LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La casa sin plaza

Desde la ventana del despacho los vi bajar: Kuzmín delante, con la cartera de ella, que le había quitado sin pedir permiso porque así demuestra Kuzmín que alguien le cae bien; ella detrás, con un abrigo gris y un bolso de piel grande, mirando la fachada de abajo arriba.

Las casas de Madrid no se miran así. Así se mira un sitio del que se ha oído hablar.

Le abrí yo. En el rellano, a la altura de la rodilla, hay una raya en la pintura de la pared, de un palmo, que hace años que nadie pinta. Ella la vio antes de mirarme a mí. Iba a preguntarlo y se lo contesté antes.

—La hizo un niño con una mochila. Tenía diez años, iba al colegio con la mochila de ruedas y la arrastraba por el rellano porque le daba vergüenza llevarla a la espalda.

Se llama Marc. Arseni la dejó sin pintar cuando el niño se fue, y cuando la casa pasó a mí, la dejé yo.

Cada vez que viene el pintor me pregunta. Le digo que esa no.

—¿Por qué no?

—Porque es la única cosa de esta casa que alguien hizo sin querer.

Pasó delante de mí. Kuzmín dejó la cartera en el banco del recibidor y se fue a la cocina a hacerse un café. Cuando Kuzmín se hace un café, la visita va a durar.

El despacho grande está al fondo del pasillo y era de Arseni.

La mesa es la misma, de nogal, con una quemadura de cigarro en la esquina de la derecha que tampoco he querido arreglar.

El libro de la plaza está en el armario de la pared, detrás de cristal, con llave; es más pequeño de lo que la gente cree, de tapas verdes, y lleva las cuentas de la casa desde antes de que yo naciera.

Saqué las actas de junta de los años catorce y quince, las que tenía que traducir, las originales, en ruso, con los sellos de Hamburgo.

Las dejé encima de la mesa en dos montones.

Ella se quitó el abrigo y se sentó del lado de la ventana, donde se sentaba Arseni.

No lo sabía, o lo sabía y le daba igual. Abrió la cartera.

Antes de que yo pudiera decir nada sacó una hoja en blanco, la puso en el centro, y escribió una sola palabra en ruso, arriba, con la izquierda. Luego me la giró.

Ana.

—Usted me debe esto antes que la memoria —dijo.

Yo había preparado la respuesta en el tren de vuelta del martes y en las dos noches siguientes. Había preparado una anécdota de Grigori. La tiré.

—La lista de las seis vino con la comparecencia.

En julio la secretaría de Berlín mandó seis copias de la declaración del señor Malkov, una a cada parte con interés en el asiento.

A Madrid le tocó una. Esa copia no trae lo de la silla, que solo está en la versión del libro.

Pero trae, como anexo, la lista que Malkov guardó doce años: seis nombres de mujer, seis firmas.

La segunda es la suya. En la línea pone Ana, y la firma es una A, la suya.

—¿Desde julio?

—Desde julio sé qué firmó. Desde el año quince sé quién es.

Miró la palabra en ruso un rato largo. Después la tachó.

Una raya, de derecha a izquierda, que empezaba un poco antes de la última letra y se salía un poco por la primera.

La había visto hacer esa raya cientos de veces en mis traducciones, en los márgenes, cuando una palabra no servía. Nunca la había visto tachar un nombre.

—Entonces empezamos —dijo.

Lucía entró a las cinco y media sin llamar, con el abrigo puesto y el pelo mojado. Los jueves duerme en casa de su madre, a dos calles. Había venido porque se había dejado el cargador del móvil enchufado detrás de mi sillón, donde se lo deja siempre. Vio a la señora Vólkova y se paró en la puerta.

—Perdón. No sabía que tenías a alguien.

—Lucía, la señora Vólkova. Me traduce cosas de Berlín.

—Hola. —Le tendió la derecha y luego me miró a mí—. ¿Es la de los pasteles? Rosa me ha dicho que el lunes te llevaste seis.

Sonia le contestó antes que yo.

—Soy la de los pasteles. Yo me comí medio de crema. El resto se lo repartieron mi secretaria y tu padre.

—¿Mi padre compartió? —Lucía me miró con los ojos muy abiertos—. A mí me da las palmeras contadas. Dos. Los martes.

Cogió el cargador de detrás del sillón y me dio un beso en la cabeza. Lo hace cuando hay alguien delante, para que no parezca que me lo da a mí. Se fue diciendo adiós a Kuzmín por el pasillo.

Sonia miró la puerta un momento después de que se cerrara.

—Le ha dado la mano.

—No se la da a nadie.

—Entonces la ha mandado su madre a ver quién había.

Tenía razón, y yo no lo había pensado. Me apunté llamar a Carmen.

Empecé a dictar.

Lo había escrito en casa la noche antes, en castellano, en limpio, con la pluma, y lo leía de la hoja. Ella escribía la traducción al ruso en el bloc, para el anexo. Lo hacíamos frase a frase. Yo leía la frase. Ella me la repetía, en castellano, despacio, con todas las palabras, y luego decidía.

La primera frase era la orden: que la casa de Madrid emitió en la fecha del asiento una orden de limpieza de la nave siete del puerto de Barcelona, firmada por su titular de entonces.

Ella la repitió y la tradujo. La segunda, los cuatro nombres de la orden, con apellidos y edades, tal como figuran en el libro de Berlín después de la rectificación.

