CAPÍTULO 18
Alcalá
Vera estaba en la puerta del almacén con un manojo de llaves en la derecha.
Las oí antes de verla: llaves de nave, grandes, de las que suenan a hierro y no a latón.
Es una mujer de mi estatura, con el pelo recogido con una goma de las de oficina.
Llevaba una chaqueta de forro polar con el nombre del almacén bordado en el pecho.
Me repasó de los zapatos al pelo y le pasó la vista por el pan.
—Del pueblo no, pero vale. Pasen. Marc está acabando con la flauta.
Se oía desde el patio. Una escala que subía bien y bajaba mal, en el mismo sitio cada vez, en la nota que hay que tapar con el meñique.
El niño tenía doce años y los dedos de un hombre de treinta, grandes para la flauta, y la cara de la mujer de la puerta.
Nos miró desde el quicio de la oficina, con la flauta en vertical, y volvió a la escala sin saludar.
Le quedaban dos minutos y los iba a cumplir.
Arseni estaba dentro, de pie, delante de un cuadro de corcho en el que había tres columnas de papeles clavados con chinchetas de colores: tres años, un año por columna, con meses escritos a bolígrafo en la cabecera de cada tira.
Letra de imprenta mayúscula, inclinada hacia la derecha, de bolígrafo que aprieta.
La había visto en una lista de nueve líneas en una mesa de Madrid.
Era la misma, más grande, sin tachaduras.
Se volvió. Es más alto que Barinov y más delgado, con el pelo casi blanco en las sienes y unos dedos anchos que ya no firman, con una tirita en el pulgar izquierdo. Me miró a mí primero, después a Barinov, después al pan.
—Vadim.
—Arseni.
Barinov no se sentó. Vera le señaló una silla de oficina con el respaldo partido y él dijo que no con la cabeza. Se puso de espaldas a la ventana del patio, con el abrigo puesto, y empezó.
Yo ya lo había oído de principio a fin en una mesa de nogal, con un reloj entre los dos.
Esta vez fue más corto y peor, porque Arseni lo miraba mientras lo decía y no le daba nada: ni una pregunta, ni un gesto, ni la ayuda de apartar la vista.
Y porque Barinov, que vive de los nombres, no dijo ni uno que no estuviera en aquella oficina.
Al de Hamburgo lo llamó el de Hamburgo. Al que lo hizo, el que lo hizo.
Al contable, el contable, y a sus libretas, las libretas.
A mi padre lo llamó «el primero de los cuatro» y me miró al decirlo, medio segundo.
Dijo que seis años llevaba firmando para esta casa cuando lo llamaron de Hamburgo a las nueve de la noche, y que fue sin pedir explicaciones.
Que llegó tarde, con la gente ya dentro, subió por fuera, metió dos libretas en la gabardina y bajó el diferencial.
Que puso una silla de cara al cristal y se sentó.
Que lo vio todo y se fue antes de que llegara el otro.
Un mes después, las libretas a Hamburgo, y ese día le dijeron que Madrid sería suya cuando Arseni la perdiera.
Dijo «me la pagaron por adelantado». El nombre de Grigori no salió.
Arseni lo escuchó con los brazos cruzados y la tirita del pulgar hacia fuera. Cuando Barinov terminó, descruzó los brazos y empezó a contar. Lo hizo en castellano, despacio, uno por uno:
—Seis años firmando para mí. Cuatro comidas en Altona que me contaste como de trabajo, Vadim, con fecha.
Una llamada a las nueve. Dos libretas. Un mes.
Doce años. —Hizo una pausa—. Y una combinación.
Te di la de la caja de la casa el día que me fui, porque pensé que tú eras el único que no tenía nada dentro.
—Lo sé.
—Tu inventario estaba incompleto, Vadim. El mío también. Yo no sabía quién eras y te di la combinación. —Se pasó la lengua por el labio de abajo, un gesto pequeño—. Lo tuyo es peor. Lo mío es más tonto. No sé cuál pesa más en Berlín.
