LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Arenque

Lidia me preguntó si en Lugo llovía más que en Madrid.

Le dije que en Lugo llueve más que en cualquier sitio donde yo haya estado, y que lo sabía por un notario de la calle de la Reina que llevaba paraguas hasta en julio.

Le pregunté si el notario seguía vivo. Lidia no lo conocía.

Lo apunté igual. Un notario de Lugo con paraguas en julio vuelve a salir en alguna conversación, y cuando sale conviene tener el nombre.

La señora Vólkova nos oía desde el fondo. Oksana estaba en el juzgado con una partida; Lidia volvió a su teléfono; la puerta de la sala del fondo se quedó entreabierta, y yo la cerré al pasar, lo bastante fuerte para que Lidia oyera que la cerraba.

—¿Ha llamado a Carmen? —me preguntó antes de que me sentara.

—La llamé el viernes. Me dijo que Lucía no le había contado nada de ninguna señora, y después de un rato me preguntó si la traductora era guapa.

—¿Y qué le dijo?

—Que era zurda.

No le hizo gracia, o no me la dio: movió la cabeza, muy poco, y abrió el bloc.

Traíamos tres páginas de la memoria con las dos rayas, y yo había reescrito la de la oficina de tres maneras distintas el fin de semana.

Ninguna de las tres decía nada que ella pudiera jurar y yo pudiera firmar, así que la dejé para el final y empezamos por el anexo: las actas del año quince, las que había traducido de las copias certificadas.

Ella leía su traducción al ruso, yo seguía el castellano, y cuando una palabra del libro de Berlín no coincidía con la del uso de Madrid, lo discutíamos.

Discutíamos poco. Ella tiene la palabra del libro y yo la de la casa, y la del libro gana, porque es la que va a leer Hoffer.

Mi teléfono vibró encima de las actas a las cinco y cuarto. En la pantalla ponía un número de Hamburgo que tengo guardado sin nombre, porque el nombre me lo sé.

—Es Vogt —le dije—. Me va a hablar en castellano. Le gusta.

Descolgué, y lo puse en altavoz para poder seguir con el bolígrafo. En la oficina lo hago siempre; en su despacho lo hice sin pensarlo, y cuando lo pensé ya estaba hecho, y no lo quité.

—Señor Barinov. Konrad Vogt, desde la plaza de Hamburgo. Buenas tardes.

—Vogt, buenas tardes. ¿Cómo está el Elba?

—El Elba está donde estaba, señor Barinov. Le llamo por un asunto que a la plaza de Hamburgo le interesa coordinar con la casa de Madrid antes del pleno.

Habla un castellano aprendido en cartas.

No en libros ni en gente: en cartas. Cada frase llega con su fórmula de entrada y su fórmula de salida, y entre las dos pone lo que quiere decir con una limpieza que no tiene nadie que haya aprendido un idioma hablándolo.

La señora Vólkova levantó la vista del bloc en la segunda frase y ya no la bajó.

—Coordine, Vogt.

—El consejo ha solicitado a Madrid una memoria del asiento con dos preguntas.

La plaza de Hamburgo entiende que la respuesta a las dos es la misma: la oficina de la nave estuvo vacía aquella noche.

Nadie bajó un diferencial y nadie movió una silla.

Grigori Petróvich lo tiene así por bueno, y así debe constar.

Lo dijo en presente. Grigori Petróvich lo tiene.

Grigori Denísov lleva dos años en un cementerio de Altona.

Yo fui al entierro y vi la caja bajar. El hombre que me llamaba lo nombraba con el verbo de los vivos.

No me lo esperaba. Debería habérmelo esperado: en las cartas también lo hace, y yo había leído las cartas. Oírlo es distinto.

—¿Y qué ofrece la plaza de Hamburgo a cambio de que Madrid lo tenga por bueno también?

—La plaza de Hamburgo custodia desde hace doce años cierta documentación contable del puerto de Barcelona.

La documentación Ferrer. Grigori Petróvich considera que su lugar natural es la casa de Madrid, que fue la casa que la recogió, para custodiarla donde corresponde.

Se le entregaría a usted con la memoria aprobada.

Las libretas. Dos, de hule negro, que estuvieron una noche en el bolsillo de mi gabardina y que no he vuelto a ver.

Hamburgo las guardaba y ahora las ponía en la mesa, igual que yo pongo los pasteles, para decidir de qué se habla al final.

Grigori me lo enseñó a mí y a él, y los dos lo hacemos con su acento.

Elegí la historia, que es mi salida de siempre, y Vogt me había sorprendido con un muerto.

—Vogt, ¿sigue abierto el sitio del arenque, en Altona?

El de la cebolla cruda y la manzana. Grigori dejó un arenque a medias la última vez que comimos allí.

Se fue a atender una llamada y no volvió a la mesa; yo estuve tres cuartos de hora con su plato delante, y el camarero no se atrevía a retirarlo. Siempre he querido saber quién llamaba.

Hubo una pausa en Hamburgo. Corta.

—El señor Denísov no dejaba nada a medias, señor Barinov. Si la plaza necesita la dirección del establecimiento, se la facilito por escrito.

