LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

En ruso

Se apartó de la ventana y se sentó en el borde de la cama, del lado de la lámpara.

Se desabrochó el reloj sin mirarlo. Lo hace con dos dedos, en la hebilla, y la correa se abre sola porque lleva doce años abriéndose por el mismo sitio.

Luego lo dejó en la palma, con la esfera hacia arriba, y lo miró en la palma.

En siete años no le había visto mirarlo nunca.

Lo consultaba por dentro de la muñeca, girando el brazo, y la esfera volvía a su sitio antes de que nadie la viera.

Me acerqué y le cogí la muñeca vacía. Tenía la marca de la correa en la piel, más clara, con el dibujo de la hebilla. Le quité el reloj de la otra palma. Pesaba más de lo que parecía; eso ya lo sabía del martes de la silla. Lo que no sabía era lo que le dije en ruso y luego en castellano:

—¿De dónde es?

Lo pensé en ruso y lo dije en las dos lenguas. Él levantó la cabeza. Había entendido la pregunta en ruso y esperó a oírla en castellano para contestar. Lo registré: espera al castellano para contestar.

—De Altona —dijo—. De una relojería de la Grosse Bergstrasse que ya no existe.

El relojero se llamaba Brandt, tenía la tienda al lado de una pescadería y arreglaba los relojes de los estibadores, que se les paraban por la humedad.

Unas semanas antes de la nave, Grigori me invitó a comer a su casa.

Fue la única vez que no comimos en el restaurante de siempre.

Su mujer había hecho sopa de remolacha y se fue a la cocina a lavar los platos para dejarnos solos, y Grigori sacó de un cajón del aparador una caja de cartón azul, de las de joyería barata, y la puso al lado de mi plato.

Dentro estaba esto. Debajo, doblado en cuatro, el recibo de Brandt.

Lo desdoblé porque yo desdoblo los recibos.

Tenía la fecha de esa misma mañana y el precio en euros, y Grigori lo había pagado al contado.

Me dijo: «Para lo que vas a recoger». Nada más.

Luego me preguntó por las sociedades de Madrid y me fui con el reloj puesto.

Esperé. Barinov cuenta las cosas con un final, y el final llega con un nombre o con una risa. Este no llegó.

—Nunca he sabido si «lo que vas a recoger» eran las libretas o lo otro. Aquel día yo no sabía que iba a recoger nada. —Giró la muñeca vacía, por costumbre, y no había nada que mirar—. Es una de las dos cosas que no le pregunté a Grigori. La otra fue para qué quería las libretas.

—¿Y por qué lo llevas por dentro?

—Porque Grigori lo llevaba así. Me lo puso él, en el pasillo, cuando ya me iba, con el abrigo puesto.

Me cogió el brazo, me abrochó la correa del revés y me explicó que los hombres que trabajan con las manos se lo ponen de esa manera para no romper el cristal contra las cosas.

Yo llevaba seis años sin trabajar con las manos.

Me lo dejé así. Al principio por él. Después porque la esfera miraba hacia mí y así nadie tenía que verla.

Miré el reloj en mi palma. La esfera, el segundero, la corona rayada.

Un hombre con un reloj así había subido por la escalera de fuera con una linterna.

La esfera había lanzado un brillo hacia la ventana del sótano.

Yo lo había visto. Era este. Grigori lo había pagado semanas antes de que nadie subiera aquella escalera.

Me levanté con él. Fui al baño, encendí la luz y lo dejé caer en la papelera, que era de metal y sonó. Apagué. Cerré la puerta al salir.

—Esta noche no. Esta noche se queda ahí.

La pregunta se la guardó. Era la tercera, y lo vi contarla.

⁂

Me desnudé yo. No quería que nombrara nada: ni la lámpara del hotel, ni la colcha, ni la silla donde había dejado la cartera.

Las cosas del hotel no tienen historia y él las habría inventado.

Me quité el vestido por la cabeza y lo dejé caer donde cayó.

Las medias, de pie, apoyada en la pared.

Él miraba desde la cama con la camisa a medio desabrochar.

—Sigue —pidió.

Se lo contesté en ruso. Y después hice lo que no había hecho nunca: me traduje.

—He dicho: tú primero la camisa.

Se la quitó. Se quitó lo demás sin levantarse, torpe, con los zapatos puestos hasta el final.

Yo me reí, y él también, con la cabeza hacia atrás, igual que en el estudio de Rita.

Me tumbé en la cama, boca arriba, encima de la colcha.

Lo tiré de la muñeca vacía hasta tenerlo encima, y el peso de un hombre de cincuenta y cuatro años no se traduce: es ancho, es caliente por el pecho y frío por los pies, y huele a hotel y a sopa.

Le hablé al oído. Despacio. Cada frase en ruso, con la boca en su oreja, y después la misma frase en castellano, contra el mismo sitio.

—He dicho: no corras.

—He dicho: mírame. Con los ojos abiertos, mírame.

—He dicho: esto no lo sabe nadie. Ni Hamburgo. Ni el libro.

Paró, encima de mí, con el codo hundido en la almohada al lado de mi cabeza. Noté el pulso en el cuello. Me preguntó, sin apartarse:

—¿Lo has dicho en ruso igual?

—Igual. Palabra por palabra. Por eso te lo traduzco.

Entró en mí despacio, con los ojos abiertos porque se lo había pedido, y los mantuvo abiertos cuando le costó.

Él y yo habíamos hecho esto dos veces y las dos veces había mandado alguien.

