CAPÍTULO 9
Lo que sabe el otro
Kuzmín no conduce los domingos. No lo hacía para Arseni y no lo hace para mí, y en treinta y un años nadie le ha preguntado por qué.
Fui yo a Atocha, en taxi. El cordero se quedó en el horno con Lucía de guardia y la orden de no abrir la puerta por nada del mundo.
El taxista era de Parla y tenía un hijo en la academia de policía.
Me lo contó sin que yo le preguntara, y eso me pasa poco.
Sonia bajó del tren con la cartera de siempre y un abrigo que no le había visto.
Había dormido en Barcelona el viernes y el sábado.
El despacho seguía en su sitio. La señora Puig le había preguntado si el señor de los pasteles estaba enfermo, porque hacía días que no subía.
En el taxi, el de Parla nos miró por el retrovisor dos veces y se guardó lo del hijo.
Marina llegó a mediodía con un pastel. No de Rosa: de una pastelería de Chamberí que está debajo del piso que comparte con Adrián, una tarta de queso en una caja blanca sin nombre.
La dejó en la encimera, se quitó el abrigo, y miró a Sonia de arriba abajo con la cara de su madre y sin la educación de su madre.
—Tú eres la traductora.
—Soy la traductora. Sonia Vólkova.
—Marina. Mi hermana dice que le diste la mano.
—Me la dio ella.
—Eso es lo raro —dijo.
Fue al fregadero a lavarse, al lado de donde yo estaba regando el cordero con su jugo.
Mientras se secaba me preguntó si Adrián podía venir a comer el domingo que viene: había aprobado el primer examen.
Le contesté que sí y le pregunté cuántos exámenes eran.
Cinco. Lo apunté con la cabeza, porque tenía la cuchara en la fuente.
Comimos en la cocina, los cuatro, porque el comedor de esta casa es de Arseni y yo no he comido en él ni una vez.
El cordero estaba fuerte, como lo hago. Lucía contó una cosa de un profesor de matemáticas que había llorado en clase y Marina contó que ella había tenido al mismo profesor y que ya lloraba entonces.
Sonia comió con el tenedor en la izquierda y el cuchillo en la derecha.
Lucía la miró hacerlo tres veces hasta que entendió qué estaba mirando.
Se calló lo que había visto, y eso en Lucía es un cumplido.
Yo hablé poco. Me gusta oír a mis hijas comer en mi cocina y no quería ocupar el sitio.
Después me levanté a hacer café. Marina y Sonia se quedaron en la mesa; Lucía se fue a su cuarto a por el cargador, que es a lo que va siempre. Y oí a Marina decirlo. Se lo soltó a Sonia con una voz para toda la cocina, para que yo oyera lo que no me estaba diciendo a mí.
—Mi padre no duerme desde marzo. Se cree que no lo sabemos porque Lucía los jueves duerme con mamá y yo no duermo aquí nunca, pero la luz del despacho se ve desde la calle y yo paso por esta calle. Si usted es la causa, dígamelo. Y si es la cura, también. No para hacer nada: para saberlo.
Dejé la cafetera en el fuego. No me volví.
—Ni lo uno ni lo otro —dijo Sonia—. En marzo yo era una señora que le traducía cartas.
—¿Y ahora?
—Ahora le traduzco otras.
Marina se rio corto, igual que su madre. Luego anunció que se iba: Adrián estudiaba hasta las ocho y quería estar en casa cuando acabara. Me dio dos besos. A Sonia le dio la mano, que Marina sí da a todo el mundo, y por eso no quiso decir nada.
Desde marzo. Yo había dicho aquí, al principio, que llevaba dos semanas durmiendo mal. Mi hija mayor acababa de corregirme la fecha delante de ella, y la que tenía razón era Marina. En marzo, un martes, Piqué dijo «una señora» y yo no he vuelto a apagar la luz del despacho antes de las tres.
Me llevé a Sonia al despacho con el café.
Abrí la caja fuerte delante de ella. No lo había hecho nunca con nadie; mis hijas siguen creyendo lo de los abrigos.
Dentro hay poco. La copia de la comparecencia, la carta de Rita, la hoja de Arseni con la A, la carta de Vogt del jueves.
Y una carpeta de cartón marrón, gruesa, con una goma.
Saqué la carpeta y la puse en la mesa de nogal, de su lado.
—Esto lo encargué en marzo. El martes en que Piqué dijo «una señora», llamé esa misma tarde a un hombre que se llama Paredes y que lleva veinte años cobrándome por saber cosas que yo no puedo preguntar.
Fue guardia civil en Alcalá, y después de eso ha sido lo que es ahora.
Le di tres datos: una mujer, traductora jurada, Barcelona, con una referencia en el despacho de un procurador de la Via Laietana. Nada más. Me lo trajo en seis semanas.
Ella miró la carpeta sin tocarla.
