CAPÍTULO 11
Berlín, noviembre
—¿Y la escalera, Hoffer? ¿La sube ya sin agarrarse?
—La subo. La bajo peor.
Se lo dijo al libro, no a mí. Lo tenía abierto delante, en la mesa larga de la sala, y le hablaba a la página con la pluma en alto.
La rodilla la llevaba estirada por debajo, hacia un lado, y había puesto una silla vacía para apoyar el pie.
Eso me lo guardé: Hoffer ya no hacía rehabilitación, pero seguía necesitando una silla.
Sonia estaba a mi derecha con el bloc cerrado.
Había llegado de Barcelona en el vuelo de la mañana; yo, de Madrid, la tarde anterior.
Nos habíamos encontrado en la puerta de la casa del libro con la cortesía de dos proveedores que coinciden en una entrega.
Hoffer saludó y señaló las sillas. Lo que no va al libro no le ocupa.
—Les leo lo que consta —dijo—. No lo que yo pienso. Yo no pienso para el libro.
Leyó en ruso. Mi ruso es de oficina: cogí «oficina», «Madrid», «silla» y la palabra de acta que llevo apuntada desde octubre. Lo demás me lo dio ella, frase a frase, sin mirarme.
—Diferencial de la oficina, bajado. Silla colocada de cara al cristal. Persona de la plaza de Madrid, no identificada.
Hoffer levantó la pluma de la página y siguió en castellano.
—Esa última palabra es la que el pleno quiere que deje de constar. En enero. Una de dos cosas: un nombre, o un testigo que diga que allí no había nadie.
—¿Y una memoria?
—Una memoria sin nombre y sin testigo es una carta. El libro no guarda cartas.
Aquello lo había oído yo en Sant Antoni, en ruso, con una caja de pasteles en medio. No miré a Sonia.
—¿Y el testigo dónde firma?
—En el libro. No en la memoria de ustedes. —Dejó la pluma sobre la mesa—. Con nombre y apellido. El libro no toma iniciales.
Trescientas traducciones juradas con una A al pie. Mantuve la vista en Hoffer.
—Suponga que el testigo dice que había alguien —dije— y no sabe quién.
—Entonces consta que había alguien. El libro escribe lo que le dicen. Lo que no le dicen no lo adivina. —Hoffer giró un poco la cabeza hacia ella, sin mover la rodilla—. ¿Usted estaba, señora?
—Abajo.
Hoffer escribió. Escribe despacio, con la pluma casi vertical, y no pregunta nombres: el libro los pide cuando los necesita, y entonces no hay manera de no dárselos.
Puso una línea corta. Yo sabía qué decía sin leerla: intérprete jurada de la plaza de Madrid, presente, declara: abajo.
Era la primera línea de ella en ese libro.
La segunda línea de la lista llevaba doce años ahí sin que nadie la hubiera cruzado con una persona.
Sonia miró la página más tiempo del que Hoffer tardó en escribir. No supe qué miraba.
⁂
De la casa del libro a Charlottenburg hay media hora de taxi. La empleé en proponerle que se fuera al hotel. Vogt iba a enseñarnos unas libretas; para ver una caja no se necesita jurada, y ella llevaba en pie desde el primer vuelo. Se lo propuse con buenas palabras, y dos veces.
—Vogt ha pedido a la jurada —contestó—. Lo pone en su carta: «en presencia de la intérprete jurada de la plaza de Madrid». La traduje yo.
—Vogt pide muchas cosas.
—Esta la pide por escrito. Si no voy, lo que diga en esa sala es una conversación. Si voy, es otra cosa. —Miró por la ventanilla—. Y tú quieres saber qué tiene. Yo también.
Tenía razón y la dejé tenerla. Le pregunté al taxista por sus hijos; no tenía hijos, tenía una hermana en Leipzig que le hacía la declaración de la renta.
⁂
El despacho de abogados estaba en Charlottenburg, en un tercero con ascensor de madera.
La secretaria se llamaba Ilse y tenía un hijo en Múnich que no la llamaba; lo supe entre el portal y el tercero, porque yo pregunto y la gente contesta.
