LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Dos firmas

Compré los pasteles en la Castellana antes de coger el tren, en la pastelería que está debajo de la oficina, donde la dependienta se llama Rosa y sabe que los martes me llevo dos palmeras para las niñas.

Le pedí una caja de seis, surtida, para llevar a Barcelona.

Me preguntó si era para una reunión o para una casa. Le dije que todavía no lo sabía.

Llegué a Sant Antoni a las doce y diez. El despacho está en un primero, encima de una tienda de telas, con una placa de latón que dice VÓLKOVA · TRADUCCIÓN E INTERPRETACIÓN JURADA · RU · UA y debajo, más pequeño, los dos nombres de las empleadas.

Me abrió Lidia. Tiene veintiocho años, es de Lugo y contesta el teléfono con un dobry den que suena a gallego, y me alegré de oírselo en directo, porque hasta entonces solo me lo había contado su jefa.

—Lidia, buenos días. Vadim Barinov. Traigo pasteles y los traigo para tres, pero me han dicho que usted sale a comer.

—Salgo a y media.

—Pues coja uno antes. La palmera es de verdad, no de las de gasolinera.

Se rio, cogió la palmera y me pasó a la sala del fondo.

Oksana no estaba; su mesa, la de la ventana, tenía una partida de nacimiento a medio traducir y un diccionario abierto.

La otra mesa, la de Lidia, tenía el teléfono y un bote de bolígrafos.

La de la señora Vólkova estaba al fondo, de espaldas a la luz, y ella de pie detrás, con una carpeta cerrada delante.

—Señora Vólkova.

—Señor Barinov. Siéntese. Lidia se va en veinte minutos.

Dejé la caja en el centro de la mesa, entre los dos, y la abrí. Es una cosa que aprendí de Grigori: lo que se pone en la mesa al principio decide de qué se habla al final. Ella miró los pasteles y no cogió ninguno.

Le expuse lo de Berlín. Lo hice completo y en orden, porque con ella no sirve de nada empezar por el final: la ratificación de Madrid aplazada a enero; la incidencia abierta por Hoffer sobre la versión completa de la comparecencia, el diferencial, la silla; la memoria del asiento que Madrid debe presentar, con anexo documental en ruso y traducción jurada.

Me interrumpió una vez, en la palabra «memoria».

—¿Memoria del asiento o memoria sobre el asiento?

—¿Hay diferencia?

—En ruso, sí. Del asiento: lo que el asiento dice. Sobre el asiento: lo que usted dice del asiento. Berlín habrá escrito una de las dos y la traducción tiene que ser esa.

—Hoffer dijo «del».

—Entonces Berlín quiere lo que el asiento dice. No lo que Madrid opina.

Me lo apunté. Seguí: y el testigo del muelle que el consejo pide si Madrid lo tiene. Le dije que Madrid lo tenía. Que estaba sentado delante de ella.

—Usted estaba en el muelle. Usted traduce. Y usted jura la traducción.

Esperó a que terminara. Luego dijo:

—Juro la traducción si la memoria dice quién bajó el diferencial.

Lo dijo en castellano, mirándome. Y luego lo repitió en ruso, más despacio, con las pausas donde van las comas, y yo no me perdí nada, porque es ruso de oficina y de eso sé. Lo repitió para que no pudiera decir después que no la había entendido.

Yo tenía dos maneras de contestar a eso y elegí la mala, que es la que uso cuando alguien me sorprende: le conté una historia.

—¿Sabe que Hoffer tiene una rodilla operada?

De marzo. Ya no va a rehabilitación, y yo se lo pregunto cada vez.

Él me contesta cada vez. Es el único hombre de Berlín con el que tengo una conversación que no está en el libro.

—Ella no movió la cara—. Y Piqué. Piqué, cuando le preguntan por un expediente, no da nombres.

Da hechos. Hace tres semanas le pregunté por escrito por una apertura, y me contestó que las copias se piden con titular.

Eso es un hecho. Y la señora Kovaleva fue a verlo en persona, que es otro.

Ella escuchó la historia hasta el final sin ayudarme. Cuando terminé me dijo que Piqué le había contado lo mismo, con una diferencia: a ella le había dicho que no lo había dicho.

Entonces saqué la hoja de la cartera y la puse encima de los pasteles.

Era una copia. El original está en la caja fuerte. Nueve líneas en castellano, la letra de Arseni, el cuatro tachado. Y en el margen, en azul, tres palabras en ruso y una inicial.

—Estas tres palabras las escribió usted en esta hoja, en mi despacho, en el año veinte. Yo le pedí que me tradujera las anotaciones y usted añadió una que no estaba. Y debajo puso su inicial. La que pone al pie de todo.

No dijo que no. Tampoco dijo que sí. Miró la hoja del revés, porque yo la había puesto de cara a mí, y no la giró.

—Piqué me ha dado tres hechos, señora Vólkova.

Que la referencia diecinueve la abrió una mujer, en persona, en efectivo.