Los repitió. Vólkov, Andréi, cincuenta y uno.

Lo dijo con la misma voz que los otros tres, y lo tradujo, y yo no la miré mientras lo traducía.

La tercera, que el ejecutor de la orden fue Grigori Vasílievich Ostrovski.

Y que el quinto nombre, el de Nicolás Salas Reig, lo añadió él sobre el terreno, según el asiento rectificado. La repitió y la tradujo.

La cuarta la había escrito con más cuidado que ninguna. Ninguna persona de la casa de Madrid accedió a la oficina de la nave en la fecha del asiento.

Ella la repitió, palabra por palabra, en castellano. Luego cogió el bolígrafo con la izquierda y la tachó en mi hoja, no en la suya. Una raya, de derecha a izquierda, de punta a punta, recta, sin apretar.

No me explicó la raya y yo no se la pedí. Le leí la quinta, que era sobre las libretas de Ferrer y que decía que Madrid desconocía su paradero, y ella la repitió y la dejó. La quinta es verdad: Madrid desconoce dónde las tiene Hamburgo, porque Madrid soy yo y yo no he vuelto a verlas.

—Lo que tacho no lo juro —dijo al terminar el párrafo—. Lo que dejo, sí. No le voy a explicar las rayas. Usted me dijo el lunes que tachar no era discutir.

—Se lo dije.

—Pues no estamos discutiendo.

Seguimos. Dejó siete frases y tachó dos, la de la oficina y una sobre el diferencial que decía que se había bajado por una avería.

A esa también le pasé por encima sin preguntar.

Cada raya es una línea que Berlín no va a leer y que yo voy a tener que decir de otra manera, o no decir.

A las siete teníamos dos páginas y media con dos agujeros.

Sonó el teléfono a las siete y diez. En la pantalla ponía IÓSIF, porque así lo tengo guardado, sin apellido, desde que tenía quince años y me llamaba para que lo recogiera de los conciertos.

—Vadim.

—Iósif. ¿Cómo está tu madre?

—Por eso te llamo, no me hagas de anfitrión. Me ha dicho el domingo que la sigues llamando. Que le escribes el cinco y la llamas a final de mes. Ya no hay nada que avisar, Vadim, eso se cerró en abril y estaba yo delante. ¿Para qué la llamas?

Me lo preguntaba con la voz de sus quince años, cuando yo llegaba tarde a recogerlo. No le había vuelto a oír esa voz desde que me dijo que no, en primavera, en Sant Andreu, con Rita al lado. Me gustó oírla. Me gustó que me la volviera a poner a mí.

—Para que alguien me pregunte por la Mari.

—¿Quién es la Mari?

—La vecina de tu madre. Del rellano. La operaron de la cadera en julio. Ya baja sola la escalera. Tu madre me lo contó la semana pasada.

Hubo un silencio en Barcelona. Luego oí que se reía, de mala gana, entre dientes.

—Me cago en la puta, Vadim. Te sabes la cadera de la vecina de mi madre.

—Me sé la de Hoffer también.

—No sé quién es Hoffer.

—Mejor para ti.

Me dijo que su madre le había pedido que me diera las gracias y que él no pensaba dármelas, y que me las daba.

Me preguntó si yo estaba bien, deprisa, en mitad de otra frase.

Antes de que contestara ya tenía que colgar: estaban probando una mesa de sonido en Lleida y alguien había dejado un canal abierto.

Colgó. Es la primera vez que pierdo una conversación con Iósif. No me ha molestado nada.

Sonia lo había oído todo desde el otro lado de la mesa, con el bolígrafo quieto. Cuando dejé el teléfono me preguntó, en ruso, quién era la Mari.

Se lo conté. Le conté que la madre de Iósif vive en Alicante, en un segundo sin ascensor; que la casa de Madrid le ingresaba desde hacía años lo de Madrid, que es como lo llama ella, y que yo le escribía el cinco para avisar; que en abril la cuenta se cerró y yo le seguí escribiendo; que una tarde de julio me llamó para darme las gracias y me habló media hora de la Mari.

Se llama María Luisa Bernabeu. Tiene setenta y nueve años y un hijo en Elche que no la visita, y no podía bajar la escalera, y la madre de Iósif le subía el pan.

Le dije que la madre de Iósif me llama Vadim y no quiere nada de mí.

Le dije que es la única persona en mi agenda de la que puedo decir eso.

Lo dije todo en castellano. Ella me escuchó en ruso, es decir, sin traducir nada, sin apuntar.

—¿Y eso no lo usa? ¿Nunca, para nada?

—Es lo único que no uso. Si lo usara, dejaría de llamarme Vadim.

Ella miró la hoja con las dos rayas. Luego recogió las actas de los años catorce y quince, las metió en la cartera, cerró la cartera, y me dijo que las traía traducidas el jueves que viene. Se puso el abrigo. Kuzmín salió de la cocina antes de que lo llamara.

La acompañé hasta el rellano. Al pasar delante de la marca de la mochila se paró un segundo, menos de un segundo, y siguió.

Cuando se fueron volví al despacho y cogí mi hoja.

La levanté contra la lámpara de la mesa.

Por detrás, al trasluz, la frase de la oficina se leía todavía completa debajo de la raya, porque ella no había apretado.

Había tachado sin borrar. Cualquiera que levante la hoja contra una luz puede leer lo que Madrid quería decir y lo que ella no quiso jurar.