Lo apunté en el pasillo. Sonia me vio apuntar; conoce la agenda desde el año diecinueve.
Vogt nos esperaba de pie en una sala con una mesa demasiado grande y un cuadro de barcos. Sobre la mesa, una caja de archivo de cartón gris, cerrada.
—Señor Barinov. Señora. La plaza de Hamburgo agradece el desplazamiento.
Su castellano sonaba igual que por teléfono: de carta, con fórmula de entrada y de salida. Yo le pregunté por el viaje desde Hamburgo y me contestó con el horario del tren. Le pregunté si los abogados le cobraban la sala por horas.
—La plaza no paga salas. Las tiene.
Abrió la caja. Dentro había libretas de hule negro puestas de canto, con el año a lápiz en el lomo.
Las conté dos veces; lo que me enseñan, lo cuento.
Diez. Del año cinco al catorce. Ferrer llevaba las cuentas de Grigori desde el año cinco y mandaba cada libreta a Hamburgo cuando la cerraba; eso no lo sabía yo aquella noche y lo entendí allí, delante de la caja.
Las dos de arriba eran las mías: la del trece, que Ferrer no había llegado a cerrar, y la del año de la nave.
Las que yo había bajado por la escalera de fuera con la linterna apagada.
En la tapa de la última había una etiqueta pegada, de las de borde azul, escrita a lápiz.
Recogido en oficina. Noviembre. V. B.
Era mi letra de entonces. La V más grande que la de ahora, la B abierta por abajo.
Yo no la había visto en doce años. La escribí en el coche, con las libretas en el regazo, antes de arrancar.
Lo hice sin pensar, con el lápiz que llevaba en la gabardina.
Un mes después se las di a Grigori en Altona y él las guardó sin abrirlas.
Con la etiqueta puesta. Doce años con mi nombre pegado a una tapa, en un armario de Hamburgo que yo no sabía que existía.
Sonia la leyó a la vez que yo. Lo sé porque dejó de mirar la caja y miró la mesa.
—Grigori Petróvich considera que la caja se conserva como se recibió —dijo Vogt—. Con lo que trae.
Considera. En presente. Dos años en Altona, bajo tierra, y Vogt seguía conjugándolo así. En octubre, por teléfono, aquello me había hecho gracia. Delante de la caja me pareció lo que era: firma por otro y necesita que el otro siga opinando.
Vogt se dirigió a ella en ruso. Un ruso leído, de los que se aprenden en papel, y despacio, para que le siguiera. Lo que le dijo no era para ella: era para que pasara por su boca. Ella me lo había explicado en el taxi.
Ella tradujo frase a frase, sin bloc.
—La plaza de Hamburgo entregará estas libretas a la plaza de Madrid el día que Berlín ratifique a Madrid con la oficina vacía. Hasta ese día las libretas se quedan en Hamburgo. Con la etiqueta.
—Tradúcelo como quieras —dije.
Lo dije bajo y en castellano, y Vogt entiende castellano desde octubre. Lo dije igual. Ella no bajó la voz para contestarme.
—Lo traduzco como es. —Y añadió, para los dos—: Ha dicho «la etiqueta». No ha dicho de quién.
Vogt no cambió de postura. Sacó la libreta de la caja, la última, y la puso en la mesa con la etiqueta hacia mí.
—Compruebe la letra, señor Barinov. La plaza prefiere que lo haga usted.
No la cogí. Tengo buena vista para lo mío y la había comprobado desde la puerta. Le dije que la guardara él, que tenía mejor archivo que yo. Vogt la devolvió a la caja, de canto, en su sitio entre el año trece y la tapa. Cerró. Nos agradeció otra vez el desplazamiento.
En el ascensor de madera, bajando, Sonia miraba los números de los pisos. Yo pensaba en Grigori guardando aquella caja sin abrir ninguna libreta y sin despegar la etiqueta. En lo que había decidido guardar y en lo que había decidido que yo no supiera que guardaba.
⁂
El Kombüse estaba en Wedding, en una esquina, y olía a caldo y a pan recién sacado. Danil nos vio desde la barra y vino hasta la puerta con un trapo al hombro.
