CAPÍTULO 20
Área de servicio
Habíamos quedado en el mismo avión y fue un coche.
Lo cambió él dos días después de la carta de Hoffer, por teléfono, con dos razones y por orden.
La primera, que la lista de Arseni iba en original y no quería verla pasar por una cinta de aeropuerto.
La segunda, que Kuzmín había pedido llevarnos.
Lo había pedido de pie en la puerta del despacho, me contó Barinov.
Después había dado una explicación, la segunda en treinta y un años: a Arseni lo llevó una vez a Barcelona y no vio la ciudad, y a Berlín no lo había llevado nunca nadie.
Me recogieron en Sant Antoni a mediodía, delante de la tienda de telas.
Oksana bajó a la acera con un táper de varéniki para el camino y se lo dio a Kuzmín, no a mí.
Había decidido en noviembre que el señor del coche era de los suyos.
Lidia miraba desde la ventana con el teléfono en la oreja.
En el maletero iban dos carpetas. La de Barinov, de cartón gris, con el sobre grande de Hoffer dentro.
La mía, de plástico azul, con la copia de mi apertura del diecinueve y la tarjeta de Ana Melnyk.
La de verdad: doce años en la caja del fondo, debajo de los originales que no se devuelven.
Barinov se sentó detrás, conmigo. Había dicho que en la frontera conducía él. En La Jonquera Kuzmín no se apartó del volante, Barinov no se lo volvió a pedir y Francia empezó sin que el coche parase.
Kuzmín conduce con la radio apagada y sin apoyar la espalda en el asiento.
Adelanta a los camiones de uno en uno, sin prisa, y pone el intermitente aunque la autopista esté vacía.
Barinov no llevaba reloj. Me preguntaba la hora en cada peaje y yo se la leía en el salpicadero, por encima del hombro de Kuzmín.
Después me preguntó cómo se decían en ucraniano las cosas que pasaban por la ventanilla: peaje, niebla, camión de ganado, girasol seco.
Se las dije todas. Las repetía mal, con las vocales de Madrid, y no apuntó ninguna.
La agenda iba en la carpeta gris, en el maletero, y en seis horas no la echó de menos.
Los varéniki nos los comimos en un peaje antes de Montpellier, con la cola parada por un camión que no encontraba la tarjeta.
Barinov abrió el táper y le ofreció a Kuzmín por encima del asiento.
Kuzmín estiró el brazo hacia atrás sin volverse, cogió dos con los dedos y se los comió de un bocado cada uno, mirando al camión.
Barinov se comió cuatro. Me preguntó de qué eran, aunque lo sabía, para que yo le dijera la palabra de la patata y la del queso fresco, y luego me preguntó si mi abuela los hacía igual.
Le dije que mi abuela les ponía más cebolla y menos paciencia.
Yo no comí. Llevaba la tarjeta en el bolso desde la mañana, fuera de la carpeta.
La saqué cuando él se durmió un rato, después de Narbona, y la miré a la luz de los camiones que adelantábamos.
Plástico gris, con las esquinas peladas.
Una foto mía con veintitrés años y el pelo hasta la cintura, sin pendientes.
Ana Melnyk. Una fecha de nacimiento dos años antes que la mía, porque la mujer que me la vendió dijo que una de veinticinco encontraba trabajo antes que una de veintitrés.
Un sello de una empresa de estiba que ya no existe.
Mi padre la vio una vez, en la cocina del piso del Poble-sec, y le dio la vuelta para no ver mi cara con otro nombre.
La volví a guardar antes de que Barinov se despertara.
Pasado Lyon ya era de noche. Kuzmín puso el intermitente sin que se lo pidiéramos y entró en un área de servicio de las grandes: gasolinera, una cafetería con toda la luz encendida y, al fondo del aparcamiento, una fila de camiones dormidos con las cortinas echadas.
Aparcó lejos de la cafetería, de cara a un seto.
