LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 14
48%

CAPÍTULO 14

El cámping

El cámping Cala dels Pins cierra en noviembre y lo anuncia con una cadena entre dos postes y un cartel plastificado con las fechas de la temporada escritas a rotulador.

La letra del cartel era de hombre, grande, con los sietes sin cruzar; no era la de él.

Dejé el coche de alquiler en la explanada de grava, delante de la cadena.

Entré a pie por el lado, por donde se entra en los sitios cerrados cuando se sabe que dentro hay alguien.

Lo oí antes de verlo. Un golpe de metal contra metal, espaciado, y entre golpe y golpe un chorro de agua que caía en un cubo y se cortaba.

El ruido venía de detrás del edificio de los baños.

Allí estaba, de rodillas sobre un cartón, con una bomba de agua desmontada en el suelo y las piezas sobre un trapo, por orden de tamaño.

Tenía la cara vuelta hacia el lado bueno.

Cuando oyó la grava giró la cabeza y vi el otro lado, el roto, el de la izquierda.

Lo había visto doce años antes desde abajo de una escalera y ocho años antes en el pasillo de un juzgado.

No se levantó. Dejó la llave en el trapo, en su sitio, al lado de la pieza que acababa de soltar.

—Usted es la intérprete de Tarragona. La del pasillo. El año dieciocho.

Seguí en la grava, a cuatro o cinco metros, con el bolso cruzado.

—Y la del margen —añadió—. Una intérprete de ruso me ve en un pasillo con otro nombre y al año siguiente alguien me compra. No hay que ser muy listo. Alina lo sabe desde hace poco y no me lo ha dicho, que es su manera de decírmelo.

Hablaba castellano. Un castellano de obra, de cámping, con el ruso debajo solo en las erres. No había rabia en la voz ni la fingía. Enumeraba, igual que había puesto las piezas en el trapo.

—Alina no está —siguió—. Ha ido a Barcelona a terminar lo del fondo. Volverá a la noche. Si viene usted a hablar con ella, se ha equivocado de día.

—Vengo a hablar con usted.

Entonces sí se levantó, despacio, apoyando una rodilla primero, y se limpió los dedos en el pantalón uno por uno.

⁂

Había un banco de obra junto al edificio de los baños, de esos de ladrillo pintado de blanco, y nos sentamos en él con medio metro en medio. Él siguió con la cara buena hacia mí, que es como la gente se sienta a su lado, supongo, sin que él lo pida.

—Me llamo Sofía Andréievna Vólkova —dije—. En el muelle me llamaban Sonia. En la lista que firmé aquella mañana puse Ana, porque era el nombre de la tarjeta. Soy la segunda línea.

Él miró la grava entre sus botas. No dijo que lo sentía. Lo que no sirve no lo dice.

—La hija de Vólkov.

Lo dijo sin subir la voz, y el apellido le salió en ruso, con la ele blanda, aunque la frase fuera en castellano.

—De Andréi Vólkov. Cincuenta y uno, según el asiento.

—Él no decía que tenía una hija en el muelle. Decía que tenía una hija en Kiev, estudiando. Si lo hubiera dicho, la habrían bajado a usted a otro sitio. O no la habrían bajado.

—Lo decía porque yo se lo pedí. Yo tenía una tarjeta con otro nombre y él tenía una hija en Kiev; en el muelle no cuadraban las dos cosas y quitamos la que sobraba. La de Kiev la contaba él. La de la tarjeta la contaba yo.

—Pues contaba bien. Yo me lo creí.

Le conté lo que había vendido, en orden, con las fechas, porque no había ido allí a que me lo sacara.

El diecinueve del libro verde abierto en persona.

Hamburgo, en el año diecinueve, por Piqué, sin preguntar quién compraba.

Alina, cuatro años después, por el cuñado de mi primo en Berlín, sin saber yo que la compradora era la otra mujer del sótano.