En la silla de Oksana mandaba yo, en una lengua que él no entendía.

En su cama de Madrid mandaba él, con los nombres de las cosas.

Aquí no mandaba nadie, y a él se le notaba en la torpeza: no sabía dónde poner la boca, me besaba la sien, la mandíbula, el hueco de la clavícula, volvía a la sien.

Yo le hablaba y él se movía al ritmo de lo que yo le decía, sin saberlo, más despacio en las frases largas, parándose en las comas.

Lo que le dije en ruso lo traduje casi todo.

Que me gustaba su peso. Que me gustaba cómo entraba, sin prisa, hasta el fondo, y cómo se paraba ahí a respirar.

Que olía a la sopa del Kombüse. Que la V de la etiqueta era más bonita que la de ahora.

—He dicho: la V de entonces era más bonita.

—No me digas eso ahora.

—Por eso te lo digo ahora.

Se movía lento y yo le seguía, con las rodillas abiertas y las plantas de los pies en el colchón, subiendo la cadera para recibirlo.

Le puse la palma en la nuca, en el pelo corto y gris de la nuca, y le hablé más bajo.

Le dije en ruso que lo quería más adentro y lo traduje, y él obedeció a la traducción.

Le dije en ruso que más fuerte y lo traduje, y obedeció otra vez.

El cabecero dio contra la pared dos veces.

Él puso la palma en la madera para que no sonara, por los vecinos.

Él ya no preguntaba qué había dicho. Hubo una frase que no traduje.

Luego otra. Me di cuenta de que había dejado de traducir cuando noté que él había dejado de esperar la traducción: me escuchaba el ruso por la música, no por lo que decía.

Yo seguí en ruso, con la boca en su oreja, diciéndole cosas que en castellano no tienen dónde decirse.

Se corrió él primero. Por una vez. Se le cortó la respiración y soltó mi nombre, Sonia, el de verdad, en castellano, con la cara hundida en la almohada.

Siguió así, pesado, respirando contra el algodón.

Yo no había terminado. Le busqué la muñeca izquierda, la vacía, y le llevé los dedos abajo, entre los dos, donde él seguía dentro, y le enseñé sin palabras dónde y cómo: el pulgar quieto, los otros dos despacio, en círculo.

Aprendió en nada; es un hombre que apunta.

Me corrí con los dedos de él y los míos encima de los suyos, en silencio por una vez, en ninguna lengua, mordiéndole el hombro.

Después, con la lámpara encendida todavía, le miré la muñeca sin reloj apoyada en la sábana. La marca de la correa se iba borrando.

⁂

Se dormía. Lo supe por la respiración, que se le alargó, y porque dejó de buscarme con la pierna. Me levanté sin ruido. Las persianas del hotel son de lamas y por las rendijas entraba la luz amarilla del patio.

En la mesa había un bloc con el nombre del hotel, de los que nadie usa, y un bolígrafo de plástico.

Me senté desnuda, con el abrigo por los hombros, y escribí en ucraniano.

En ucraniano, no en ruso: el ruso era de aquella noche y de él.

En ucraniano hablo con Oksana y con mi abuela, y en Berlín no lo lee nadie.

Escribí: Había una ventana a la altura del segundo escalón.

Daba al patio de atrás. Por el patio subía una escalera de hierro hasta la oficina.

Un hombre subió con una linterna en la derecha, apuntando al suelo.

Cuando pasó por delante de la ventana, la linterna le dio en la otra muñeca.

Llevaba el reloj por dentro. La esfera miraba hacia él.

Le vi la esfera y no le vi la cara. Luego la luz de arriba se apagó. Luego arrastraron una silla. Despacio.

Alina me había pedido que lo dijera en Berlín, delante de Hoffer, con el libro abierto.

El libro estaba a dos calles. Lo que Alina quería estaba en un bloc de hotel, en una lengua que Hoffer no lee, escrito por una mujer desnuda con el abrigo por los hombros.

Era lo más cerca que había estado nunca de pagarle.

Lo leí dos veces. Mi letra en ucraniano es otra: más apretada, con las íes cortas. En la última línea había puesto la A. Sin querer. Al pie, con el travesaño en la base, la misma que pongo en los juramentos.

Arranqué la hoja y fui al baño. Levanté la tapa de la papelera con el pie.

Rompí la hoja en cuatro, y los cuatro trozos en ocho.

Los dejé caer sobre el reloj, que estaba en el fondo, boca abajo, donde yo lo había tirado.

Los papeles le cubrieron la correa. Mi letra encima de su reloj, en una papelera de hotel, en la ciudad del libro.

Así estuvo un rato.

Luego metí los dedos, aparté los trozos de papel y lo saqué. Lo limpié con la toalla. Lo dejé en el borde del lavabo, boca arriba, para que él lo encontrara por la mañana.

⁂

Por la mañana se duchó antes que yo. Oí el agua, y después nada, y después un ruido pequeño de metal contra la loza. Salió con la toalla a la cintura y el reloj ya puesto. Por dentro de la muñeca. Con la esfera hacia él. Se había abrochado la hebilla por el sitio de siempre.

Yo estaba en la cama, con la sábana hasta el pecho, y lo miré. Le miré la muñeca. No la cara. La muñeca, el reloj del revés, la correa gastada, el brillo de la esfera cuando giró el brazo para ver la hora.

Él vio dónde miraba. Dejó el brazo quieto, con la esfera hacia él, y me miró a mí.

Ninguno de los dos dijo la hora.