CAPÍTULO 4
Antes de nada
El martes a las siete menos cuarto Lidia ya se había ido y Oksana estaba cerrando el diccionario cuando sonó el timbre de abajo. Oksana miró el interfono y me miró a mí.
—El señor de los pasteles —dijo en ucraniano—. Sin cita.
—Vete. Yo cierro.
Se puso el abrigo despacio, para verlo entrar.
Él subió la escalera hablando con alguien, y cuando llegó al descansillo entendí con quién: con la señora Puig, la del segundo, que baja la basura a esa hora, y a la que yo saludo desde hace cinco años sin saber cómo se llama.
Él lo sabía. Le preguntó por el perro. Oksana pasó a su lado.
Él le dijo buenas tardes, Oksana, separando las sílabas, y ella bajó la escalera riéndose por lo bajo, que es como se ríe cuando una cosa le parece muy rusa.
Entró con una carpeta gruesa, de gomas, de las de la casa de Madrid.
—No he llamado antes. Si la hubiera llamado, me habría dicho que el jueves.
—Y habría tenido razón. Hoy tengo un acta de un juzgado de Badalona para mañana.
—Son los documentos del anexo. Los originales, no: copias. Los originales el jueves. Pero quería que empezara a leerlos antes, para que el jueves no perdamos el tiempo en que usted me diga qué es cada cosa.
Dejó la carpeta en mi mesa. Yo no la abrí. Hay una cosa que digo a todos los clientes el primer día, y se la dije a él, aunque no era el primer día sino el octavo año.
—Las traducciones se empiezan por lo que no se quiere traducir. Dígame cuál es.
En vez de contestar me contó una historia.
Grigori Denísov comía arenque en un sitio de Altona, con cebolla cruda y una manzana.
Una vez le preguntó a él si sabía por qué el arenque se sirve con manzana.
Él no lo sabía. Grigori le dijo que la manzana hace que uno vuelva a tener hambre después de cada bocado, y que así había que llevar una plaza.
—Eso es la manzana —le dije—. Le he preguntado por el arenque.
Se rio. Es una risa de comedor, de las que se oyen desde la mesa de al lado y hacen que la mesa de al lado quiera estar en la suya.
—El arenque está en la carpeta, señora Vólkova. Hoja catorce. Y no lo voy a leer en voz alta.
Lo cuenta todo bien. Hasta lo que no cuenta. Mientras hablaba yo le miraba la muñeca, con la esfera hacia dentro, apoyada en la carpeta.
Me levanté y cerré la persiana de la ventana de Oksana, hasta la mitad, lo justo para que desde la tienda de telas no se viera más que luz. Él se calló a media frase. Volví a su lado de la mesa, le cogí la muñeca izquierda y le desabroché el reloj.
Me dejó hacerlo. Levantó un poco el brazo para que la hebilla saliera mejor. Es un reloj de acero, viejo, con la correa gastada por dentro, y pesa más de lo que parece. Lo dejé en la mesa boca abajo, con la esfera contra la madera, para no verla.
—¿Por qué boca abajo?
—Porque sí.
Le quité la chaqueta. La dejé en el respaldo de mi silla, bien puesta.
Es una chaqueta buena, y quería que cuando se la volviera a poner estuviera como la había dejado.
Lo llevé al fondo, donde está la mesa de Oksana y la silla de Oksana, que es la más ancha del despacho, de oficina, con ruedas, y lo senté.
Él se dejó sentar. Entonces le hablé en ruso.
Lo que le dije no lo voy a traducir aquí.
No porque fuera obsceno: porque era mío.
La mitad del placer de esa tarde fue decírselo en una lengua de la que él entiende las palabras de oficina y no las otras.
Primero, lo que iba a hacer. Luego, dónde quería sus dedos.
Cuando me subí la falda y me senté encima de él, con las rodillas en el asiento a los lados de sus muslos, que no se moviera hasta que yo lo dijera.
Esa fue la única frase que entendió. Es la misma que usan los que mandan en cualquier idioma.
—¿Qué has dicho?
Me tuteó. Siete años de usted y me tuteó en la silla de Oksana, con mi falda subida y mi boca a dos dedos de la suya. No contesté. No traduje. Le desabroché el cinturón.
Estaba duro desde antes de la persiana. Lo saqué y lo tuve en la palma un momento, mirándolo a él y no a lo que tenía en la palma, y en ruso le avisé de que era mío hasta que yo decidiera lo contrario.
Me aparté las bragas con dos dedos. Bajé despacio, hasta el fondo, hasta que los dos tuvimos que respirar por la boca.
Él fue a cogerme por las caderas. No, en ruso, que se entiende.
Bajó los brazos a los reposabrazos de la silla y los dejó ahí, agarrados, con los nudillos hacia arriba.
Era lo más obediente que había visto hacer a un hombre de Madrid en mi vida.
Me moví yo. Él miraba mi cara, y de vez en cuando bajaba la vista a donde estábamos unidos y la volvía a subir enseguida a mis ojos, cada vez un poco más tarde.
Le hablé todo el rato. Lo que sentía, con las palabras exactas, que en ruso son más cortas que en castellano y suenan más a orden.
Que me gustaba tenerlo callado, a él, que no se calla nunca.
