CAPÍTULO 10
La segunda línea
Lidia la vio primero, porque Lidia está de cara a la puerta. Soltó su dobry den con acento de Lugo y no le contestaron. Luego un buenos días, y tampoco. Probó con un bon dia. Se volvió hacia el fondo con el teléfono todavía en la oreja.
La mujer del abrigo gris estaba en el umbral sin entrar.
Alta, el pelo corto con más blanco que gris, un bolso de piel cruzado sobre el pecho y una carpeta de plástico transparente apretada contra el costado.
Miraba el despacho de una sola pasada, las tres mesas, la ventana, la caja del fondo, y luego a mí, y ya no miró nada más.
Oksana se levantó antes que yo. Le dijo en castellano que pasara y que se sentara, y le acercó la silla de las visitas a mi mesa, y lo hizo con calma: en este despacho se sienta así a la gente que llega sin cita y con malas noticias, que es la mitad.
La mujer se sentó. Dejó la carpeta en la mesa. No se quitó el abrigo.
Yo sabía quién era desde la puerta. Doce años. La había visto una sola vez en mi vida, en una escalera de hierro, de perfil, con la luz de una ventana de ventilación en la cara, y no había llorado. La carpeta sobraba.
—Señora Kovaleva.
—Señora Vólkova.
En castellano. Las dos sabíamos que podía decirlo en ruso y las dos entendimos que no lo hiciera: el ruso era de aquella noche, y ella no había venido a hablar de aquella noche todavía.
Abrió la carpeta. Dentro había dos hojas, una encima de la otra.
La de arriba era una fotocopia de la lista: seis nombres, seis firmas, el papel con los dobleces marcados de doce años en un cajón.
La de abajo, una traducción jurada de una vista de un juzgado de Tarragona, con mi número al pie y mi inicial.
Puso la segunda hoja al lado de la primera.
Puso el dedo en la segunda línea de la lista, donde dice Ana, y luego lo movió a la A del pie de la traducción. Dos letras iguales, a un palmo.
—En el muelle eras Sonia —dijo—. Lo de Ana lo leí en la lista hace nueve meses y no me lo creí. En el muelle a nadie le llamaban Ana. A ti te llamaban Sonia, y tu padre te llamaba Sonia, y yo te oí contestarle.
Nadie me había llamado Sonia con esa voz. Oksana y Lidia me llaman Sonia; él me llama Sonia desde el jueves del cordero. Ella me llamaba con el nombre del muelle, el de antes de la tarjeta, y lo decía con el acento del muelle, el de mi padre. Me lo guardé donde guardo lo que no se traduce.
—Era Sonia —contesté—. Y firmé Ana porque la tarjeta decía Ana y el hombre del sobre me dijo que firmara lo que decía la tarjeta.
—Lo sé. A mí me dijo lo mismo. Yo firmé lo mío.
Entonces hizo las preguntas. No una: todas, de corrido, en el orden en que las traía, sin esperar a que yo contestara entre una y otra, con una voz ensayada muchas veces en una cocina sola, para que salieran bien.
—¿Cuándo vendiste el cámping la primera vez? ¿A quién? ¿Por cuánto? ¿Por qué por Piqué y no por otro? ¿Cuándo la segunda, y por qué no por Piqué? ¿Con qué mano firmaste la apertura? ¿Y por qué a mí por tres mil, cuando a ti tres mil no te sirven para nada?
Se calló. Esperó. Las preguntas eran suyas; el orden de las respuestas era mío, y ella me lo dejó.
—La primera, en el año diecinueve. —Empecé por donde ella había empezado—. El mismo año que abrí la referencia. A Hamburgo. Por Piqué, porque Piqué no da nombres y Hamburgo no los pide. Pagaron sin preguntar quién vendía. Pagaron ocho veces lo que pagó usted.
Ella esperó. Yo seguí, en orden.
—La segunda, cuatro años más tarde. A usted.
No por Piqué, porque usted no habría comprado nada que viniera por Piqué: llevaba tres años preguntándole y Piqué no le daba nada.
Lo hice llegar por mi primo Pavlo, en Berlín, y Pavlo por su cuñado, el de la tienda de alfombras, que fue el que la vio a usted.
La apertura la firmé con la izquierda, con mi nombre, sin la inicial. Es la única vez que no la puse.
—¿Y los tres mil?
—Tres mil porque era lo que tenía. Lo sabía porque el de Mitte me lo contó: usted llegó con el dinero en billetes de cien, en un sobre, contados tres veces delante de él. Nadie que tiene más paga así. Le puse ese precio para que pudiera pagarlo.
Durante un rato no hubo nada en el despacho más que el teléfono de Lidia, que sonaba y que Lidia no cogía, y Oksana pasando una página sin leerla.
