LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Firmo cuentas

—Alquiler turístico —leyó Marina—. ¿Tú tienes pisos de alquiler turístico?

—La sociedad los tiene. Once, entre Valencia y Gandía. Yo los administro desde hace nueve años y la gestora de allí, Amparo, los limpia, los alquila y me manda un parte cada lunes.

—¿Y por qué los tengo que administrar yo?

—Tú no los administras. Tú puedes firmar por la sociedad si yo no puedo. Es un poder, no un trabajo.

Estábamos en la notaría de Gandarias, dos manzanas más arriba del despacho.

La sala tenía una mesa de caoba y un cuadro de un velero que llevaba allí desde que yo firmaba para Arseni.

La oficial se llama Begoña y tiene un hijo opositando a Correos; le pregunté por el chico antes de sentarnos y me contó que el examen era en marzo y que el chico no dormía.

Marina me miró mientras Begoña hablaba y supe lo que estaba pensando, porque lo pensaba con la cara de su madre: que yo pregunto a todo el mundo por sus hijos y luego firmo papeles que no les explico a los míos.

Había venido desde Chamberí en metro, con el abrigo de la tarta de queso y sin tarta.

Adrián tenía el cuarto examen en enero y se había quedado en casa con los temas.

Marina leyó el poder de arriba abajo, despacio, parándose en las palabras largas, y llegó al final sin que le cambiara nada en la cara.

Luego dejó el bolígrafo de Begoña encima del papel sin firmar.

—Papá. ¿Por qué ahora?

—Porque en enero voy a Berlín y no sé con qué vuelvo.

—Mamá dice que Berlín es un sitio al que vas.

—Tu madre tiene razón en casi todo. En esto lleva razón a medias: es un sitio al que voy y del que a veces no se vuelve igual.

Era verdad, y era la verdad de al lado. Marina tiene veintidós años y sabe cuándo le doy la de al lado.

Se la he dado desde que tenía seis y preguntaba por qué su madre y yo dormíamos en cuartos distintos.

Cogió el bolígrafo, firmó donde Begoña le había puesto una cruz a lápiz y me devolvió el papel sin mirarlo.

—No lo entiendo todo y lo firmo igual —dijo—. Que conste.

—Consta. Begoña lo pone todo.

Begoña se rio sin levantar la vista del ordenador.

Marina no. Se abrochó el abrigo de pie, junto a la mesa, y antes de irse me preguntó si el sábado iba a estar en casa.

Le dije que no, que tenía una comida en Alcalá.

Me preguntó con quién y le contesté que con unos amigos de antes. Esa también la notó.

Kuzmín firmó después, en la misma sala, con el mismo bolígrafo.

La sociedad que le paga la nómina desde hace treinta y un años se comprometía por escrito a una pensión complementaria hasta su muerte.

Cobrable aunque la sociedad cambiara de administrador, de domicilio o de dueño.

Lo había redactado yo la semana de Navidad, en la mesa pequeña del pasillo, mientras Lucía hacía deberes al otro lado de las plantas.

Kuzmín leyó las tres hojas sin saltarse ninguna, firmó en las tres, dejó el bolígrafo paralelo al borde de la mesa y se levantó.

En la puerta de la notaría me quitó la cartera.

En dos años conduciéndome no me la había quitado nunca.

Fotografié los tres papeles en el coche y se los mandé a ella, uno detrás de otro, sin una línea de texto.

Sonia había cogido el tren el día de Navidad por la mañana.

Desde entonces estaba en Barcelona, con un juicio de Badalona y con los papeles de la hija de Oksana.

Contestó al primero antes de que llegáramos a la Castellana.

Una palabra, en ruso: visto. Al segundo, lo mismo.

Al tercero, también. Ruso de oficina, el que yo sé: el sello que una jurada pone en un documento cuando lo ha leído y no tiene nada que corregir.

Tres papeles, tres palabras. Lo apunté en la agenda con la fecha, debajo de la cadera de la Mari.

