CAPÍTULO 6
Lectura de firma
El apellido lo dijo él por teléfono, el lunes, entre la hora y la calle. Una perito calígrafa, Rita Ferrer, en un estudio del Eixample; tenía que enseñarle una hoja y quería que yo fuera «por si hay algo en ruso». En esa hoja hay tres palabras en ruso. Las escribí yo.
Le dije que sí. Decir que no habría sido explicarle por qué no.
Hasta ese lunes, Rita Ferrer era una línea de Piqué: Madrid había pedido una copia de la apertura para una lectura de firma.
Al apellido le puse yo el resto. Ferrer llevaba las cuentas del muelle.
Que la hija del hombre de las cuentas leyera firmas para los juzgados era un dato que yo habría dejado en el original, con una nota al pie, para que lo entendiera quien supiera leerlo.
Nos subió Kuzmín, en el coche de Madrid.
Barinov había venido por carretera porque tenía una junta de las sociedades en Barcelona a mediodía, y Kuzmín lo había esperado dos horas en doble fila sin apagar el motor: eso me lo contó Barinov al abrirme la puerta.
Kuzmín no me dijo una palabra. Yo llevaba en la cartera las actas de los años catorce y quince, traducidas, para no esperar al jueves.
Eran copias certificadas. Fue lo que me dejó llevarme de su despacho: los originales no salieron del armario del cristal, y él me lo dijo con la llave puesta, por si yo había entendido otra cosa.
El estudio está en un segundo piso, con escalera de madera.
Cada tramo suena distinto; el último, el que da al rellano de Rita, cruje en el tercer peldaño y en el penúltimo.
En el rellano había un cenicero de lata en el pasamanos, con dos colillas, y una mujer de unos sesenta años fumando la tercera con la puerta abierta a su espalda.
—Tere —dijo Barinov—. ¿Sigue sin dejarlo?
—Lo he dejado seis veces. Esta es la séptima. —Me miró de arriba abajo y dio una calada—. Pasen. Está con la lámpara.
Rita Ferrer no se levantó. Estaba sentada a una mesa de luz encendida, con una lupa de brazo apartada y una mancha de café en la esquina del cristal que la luz dejaba en sombra.
Treinta y pocos años, el pelo recogido con un lápiz, las uñas muy cortas.
Detrás de ella, agachado entre la pared y un armario bajo, un hombre joven peleaba con un cable y con un enchufe que no quería soltarlo.
—Vadim. —El del cable no se levantó del suelo—. Si vienes a que firme algo, llegas tarde. Ya firmé una vez este año y me dura.
—Vengo a que me oigáis. Iósif, la señora Vólkova. Rita, la señora Vólkova me traduce desde hace siete años todo lo que llega de Berlín. ¿Te he contado alguna vez cómo conocí a Iósif? Tenía quince años y me sacaba de la cama de madrugada desde la puerta de un concierto para que…
—Esa no, Vadim. —Iósif había sacado la cabeza por encima del armario—. Esa no delante de gente.
Rita me miró entonces. Un segundo a la cara y en seguida a las manos: a la derecha, que era la que yo tenía apoyada en el asa de la cartera.
Yo le miré las suyas. Escribe con la derecha; se lo vi en el callo del dedo corazón y en el lado en que tenía el lápiz.
Ella no tenía por qué saber todavía con cuál escribo yo.
—Siéntense. —Rita apartó la lupa un poco más—. Señor Barinov, en Sant Andreu le dije que para Madrid no firmo informes. Lo tengo apuntado, con la fecha.
—Y yo lo tengo apuntado con la misma fecha. No te pido informe, Rita. Te pido que la oigas traducir. Lo que oigas es tuyo.
—Lo que leí ya se lo mandé por escrito. Usted no me ha contestado.
—Te contesto ahora. Así.
Él la tutea y ella le habla de usted, y ninguno de los dos hace nada por igualarlo. Eso lo oigo antes que las palabras: quién elige qué distancia y quién la acepta. Él trata de tú a todo el que ha conocido joven. Ella trata de usted a todo el que paga.
Sacó la hoja del sobre y la puso en la mesa de luz, de cara a ella. La copia. Nueve líneas, un cuatro tachado, y en el margen el azul de mi bolígrafo, iluminado por debajo. Rita no la tocó. Tenía una igual en alguna parte y la había leído ya.
Él me pidió que leyera las tres palabras del margen en voz alta.
