CAPÍTULO 15
Lo que recogió
Las hojas de la memoria estaban donde las habíamos dejado el jueves anterior, en el centro de la mesa de nogal.
Las rayas de ella encima de mi letra; siete frases dejadas y dos tachadas; una tercera versión de la frase de la oficina que no habíamos llegado a leer.
Las aparté. No las guardé en la carpeta ni las puse boca abajo: las corrí hacia la esquina de la quemadura, fuera del sitio donde se trabaja, y ella lo vio y no sacó el bloc.
Me quité el reloj. Lo dejé en la mesa, entre los dos, con la esfera hacia arriba.
Me senté en la silla de Arseni, que es la mía desde hace dos años y en la que nunca me he sentado a contar nada que no fueran cuentas.
Kuzmín la había traído de Atocha y se había hecho un café en la cocina sin que nadie se lo ofreciera, cosa que hace cuando sabe que la visita va a durar.
Lucía no estaba: jueves, Carmen. La casa, para una vez, tenía la medida de lo que iba a decirse en ella.
—No va a haber memoria —dije—. No se puede escribir. Lo que sí puedo hacer es contártelo de principio a fin, en orden, sin quitar nada y sin poner nada. Tú no tienes que firmarlo. Solo tienes que oírlo.
Ella asintió. Se quitó el abrigo, lo puso en el respaldo de la silla de las visitas, se sentó, cruzó los pies por los tobillos. Fue lo único que hizo durante mucho tiempo.
⁂
—Grigori me llamó a las nueve de la noche.
Yo estaba en este despacho, en la otra mesa, la pequeña, la que ahora está en el pasillo con las plantas de Lucía encima.
Esta era de Arseni, y yo administraba lo de Arseni sin que Arseni supiera para quién.
Grigori dijo: «Vete a la nave de Bosch y tráeme las libretas de Ferrer.
Están en la oficina de arriba, en el segundo cajón, dos, de hule negro.
Antes de las tres». No dijo para qué, y yo tampoco lo pedí.
Llevo doce años sabiendo que esa fue la única vez en mi vida en que debí pedirlo.
»Fui en mi coche. Tardé más de cinco horas hasta Barcelona; paré a echar gasolina en Zaragoza y en Los Monegros había niebla.
Grigori había dicho antes de las tres y llegué a las tres y diez.
Dejé el coche a doscientos metros, en una calle sin farolas, detrás de los contenedores de una empresa de transportes.
Fui andando por el lado de fuera del muelle, el que no se ve desde la puerta del almacén.
Dentro de la nave había voces: habían llegado antes que yo.
Había una escalera de hierro por el patio de atrás hasta la oficina.
La subí con una linterna, encendida hasta la mitad y apuntando a los peldaños, y apagada después, porque desde la mitad ya se veía la luz de la oficina por la puerta de arriba y la mía sobraba.
Pasé por delante de una ventana baja, a la altura de los tobillos.
No la miré. Si la hubiera mirado habría visto una reja y nada más, porque dentro estaba oscuro.
»La oficina tenía dos puertas. La de la escalera de fuera estaba abierta.
La otra, la que daba a la plataforma de la nave, estaba cerrada con la llave puesta por dentro.
Arriba no había nadie. Entré, saqué esa llave y me la guardé en el bolsillo.
Grigori me había dicho «antes de las tres».
Yo entendí que después de las tres iba a pasar algo en esa nave que no debía tener testigos en la oficina, y eran las tres y cuarto, y estaba pasando debajo de mis pies.
Lo entendí sin que nadie me lo dijera, y seguí.
»Las libretas estaban donde Grigori había dicho.
Segundo cajón, dos, de hule negro. Me las metí en el bolsillo interior de la gabardina, una a cada lado.
Pesaban poco. Abajo cambiaron las voces.
Fui al cuadro eléctrico, que estaba al lado de la puerta, y bajé el diferencial.
No para esconderme de nadie que estuviera dentro: para que desde el muelle no se viera luz en el cristal.
Me paré. Ella seguía igual en la silla. Tenía la mirada en el reloj, en la mesa, y no en mí, y así fue más fácil.
—Lo que tenía que hacer en ese momento era salir por donde había entrado y bajar la escalera a oscuras.
Eso lo sabía entonces igual que ahora. En vez de eso cogí la silla de la oficina, una silla de fórmica con las patas de metal, y la puse de cara al cristal, despacio, levantándola para que no arrastrara.
Arrastró igual al final, un palmo, cuando la solté.
Me senté. El cristal daba a la nave, por encima de la plataforma de carga.
Desde allí, con la luz apagada, se veía todo y a mí no me veía nadie.
Me senté porque quería ver. No por Grigori.
Por mí. Quería saber qué compraba Grigori con lo que yo llevaba en el bolsillo.
⁂
—Ostrovski había entrado con dos hombres.
Al dueño del almacén, que le alquilaba la nave a Bosch, lo tenían ya en el muelle; Bosch seguía discutiendo, en catalán, agitando el papel de la deuda, y lo discutió hasta el final.
Ferrer, cuando entendió lo que era, no discutió: subió los primeros escalones de la escalera del muelle, la que da a la plataforma alta, gritando lo de sus libretas, que las tenía arriba, que sin ellas no se podía cerrar nada.
Subía a por lo que yo llevaba en la gabardina.
Ostrovski lo bajó de la escalera por el cinturón y lo puso con los demás.
»Vólkov estaba al fondo, con el chico. Era el mayor de los cuatro y el único que no hablaba.
Cuando Ostrovski empezó con el primero, que fue el dueño, Vólkov cogió al chico por el cuello de la chaqueta.
Lo subió por la escalera del muelle, delante de Ostrovski, hasta la plataforma.