—Aquí. Los dos. Juntos se oye mejor.
Nos sentó en la mesa del fondo, uno al lado del otro, sin preguntar, y antes de que yo pudiera decírselo me lo dijo él.
—La última vez viniste solo, Vadim.
—La última vez no había nada que traducir.
Se rio y trajo pan. Danil habla desde la cocina, desde la barra y desde la silla, y acaba las frases de los demás con un plato encima.
Yo empecé a preguntarle por el horno nuevo y me contestó con una sopa; empecé a contarle lo del cordero de Navidad, que este año me toca, y me puso delante un cuenco con remolacha.
En Nochebuena aquello se llenaba, dijo. Que viniéramos.
—Nochebuena la tengo con cordero en Madrid. El veinticinco las niñas se van con Carmen.
—Pues el veinticinco aquí. Sin niñas. El cordero aguanta.
—El veinticinco yo recojo la cocina. Eso no aguanta.
Yelena llegó cuando ya habíamos empezado.
Se quitó el abrigo, saludó a Sonia con un gesto de cabeza y se sentó frente a ella, no frente a mí.
Yelena en el Kombüse no es la de la secretaría: habla, prueba del plato de Danil con la cuchara de él y le corrige el punto de sal sin que nadie se lo pida.
Pero sigue apuntando. Lleva una libreta pequeña en el bolso, de las que no se ven, y la saca sin que parezca que la saca.
Yelena apunta igual que yo; por eso no me gusta cenar con ella.
—¿Cómo está Hoffer de la rodilla? —me preguntó—. A mí no me lo dice.
—La sube. La baja peor. Ha puesto una silla debajo de la mesa para el pie.
—Eso tampoco me lo dice a mí.
Se volvió hacia Sonia.
—¿Apellido? Para mí, no para el libro.
—Vólkova.
Lo dijo sin acento y sin ruido, en una mesa de Wedding, con un cuenco de remolacha delante.
En esta ciudad lo que había vendido lo vendió sin decirlo.
Yelena lo apuntó. Luego le miró las manos, las dos, cuando Sonia cogió la cuchara con la izquierda, y volvió a su plato.
Sonia levantó la vista a tiempo de pillarme mirando.
Danil quiso saber a qué se dedicaba.
—Juro traducciones.
—¿Y qué se jura, de una traducción?
—Que dice lo que dice el original. Nada más. Si el original miente, la traducción miente igual, y yo la juro igual. —Partió un trozo de pan—. Por eso elijo lo que traduzco.
—Pues conmigo no vas a tener trabajo —dijo Danil—. Yo no escribo nada.
—Algo sí. Su comparecencia la traduje yo.
Danil dejó de servir un momento. Yelena no levantó la vista de la libreta pequeña. Yo pregunté por el horno otra vez, porque alguien tenía que preguntar algo, y Danil me contestó esta vez con palabras.
⁂
El hotel estaba a dos calles del libro. Una habitación con la ventana a un patio y una lámpara de pared que daba una luz de oficina. Dejé la cartera en la silla y me acerqué a la ventana sin encender la de pie. Abajo había bicicletas atadas a una barra y un cubo de basura con la tapa levantada.
Sonia entró detrás y cerró. Oí el abrigo caer sobre la cama. No oí los zapatos.
Me había pasado el día preguntando. A Hoffer por la escalera, a Ilse por su hijo, a Vogt por el tren, a Danil por el horno.
Preguntas de las que sirven para que el otro hable y yo escuche de qué habla.
En Charlottenburg, delante de la caja, la única pregunta la había hecho Vogt. Eso también lo sabía ella.
—Era mi letra —dije, al patio.
—Lo sé. La veo desde el año diecinueve en los márgenes.
No me volví todavía.
—¿Qué márgenes?
—De todo lo que me mandas a traducir. Pones las dos letras arriba a la derecha, con la fecha. Las mismas. Un poco más pequeñas que las de la etiqueta.
—Y en siete años no me has dicho nada.
—Tú tampoco. Y lo tuyo es más largo de escribir.