cotejo para la secretaría. Me lo pidió Yelena después de Navidad, con lo que usted le mandó a Hoffer grapado a su carta.

Las firmas de Grigori Denísov que hay en el libro azul de la plaza, el que tiene Hoffer en el armario de abajo, acaban antes del año diez, y la mano de un hombre cambia con la edad.

Me faltaba una de sus últimos años. Usted me la mandó, con la traducción de la señora Vólkova al pie.

—Me miró los dedos antes que la cara, como hace siempre—.

Las firmas de la plaza de Hamburgo de los dos últimos años, contra esa.

Vogt copia. Copia el trazo de la G, la presión del final y el ángulo de la raya, y copia el temblor que Grigori tenía al final.

No imita: copia, que es otra cosa. Lleva dos años firmando con el pulso de un muerto.

—Gracias por decírmelo.

—No es para usted. Es para el libro. —Guardó la hoja—. Se lo digo porque mañana lo va a oír y prefiero que no ponga cara de sorpresa delante de Vogt. Las caras de sorpresa también constan.

Iósif se rio. Rita no. Tere, me contó Iósif, había vuelto a dejar de fumar en Nochevieja, la octava, y había guardado la lata de Aribau en un cajón con llave. Le pregunté a Rita si era verdad. Me contestó que sí y que la llave la tenía ella.

⁂

Vera y Arseni estaban en los sillones del fondo del vestíbulo, junto a una ventana que daba a la calle.

Marc no estaba: se había subido a la habitación con el mapa a buscar en él la calle del hotel, me dijo Vera, y no iba a bajar hasta encontrarla.

Vera se levantó al verme venir y me dejó su sillón, el que estaba al lado de Arseni.

Se fue a la barra a pedir algo sin preguntar qué queríamos.

Arseni no se levantó. Yo no le tendí la mano y él no me la tendió. Me senté.

Estuvimos así un rato largo, cada uno en su sillón, mirando la calle. Pasaban bicicletas con la luz encendida aunque todavía era de día. Una mujer paseaba dos perros iguales con dos correas de distinto color. Arseni llevaba la misma tirita en el pulgar, u otra igual.

—¿Habéis venido por Francia? —le pregunté.

—Por Suiza. Vera no quiere peajes franceses desde que le cobraron dos veces en el mismo. Dos días, con noche en Basilea. Marc se ha aprendido todos los cantones.

—Nosotros por Lyon.

—Me lo ha dicho Kuzmín en el aparcamiento. Con un mapa, sin abrir la boca: me ha puesto el dedo en Lyon. —Arseni no se volvió—. Y me ha dado la mano. A mí. Treinta y un años y no me la había dado nunca.

Lo dejé ahí. Lo que había hecho Kuzmín no se mejoraba hablando. Vera volvió con tres cafés en una bandeja y los dejó en la mesa baja. Arseni cogió el suyo.

—Mañana hablo después de ti —dijo—. Hoffer me lo ha mandado por escrito. Voy a decir lo que dije en Alcalá y una cosa más.

—¿Qué cosa?

—Esa no te la cuento, Vadim. Mañana la oyes con los demás.

En doce años no le había oído una respuesta que yo no pudiera prever. Me bebí el café.

⁂

Vogt cruzó el vestíbulo a las siete, con los dos de Altona detrás, uno a cada lado, a medio paso.

Abrigo oscuro largo, sin bufanda, una cartera de piel fina en la izquierda.

Ni caja de cartón gris ni nada que pudiera contener diez libretas de hule.

Venía de la calle e iba al ascensor, y para ir al ascensor tenía que pasar por delante de los sillones.

Se paró delante de mí. Delante de mí, no de Arseni. A Arseni no lo miró.

—Administrador —soltó, en castellano de carta. Mi nombre se lo ahorró. Me hizo una inclinación corta, la que se le hace en Hamburgo al que lleva las cuentas de una plaza que no es suya—. Mañana a primera hora. La plaza de Hamburgo estará representada.

—Lo estará, señor Vogt. Grigori Petróvich también, supongo.

