CAPÍTULO 8
Adobo
Eran dos y estaban en mi portal cuando bajé con la cartera para coger el tren.
No dentro: en la acera, uno a cada lado de la puerta de la tienda de telas, con la distancia justa para que nadie tuviera que pasar entre ellos.
El mayor llevaba un abrigo de lana gris demasiado bueno para una acera de Sant Antoni.
El joven tenía el cuello ancho y una carpeta plana debajo del brazo.
Me hablaron en ruso. El mayor, con un acento que no era de Rusia ni de Ucrania: ruso aprendido de adulto, con las vocales de otra lengua debajo, hablado muchos años en una oficina y nunca en una cocina.
Me preguntó si era la señora Vólkova. Le contesté en castellano que sí, porque no iba a darles la lengua en la que ellos querían hablarme.
—Traemos una carta de la plaza de Hamburgo —dijo él, en castellano también, más despacio—. No esperamos respuesta. La respuesta la da usted cuando quiera, a la dirección que figura.
El joven sacó el sobre de la carpeta y me lo dio con las dos manos, con una pequeña inclinación de cabeza, de entrega oficial. Yo lo cogí con la izquierda. Los dos lo vieron. El mayor dijo buenos días en ruso, y se fueron hacia el mercado, sin prisa, uno al lado del otro.
El sobre decía, en ruso, con la ortografía de antes de la reforma: A la señora de la segunda línea. Ni mi nombre ni el de la tarjeta. La línea.
No lo abrí en el tren. Lo llevé en la cartera, debajo de las tres versiones de la frase de la oficina que él me había dejado elegir.
Durante tres horas miré por la ventanilla los campos de Lleida y de Zaragoza, con la carta debajo de los papeles de Madrid, en ese orden.
Lo abrí en Atocha, sentada en un banco del andén, antes de salir a buscar a Kuzmín.
Dos hojas. Ruso de carta, el de Vogt, que yo conozco mejor que su cara: fórmulas completas, nada abreviado, el verbo al final donde el ruso lo permite y donde no.
La plaza de Hamburgo tenía conocimiento de que la señora de la segunda línea había sido requerida por la casa de Madrid como testigo del muelle para una memoria del asiento.
La plaza de Hamburgo entendía que la memoria debía recoger que la oficina de la nave había estado vacía.
Si la señora de la segunda línea prestaba declaración jurada en ese sentido, la plaza de Hamburgo le ofrecía una cantidad, escrita en letra y no en número, a la manera de los cheques.
Y un expediente a su nombre, el verdadero, en el libro de la plaza de Hamburgo, con la consideración de persona protegida.
Firmaba Vogt, con una firma grande que se comía la línea de abajo.
Leí la cantidad dos veces. Luego leí lo del expediente tres. Un expediente en una plaza es una cosa que yo sé lo que vale, porque abrí uno con mi dinero en el año diecinueve y sé lo que compra. Hamburgo me ofrecía existir en su libro a cambio de que la oficina no existiera en el de Berlín.
Guardé las dos hojas en el sobre y el sobre en la cartera. Kuzmín esperaba en el andén, pegado a una columna. Me quitó la cartera sin pedírmela.
En la casa olía a ajo, a vinagre y a pimentón desde el rellano. Él abrió, con un paño en el hombro y las mangas subidas.
—Cordero. —Se apartó para dejarme pasar—. Para el domingo, que vienen las niñas. El adobo tiene que estar dos días.
—Huele a tres.
—Es que lo hago fuerte. Mi madre lo hacía flojo y a mi padre no le gustaba, y yo lo hago fuerte desde que vivo solo. Pase. Kuzmín se va, hoy no se hace café.
Kuzmín soltó la cartera en el recibidor y se fue sin mirar a nadie. Oí el motor del coche de Madrid en la calle y después nada. La casa estaba vacía de hijas: la puerta de Lucía cerrada al fondo del pasillo, sin luz por debajo.
