CAPÍTULO 19
Sin memoria
La comparecencia la escribí de noche, en el despacho grande, en dos hojas.
El reloj seguía en la esquina de la mesa, esfera arriba, donde lo había dejado antes de ir a Alcalá, y no lo toqué.
Le pregunté la hora a Lucía cuando pasó por el pasillo con el cargador.
Me dijo que las diez y que me acostara, con la voz de su madre. No me acosté.
No puse ningún restaurante. No puse el arenque, ni la sopa de remolacha, ni la pescadería de al lado de la relojería. Puse nombres, porque el libro toma nombres, y los puse en el orden en que Hoffer los iba a leer:
«El que comparece, Vadim Barinov, administraba las sociedades de la plaza de Madrid desde seis años antes de la fecha del asiento.
Desde el primero de esos seis años recibía instrucciones de Grigori Denísov, plaza de Hamburgo, sin conocimiento del titular de Madrid.
La noche del asiento, por orden de Grigori Denísov, entró en la oficina de la nave por la escalera exterior, con los hombres de Ostrovski ya dentro de la nave, y cerró la puerta con llave.
Retiró del segundo cajón dos libretas de contabilidad de Enric Ferrer.
Bajó el diferencial del cuadro. Colocó una silla de cara al cristal y permaneció sentado hasta el final de la ejecución.
Vio morir a Andréi Vólkov en el borde de la plataforma, delante de la oficina, y al chico, Nicolás Salas, a su lado.
Dejó la silla donde estaba, la llave puesta por dentro, y salió antes de que llegara la persona enviada por Hamburgo.
Un mes después entregó las libretas a Grigori Denísov en Altona, con una etiqueta de su letra.
Ese día Grigori Denísov le comunicó que la plaza de Madrid sería suya cuando el titular la perdiera.
Lo fue. El que comparece no ha dicho nada de esto al titular de entonces hasta el mes pasado, ni a Berlín hasta hoy. No pide ratificación. Pide que conste.»
Hasta ahí la primera hoja. La segunda era más corta: la lista de Arseni con la A en el margen, que entregaba en original; las dos libretas, que pedía que se trajeran al pleno; y una línea sobre el ingreso de Kiev: que lo seguiría firmando él, con plaza o sin ella, mientras viviera la señora Halyna.
Un papel para Berlín sin una historia dentro: no había mandado otro así.
Lo leí buscando una y no la había. Nunca había escrito «Grigori Denísov» en un papel con destino al libro; en doce años había escrito «Hamburgo», «la plaza», «el señor Denísov» en las cartas de pésame.
Ahora iba cuatro veces, con nombre y apellido, en una hoja que no se podía corregir al margen.
Metí las dos hojas en un sobre. En otro, más grueso, metí las once páginas de la memoria vieja, las de octubre y noviembre.
Llevaban las rayas de ella de punta a punta y, debajo, las frases de la oficina que se leían al trasluz.
Las había tenido en la esquina de la quemadura desde el jueves del reloj.
Kuzmín llevó los dos sobres a Atocha a primera hora y los puso en el tren de Barcelona con el mensajero de siempre.
Es uno de Vallecas que se llama Jonathan y tiene una hija con el mismo nombre que la mía pequeña.
⁂
Llamó a la una. Lidia me pasó con ella directamente, lo que quería decir que Sonia le había dicho que me pasara.
—Lo he leído dos veces. No cambio nada.
—¿Ni la coma de la segunda hoja? Hay una coma antes de «mientras viviera» que no sé si va.
—La coma es correcta. —Oí papel—. Lo que no me cuadra es el otro sobre. ¿Por qué me mandas la memoria vieja?
—Porque las rayas son tuyas. Lo que hay debajo es mío y ya está en la comparecencia, con nombres. Las rayas no están en ninguna parte y pensé que las querrías.
Pasó un momento, no mucho. Cuando volvió a hablar lo hizo en castellano de despacho, el de corregir.
—Esto ya no hace falta tacharlo, Vadim. Ninguna línea. Lo he comprobado frase por frase contra lo que me contaste en la mesa y contra lo que oí yo. No sobra nada y no falta nada que sea tuyo.
—Hay una cosa que sí sobra. Tú.
Siguió callada y seguí yo, porque llevaba desde la noche preparándolo.
—No vengas al pleno. Lo que viste es tuyo.
No lo quiero de testigo mío. Si vas como testigo de Madrid, Hoffer te va a preguntar el nombre, y el nombre tiene detrás una tarjeta de hace doce años y un expediente abierto en efectivo a un número que pediste tú.
Eso sale, y lo de los juzgados se acaba, y Alina lo oye delante del libro.
Yo puedo decir lo mío sin ti. Lo he escrito para eso.
No necesito que nadie lo confirme: lo hice yo.
—Por eso voy.
—No me has entendido.
—Te he entendido. Lo has escrito para no necesitarme.
Y por eso voy: porque ya no vas como el que tiene algo mío, y yo no voy como la que tiene algo tuyo.
—Cambió al ruso una frase, y la tradujo ella sola, a la vez, lo que nunca hace—: No vas a decidir tú qué pago yo.