Madrid, en el año veinte, gratis, en tres palabras rusas en el margen de una lista de nueve líneas, con mi inicial debajo.

Le dije que había vendido su dirección tres veces y que cada vez había sabido lo que vendía.

Grisha escuchó hasta el final. Luego miró hacia la bomba desmontada, que seguía en el cartón con las piezas al sol.

—Lo compró quien quiso. —Se encogió de hombros hacia la bomba—.

Yo ya estaba aquí. Los tres sabían dónde estaba y ninguno vino a hacer nada, salvo ella, y ella vino a lo suyo.

Lo que usted vendió lo podía haber vendido el del registro del cámping por cincuenta euros.

Lo hizo usted por tres mil. Es un precio mejor para todos.

—No vine a que me lo descontara.

—Ya lo sé. Vino a preguntar. Pregunte.

La pregunta la dejé en el bolso un rato más.

Él tampoco me empujó. Señaló la bomba con la barbilla y me explicó, sin que yo se lo pidiera, lo que le pasaba: que la junta del cuerpo se había resecado con el cámping vacío, que chupaba aire por ahí y perdía el cebado, que por eso el agua salía a golpes y se cortaba, y que no era la bomba lo que fallaba sino el silencio de un mes sin que nadie abriera un grifo.

Lo contó con detalle, pieza por pieza, en el orden del trapo.

Entendí que me estaba dando tiempo de la única manera en que sabe darlo, y lo cogí.

⁂

Lo pregunté en orden, porque es lo único que sé hacer con las cosas que me importan: ponerlas en orden y traducirlas una detrás de otra. Aquella tarde no traduje nada. Lo que me dijo lo guardé en la lengua en que me lo dijo.

—Mi padre. Cómo.

Grisha apoyó los antebrazos en los muslos y habló mirando al suelo. Sin adornos, sin pausas para que yo asimilara. Las pausas las ponía yo.

—Vólkov no estaba abajo. Abajo mandé a las dos mujeres, porque no estaban en el papel y no quería que estuvieran en medio.

A los del papel los tenía en el muelle, al lado de la plataforma de carga, que es donde se trabajaba.

Eran cuatro. Luego fueron cinco, pero eso ya lo sabe usted; está en el libro con mi nombre.

Vólkov era el mayor. Cuando empecé con el primero, arriba se apagó la luz de la oficina, y yo subí por la escalera del muelle, la de hierro, a la plataforma alta, a ver la puerta.

Vólkov cogió al chico por el cuello de la chaqueta y subió detrás de mí.

No huyendo de mí: quería la puerta antes que yo, porque dentro había teléfono.

La puerta estaba cerrada por dentro. Yo la probé y me volví.

Él murió en el borde de la plataforma, de pie primero y luego no.

El chico, a su lado. Eso fue arriba, señora Vólkova.

A diez metros del cristal de la oficina.

No abajo, ni en el agua, ni en el almacén, como pone el papel de la casa de Madrid, porque así cuadraba con un accidente.

El agua del cubo había dejado de caer. Oí mi propia respiración y la de él, que era más lenta. Oí un pájaro en el pinar, uno solo.

—Cargaba con la izquierda. —Grisha se tocó el hombro izquierdo con dos dedos, el sitio—.

Los sacos, las cajas, lo que fuera. Los otros se cambiaban de hombro y él siempre en el izquierdo.

Y decía que el frío de Barcelona era mentira, que aquí no hacía frío, que frío era lo de Kiev, y se quitaba el jersey en noviembre para demostrarlo.

Lo decía en ruso a los rusos y en castellano a los demás, y los demás se reían. Eso recuerdo de él. No sé más.

Mi padre, zurdo. Doce años sin saberlo, o sin pensarlo: en casa cortaba el pan con la derecha y escribía con la derecha, torcido, porque mi abuela le había quitado la izquierda a golpes de cuchara en un colegio de Kiev donde la izquierda era un defecto.

