CAPÍTULO 16
Nochebuena
El cordero llevaba desde la víspera en la fuente de barro, tapado con un plato, y la cocina olía a vinagre y a pimentón desde la puerta de la calle.
Lucía puso la mesa. Cuatro platos, los de diario, porque los buenos están en el comedor de Arseni y en esta casa el comedor de Arseni no se abre.
Yo le pregunté dónde me sentaba y ella señaló la silla del extremo, la pegada a la encimera, sin mirar a su padre.
—Ahí —dijo—. Ahí se sentaba Iósif cuando venía a cenar y no quería hablar con nadie. Con los cascos puestos. Mi padre le ponía el plato y él comía mirando el microondas.
—¿Y hablaba?
—Con el microondas.
Me senté. Marina llegó con la tarta de la pastelería de abajo de su casa, en la caja blanca sin nombre.
Traía también una botella de vino elegida por su novio, que no iba a beberla porque cenaba con los suyos y había aprobado el tercer examen esa misma semana; lo dijo antes de quitarse el abrigo.
Me saludó igual que en octubre, con un apretón corto, y me miró sentarme donde me había sentado.
Lo miró un segundo más de lo que se mira una silla.
Barinov cortó el cordero en la encimera, de espaldas a nosotras, hablando. Habló del adobo. De que lo hacía fuerte desde que vivía solo y de que su madre lo hacía flojo. De que Carmen le había dicho dos veces este año que no lo hiciera fuerte, porque Lucía no se lo había comido el anterior.
—Me lo comí —dijo Lucía—. Lo aparté y me lo comí cuando mamá miraba el móvil.
—Lo sé. Te vi.
—¿Y por qué no se lo dijiste?
—Porque tu madre tenía razón en lo otro. Estaba fuerte.
Comimos en la cocina, los cuatro, con la fuente en medio y el pan en una servilleta.
Marina preguntó cosas: cuántos idiomas, desde cuándo en Barcelona, si en los juzgados había mucho trabajo.
Yo contesté con cifras. Lucía, callada, me pasó el pan antes de que lo pidiera, dos veces.
Barinov servía, contaba, volvía a servir.
En su casa, con las hijas, no deja un plato vacío delante de nadie.
A mí me servía igual que a ellas: sin preguntar y sin mirar si quedaba sitio.
Lucía partió la tarta con un cuchillo demasiado grande y le dio a su padre el trozo con menos nata, porque él no la come, y a mí el de la esquina, porque no sabía qué comía yo y la esquina es la que nadie quiere.
Me lo comí. No como dulce. Lo sabe él y no lo dijo.
⁂
El teléfono de Barinov sonó a mitad del segundo plato. Miró la pantalla, puso el altavoz encima de la mesa, al lado del pan, y dijo «Iósif» en un tono que yo no le había oído con nadie: más bajo, el de ir a buscar a alguien a la puerta de un concierto.
Detrás de la voz de Iósif había un comedor lleno. Un hombre gritaba algo en polaco, otra voz le contestaba en alemán, y por debajo, muy al fondo, una mujer ponía orden sin levantar la voz. Yelena. La reconocí por el ritmo, no por las palabras.
—Vadim —dijo Iósif—. Este año me he sentado a la mesa.
—Ya lo oigo. ¿Quién grita?
—Jurek. Grita siempre. Es su manera de pasar la sal. —Una pausa, un ruido de platos—. Me he sentado a la mesa, Vadim. Con gente. Hay un mantel.
—Yo también tengo a alguien que no se esconde en la cocina.
Lo dijo mirándome, y las niñas lo oyeron, y Marina dejó el tenedor.
Iósif se rio al otro lado, con el ruido del Kombüse detrás, y preguntó quién.
Barinov dijo que la traductora. Iósif dijo que ya, que en Barcelona se había enterado, y que le dijera a la traductora que el enchufe de detrás del armario seguía funcionando.
Me lo decía a mí a través de él, sin saber que yo estaba a medio metro del altavoz.
—Sigue funcionando —dije yo, hacia el teléfono.
Hubo un silencio corto en Berlín. Luego Iósif dijo «hostia» y luego «feliz Navidad, Sonia», y colgó él, porque es el que cuelga.
Marina me miraba. Lucía miraba a su padre. Barinov recogió el teléfono de la mesa y lo dejó boca abajo. Nos preguntó a las tres si queríamos más cordero, con el tono de antes de la llamada.
⁂
A las once Carmen tocó el timbre y no subió. Lucía se puso el abrigo en el recibidor. Antes de salir se acercó a mí, que estaba de pie junto a la mesa, y repitió el apretón de octubre. Luego me tocó el codo con la otra. Nada más. Se fue por la escalera sin esperar a su hermana.
Marina se paró en la puerta con el abrigo puesto y las llaves de la casa de su madre ya fuera del bolso. Su padre estaba en la cocina guardando el cordero que quedaba, y se oía el plato encajar en la fuente de barro.
—En octubre le pregunté si era la causa o la cura —me dijo—. No me contestó.
—Le contesté. Dije que ni lo uno ni lo otro.
—Eso no es una respuesta. Es una traducción. —Se puso los guantes—. ¿Cura?
—Testigo.
Marina abrió la boca para preguntar de qué, y la cerró. No entendió, y lo supo. Dijo feliz Navidad desde el primer escalón. Esta vez no hubo apretón.
⁂
A las doce sonó otra vez el teléfono de Barinov. Estábamos todavía en la cocina, de pie, con la mesa sin recoger. Él lo cogió sin altavoz, pero la cocina es pequeña y la mujer hablaba alto, con acento de Alicante y la boca llena de turrón.
—Vadim —oí—. Feliz Navidad, Vadim. La Mari dice que también.