—¿Me lo vendiste barato por lástima?
—Se lo vendí barato porque la otra mujer de la escalera tenía derecho a saber dónde estaba el hombre de la cara rota, y yo era la única que lo sabía y la única que iba a cobrárselo. Lástima no es la palabra. Pero no tengo otra en castellano.
Me miró la derecha, en la carpeta; la izquierda, en el borde del bloc; y después la izquierda sola. Lo había preguntado en Piqué: con qué mano. Piqué le había dicho que el libro no registra manos. El libro no, pero yo estaba delante.
Cogí el bolígrafo sin que hiciera falta y le puse el capuchón.
—A Grisha no se lo voy a decir —añadió ella entonces—. Que fuiste tú. Él sabe que lo vendieron dos veces y que las dos salieron del mismo sitio. No sabe quién. No le va a servir de nada saberlo y a ti te va a costar algo. Eso es tuyo.
—¿Y lo demás?
—Lo demás también es tuyo. Yo no he venido a cobrar. Ya cobré: compré lo que compré y me sirvió. He venido a otra cosa.
Se quitó entonces el abrigo. Lo dobló sobre las rodillas, sin soltarlo. Yo había tenido ese gesto delante una vez, en una escalera, con un abrigo distinto.
—En abril de este año llevé un dinero puerta por puerta.
El fondo de Ferrer. A las cinco del muelle que viven aquí, con nombre y dirección.
A ti no te lo llevé porque buscaba a Ana Melnyk, y Ana Melnyk no existe en ningún padrón.
Dos de las cinco me lo devolvieron en la puerta.
Las otras tres lo cogieron y no me preguntaron de dónde salía.
Te lo digo para que sepas que te busqué antes de hoy y que no te encontré, y para que sepas que la parte tuya está donde estaba.
—No la quiero.
—Ya me lo imaginaba. Tú no coges dinero que no has vendido.
Después bajó la voz, no por Lidia ni por Oksana, sino porque lo que venía era de las dos y de nadie más, y se pasó al ruso. Al ruso de aquella noche, el de la escalera.
—Aquella noche a mí me mandaron abajo con otra. Eras tú. Yo bajé delante y tú detrás, y en la escalera te paraste en el segundo escalón, el de la ventana, y yo no supe por qué. Yo no vi la oficina. No vi nada de arriba hasta que subimos. ¿Tú viste algo?
Se lo contesté en ruso.
—Vi subir a alguien.
—¿A quién?
Tenía el bolígrafo en la izquierda, con el capuchón puesto.
Lo dejé en la mesa, al lado del bloc, a mi lado, donde lo dejo siempre.
Miré la A de la lista y la A de la traducción, un palmo entre las dos.
El hombre que había subido por aquella escalera me esperaba el jueves en Madrid, con la memoria en la mesa de nogal y tres versiones de una frase que yo tenía que elegir.
No dije el nombre. Ella me vio no decirlo.
—No me lo vas a decir a mí. —En ruso todavía—. Pues no me lo digas a mí.
Volvió al castellano para lo siguiente, y fue lo único que soltó con prisa.
—Cuando vayas a Berlín con Madrid, dilo. Lo que viste. Delante de Hoffer, con el libro abierto. Yo no puedo. Yo estaba abajo y no vi la oficina, y llevo doce años haciendo que se escriba todo, y hay una línea que no puedo pedir porque no la vi. Tú sí. Dilo tú.
—¿Y si lo que vi no le conviene a Madrid?
—Entonces es verdad.
Se metió en el abrigo. Guardó las dos hojas en la carpeta y la carpeta en el bolso, y se levantó, y me tendió la derecha. Yo se la di con la derecha, porque para eso la tengo.
—Sonia. —Fue la segunda vez, y la última—. Gracias por el precio.
Se fue. Lidia le abrió la puerta sin que nadie se lo pidiera, y le deseó buen día en castellano, y esta vez la señora Kovaleva le contestó.
Oksana esperó a que el portal sonara abajo. Entonces habló, en ucraniano, sin levantar la cabeza del diccionario:
—Esa mujer ha venido a cobrar y se ha ido sin cobrar. Y tú le has dejado irse sin cobrar.
Lidia nos miró a las dos. Lidia entiende cuatro palabras de ucraniano y ninguna de esas.
—¿Qué ha dicho?
—Que hace frío. —Pasé una hoja del bloc—. Que cierres la ventana.
Lidia cerró la ventana. Oksana pasó otra página sin leerla. Yo busqué en el bloc la línea de la memoria donde lo había dejado, la del jueves. La leí dos veces sin tocarla, con el bolígrafo tapado al lado, hasta que Lidia volvió a coger el teléfono.