Pasé a la cocina detrás de él. La cocina es grande, de casa antigua, con una mesa de madera en el centro y, encima, una fuente de barro tapada con un plato, y debajo del plato el cordero en su adobo. Saqué el sobre de la cartera y lo dejé encima del plato.
Él se secó los dedos en el paño antes de cogerlo. Leyó el sobre. Lo giró, lo abrió, sacó las dos hojas y las leyó de pie, con el paño otra vez en el hombro, sin preguntarme nada hasta la segunda hoja. Lee ruso de oficina despacio, pero lo lee.
—¿Cuándo?
—Esta mañana. Dos. El mayor habla ruso con vocales alemanas. El joven no habló.
—Los de Altona. —Dejó las hojas en la mesa, al lado de la fuente—. ¿Cuánto?
—Más que tú.
Lo oyó. Yo también lo oí, en el momento de decirlo: el tú. Me salió en su cocina, con el cordero entre los dos y la carta de Hamburgo encima del plato. No lo corregí. Él se llevó la mano al bolsillo de la camisa, donde no llevaba la agenda.
—Yo no te he ofrecido nada. —Él también. Lo dijo probando, para ver si yo lo devolvía.
—Por eso.
Se apoyó en la encimera con los brazos cruzados y el paño colgando. Durante un rato miró la fuente, no a mí.
—Hamburgo le ha puesto precio a la testigo. Y la testigo ha venido a enseñárselo al otro comprador en vez de cobrarlo. Explícame eso, Sonia, porque yo soy un hombre de cuentas y esa no me sale.
No había dicho nunca mi nombre. El de aquí, el corto. No el de la tarjeta.
—No hay otro comprador. Tú no compras: tú me debes. A Hamburgo no le debo nada, y lo que me ofrece es un sitio en un libro donde nunca he querido estar. Yo ya tengo un sitio en un libro. Lo pagué.
—El diecinueve.
—El diecinueve. Al lado del ciento dieciocho.
Cogió la carta otra vez. La dobló por sus pliegues y la metió en el sobre con orden de administrador.
—Esto se queda aquí. En la caja. Con la otra hoja. —Y luego, con otra voz—: Han ido a tu portal, Sonia. A las nueve de la mañana. Delante de la tienda de telas.
—Lo sé. Yo estaba.
Se rio. Corto, sin ganas, por la frase.
Fue él quien salió de la cocina primero, y fue él quien, en el pasillo, delante de la puerta cerrada de Lucía, se paró y me esperó, y cuando llegué a su lado no me tocó. Abrió la puerta de su cuarto. Encendió una lámpara de pie que había junto a la ventana y no la luz del techo.
—La lámpara la compró Carmen —dijo—. El año que nació Marina. Es lo único que me llevé del piso cuando nos separamos, porque Carmen la odiaba y yo no.
Me quitó el abrigo por los hombros y lo dejó en una silla.
—La cómoda era de Arseni. De su madre. La dejó aquí con todo lo demás.
Me desabrochó la blusa. No deprisa. Un botón, el nombre de una cosa; otro botón, otra.
El cuadro pequeño encima de la cómoda lo había pintado una tía de Carmen que vivía en Cuenca.
La colcha la había comprado Lucía en un mercadillo, para él, con su dinero, y por eso era de ese color.
Me sacó la blusa por los brazos. La falda tenía la cremallera a un lado y la encontró sin mirar.
—¿Y el reloj?
Se paró con los dedos en la cremallera. Yo no había preguntado nunca por el reloj. Él sabía que yo lo había tenido en la palma, boca abajo, y que yo lo había visto abrochárselo cien veces, y que nunca había preguntado.
—El reloj me lo regaló Grigori —dijo—. En Altona. Hace doce años.
Y bajó la cremallera.
Me quitó la falda y las medias y me dejó las bragas.
Me sentó en el borde de la cama y él se quedó de pie delante, vestido, con el paño de cocina todavía en el hombro; se lo quitó cuando se dio cuenta y lo tiró a la silla, encima de mi abrigo.
Lo desnudé yo a él, sin nombrar nada, porque nada de lo que llevaba tenía historia que yo supiera y porque la lengua la quería para otra cosa.