No contestó a eso. El de Altona mayor me miró un momento, sin la inclinación de su jefe, y siguieron hacia el ascensor. La rejilla se cerró. Arseni no había apartado la vista de la calle.

—Te ha tratado de criado —comentó Vera.

—De empleado. En Hamburgo es peor.

⁂

Marina llamó a las diez, cuando ya estaba en la habitación con el turrón de la madre de Iósif encima del escritorio, sin abrir.

—Papá. He leído la escritura de la sociedad. No el poder: la escritura. Hasta la última hoja, con el diccionario de Adrián al lado para las palabras de notario.

—¿Y?

—Y no entendía qué era una plaza. Así que le pregunté a Kuzmín, el día de la notaría, en la puerta, mientras tú firmabas lo suyo.

Me lo explicó en el coche, dando vueltas a la manzana.

Dos vueltas. Me dijo que una plaza era lo que tú tenías y lo que mañana vas a dejar de tener.

—Hubo un ruido de cocina, un grifo—. Me dijo más cosas.

Me dijo que el señor Arseni, que así lo llama él, perdió la suya y que tú le guardaste la casa.

—No se la guardé. Me la quedé.

—Pues él dice guardar. —Marina cerró el grifo—. Papá, no sé lo que vas a decir mañana y no me lo cuentes. Pero mamá dice que Berlín es un sitio al que vas, y yo te digo que vayas. Ve, papá.

—Voy.

—Y llama a Lucía después, que no duerme. Le he dicho que es un viaje de trabajo y no se lo cree.

Colgó ella. Llamé a Lucía. Estaba en la cama de casa de su madre con el ordenador encima, viendo la serie de abogados, y me preguntó si en Berlín nevaba.

Le dije que no, que hacía un frío seco y que la gente iba en bicicleta igual.

Me preguntó si la traductora estaba conmigo.

Le dije que en la habitación de al lado.

—Pues dile que en el capítulo nueve han vuelto a traducir mal lo del jurado. Ponen «juicio» y es «veredicto». Ella lo sabría.

—Se lo digo.

—Y vuelve el martes, que tienes las palmeras.

Tuve el teléfono en el regazo después de colgar, sin soltarlo, hasta que oí la voz de Sonia por la puerta de al lado.

⁂

Las dos habitaciones tenían una puerta de comunicación entre ellas, de madera pintada de blanco, con una llave por cada lado.

La había abierto ella a las nueve, al llegar, sin preguntar, y la había dejado abierta.

Por el hueco se veía un trozo de su cama, la maleta abierta en el suelo y la carpeta azul encima de la almohada.

Estaba de pie junto a su ventana, de espaldas a la puerta, y hablaba al cristal. No a mí. Lo bastante bajo para que no se oyera desde el pasillo y lo bastante alto para que se oyera desde mi silla.

Decía lo de mañana. Lo de la escalera de hierro.

Empezó en castellano, frase a frase, con pausas en las que se oía el tráfico de abajo: la ventana de ventilación a la altura del segundo escalón, el patio, la linterna en la derecha, el reloj del revés.

Luego lo del diecinueve, con las cifras, en el orden en que lo había abierto.

Luego lo del cámping, las tres ventas, con los años.

Lo repitió en ruso, más deprisa. Volvió al castellano y se equivocó en una palabra, «oficina» por «despacho», y la corrigió ella sola en la siguiente pasada, y en la tercera ya no se equivocó.

Dijo mi nombre dos veces. No me lo dijo a mí: lo dijo dentro de la frase, en el sitio exacto donde iba en el libro, con el apellido detrás.

Yo tenía la comparecencia en las rodillas, las dos hojas. No la miré. Había una palabra rusa suya, en la segunda pasada, que me sonó mal colocada, un verbo de movimiento donde yo habría puesto otro. No la corregí.

Cuando terminó, miró la calle un rato. Luego se volvió, me vio sentado en el hueco de la puerta con las hojas en las rodillas y no hizo ningún gesto de sorpresa.

—Lo he oído todo —le dije.

—Lo sé. Por eso he dejado la puerta abierta.

Apagó la lámpara de su lado. Yo apagué la mía. La puerta de en medio siguió abierta.