CAPÍTULO 13
La muñeca
La copia de Madrid de la comparecencia de Malkov tiene cuarenta y una páginas.
Yo la había leído tres veces desde julio, las tres con la misma intención: buscar la silla y comprobar que no estaba.
No está. La secretaría la quitó de las seis copias y la dejó solo en la versión del libro.
Hoffer la leyó allí en junio, y de eso viene todo.
Lo que sí trae la copia de Madrid, al final, grapado detrás de la lista de las seis, es un anexo que yo había pasado por encima las tres veces porque venía de otro libro.
La minuta de la declaración de Ostrovski ante el consejo, la del año veintitrés.
Hoffer la adjuntó para que el asiento se leyera completo.
La leí aquella noche en el despacho de casa, con la lámpara de Carmen encendida y la puerta cerrada.
Lucía estaba con su madre y la casa hacía los ruidos que hace cuando no hay nadie que los tape.
La minuta de Ostrovski es corta. Ostrovski describe procesos, no personas, y cuenta la nave en el orden en que la hizo: el acceso, el almacén, la oficina de arriba, los cinco nombres.
Y una línea, antes de los nombres, que yo había leído tres veces sin leerla:
Dos mujeres mandadas abajo.
Abajo. En esa nave, abajo era el sótano del almacén, el de la escalera de hierro.
Yo lo sabía porque la escalera de fuera, la que subí con la linterna apagada, pasa por el patio de atrás.
Y en el patio de atrás, a ras de suelo, hay una ventana de ventilación del sótano con una reja.
La había visto al bajar: un rectángulo oscuro a la altura de mis tobillos.
Sonia me había dicho en la Castellana, en octubre, con el bolígrafo todavía en la izquierda: «Yo estaba abajo». Yo lo había apuntado como lo que era, la confirmación de que ella estaba en la lista, y había pasado al siguiente dato.
Miré la hora. Las once no eran una hora para llamar a una proveedora. La llamé.
—Vadim.
Lo dijo en castellano, con el apellido fuera.
Detrás oí la silla de ruedas de Oksana, la ancha, que ella usa cuando se queda sola en el despacho porque es la única cómoda.
Le pregunté si Oksana había empezado el curso de administrativa.
El martes, dijo, y Lidia había puesto una foto de la niña en el corcho.
Le pregunté por la señora Puig y por el perro.
Le pregunté si había comido. Ella me dejó preguntar.
En el espacio que hay entre dos preguntas mías, que conoce de siete años, metió la suya:
—¿Qué quieres saber, Vadim?
—Con quién bajaste.
Hizo un silencio. Era de elegir la palabra, no de dudar de la respuesta; yo distingo los dos silencios, con Hoffer me he entrenado.
—No bajamos —dijo—. Nos mandaron. Con Alina Kovaleva.
—¿Las dos solas?
—Las dos. Ella delante. Yo detrás, en la escalera. —Y luego, con la voz de trabajo, la de las actas—: Si lo quieres para la memoria, eso ya está en la minuta de Ostrovski. Hoffer la adjuntó. Página treinta y nueve.
Le di las gracias. Le pregunté a qué hora cerraba el martes y colgué con la pregunta siguiente sin hacer, cosa que ella notó y yo también.
⁂
Por la mañana llamé al despacho de Sant Antoni sabiendo que Lidia estaba en el juzgado con una partida; Sonia me lo había dicho la noche anterior sin que yo lo pidiera.
Cogió Oksana. Le hablé en castellano, despacio, y le pregunté por Yaryna, que es la hija, tiene once años y una foto en el corcho desde el lunes.
Oksana se ablandó un poco. No del todo. Oksana me llama «el señor de los pasteles».
Le pedí la excusa que llevaba preparada: la factura de las sesiones de octubre, que necesitaba para las sociedades antes del cierre del mes.
—La hace Sonia —dijo—. Las facturas las hace ella. Yo le dejo la nota.
—¿Cómo ha ido el otoño, Oksana? Con el curso y todo.
—Rara.
Oksana no da detalles si no se los piden, pero tampoco los niega si se los piden bien.
Le pregunté qué había sido lo raro, en el tono de un cliente antiguo que se preocupa por el despacho.
Me lo contó en tres frases, en un castellano con las vocales de Járkov.
Que había venido una señora sin cita. Que Sonia la había atendido en su propia mesa, la del fondo, más de una hora, y después no había salido a comer.
Que la señora llevaba una lista de nombres en una funda de plástico, de esas transparentes, y la había desdoblado encima de la mesa.
Desde la ventana, Oksana le había visto poner el dedo en una línea. La segunda.
—¿Qué señora?
—Alta. Mayor que Sonia. El pelo corto, blanco. Un abrigo gris que no se quitó hasta el final. Hablaba castellano con acento ruso, pero con Sonia habló en ruso cuando bajaron la voz.
Le dije que no se preocupara por la factura, que ya se lo pediría a Sonia el martes, y le pregunté por el curso, y colgué cuando colgó ella.
Para ponerle nombre a un abrigo gris y a un pelo corto con más blanco que gris yo no necesitaba la foto de Paredes.
A esa mujer la había tenido a tres metros en Berlín, delante de Hoffer, el año veintitrés, mientras le contaba al consejo cómo había comprado la dirección de un hombre a otro que vivía encima de una tienda de alfombras.