Está bien hecho, para su edad y su oficio: ancho, con el vello del pecho gris, con las marcas de la camisa en los costados. Se dejó mirar.
Entonces le pedí lo que había venido a pedirle. En ruso primero, para que tuviera que fijarse.
—Di mi apellido.
Lo entendió. Lo repetí en castellano, para cerrarle la salida.
—Vólkova.
—El de él.
Me miraba desde arriba, de rodillas en el colchón, entre las mías, y yo lo vi llegar al apellido antes de decirlo. Lo vi en la boca.
—Vólkov.
Y se paró. Todo él. Las rodillas, la respiración, la vista.
No lo dejé. Le puse la palma en el pecho, donde el vello es más gris, y lo empujé hacia mí, y me tumbé, y lo traje encima.
Él se dejó traer. Me quitó las bragas él, despacio, con los nudillos por la parte de dentro de los muslos.
Entró en mí de frente, con la cara encima de la mía, sin que yo tuviera que decirle nada en ninguna lengua.
Fue lento. No lo decidí yo esta vez; lo decidió él, con todo el peso y sin prisa, y yo lo dejé decidirlo porque ya tenía lo que había venido a buscar.
Lo tenía en la cabeza con su voz. Vólkov.
El apellido de la orden, el primero de los cuatro nombres de la memoria, dicho sin la edad detrás, en la cama de la casa que había firmado la orden.
Cada vez que empujaba yo volvía a oírlo.
Él no hablaba. Me miraba, y de vez en cuando cerraba los ojos y los volvía a abrir, y los tenía abiertos cuando me corrí.
Me corrí en ruso, con su nombre. El de pila. No lo había dicho nunca; no lo he dicho en castellano todavía. Lo dije dos veces, en ruso, y él lo oyó, porque es una de las palabras que entiende en cualquier lengua.
Él después, callado. Con la frente en mi hombro, sin un nombre, sin una palabra rusa ni castellana, con el cuerpo haciendo lo que hace un cuerpo y la boca cerrada. Lo noté correrse y lo noté no decir nada, y las dos cosas me gustaron por igual.
Nos quedamos así un rato, él encima y pesando, yo con la lámpara de Carmen en el borde de la vista.
La casa no hacía ruido. En Sant Antoni siempre hay una persiana, un ascensor, la señora Puig; aquí no había nada, y en el silencio se me ocurrió la pregunta, o estaba ahí desde la cocina, desde Atocha, desde el año catorce, y el silencio la dejó salir.
—¿Lo viste morir?
Tardó en contestar.
—No bajé.
Sin anécdota, en castellano. Es verdad en sentido estricto: lo sé porque yo estaba debajo de esa oficina y nadie bajó de ella hasta que todo había acabado. La frase que había dejado en la memoria era esa, la de las libretas, la del paradero: verdad en sentido estricto.
No le pregunté lo otro, lo que vio desde arriba. Ya lo sabía: lo vio todo, y no voy a hacerle decir en su cama lo que la mujer que no lloraba tardó diez años en hacer escribir en Berlín.
Se quitó de encima y se tumbó al lado. Me dormí. No lo tenía previsto. Había venido con un billete de vuelta para el último tren y la carta de Hamburgo en la cartera. Me dormí en la casa de Madrid, en la cama del hombre que había firmado mi primer contrato, con la lámpara de Carmen encendida.
Me despertó un ruido de cocina. Despacio, lejos: una puerta de nevera, un plato de loza levantado y dejado en la madera de la mesa.
Luego un cuchillo contra el barro, dos veces, y el ruido de la carne al darle la vuelta en un líquido espeso.
Luego el plato otra vez encima. Él estaba dándole la vuelta al cordero, a oscuras, a la hora que fuera, para el domingo, para las niñas.
Lo escuché hasta que volvió. No encendió nada. Se metió en la cama del otro lado, con las manos frías del adobo, y yo fingí que seguía dormida, y él lo supo, y me dejó fingirlo.