No se rio. El suyo no deja platos. El suyo está vivo y firma. Yo tenía delante a la señora Vólkova, con el bolígrafo quieto, y supe en qué momento llegó a lo mismo que yo, porque en ese momento dejó el bolígrafo.

—Antes de nada quiero ver esa documentación —dije—. Las dos libretas. Abiertas, con mis ojos, antes de que Madrid escriba una línea sobre la oficina.

—En Berlín. En noviembre, cuando el consejo prepare el pleno. La plaza de Hamburgo estará presente y la documentación también. Hasta entonces, la memoria no debería avanzar en una dirección que luego hubiera que corregir. Grigori Petróvich no corrige.

—¿Irán los dos de Altona?

—La plaza estará representada.

—En eso Grigori y usted se parecen, Vogt: contestan a otra pregunta. Buenas tardes. Dele recuerdos al Elba.

—Buenas tardes, señor Barinov.

Puse el teléfono boca abajo sobre las actas.

Antes de que apartara la mano de él, la señora Vólkova alargó la suya hasta mi lado y me cogió la muñeca.

La izquierda. La del reloj. No la mano: la muñeca, por encima de la correa, con los dedos en la esfera, que estaba hacia dentro y ahora quedaba contra su palma.

—¿Lo mandó Grigori?

Lo preguntó en castellano. Despacio, sin ruso, con la voz de trabajo. Me di cuenta de que había elegido la lengua en la que yo no podía fingir que no la había entendido.

Tenía preparadas tres o cuatro maneras de rodear esa pregunta. Una anécdota de Hoffer. Una pregunta sobre Oksana. Una historia sobre el Elba. Las vi pasar todas, en orden, y no cogí ninguna.

—Yo estaba —dije—. Lo mandó Grigori.

No lo había dicho nunca con alguien delante.

Llevo doce años diciéndolo de otras formas: Madrid no tiene constancia, Madrid desconoce, Madrid no dispone.

En su despacho, con el bolígrafo de ella parado y sus dedos en mi reloj, salieron cinco palabras y las cinco eran verdad.

No salió nada más. No me vino la historia de después, la escalera, la linterna, las libretas en la gabardina.

Me vino solo eso, y lo dije. Esperé la pregunta siguiente, la que cualquier testigo del muelle le haría a un hombre que acaba de decir que estaba arriba.

No la hizo.

Me soltó la muñeca. La dejó donde estaba, encima de las actas, con la esfera otra vez hacia mí.

Cogió el bolígrafo. Miró el bloc y encontró la línea donde lo habíamos dejado.

Leyó la frase siguiente del acta en ruso, con la pronunciación del libro y su nota al pie en castellano, igual que las anteriores.

Seguimos. Terminamos la del año quince. Pasamos a la primera del año catorce.

Ella tradujo, yo seguí, discutimos una palabra, ganó la del libro.

En las dos horas que quedaron no volvió a mirarme la muñeca. Por una vez, el que dejó una frase a medias en la mesa fui yo, y ella fue la que no retiró el plato.

Salí pasadas las siete, sin pasteles, con las tres páginas en la cartera y la frase de la oficina sin reescribir.

Lidia ya se había ido; la señora Vólkova me acompañó hasta la puerta de la sala y no más allá, y me dijo que el jueves en Madrid, y que llevara la hoja de la oficina con las tres versiones, que ella elegía.

En la calle me paré a mirar la placa de latón, los dos nombres debajo del suyo.

Pensé en apuntarme que a Lidia le había gustado lo del notario. No lo apunté. Fui andando hasta Sants.

En el tren saqué la agenda. Es la de los nombres: la rodilla de Hoffer, la cadera de la Mari, la ortografía vieja de Vogt, la palabra rusa de acta debajo de zurda. La abrí en la página del día y estuve con el bolígrafo encima sin escribir. No me pasa nunca: en la agenda apunto deprisa.

Vogt sabía que yo estaba. Lo había dicho sin decirlo, con la limpieza de las cartas: la casa que la recogió.

Hamburgo tenía más miedo que yo de aquella oficina.

La silla la había mandado Grigori, Grigori ya no podía explicarla, y el hombre que firma por él no corrige.

Eso iba a tener que pensarlo. Lo apunté con una palabra, «Hamburgo», y una flecha, y la palabra «noviembre».

Y luego apunté lo otro. Lo que no me cabía en la cabeza desde que colgué.

Aquella noche, debajo de esa oficina, había una mujer de veinticuatro años en el sótano de la nave.

Esa mujer trabaja para mí desde el año diecinueve.

Esta tarde me había oído decir que yo estaba arriba, y quién me mandó, y no me había preguntado qué vi.

Cualquier persona pregunta qué vi. Yo lo habría preguntado antes de terminar la frase.

Ella me había soltado la muñeca y había leído la siguiente línea del acta.

Escribí: Sonia no ha preguntado por la silla.

Lo leí cuando lo tuve escrito. En la agenda pone Vólkova desde el año diecinueve, en cada página en que aparece; zurda, Vólkova; la palabra de acta, Vólkova. Esta vez había escrito Sonia, con la letra pequeña de la agenda, y lo vi al terminar la palabra, y no lo corregí.

El tren pasó Tarragona. Cerré la agenda con el bolígrafo dentro, en esa página.