Él le preguntó por la cadera de la Mari, por si el hijo de Elche había llamado, por si había subido el pan de la mañana. Ella le contestó a todo, largo. Él escuchó con el teléfono pegado y los ojos en la ventana. Era la única llamada del día en la que no apuntaba nada, porque ya se lo sabía todo.
—¿Y la abogada? —dijo la mujer—. Iósif me ha dicho que tienes una abogada.
—No es abogada. Es traductora. La mía traduce.
—Pues tráela a Alicante. Que traduzca a la Mari, que no hay quien la entienda.
Colgó riéndose. Barinov dejó el teléfono en la encimera, al lado del cordero tapado, y apoyó la espalda en el borde, de cara a mí. La cocina estaba a oscuras, con la luz del pasillo entrando por la puerta. La había apagado Lucía al salir, por costumbre, y ninguno de los dos la había encendido.
⁂
Me acerqué. Le puse los dedos en el primer botón de la camisa y lo desabroché, y mientras lo hacía empecé a hablar. En castellano. Sin una palabra en ruso, sin una en ucraniano, sin su nombre ni el mío.
—Había una ventana a la altura del segundo escalón.
Daba al patio de atrás. Alina estaba delante de mí, dos escalones más abajo, y yo me paré en el segundo porque por la ventana entraba un poco de luz de fuera.
Por el patio subía una escalera de hierro.
Un hombre subía por ella con una linterna en la derecha, apuntando al suelo.
Segundo botón.
—Cuando pasó por delante de la ventana, la linterna le dio en la otra muñeca. Llevaba el reloj por dentro. La esfera miraba hacia él, no hacia fuera, y la luz la encendió un momento, un brillo redondo, y se fue. No le vi la cara. Le vi la gabardina, oscura, y la esfera.
Tercer botón. Él tenía los brazos a los lados, sin tocarme, y respiraba por la nariz.
—Después oí la puerta de arriba. Después, un clac, el del cuadro, y la luz de la oficina se apagó. Yo no sabía que era el diferencial. Lo supe después, cuando traduje la comparecencia. Después, encima de mi cabeza, una silla se arrastró. Despacio. Un palmo. Y se paró.
Cuarto botón, quinto. Le saqué la camisa del pantalón.
—Después empezó lo de fuera. Alina me cogió del tobillo desde abajo para que bajara y yo no bajé.
Seguí en el segundo escalón mirando la ventana, por donde ya no pasaba nadie, hasta que acabó.
No vi a mi padre. No vi a nadie más. Vi una esfera y oí una silla.
Durante siete años, cada vez que usted giraba el brazo para mirar la hora, yo veía la esfera.
Le dije usted. Se me escapó el usted de siete años en medio del tuteo, y lo dejé ahí, porque era verdad.
Él me dejó terminar. Hasta la última palabra. Luego me cogió por debajo de los brazos y me levantó. Me sentó en la encimera, al lado del cordero tapado, con la espalda contra el azulejo frío, y me subió el vestido hasta la cintura. Él callaba. Yo había terminado: ya no quedaba.
Le quité la camisa del todo, por los hombros, y la dejé caer detrás de él.
Tenía el pecho caliente del horno y de la cocina pequeña, y el vello gris pegado por el sudor de servir.
Le pasé la palma por el esternón, abajo, hasta el cinturón, y él cerró los ojos un segundo, uno solo, y los abrió.
Me besó entonces. Con toda la boca, sin prisa todavía, con sabor a vino de Adrián y a pimentón, y yo le abrí el cinturón mientras me besaba y oí la hebilla contra el borde de la encimera.
Después fue rápido y fue hondo. Me quitó las bragas de un tirón, sin nombrarlas, y se bajó lo justo.
Entró de una vez, de pie, con mis rodillas a los lados de su cintura y mis talones en sus muslos.
Ni una orden. Ni un nombre. Ni una frase en ninguna lengua.
El cordero tapado a mi lado. La fuente de barro moviéndose un poco con cada golpe.
El plato encima haciendo un ruido pequeño de loza que yo oí todo el rato, y el azulejo frío en la espalda cada vez que él me empujaba contra la pared y volvía.
Me agarré al borde de la encimera con la izquierda y a su hombro con la derecha, y le clavé los talones para tenerlo más dentro, y él entendió y me dio más, más hondo, con un golpe de cadera que me levantó del borde.
Él me miraba la boca. Yo tenía todavía la última frase en ella, la de la esfera, y me corrí con la frase ahí, sin decirla otra vez, apretando los dientes para que no saliera, con la cabeza contra el azulejo y los ojos abiertos en la luz del pasillo.
Él después, enseguida, con la cara metida en mi cuello, sin un ruido.
Así estuvo, respirando contra mi piel, con los dedos clavados en mis caderas, hasta que el plato dejó de sonar.
⁂
Recogimos la mesa. Él lavó y yo sequé, porque no sabía dónde iba cada cosa y él sí.
Los platos de diario, los cuatro vasos, la fuente de la tarta con la nata que Lucía no quiso, los cubiertos en el escurridor, el pan que sobraba envuelto en la servilleta para la mañana.
Él encendió la luz para lavar. La cocina volvió a ser la cocina: los azulejos blancos, el calendario de la pastelería de Rosa en la pared, el cargador de Lucía colgando de un enchufe.
Las bragas se habían quedado en el suelo, al lado de la pata de la mesa, y ninguno de los dos las recogió hasta el final.
—En enero no presento memoria —dijo él, con un vaso bajo el grifo.
Lo dijo al grifo. Yo seguí secando.
—¿Y qué presentas?
Cerró el grifo. Dejó el vaso en el escurridor con los demás, boca abajo, y se secó en el paño que yo tenía, sin quitármelo.
—A mí.