Yo había crecido creyendo que la zurda era mía sola, una cosa de la nieta que la abuela ya no tuvo fuerzas para corregir.

La había tenido delante cada vez que lo vi cargar un saco, y no la había leído.

Yo, que leo con qué mano firma todo el mundo.

Grisha la había leído en dos semanas de muelle sin saber leer nada más de él.

Eso no lo dije. Grisha no era quien tenía que oírlo.

—¿Y la oficina? —pregunté.

Él levantó la cabeza, que había tenido baja desde que empezó a hablar, y miró hacia la carretera, hacia nada.

—Ya se lo he dicho: se apagó. Yo la había visto encendida al entrar en la nave, por el cristal, y al empezar se apagó. No se funde una luz justo entonces. Alguien la apagó.

—Y usted subió a la plataforma.

—A la plataforma. A la oficina no. Probé la puerta porque era lo que tocaba probar, y estaba cerrada por dentro, y no la forcé.

Lo mío era abajo. Arriba había alguien de alguien, y en aquella casa, cuando hay alguien de alguien en una oficina con la luz apagada, uno hace lo suyo y no entra.

Terminé y me fui por donde había entrado.

En Berlín, el año veintitrés, dije lo que vi: cinco, y el quinto lo puse yo.

De la luz no me preguntaron y yo no lo dije, porque una luz que se apaga no es una persona.

Ahora sé que Hoffer tiene una silla en el libro. Yo no vi ninguna silla. Vi una luz.

Dos testigos de un apagón, pensé. Él desde el muelle, mirando el cristal.

Yo desde el sótano, mirando una ventana a la altura del suelo.

Entre los dos, la escalera de fuera y un hombre con una linterna y un reloj.

Y mi padre muriendo a diez metros de ese hombre, que no hizo nada que no fuera sentarse.

Grisha no preguntó quién era el de la luz. Yo no se lo dije.

—Si Berlín me pregunta si había alguien, diré que se apagó una luz. Nada más. No voy a decir lo que no vi. Ya tengo bastante con lo que vi.

Se levantó. Yo también. Él volvió hacia la bomba y se arrodilló otra vez en el cartón, y cogió la llave, y antes de meterla en la tuerca dijo, sin mirarme:

—A Alina no le voy a contar que ha venido. Si quiere que lo sepa, se lo dice usted.

Le di las gracias en ruso, porque en ruso me las había dado ella, y él contestó en castellano, con la cabeza dentro de la bomba, que no había por qué.

⁂

El coche de alquiler olía a ambientador de pino y a otra gente.

Conduje hacia Barcelona con la radio apagada y las dos manos en el volante, la izquierda arriba, como siempre.

A los veinte minutos me di cuenta de que iba contando los pinos de la mediana.

Paré en la primera área de servicio. Aparqué lejos de la gasolinera, de cara a los camiones, que dormían con las cortinas echadas y un conductor fumando entre dos remolques.

Pensé en escribirlo. Un mensaje se escribe, se lee tres veces, se corrige el verbo, se firma sin querer con una A: lo descarté.

Lo que tenía que darle no admitía corrección.

Saqué el móvil. Barinov está guardado como V.

B., sin nombre, desde el año diecinueve; nunca lo he cambiado.

Lo cogió al segundo tono. Oí detrás el despacho de la Castellana, el teléfono de la mesa de fuera, la voz de la secretaria. Dijo mi nombre, el de pila, con la voz de pregunta: así contesta siempre, con una pregunta dentro del nombre, y yo llevaba siete años oyéndola sin contestarla.

—Mi padre murió arriba —dije—. En el borde de la plataforma, delante de la oficina. A diez metros del cristal.

Me callé. Se oyó el teléfono de la mesa de fuera otra vez, y la secretaria cogiéndolo.

Colgué antes de que él encontrara una pregunta.