—Lo sabía el lunes, cuando fui con los pasteles.
Lo sabía el martes, en la silla de Oksana.
Lo sabía el jueves de la primera sesión y el jueves del adobo.
No te lo enseñé el lunes porque entonces era un arma, y las armas no se enseñan.
Te lo enseño hoy porque ya no quiero tenerlo y no sé dónde ponerlo que no sea delante de ti.
Quitó la goma. Lo leyó todo, con el café enfriándose, en el orden en que Paredes lo había puesto.
Yo conozco ese orden. Primero el contrato del año quince, el mío, con la firma, que Paredes había encontrado en el registro de la sociedad.
Luego el alta como jurada, la rúbrica con la A.
Luego el despacho de Sant Antoni, la placa, las dos empleadas con sus nombres y sus fechas de alta.
Luego los viajes: Berlín, cuatro veces en cinco años, siempre tres días, siempre al mismo barrio.
Luego Pavlo, su primo, con la dirección, y el cuñado de Pavlo, con la tienda de alfombras debajo, en Mitte.
Y una foto. El cuñado de Pavlo saliendo de la tienda con una bolsa, en invierno, con la cara bien, de frente.
Paredes no sabe lo que ese hombre vendió a quién. Yo sí. En el año veintitrés la señora Kovaleva compró en Mitte a un hombre con una tienda de alfombras debajo. Me lo contó ella misma, en Berlín, delante de Hoffer, creyendo que no me decía nada.
Sonia miró la foto. Se le fue la cara. La recuperó al volver la página. Lo vi porque la miraba a ella y no a la foto, igual que el primer jueves había mirado cómo tachaba y no lo que tachaba.
Cerró la carpeta. Puso la goma.
—¿Por qué me lo das?
—Para que no lo encuentres.
Me miró esperando el resto, porque conmigo siempre hay un resto.
—Si lo encontraras tú, en esta caja, un día, pensarías que lo guardo para usarlo. Si te lo doy, sabes que no. Lo puedes quemar. Paredes no guarda copias, es su única virtud, y yo no voy a volver a pedírselo.
—¿Y qué no sabes?
Esa pregunta no la esperaba.
—Lo que hiciste en el muelle aquella noche.
—Me salió sin adorno, porque no me dio tiempo—.
El informe empieza en el año quince, con mi firma.
Antes de eso, Paredes encontró una tarjeta a nombre de Ana Melnyk y nada más.
Entre la tarjeta y mi contrato hay una noche, y de esa noche yo solo sé lo que sé de arriba.
Lo que pasó abajo, con dos mujeres, en un sótano, es lo único de ti que no está en esa carpeta.
Dijo algo en ruso. Una frase corta, de las que no son de oficina. No la entendí y no me la tradujo. Se levantó con la carpeta debajo del brazo y fue a la ventana, donde se sienta ella, y miró la calle por la que pasa Marina.
Abrí la agenda. No tuve que buscar la página: tenía el bolígrafo dentro, en la del lunes, donde había escrito Sonia no ha preguntado por la silla.
Debajo escribí la fecha de hoy y: Le he dicho que no sé lo de abajo.
Ha contestado en ruso. Tampoco ha preguntado por la silla.
Esta vez no me fijé en qué nombre había escrito.
Lo vi después: Sonia, otra vez, y ya no me pareció una cosa que hubiera que notar.
Lucía apareció en la puerta con el cargador colgando de un dedo, lo que quiere decir que llevaba un rato en el pasillo.
—¿Te quedas a ver una cosa? —le preguntó a Sonia—. Es una serie de abogados. Mi padre no la ve porque dice que los abogados no hablan así.
—No hablan así.
—¿Tú también? —Lucía me miró a mí, y luego a ella—. Es que es en inglés. Papá la ve con subtítulos y se pasa el capítulo diciendo que están mal.
—Están mal. Siempre están mal. —Sonia se apartó de la ventana—. Pero me quedo.
Se quedó. Dejó la carpeta de Paredes en mi mesa, al lado del café frío, con la goma puesta. Se fue al salón con mi hija. Las oí poner la serie y discutir en qué capítulo iban.
Me quedé en el despacho un rato con la agenda abierta. Luego la cerré y la dejé en el cajón, y fui al salón por el pasillo, despacio, y me senté en mi sillón, el del cargador detrás, sin encender nada.
Estaban en el sofá. Lucía con las piernas recogidas y el cargador enchufado al lado; Sonia en el otro extremo, con el abrigo nuevo en el respaldo.
En la pantalla, dos abogados hablaban en inglés con subtítulos que estaban mal.
Sonia leyó uno y corrigió la palabra, para nadie. Lucía la oyó y la repitió.
No fui a buscar la agenda. Me di cuenta de que no había ido a buscarla, sentado ahí, y de que no iba a ir. Hay cosas que apunto para no perderlas. Esa no la iba a perder.