—No se traducen —dije—. Es un nombre, y un nombre no se traduce: se transcribe. Quien lo escribió pasó a letras rusas un sitio que se llama en catalán.
—Pues transcríbalo.
Lo leí en ruso, tal como está, y después lo dije en la lengua en que lo pone el cartel de la carretera: cámping Cala dels Pins.
Esas tres palabras no habían salido nunca de una boca.
Las había escrito en Madrid hace seis años, con él delante, y en seis años nadie las había pronunciado en mi presencia. Él tampoco. Las guardaba.
Iósif se incorporó con el cable colgando.
—¿Eso era lo del ruso? Tres palabras. Podías haberlo mirado en el móvil, Vadim.
—El móvil no jura.
—Ella tampoco ha jurado nada. Ha leído un cartel.
Rita no intervino. Miraba el margen desde su lado, con la cabeza un poco ladeada hacia la lámpara.
Barinov le preguntó a Iósif por la mesa de sonido de Lleida, la del canal abierto, si al final la habían arreglado o la habían cambiado, y Iósif le contestó que no pensaba hablar de mesas de sonido con un hombre que se sabe las caderas de medio Alicante.
Barinov se rio con la cabeza hacia atrás.
Yo oía todo eso y miraba a Rita mirar la hoja.
—Para el registro. —Iósif dejó delante de mí un folio impreso con tres columnas: fecha, nombre, firma—. En este estudio, todo el que toca un documento deja una línea. Norma de la casa. La gestora se pone nerviosa si falta una.
—Yo no he tocado el documento.
—Lo has leído delante de ella. Para Rita eso es tocarlo.
Rita confirmó con la barbilla sin dejar el margen.
Saqué mi bolígrafo. Escribí la fecha, mi nombre, el verdadero, y debajo, donde ponía firma, lo que firmo siempre: el número de intérprete jurada y la inicial. La A. La hice como la hago, sin pensarla, con la mano que la hace. Dejé el bolígrafo en la mesa, a la izquierda del folio.
—Zurda.
Levanté la cabeza. Iósif no me miraba a mí; miraba el bolígrafo.
—Se oye. Cuando alguien escribe con la derecha, el boli cae a la derecha del papel, y el ruido viene de ahí. El tuyo ha caído al otro lado. Yo trabajo con eso, con de dónde viene cada ruido. Perdona. Lo digo porque si no lo digo me lo quedo dentro.
—Lo sabe todo el que me ve escribir.
—Yo no te he visto. Te he oído.
Rita había dejado el margen. Miraba el folio del registro, la última línea, mi inicial. No le cambió la cara. Siguió con la cabeza igual de ladeada que para el margen, y luego la levantó y miró a Barinov. Barinov la miraba a ella. Tampoco a él le cambió la cara.
Él recogió la copia y la guardó en el sobre. Le preguntó a Rita cuánto llevaba Tere en el rellano, y Rita le dijo que Tere se iba a comer en nada y que, si quería verla, era el momento. Iósif volvió al suelo con su cable.
—Oye, Vadim. —Desde abajo, sin mirarlo—. Los khinkali.
—Te los sigo debiendo.
—No me los debes. Te lo dije en primavera. Lo que te debo yo es la paciencia de no haberte dicho que te fueras cuando llegaste con el sobre.
—Eso lo pagaste en el rellano de Sant Andreu, y yo lo apunté.
Rita se levantó entonces. Fue el primer movimiento grande que le vi.
—Bajo con ustedes. Tere se ha dejado el cenicero fuera, y después lo busca por el estudio.
Barinov seguía en la puerta con Iósif, que había encontrado por fin el enchufe y quería que lo viera.
Bajé delante. Rita bajó detrás de mí, y oí sus pasos en el tercer peldaño y en el penúltimo, igual que los nuestros al subir.
En el rellano cogió el cenicero del pasamanos, lo vació en una papelera de la pared y lo sostuvo.
Era una lata vieja de pastillas, de las redondas, con el esmalte saltado.
—Es su A.
No lo preguntaba. Le contesté con lo que era verdad.
—Es la A de un nombre que no es el mío.
—Las letras que una aprende de pequeña no cambian de dueña. Esa la aprendió usted en un colegio que no es de aquí. Lo escribí en una carta hace un mes, y el hombre que está arriba no me ha contestado hasta hoy. Hoy ha subido con usted.