No huían. Iban a la oficina. Vólkov sabía que arriba había teléfono porque lo usaba los domingos para llamar a Kiev, con permiso de Bosch.
Llegaron a la puerta. Vólkov la empujó, y la puerta estaba cerrada con mi llave en mi bolsillo, a tres pasos de él, con el cristal en medio.
Ostrovski subió detrás. Vólkov se volvió hacia el cristal y miró.
Hacia la oficina, hacia donde yo estaba sentado con la luz apagada.
No podía verme. Miró de todas formas. Fue el único de los cinco que miró hacia la oficina en toda la noche, y lo hizo hasta que ya no miró.
Murió en el borde de la plataforma, delante de la puerta, y el chico después, a su lado.
A diez metros de la silla, con un cristal en medio y una llave en mi bolsillo.
Lo dije sin adjetivos. Me costó más que todo lo demás.
—Luego Ostrovski bajó y terminó con Bosch y con Ferrer.
Yo me levanté y dejé la silla donde estaba, de cara al cristal; no se me ocurrió moverla, y esa silla es la que hoy está en el libro.
Volví a dejar la llave puesta por dentro, donde la había encontrado, salí por la puerta de arriba y bajé la escalera de hierro a oscuras.
Pasé por delante de la ventana baja. Llegué al coche y arranqué sin luces hasta la primera calle con farolas.
Después supe que el hombre de Grigori llegó veinte minutos más tarde, encontró la oficina a oscuras con una silla de cara al cristal, y que lo contó así en Berlín doce años después.
⁂
—Volví a Madrid aquella misma noche, con las libretas en la gabardina y la gabardina en el asiento de atrás.
Antes de arrancar escribí la etiqueta; eso ya lo viste en Charlottenburg.
Llegué con el día, me duché, me puse una camisa limpia y a la hora de siempre estaba en la Castellana firmando lo del día.
A mediodía llamó Arseni desde Barcelona.
Dijo que había habido un accidente en la nave de Bosch, cinco muertos, y que Berlín ya lo sabía.
Le pregunté quiénes. Me los dijo. Le pregunté si necesitaba algo de Madrid.
Dijo que no. Fue la conversación más corta que he tenido con Arseni en veinte años, y la única en que yo sabía más que él de lo que me estaba contando.
Nunca se lo he dicho. Eso también va en orden: después del cristal, lo del teléfono con Arseni.
»Lo que recogí fueron dos libretas. Ferrer llevaba dos contabilidades: la del muelle, para Bosch, en los libros del almacén, y otra, para Grigori, en esas libretas: lo que Hamburgo pagaba en Barcelona, a quién y desde cuándo, y con eso las semanas de la gente sin papeles y los gastos que Bosch no quería en sus libros.
Yo no las abrí. Grigori tampoco las abrió delante de mí cuando se las di en Altona un mes después, en el sitio del arenque.
Las metió en una cartera, con mi etiqueta a lápiz en la tapa.
Que acabaron en una caja con las otras ocho lo supe en Charlottenburg.
El reloj ya lo llevaba aquella noche en la escalera: me lo había puesto él semanas antes, en el pasillo de su casa, con la fecha en el recibo. Eso ya te lo he contado.
»Lo que no te he contado es lo otro. En la comida de las libretas, la del arenque, Grigori me dijo que Madrid sería mía.
No «algún día»: cuando Arseni la perdiera.
Y que la iba a perder. Con lo que había pasado en la nave y con lo que Ferrer tenía escrito, Arseni iba a cargar con cinco muertos que no eran suyos del todo y con un papel que no iba a poder leer.
Grigori compró Madrid aquella noche, con la orden de Arseni y las libretas de Ferrer, y me la pagó a mí por adelantado por haber subido una escalera y no haber preguntado.
Yo lo entendí en Altona, con el reloj puesto.
Diez años después Arseni perdió la casa, Grigori me la dio sin un gesto, y yo me senté en esta silla.
Cada vez que firmo una sociedad de Madrid la firmo desde esta silla, y esta silla me la pagaron con aquella.
Me callé. Había tardado mucho, y no sé cuánto, porque el reloj estaba en la mesa y no lo miré.
Sonia habló. Era lo primero que decía desde que me había sentado.
—¿Y mi padre?
Lo preguntó en castellano y bajo. Me di cuenta de que había contado la muerte de su padre en medio de las otras cuatro, en orden, porque así había pasado. Ella llevaba un cuarto de hora esperando a que yo volviera a él.
—Subió detrás de Ostrovski, con el chico.
Yo lo vi desde arriba. Empujó la puerta que yo había cerrado.
Y luego se volvió y miró hacia la oficina.
Era el único que miraba hacia la oficina.
Los demás miraban a Ostrovski, o al suelo, o a Bosch, que seguía hablando.
Tu padre miró al cristal. No sé qué vio. Yo vi que miraba.
—¿Con la luz apagada?
—A tres pasos, y a oscuras. Si hubiera habido luz, me habría visto a mí. Habría visto a un hombre de Madrid sentado en una silla, con una gabardina, mirándolo. No sé si habría sido mejor. Llevo doce años sin saberlo.
Ella se levantó. Rodeó la mesa por el lado de la quemadura, sin tocar las hojas de la memoria, que seguían en la esquina.
Se paró a mi lado, de pie, con la cadera a la altura de mi hombro.
No me tocó la cara ni el hombro. Puso la mano en mi muñeca izquierda, la que estaba desnuda, encima de la marca de la correa, con los dedos por dentro, donde va la esfera. La dejó ahí.
Fuera era diciembre y en Berlín querían un papel en enero, y la casa de Madrid acababa de quedarse sin versión en su propia mesa. Yo seguí sentado hasta que ella quitó la mano.