Que llevaba siete años sabiendo que me miraba la boca cuando le corregía una palabra.
Que apretara los dedos en los reposabrazos: eso tampoco lo entendió, así que le cogí la muñeca y se la apreté para enseñárselo, y los apretó.
—Dímelo en castellano —pidió. Le salió ronco—. Una. Solo una.
—No.
Se rio, debajo de mí, con los ojos cerrados, una risa corta que noté por dentro, y fue lo único de toda la tarde que no había previsto.
Me corrí yo primero. Lo decidí así: subí el ritmo cuando lo necesité, sin dejar de hablarle, y me corrí con la frente contra su frente y una de sus orejas en la mano.
Le dije mi nombre, el verdadero, en ruso, el que no firmo, para que lo oyera aunque no supiera qué era.
Él aguantó. Lo noté aguantar debajo de mí con todo el cuerpo.
Luego le di permiso. En ruso, y otra vez en castellano, para que no hubiera error. Me cogió entonces, por fin, por las caderas, y me subió y me bajó tres veces, cuatro, con una fuerza que no había usado hasta entonces. Se corrió dentro de mí con la cara en mi cuello, y dijo un nombre.
—Ana.
Dejé de moverme.
No me bajé. Seguí encima de él, con él dentro todavía y mis dedos en su nuca, sin moverme en absoluto, y él lo notó.
Notó que aquello era otra cosa que el final.
Levantó la cara de mi cuello y me miró. Yo tampoco hablé, en ninguna de las dos lenguas.
Pensé: sabe lo de la lista. No sabe solo lo del margen; sabe la lista, la de las seis, la que firmé en mi rellano con el nombre de la tarjeta.
La ha leído tantas veces que el nombre le ha salido en el único momento en que no elige lo que dice.
Me bajé.
Me coloqué la ropa de espaldas a él, mirando la persiana a medias.
Oí que él se abrochaba. Oí la silla de Oksana crujir cuando se levantó.
Cuando me volví ya estaba de pie, con la camisa por dentro, buscando la chaqueta con la vista.
Seguía en mi silla, donde la había dejado. Fui a por ella y se la di.
Después cogí el reloj de la mesa. Lo cogí sin mirar la esfera y se lo tendí por la correa.
Se lo pasó por la muñeca y lo abrochó con la esfera hacia dentro.
Le he visto hacerlo cien veces. Esta vez lo seguí de principio a fin: el cierre de la hebilla, el giro de la muñeca para comprobarlo, la esfera contra el pulso.
Él vio que lo miraba. No dijo por qué lo lleva así.
Yo no pregunté. Los dos sabíamos que había una pregunta ahí y los dos la dejamos en la mesa, con la carpeta.
Se sentó en el borde de la mesa de Lidia para atarse un zapato que no se le había desatado. Lo hizo para no irse todavía, y lo hizo mal, porque es un hombre que no sabe estar en un sitio sin una razón.
—¿Esto cambia el jueves? —Señaló la silla de Oksana con la barbilla, sin mirarla—. Si cambia el jueves, prefiero saberlo ahora, para no llevar los originales.
Una perito a la que no conozco había leído mi A en alguna parte; Piqué me llamaba «la señora del diecinueve» por teléfono; la señora Kovaleva había ido a preguntar con qué mano.
Él tenía todo eso el lunes. Desde hacía diez minutos tenía además el ruido que hago cuando me corro y mi nombre verdadero dicho en una lengua que no entiende, y yo tenía de él lo que pesa ese reloj y la cara que pone cuando obedece.
Cada uno sabía del otro, ahora, una cosa más que podía contar a quien quisiera.
Eso no se arregla con una memoria. Eso lo empeora todo.
—Esto no se traduce —le dije—. No va al anexo, no va al cuerpo, no va a ninguna nota al pie. No existe para Berlín.
—Para Berlín no.
—Para nadie.
—Lo de nadie no se lo puedo prometer, señora Vólkova. Yo me acuerdo de todo. Es mi defecto.
Lo dijo sonriendo, con la sonrisa que pone en las reuniones de la Castellana, y le volvió a salir el usted, y descubrí que lo prefería así. Con el usted sabía dónde estaba.
—La memoria no empieza por mí —seguí—. Empieza por la oficina.
Tenía ya los dedos en el pomo de la puerta. Pensé que iba a contarme otra cosa de Grigori, el arenque o la manzana, una historia con la que salir de allí hablando. Se volvió.
—El jueves —dijo.
Y bajó la escalera, y le oí decirle buenas noches a la señora Puig, que volvía de la basura, por su nombre, y oí la puerta de la calle.
Me senté en la silla de Oksana, en el mismo sitio.
La carpeta de gomas seguía en mi mesa, sin abrir.
La abrí entonces. Eran copias, como él había dicho, de la casa de Madrid, en ruso de oficina, de los años catorce y quince: contratos, poderes, actas de junta. Las fui pasando sin leer ni las fechas.
No me había llamado Sonia, que es como me llaman los que me conocen.
Ni señora Vólkova, que es como me llama él.
Me había llamado por el nombre de una tarjeta que solo existe en una lista, y la lista solo la tienen tres personas.
El jueves, en su casa, delante del libro de la plaza, iba a tener que decirme cuál de las tres se la había dado.