—¿Y qué va a hacer con eso?
—Nada. A él le dije en Sant Andreu que no iba a buscar a la dueña de esa letra. No la he buscado. La he encontrado. Lo que le escribí a Madrid se queda escrito; lo de hoy no se lo escribo a nadie.
Hizo girar la lata entre los dedos.
—Hay una cosa que sí quiero saber, y no es de Madrid. Es mía. ¿Por qué el ciento dieciocho?
Lo sabía por Piqué, pensé, o por él, que se lo habría dicho con los otros tres hechos. Da igual por quién. La pregunta era de la hija, no de la perito, y la hizo con la voz de antes, la de leer mi letra.
—Su padre nos pagaba los viernes a las del muelle —dije—.
En mano, en un sobre cada una, y en el sobre escribía el nombre.
A las demás les ponía lo que decía la tarjeta.
A mí también, el primer viernes. El segundo me preguntó cómo me llamaba de verdad, y se lo dije, y lo escribió.
Vólkova, con la V bien hecha y una raya debajo, como en las facturas.
No volvió a poner lo otro. Fue el único papel del muelle en el que yo era yo.
Un sobre, no un papel de verdad; pero el nombre era el mío.
Cuando abrí lo mío con Piqué quise que estuviera al lado de eso.
Al lado de aquel sobre, que ya no existe.
El expediente de su padre era lo que quedaba más cerca.
Rita no movió la lata. Después preguntó una sola cosa.
—¿La raya la hacía con regla?
—Sin regla. Recta.
—Las hacía así. —Dejó el cenicero en el pasamanos, donde estaba, vacío—. Esta lata la robó Tere en el ochenta y siete, de la caja de un bar de la calle Aribau, y lleva treinta y nueve años contándolo. Si él le pregunta de qué hemos hablado, eso es verdad.
Arriba se abrió la puerta del estudio. Barinov bajó hablándole todavía a Iósif, con una pregunta sobre Lleida que Iósif no contestó, y nos encontró en el rellano a las dos, una a cada lado de un cenicero vacío.
Le preguntó a Rita si Tere volvía, y Rita le dijo que Tere siempre vuelve.
Nos dio la mano a los dos, a él primero. A mí, mirándome a la cara.
Kuzmín esperaba abajo con el motor parado. Me abrió la puerta de atrás sin mirarme y la cerró sin ruido. Barinov dio la vuelta al coche y se sentó a mi lado.
Le di la cartera con las actas antes de que arrancáramos. Las sacó, miró la primera página de la primera, la inicial al pie, y las volvió a guardar.
—Copias certificadas. —Cerró la cartera—. Traducidas de copias certificadas. Hoffer lo va a notar.
—Hoffer notaría más que faltara un original de su armario.
Kuzmín arrancó. Fuimos un rato por el Eixample sin hablar, con el ruido del coche de Madrid, que es más grave que el de los taxis. Él miraba por su ventanilla. Yo sabía qué iba a preguntar y esperé a que lo preguntara.
—¿Qué le ha dicho Rita en el rellano?
—Que el cenicero lo robó Tere en el ochenta y siete. De un bar de la calle Aribau.
Se volvió a mirarme. Soltó una risa corta, para él solo.
—Es verdad. Lo cuenta Tere a todo el que sube. Lo que no sabía es que Rita hubiera llegado a contárselo a usted en tres minutos.
—Rita no me lo ha contado. Me lo ha dicho.
—Peor. Rita no dice nada que no le hayan preguntado.
Miré a Kuzmín, las dos muñecas arriba en el volante, a la misma altura, y la calle que pasaba.
Era mentira. La primera que le decía en siete años, y llevaba dentro una verdad que él podía comprobar cuando quisiera subiendo una escalera.
Lo había aprendido de él. Él no miente: pone un nombre verificable dentro de la frase y deja que uno compruebe el nombre en vez de la frase.
Yo acababa de hacerlo con una lata de pastillas.
Me habían leído. La única persona que podía poner mi cara a esa letra la había puesto, en un rellano, en dos frases, y había decidido guardársela.
Eso lo sabía. Lo que no sabía, y lo pensé hasta la plaza de Sant Antoni con él al lado mirando la calle, era si el hombre que me había subido a ese estudio me había subido para que me leyeran.
Por teléfono lo había dicho entre la hora y la calle, sin cambiar el tono. Él no cambia el tono para nada.