No lo decides tú. Voy a decir lo que vi desde el segundo escalón, y voy a decir que el diecinueve es mío, y lo del cámping, las tres veces.
No por ti. Por mi padre, que miraba hacia arriba.
Y por Alina, que me lo pidió en mi despacho y no puede decirlo ella.
—Alina. —No lo sabía. Lo apunté sin bolígrafo—. ¿Cuándo?
—En octubre. Antes de Berlín.
—¿Y el precio?
—Lo sé. Los juzgados, la tarjeta, la A en trescientas traducciones tuyas que alguien va a mirar con lupa. No necesito que me lo cuentes. He puesto precio a todo lo que he vendido en mi vida y sé ponérselo a esto.
Me levanté con el teléfono, di la vuelta a la mesa y volví a sentarme. Miré el reloj en la esquina, sin cogerlo.
—Entonces no vamos juntos.
—Vamos en el mismo avión. Pero no juntos. Tú vas por lo tuyo y yo por lo mío. Si Hoffer nos sienta en la misma mesa, nos sentamos. Si no, no.
⁂
Hoffer contestó a la mañana siguiente. Carta, no teléfono, en castellano, con el membrete de la custodia y la letra de máquina de siempre. Dos párrafos.
El primero acusaba recibo de mi comunicación «con traducción jurada adjunta». El que comparece como parte histórica del asiento habla después de las plazas y antes de la secretaría. No se le hacen preguntas: se le oye y se anota.
El segundo no lo esperaba. Decía que la intérprete jurada de la plaza de Madrid había quedado anotada en noviembre como testigo del muelle, «abajo», sin nombre.
Que la secretaría había cotejado esa anotación con la lista de seis firmas incorporada al asiento con la comparecencia del señor Malkov.
Que la segunda firma de esa lista, con inicial A, correspondía a una persona que constaba en el libro desde entonces como parte del asiento.
Y que, si esa persona y la intérprete eran la misma, «comparece como parte por derecho propio, con nombre y apellido, y no como testigo de ninguna plaza».
Firmado por Hoffer, con la fecha. Debajo, a mano, con una letra que no era la suya, una línea: «Cotejo de la secretaría: la misma. Y. K.».
Yelena. Desde el Kombüse de noviembre, con el apellido apuntado y la cuchara de Sonia en la izquierda. Berlín la había reconocido antes que yo, y lo había escrito.
Llamé a Hoffer antes de mandársela a ella. Le pregunté por la rodilla, que con el frío de Berlín iba peor, me dijo, y por la silla que tiene debajo de la mesa para el pie, que seguía allí. Luego le pregunté si había recibido algo más de Madrid.
—Del titular anterior. Ha pedido turno como parte histórica, igual que usted. Dice que vendrá en coche. —Hoffer no comenta las cosas; las lee—. Hablarán los dos, y Hamburgo cuando pida la palabra. Usted primero, por orden de entrada. La señora, después, por su nombre.
—¿Y si los tres decimos lo mismo?
—Entonces el libro lo escribirá una vez y pondrá tres nombres debajo. Para eso sirve.
Colgó él, a su manera, sin fórmula y sin prisa. Se la mandé a Sonia fotografiada, sin texto, como todo lo demás. Contestó con una palabra, y esta vez fue en castellano: «Parte».
⁂
Las once páginas volvieron el jueves por la tarde, por el mismo mensajero, en el mismo sobre grueso, con las rayas.
Jonathan me las subió al despacho y me contó que la niña había empezado con el balonmano.
Dentro del sobre, encima de la primera página, había una hoja de su bloc doblada por la mitad.
Tres líneas de su letra en castellano, la de las notas al pie:
«Guárdalas. Son lo único que firmamos juntos. Lo de Berlín lo firma cada uno por su lado. — S. V.»
Debajo, la A. No la V ni la S: la A de siempre. Tuve la hoja delante un rato antes de guardarla con las once páginas en la caja fuerte, encima del sobre de Hoffer con la lista de Arseni. Cerré.
⁂
La carta a Vogt la escribí esa noche, corta.
La mandé por la secretaría, no a Charlottenburg, para que quedara registrada la entrada y, sobre todo, la salida.
Pedía a la plaza de Hamburgo que llevara al pleno de enero la documentación Ferrer, las diez libretas, «para su entrega a quien corresponda» ante la custodia del libro.
No decía a quién. El libro lee apellidos, y la letra de Ferrer está a lápiz en diez lomos.
Sabía la respuesta antes de enviarla. Vogt diría que no, en ruso de papel, con fórmula de entrada y sin fórmula de salida.
Ese no iba a entrar en el libro con la fecha, encima de mi petición.
Un no escrito de Hamburgo a Berlín, sobre unas libretas que Hamburgo decía custodiar por orden de un muerto.
Lo apunté en la agenda, en la página del pleno: «Vogt: no. Que conste.»
Luego cogí el reloj de la esquina de la mesa. Lo tuve en la palma un rato, pesado, con la correa abierta por el sitio de siempre, y volví a dejarlo donde estaba, esfera arriba. En Berlín no quería nada por dentro del puño de la camisa.