⁂

La carta de Núria Bosch llegó esa tarde a la Castellana, en un sobre de la gestoría de Barcelona con la dirección a máquina. Rosa me la subió con las palmeras de los martes; hacía semanas que no había martes con niñas y seguía subiendo dos.

Dentro venía la copia de un cuadro de pagos.

Setenta y dos líneas, una por mes, la misma cantidad en todas.

La cabecera en ruso y, debajo, la traducción jurada de la cabecera, fechada en el año quince.

Al pie de la traducción había una A. La conozco de trescientas traducciones y la reconocí antes de leer la fecha.

Sonia había traducido para Piqué las instrucciones del expediente cuatro cuando yo todavía la llamaba señora Vólkova.

Entonces creía que lo único que sabía de ella era quién había sido su padre.

En el margen del cuadro, a lápiz, alguien había escrito «misma mano» junto a la firma rusa de la cabecera.

Una letra pequeña y apretada que no era la de Núria, y una flecha hacia abajo, hacia nada.

Rita Ferrer lee firmas y escribe a lápiz. Había tenido ese cuadro delante.

La nota de Núria era de dos líneas, a máquina, con su firma debajo:

«Le adjunto copia del cuadro de pagos de la deuda de mi padre, tal como lo leyó Rita Ferrer. Si Madrid presenta algo en enero, que lo presente con esto.»

Y debajo, a bolígrafo, con una letra inclinada que no había visto nunca:

«Mi primo no sabía que tú estabas. Yo tampoco. ¿Quién más? — Lev.»

Lo leí en la mesa del despacho, con la puerta cerrada y la carpeta de Amparo abierta al lado.

Luego fui por los nombres, uno detrás de otro.

Lev no estaba en Berlín en noviembre. Núria tampoco.

Rita no ha hablado conmigo desde el estudio.

Rita habla con Yelena, porque Yelena es la secretaría y Rita lee firmas para la secretaría desde el año pasado.

Yelena había tenido delante, para preparar el pleno, la comunicación de Hamburgo sobre las libretas.

Vogt la había puesto por escrito, porque Vogt lo pone todo por escrito, y en ese escrito estaría la etiqueta.

Yelena, que apunta como yo, se la contó a Rita; Rita a Núria; Núria se lo dejó leer a Lev.

Cinco personas. En Barcelona ya lo sabían dos que no tenían plaza ni libro ni motivo para callárselo.

«¿Quién más?» no se contestaba por carta. Lev preguntaba quién más de la familia lo sabía y quién más de la familia no, y las dos preguntas tenían el mismo nombre. Dejé la carta de Núria encima de la carpeta de Amparo y no contesté.

Luego volví a la cabecera del cuadro. La firma rusa era de Grigori, del año quince, cuando todavía firmaba él: la G abierta y el temblor pequeño que ya le había entrado en la mano.

Abrí el archivador de la izquierda y saqué una comunicación de la plaza de Hamburgo de noviembre.

Las de Hamburgo llegan firmadas con el nombre de Grigori Petróvich desde hace dos años; Vogt dice que es lo que él dispuso, y yo las había archivado como una fórmula más.

Puse las dos firmas una al lado de la otra encima de la carpeta de Amparo.

La misma G. El mismo temblor, en el mismo sitio, en la firma de un hombre al que yo había visto bajar a la tierra en Altona.

En octubre, en Sant Antoni, inclinada sobre la carta de Vogt, Sonia me había dicho que escribía «atenciones» con la ortografía de antes de la reforma.

Yo lo había apuntado para Hoffer sin saber todavía para qué.

⁂

La carta a Hoffer la escribí esa noche en el despacho grande, con la pluma, en una hoja sin membrete.

Me costó más la primera línea que todo lo demás, porque la primera línea era el encabezamiento.