—Las libretas no las he abierto —dijo Barinov—. Ni yo ni el de Hamburgo. Siguen en la caja.
—Doce años con dos libretas cerradas en Hamburgo y una silla abierta en el libro.
—Arseni señaló el corcho con la barbilla—.
Yo llevo tres años con esto en la pared.
Lo leo cada mañana con el café, mes a mes, y cuando una tira se queda corta la cambio.
Lo tuyo no lo puede leer nadie. Ese es el problema, no la silla.
Vera había dejado las llaves sobre una carretilla parada y seguía en la puerta. Miraba a Barinov sin sorpresa: las cuentas ya las había hecho y le salían. Después me miró a mí.
—¿Y usted?
Lo dijo sin cambiar el tono, en el mismo castellano con el que había dicho lo del pan. Llevaba doce años abriendo la puerta a gente que venía a contarle cosas a su marido y quería saber qué traía yo.
—Vólkova. Sofía Vólkova. Mi padre era el primero de la orden.
Arseni volvió la cabeza hacia mí. Lo vi buscar la palabra en ruso y encontrarla en castellano.
—Andréi Vólkov. Cincuenta y un años. Lo escribí yo.
—Lo sé. Conozco su letra. La he visto en una lista.
Vera cruzó la oficina hasta la mesa, cogió un vaso de agua que no había bebido nadie y lo puso delante de mí. Luego se quedó de pie a mi lado, no delante de Arseni, y dijo, mirando a su marido, lo que me iba a decir a mí:
—Mi hermano era el quinto. El que no estaba en la orden.
—Y a mí—: Lo de la silla lo dijo Danil aquí, en esta oficina, delante de mí, y yo pensé que era Grisha.
Doce años creyendo que el de la cara rota había hecho también eso.
Rita se sentó en esa silla en primavera y se llevó un pósit del corcho, con la letra de este, con un número que él se había apuntado aquel año.
Era lo único de aquella noche que quedaba escrito en esta casa.
A usted no tengo nada que darle, señora Vólkova.
Se lo di todo a la perito. Siéntese, que está de pie desde que ha llegado.
Me senté. Era una silla de madera con el asiento de anea deshilachado. El vaso tenía cal en el borde. Arseni me miraba desde el corcho, de pie todavía, con la tirita del pulgar hacia fuera.
Lo que dije lo había traído desde Barcelona, en castellano, para no tener que elegirlo allí.
—Mi padre miraba hacia la oficina cuando murió. Estaba en el borde de la plataforma, delante del cristal, con el chico al lado. Se volvió y miró hacia arriba. Fue el único de los cinco que miró.
Arseni se saltó la pregunta de quién me lo había contado y fue a otra:
—¿Hacia la oficina a oscuras?
—Sin luz. La había apagado el que estaba dentro.
Buscó la silla del respaldo partido sin mirarla, con el muslo, y se sentó.
Se le fue el cuerpo hacia delante, con los codos en las rodillas, y miró el suelo de cemento entre sus zapatos.
Barinov siguió de espaldas a la ventana.
Vera siguió en la puerta. Me pareció que en aquella casa habían aprendido a dejar a Arseni sentarse solo.
—Pensaba que había muerto abajo —le dijo Arseni al cemento—. En el papel pone abajo. Lo escribí yo también.
—El papel lo escribió usted con lo que le dijeron. Lo que le digo yo lo han visto dos personas, una desde arriba y otra desde abajo, y coinciden.
Levantó la cabeza hacia Barinov. Fue la única vez en toda la mañana que Barinov apartó la vista.
La flauta había parado hacía un rato y no me había dado cuenta. Marc entró con un mapa doblado en cuatro, de los de carretera, y lo abrió encima de la mesa sin pedir permiso, encima de las facturas. Lo había abierto muchas veces delante de adultos que no sabían dónde estaban las cosas.