Alina Kovaleva había estado en Sant Antoni con la lista de las seis y había puesto el dedo en la segunda línea.
Y Sonia no me lo había dicho. Ni en el domingo del cordero, ni en Berlín.
Lo que sí me había dicho, el domingo, con la carpeta de Paredes delante, era una frase en ruso que yo no entendí y que ella no tradujo.
⁂
Lo junté de pie, en el despacho de casa, sin sentarme, porque hay cuentas que se hacen mejor de pie.
Dos mujeres mandadas abajo. Abajo es el sótano.
El sótano tiene una ventana de ventilación que da al patio de atrás.
Por el patio de atrás sube la escalera de fuera.
Por la escalera de fuera subí yo, con la linterna encendida hasta la mitad y apagada después.
La llevaba en la derecha, hacia el suelo, porque así se sube una escalera de hierro de noche sin que se te vea desde el muelle.
Lo que no se ve desde el muelle se ve desde una ventana a ras de suelo.
Y la otra muñeca, la izquierda, con el reloj.
Ella me había quitado el reloj en su despacho, el primer martes, y lo había dejado boca abajo en la mesa antes de nada.
Ella me había cogido la muñeca en Sant Antoni, con Vogt en el altavoz, por encima de la correa, y me había preguntado si lo había mandado Grigori.
Ella me había preguntado en Berlín de dónde era, lo había tirado a una papelera y lo había sacado.
Por la mañana me había mirado la muñeca y no la cara.
En siete semanas de memoria no había preguntado por la silla ni una vez.
Yo lo tenía apuntado tres veces en la agenda, con tres letras distintas, y en la última había escrito su nombre de pila sin darme cuenta. No necesitaba la respuesta.
Y «¿Lo viste morir?». Me lo preguntó en mi cama. Yo contesté «no bajé», y me pareció una verdad que se podía jurar. Ella sabía que era verdad por una razón mejor que la mía: estaba debajo, y nadie bajó hasta que acabó.
Guardé la copia de Malkov en la caja fuerte, con la hoja de Arseni y la carta de Vogt.
Cerré. Luego llamé a Kuzmín y le dije que a las ocho en Atocha; el martes no, mañana.
Kuzmín dijo que bien y me preguntó si llevaba la cartera grande o la pequeña.
Fue la frase más larga que me ha dicho en un año.
⁂
Lidia salió a comer a y media, igual que siempre, y me dijo dobry den con su acento de Lugo antes de coger el abrigo.
Oksana estaba en el curso. Sonia me esperaba de pie, en su mesa del fondo, de espaldas a la luz.
Tenía una traducción empezada en el bloc y el bolígrafo tapado a la izquierda del folio.
Yo había comprado pasteles. Seis, en la Castellana, con Rosa preguntándome si eran para las niñas y yo diciéndole que para unas señoras de Barcelona. Los dejé en la mesa de Lidia. Me senté en la silla de las visitas, delante de la mesa de Sonia, y hablé.
Hablé de Kuzmín. De que esa mañana en Atocha me había preguntado por el tamaño de la cartera, la frase más larga que me ha dirigido en un año, y de que yo me había alegrado como un idiota.
Hablé de Marina, que ha aprobado el segundo examen de Adrián; quiero decir que Adrián ha aprobado el segundo de cinco y Marina lo cuenta en primera persona.
De que viene el domingo con otra tarta de la pastelería de abajo.
Hablé del cordero. De que Carmen ya me ha dicho dos veces que no lo haga fuerte porque Lucía no se lo comió el año pasado, y de que Lucía sí se lo comió: lo apartó en el plato y se lo llevó a la boca cuando su madre miraba hacia otro lado.
Hablé de la factura de octubre, que Oksana me había dicho que la hacía ella.
Sonia me dejó hablar. Lo hace mejor que nadie que yo conozca: no asiente, no mira el reloj de la pared, no coge el bolígrafo. Me escucha con el bolígrafo tapado a su izquierda, sin tocarlo, y espera a que se me acabe la cuerda. A mí no se me acaba casi nunca. Se me acabó.
—¿Me viste?
Lo dije en castellano, sin apellido y sin rodeo, y oí mi voz de confesión, la de las tres palabras, la que uso con casi nadie.
Antes de contestar eligió la lengua. Lo noté en la boca.
—Vi un reloj.
Un reloj. Del revés, bajo una linterna, pasando por delante de una ventana a ras de suelo, hace doce años. Y luego, cinco años después, en una silla de Sant Antoni, en el brazo del hombre que le pagaba las traducciones.
Me levanté. No para irme. La silla de las visitas no era mi sitio y lo supe antes de pensarlo.
Fui a la mesa de Oksana. A la silla ancha, de ruedas, la misma donde Sonia me había sentado el primer martes con la persiana a medias y el reloj boca abajo.
Me senté en ella de cara a la ventana, con la luz de la calle en los ojos.
No hablé.
Ella no vino a llenar el hueco. Siguió de pie en su mesa, con la traducción sin tocar, y me dejó en el silencio igual que me había dejado en las anécdotas: sin ayudarme y sin interrumpir.
Fuera, un camión descargaba telas delante del portal.
El conductor silbaba una cosa de la radio. Pasó el camión. Pasó más.
Cuando Lidia metió la llave en la puerta, yo seguía sentado en la silla de Oksana y Sonia seguía de pie. Los pasteles seguían en la mesa de Lidia, con la caja cerrada. Quedaba enero.