Apagó el motor, se metió la llave en el bolsillo del abrigo y salió sin decir adónde iba.
Lo vimos cruzar el aparcamiento hacia la luz con los hombros subidos por el frío. No se volvió.
El coche empezó a enfriarse enseguida. Debajo del capó el motor hacía un tictac pequeño, de metal que se encoge. Durante un rato fue lo único que se oía.
—Dime mi nombre —le pedí—. Completo. Como lo va a leer Hoffer.
—Sofía Andreíevna Vólkova.
Lo dijo con el acento en la i, partiendo la palabra en dos, y la uve le salió be, de Madrid. Me dio la risa. Se rio él también, sin saber de qué, y luego sabiéndolo.
—An-dré-ievna. La fuerza va en la e. La i no se oye sola: va pegada a la e de detrás. Y la uve se hace con el labio, no con los dos.
—Andréievna.
—Peor.
—Me lo enseñaste en el despacho, el primer día. Lo de «galletas» y «atenciones». Llevo tres meses diciendo mal todo lo que me enseñas.
—Lo dices mal a propósito para que te lo vuelva a enseñar.
—Eso también.
Me solté el cinturón y el enganche se le prendió en el abrigo.
Tiramos a la vez, cada uno hacia su lado, y la tela siguió cogida en la lengüeta de metal.
Lo desenredamos a oscuras, a tientas, con la risa ya fuera de sitio.
Treinta y seis años yo, cincuenta y cuatro él, y ni él ni yo nos habíamos visto nunca en un asiento de atrás.
Cuando se soltó, el abrigo de él se abrió y yo estaba dentro.
Lo besé con frío en la cara. Tenía la piel de la barba áspera de doce horas de carretera y la boca templada, con el café de la última gasolinera.
Le metí los dedos por debajo del jersey y los encogió al notarlos: helados.
No se apartó. Me dijo en castellano que tenía las yemas como el seto de fuera y yo le contesté en ruso que entonces que me las calentara.
Lo entendió a la primera, que no es poco en él.
La primera vez no salió. Fue rápido y fue torpe.
Me subí encima de frente y di con la cabeza en el techo; él se rio con la boca contra mi cuello y se le escapó un pie contra la puerta, que sonó a lata.
El reposabrazos del medio se me clavaba en la rodilla.
Tenía la falda de lana subida hasta la cintura y las medias a medio bajar, por los muslos.
No dejaban abrir las piernas lo que hacía falta.
Él con el cinturón del pantalón suelto y la cremallera a medias, enganchada.
Lo intentamos así y no hubo forma. Me aparté.
Respiramos un momento contra el cristal, que ya estaba empañado del todo, y oí un camión arrancar al fondo del aparcamiento y volver a callarse.
—Así no.
—¿Entonces cómo? Yo en un coche sé ir delante. Detrás, con alguien, hace treinta años.
—Échate atrás. A tu lado.
Se echó hacia atrás, con la espalda en la puerta de su lado y una pierna estirada por el asiento.
Me quité las medias del todo y las bragas con ellas, de una pierna y luego de la otra, encogida.
Le di un codazo en el pecho sin querer. Le terminé de bajar la cremallera.
La tenía dura en la palma, caliente, lo único caliente de todo el coche.
Me puse encima de lado, con una rodilla en el asiento y la otra en el hueco del suelo, apoyada en su muslo.
Me fui bajando sobre él despacio. Le miraba la cara en la luz amarilla de las farolas del aparcamiento.
Entró hasta el fondo. Cerró los ojos. Le dije que los abriera, en castellano, y los abrió.
Desde ahí fue lento. Encontramos el ritmo que permitía el coche: corto, de cadera, sin levantarme.
Su brazo por detrás de mi espalda me sujetaba para que no me fuera hacia el asiento de delante.
El cuero de la tapicería crujía cada vez que me movía.
Él me tenía cogida la nuca con los dedos abiertos y respiraba por la boca.
—Sofía —empecé, moviéndome.