Desde que la plaza era mía nunca había escrito a Berlín sin poner «la plaza de Madrid» antes de mi nombre. Esta vez puse mi nombre primero.

«Vadim Barinov, administrador de las sociedades de Madrid, comunica a la custodia del libro que la plaza de Madrid no presentará memoria del asiento en el pleno de enero.

El que firma comparecerá en ese pleno como parte histórica del asiento.

Declarará lo que hizo y lo que vio en la oficina de la nave en la fecha que consta.

Pide que se le oiga con el libro abierto. No pide ratificación.»

Debajo, el mes sin día y la firma. La de ahora, con la V más pequeña que la de la etiqueta. La leí dos veces. Decía lo que yo había dicho en la cocina en Nochebuena, con el vaso boca abajo. Lo decía en el idioma de las cartas de Berlín, que es el único que Hoffer guarda.

La fotografié y se la mandé a Sonia sin texto, igual que los papeles de la notaría. No esperaba palabra. Esperaba, si acaso, una raya.

Tardó cincuenta minutos. Mandó un documento.

La carta, en ruso, con el formato de sus traducciones juradas: el número de jurada arriba a la izquierda, la fórmula de fidelidad al final y la A al pie.

Su A, la de siempre, con el travesaño en la base.

La leí en ruso despacio, con el diccionario cerrado, y comprobé lo que ya sabía: no había cambiado una coma.

Donde yo había escrito «parte histórica del asiento» ella había puesto la palabra del libro, la de «acta», sin suavizarla.

La llevo apuntada en la agenda desde octubre.

Donde yo había escrito «lo que hizo» ella había escrito lo que hizo.

Dos firmas. El papel que Berlín había pedido en octubre, con dos firmas, una en castellano y otra en ruso.

Decía lo contrario de lo que Berlín había pedido que dijera.

Lo imprimí y lo grapé detrás de mi hoja.

Detrás de las dos grapé la copia del cuadro de Núria y la comunicación de Hamburgo de noviembre, y en una hoja aparte escribí tres líneas a mano: la firma de la cabecera, año quince; la firma de la plaza de Hamburgo, este otoño; la ortografía de las cartas de Vogt, anterior a la reforma, según la intérprete jurada de Madrid.

Lo escaneé todo y se lo mandé a Hoffer antes de medianoche.

El mismo escáner y el mismo correo con que en octubre había mandado el acuse de recibo con la mentira dentro. Lo único distinto estaba en el papel.

⁂

Vogt llamó a la mañana siguiente. Yelena había comunicado a las plazas, a primera hora, que Madrid comparecía sin memoria. Yelena comunica rápido.

Habló en ruso. En la llamada de octubre había hablado su castellano de cartas, con fórmula de entrada y de salida.

Ahora hablaba en el ruso leído que yo le había oído en Charlottenburg, el de papel.

Lo entendí a la segunda frase: sin la jurada en la línea, lo que se dijera en ruso no existía para el libro.

Una conversación entre dos hombres de dos plazas, sin acta posible.

Le contesté en castellano, en el idioma de mis sociedades, y seguí en castellano toda la llamada.

Él me entendía. Yo a él también. Dos lenguas que no se tocaban, y las dos sabían lo que decía la otra.

Dijo que Grigori Petróvich consideraba que la documentación Ferrer se conservaba como se recibió. Si Madrid comparecía sin memoria, las libretas se quedaban en Hamburgo. Dijo «para siempre», en ruso, y lo repitió, por si yo no lo había oído.

—Para siempre es mucho tiempo, señor Vogt. Grigori Petróvich tampoco lo tuvo.

—La plaza de Hamburgo custodia lo que se le entregó.

—A la plaza de Hamburgo se lo entregó un administrador de Madrid que no era el dueño de lo que entregaba. Las libretas las escribió Enric Ferrer con su letra, en su oficina, con sus sietes. Que las reclame la hija de Ferrer. Son suyas.

Hubo un silencio al otro lado. Lo dejé.