—¿Usted es rusa?
—Ucraniana. De Kiev.
Puso el dedo en Kiev sin buscarlo. Luego lo subió hacia el norte, bordeando Polonia, y lo paró en un recuadro pequeño pegado al Báltico.
—Danil es de aquí. Kaliningrado. Me lo enseñó él. Está al lado de Polonia y no está pegado a Rusia, aunque es de Rusia. Dice que por eso habla tantos idiomas, porque desde allí todos están cerca. —Me miró—. ¿Usted habla ruso?
—Ruso y ucraniano. Y castellano, pero ese no cuenta.
—Sí que cuenta. Mi madre solo habla ese.
Vera le puso la palma en la cabeza, por encima del pelo, sin empujar.
Marc dobló el mapa por sus pliegues, los de siempre, y, al salir hacia el patio, me preguntó cómo se decía flauta en ucraniano.
Se lo dije. Lo repitió bien a la primera, con la ele blanda, y se fue con el mapa debajo del brazo.
Arseni seguía sentado. Miraba ahora el mapa doblado que ya no estaba.
—Iré a Berlín —dijo—. A corregirlo. Lo de abajo y lo de arriba. Lo del cuarto nombre lo corrigieron sin mí, por mí. Esto no.
—Te llevo yo —contestó Vera.
Arseni la miró. Ella no lo miraba a él: me miraba a mí, con las llaves otra vez cogidas. En esa casa, me dijo sin bajar la voz, Berlín era un sitio al que se iba en coche, con el niño en el asiento de atrás. Si yo iba en avión, me vería allí.
Comimos en la cocina de la casa, que está pegada al almacén por un pasillo con cajas.
Lentejas de olla grande, con chorizo, servidas por Arseni con un cazo que goteaba, y mi pan partido por Vera sin cuchillo, en trozos desiguales.
Un hule a cuadros. En la pared, un calendario de un taller de neumáticos con los sábados tachados.
Barinov comió poco y preguntó a Marc por la flauta, por la profesora, que se llama Esther, y por la pieza del concierto de marzo, una de Telemann que Marc pronunció a la alemana porque se lo había enseñado Danil.
Marc le contestó a todo. La agenda de Barinov no salió del abrigo en toda la comida.
Arseni le hablaba a Marc en castellano. Al niño el ruso le había llegado por Danil y por Kaliningrado, no por su padre, y lo decía el mapa.
Con Arseni, Barinov habló de la furgoneta, que había que cambiar, y del seguro.
De nada más. Lo dijeron antes del café. Vera tenía razón: después del café Arseni se levantó, cogió las llaves de la carretilla y se fue al almacén sin despedirse. En aquella casa eso no se tomaba a mal.
En la puerta Vera me dio la mano. Un apretón corto, de trabajo, con la derecha, y un vistazo a mi izquierda, que llevaba el bolso, por si acaso.
—Lo del borde —añadió, sin soltarme—. Gracias. Él lo necesitaba peor que yo.
Kuzmín nos esperaba con el motor encendido, de cara a la salida.
Nos sentamos atrás, cada uno en su lado, con el espacio del asiento del medio entre los dos.
La A-2 de vuelta, de tarde, con el sol detrás.
Barinov estuvo callado veinte kilómetros y yo no llené el hueco.
Llevaba el abrigo todavía puesto. Tenía las palmas en las rodillas, abiertas.
En la izquierda, por dentro, la marca de la correa en la piel, un poco más clara que el resto, con el dibujo de la hebilla.
No llevaba el reloj. Lo había dejado en Madrid, encima de la mesa de nogal, esfera arriba, y no me lo había dicho.
Le cogí la muñeca por ahí. Por la marca. Con los dedos por dentro. Él giró el brazo, no para quitarla: para que me cupiera mejor. Kuzmín cambió de carril en el espejo y no miró hacia atrás.