—Sofía. Eso me sale. Es lo de detrás lo que…
—Andréievna.
—Andreíevna.
Me paré. Encima de él, con él dentro, sin bajar ni subir un milímetro. Abrió más los ojos.
—Otra vez.
—Andréievna.
—La uve.
—Andréievna. —Con el labio, esta vez. Despacio.
Volví a moverme. Se rio con la risa cortada, sin aire, y le pellizqué el costado para que siguiera diciendo el nombre en vez de reírse.
Le hice repetir el nombre completo cada vez que bajaba: Sofía Andréievna Vólkova.
Le salía mejor cada vez, y la voz cada vez peor.
A la quinta lo dijo bien, con la e cargada y la uve en el labio.
Le contesté «así» en ucraniano y entendió esa palabra también.
Él se corrió un momento antes, por poco, con un sonido bajo que no era ninguna palabra.
Me sujetaba con el brazo cruzado en la espalda para que no me apartara mientras acababa yo.
Me corrí con el nombre todavía en su boca, apretada contra él de lado, la frente en el cristal frío de su ventanilla y la cadera clavada en la suya.
Así estuvimos un rato. El motor ya no hacía tictac. Los cristales estaban blancos por dentro y no se veía la cafetería ni los camiones ni el seto.
Le dije lo que traía preparado desde Sant Antoni, en castellano, una frase, sin mirarle:
—Si mañana no me sale la voz, lo dices tú. Mi nombre, con el de mi padre en medio. Delante del libro.
Tenía la mejilla contra mi pelo. Contestó cuando le volvió el aire.
—Sofía Andréievna Vólkova. —Bien. Y después—: No va a hacer falta. Pero lo sé decir.
Nos vestimos a tientas. Las medias no volvieron a subir y las metí en el bolso.
Él se abrochó el pantalón con dificultad, encogido, y se peinó con los dedos mirando su cara borrosa en el cristal de la ventanilla.
Yo limpié con la manga un círculo en el mío para ver la cafetería.
Kuzmín estaba de pie en la puerta, de cara al aparcamiento, con un vaso de cartón, sin beber.
Llevaba veinte minutos dentro y había salido a esperar fuera, al frío, donde podíamos verlo.
Tardó todavía un poco más en venir. Vino despacio, por el camino largo, rodeando los surtidores.
Abrió la puerta de delante, se sentó, dejó el vaso en el posavasos y bajó la ventanilla dos dedos.
Arrancó. Puso la calefacción al máximo. Luego nos miró por el espejo, primero a él y después a mí, y habló.
—Arseni tampoco hablaba en los viajes.
Tenía la voz más aguda de lo que su cuello prometía, de Madrid de los de antes, con las eses cortas.
En tres meses de andenes y de portales no se la había oído nunca.
Barinov se echó a reír sin ruido, contra el reposacabezas, y le dejó la última palabra.
Kuzmín volvió a mirar a la carretera, puso el intermitente para salir del área aunque no venía nadie y siguió hacia el norte.
⁂
Amaneció pasado el Rin. Alemania era gris y llana, con los carteles en una lengua que yo no traduzco y los campos de remolacha blancos de escarcha.
Kuzmín no había parado en toda la noche salvo para gasolina.
Barinov había dormido a ratos, contra la puerta, en la misma postura, con el abrigo encima. Yo no había dormido.
Cuando se despertó le pedí el nombre otra vez.
Lo dijo bien. Le pedí que lo dijera otra vez, más alto, para una sala con dieciséis hombres y una mesa larga.
Lo dijo más alto y bien, y Kuzmín levantó la vista al espejo.
Se lo pedí una tercera vez y la tercera lo dijo despacio, mirando por la ventanilla, a los campos, sin mí: Sofía Andréievna Vólkova. No se equivocó en nada.
Detrás de nosotros, en el maletero, iban las dos carpetas, la gris y la azul, una encima de otra. Y la tarjeta de Ana, que al día siguiente iba a tener que enseñar.