—La hija de Ferrer no tiene plaza —dijo al fin.

—Tiene apellido. Y tiene a Berlín, que la conoce.

Dígale a Grigori Petróvich que Madrid no acepta la condición y que lo pongo por escrito esta tarde.

Y dígale también, ya que lo tiene tan cerca, que la etiqueta la escribí yo, con mi lápiz, en mi coche, y que lo diré en enero delante del libro antes de que la enseñe nadie.

Colgó él. Vogt siempre se despide con fórmula; esta vez no, y lo apunté, porque en Berlín me lo preguntarán.

Lo puse por escrito a mediodía, dos líneas: Madrid no acepta la condición de Hamburgo; la documentación Ferrer pertenece a la familia Ferrer y Madrid apoyará su reclamación ante el libro.

Fotografía y envío. Sonia contestó con otra palabra en ruso: conforme.

La que una jurada escribe debajo de un documento cuando lo ha leído y, además, lo suscribe.

⁂

La lista de Arseni la saqué de la caja fuerte a última hora de la tarde, con las niñas en casa de Carmen y la casa callada.

La hoja original, no la copia que le enseñé a Sonia en octubre encima de los pasteles: nueve líneas con la letra de Arseni, el cuatro tachado, las tres palabras en ruso en bolígrafo azul en el margen y la A debajo.

Llevaba seis años conmigo y dos en esa caja, detrás de los abrigos.

La miré a la luz de la lámpara de Carmen y vi lo que he visto siempre.

Y vi la A, que en seis años no había mirado como lo que era: una firma, la de la persona que me había dado el cámping a cambio de nada y que ahora traducía mis cartas sin cambiarles una coma.

La metí en un sobre grande, sin doblarla. Escribí en el sobre, con la pluma, «Para la custodia del libro. Pleno de enero. Original». Y debajo: «Entregado en mano por el administrador de Madrid». Lo cerré. Lo que va al libro no se escanea.

Guardé el sobre en la caja, con la carta de Rita, la de Vogt y la carpeta de Paredes, y cerré. Quedaba una llamada.

Tenía el número de Vera desde hacía dos veranos. Arseni acababa de irse de esta casa y ella me llamó para preguntarme dónde estaba la llave del contador. No lo había usado desde entonces. Sonaron tres tonos.

—Vadim —dijo. Tiene una voz de almacén, de hablar por encima de una carretilla—. ¿Pasa algo con la casa?

—Con la casa no. Vera, ¿puedo ir el sábado?

—¿A qué?

—A contarle a Arseni una cosa que tenía que haberle contado hace doce años. Prefiero contársela contigo delante. Y prefiero pedírtelo a ti, no a él, porque si se lo pido a él me va a preguntar qué cosa y se la voy a contar por teléfono, y eso no se cuenta por teléfono.

Oí una persiana metálica, o un portón, y después a Vera respirar.

—Rita también vino por mí —dijo—. Todo el que tiene algo que decirle a Arseni pasa primero por mi teléfono. Empiezo a pensar que soy la secretaría de Alcalá.

—Eres la que abre la puerta. Es más de lo que tiene Berlín.

—El sábado Marc tiene flauta hasta la una. Ven a comer. ¿Vienes solo?

—Con la traductora. La que estaba abajo.

Vera se tomó un momento. No se lo había dicho nadie y lo entendió sola.

—Pues que venga —dijo—. Trae pan, que aquí el del pueblo no llega hasta el lunes. Y Vadim: si vas a decirle algo que le quite el sueño, dilo antes del café. Después del café se va al almacén y no sale hasta la noche.

Colgamos. Apunté «sábado, Alcalá, pan» en la agenda, debajo de las tres palabras de Sonia, y cerré la agenda con el bolígrafo dentro.

El sábado iba a decirle al hombre al que le quité la casa que la casa estaba comprada desde la noche de la nave. Y que el que la compró para mí me había mandado a recoger el precio.