Que pidió el número ciento dieciocho para que estuviera al lado de otro expediente.

Y que esa mujer vendió desde ahí, dos veces, un sitio que yo tengo escrito en el margen de esta hoja desde hace seis años.

La señora Kovaleva, que compró la segunda vez, ha ido a preguntar con qué mano firmaba la que abrió.

Hamburgo, que compró la primera, sabe a quién le pagó.

Berlín ha pedido la hora. Si yo tengo que decir en una memoria quién estaba en la silla, usted tiene que decir quién abrió el diecinueve.

Y a usted la están buscando desde tres sitios, y a mí solo desde uno.

Lo dije sin levantar la voz, con la caja de pasteles debajo de la hoja. No me siento orgulloso de la frase. Me siento orgulloso de que fuera verdad.

Ella abrió la carpeta que tenía delante. Dentro había un solo papel. Lo giró hacia mí.

Lo reconocí antes de leerlo, por el membrete.

Sociedades de Levante, S. L., contrato de prestación de servicios de traducción jurada, estatutos, año quince.

Mi firma, la de entonces, un poco más grande que la de ahora.

Y el nombre de ella escrito a máquina, con el patronímico y sin abreviar: Sofía Andréievna Vólkova.

—Usted me dio el primer papel con mi nombre —dijo—. Yo sé qué papel le falta a usted.

Se oyó la puerta de la calle. Lidia, que se iba a comer, dijo adiós desde el pasillo. No contestamos, y me pareció que a Lidia no le extrañaba.

—¿Qué papel me falta? —le pregunté.

Cambió al ruso. No porque hubiera nadie: Lidia acababa de salir. Lo hizo, creo, porque lo que iba a decir quería decirlo en una lengua en la que yo tuviera que esforzarme.

—Una memoria que Berlín crea. Berlín no cree a Madrid. Berlín cree a quien estaba. Y quien estaba, en esa oficina, es usted, y en ese muelle, yo. Sin mi firma, su memoria es una carta. Con mi firma, es un acta.

Lo entendí todo, menos la palabra que usó para «acta», que es la misma que se usa en el libro de Berlín y que yo solo había visto escrita. Le pedí que la repitiera. La repitió. Me la apunté en la agenda, debajo de zurda.

Nos quedamos un rato callados, cada uno con su papel delante del otro.

Y en ese rato hice la cuenta, que es mi oficio: ella no podía soltarme, porque yo tenía la hoja y tenía a Piqué, y la señora Kovaleva no iba a parar, y Hamburgo paga para que la gente no hable, pero también para que hable si le conviene.

Yo no podía soltarla, porque sin su firma Madrid presentaba en enero una carta, y una carta no ratifica nada, y porque ella sabía desde hacía siete años quién le pagaba la pensión a su abuela.

Berlín quería un papel con dos firmas antes de enero. Las dos firmas estaban en esa mesa.

Se lo dije así, en castellano, con las palabras de la cuenta.

—Entonces hay que escribirlo —dijo ella.

—Hay que escribirlo. Y propongo cómo.

Le propuse las sesiones. Yo redacto la memoria en castellano, en mi casa de Madrid, donde está el libro de la plaza y están los documentos de la casa, porque esos no salen.

Ella traduce al ruso lo que va al anexo y revisa lo que va en castellano.

Y lo que no quiera jurar, lo tacha. Tacha, no discute: tacha, y yo lo reescribo hasta que lo pueda jurar o hasta que no quede.

Me miró con una cara que no le había visto nunca. Estaba calculando, deprisa, dónde estaba el precio de lo que le acababa de ofrecer, porque era más de lo que iba a pedir.

—¿Usted me deja tachar su memoria?

—Le dejo tachar lo que no pueda jurar. Es lo mismo que me pidió usted al principio, señora Vólkova, pero con un bolígrafo en vez de una condición.

Era la primera cosa que le cedía desde que la conozco, y lo hice porque no tenía otra. No lo dije.

—¿Y si lo que no puedo jurar es justo lo que Berlín pregunta?

—Entonces lo tacha. Y Berlín lee una memoria con una tachadura en el sitio de la pregunta, y Hoffer sabrá leer eso mejor que una respuesta. Lo que no va a leer es una mentira con su firma debajo. Eso se lo garantizo.

—No me garantice nada todavía. Dígame dónde escribimos y quién lo sabe.

—En mi casa. Lo saben Kuzmín, que conduce, y usted. A Lidia le puede decir que es un cliente de Madrid con muchos estatutos.

—Lidia ya sabe que usted es un cliente de Madrid con muchos estatutos. Lo que no sabe es por qué un cliente así trae pasteles para la plantilla.

—Porque me han dicho que usted no come dulce. Por eso he traído seis.

Cogió un pastel. El de crema, el que yo habría cogido. Lo hizo mirándome, para que constara. Lo partió con los dedos y se comió la mitad y dejó la otra mitad en una servilleta, y yo pensé que ya sabía una cosa más de ella que no estaba en ningún papel.

Después, mientras ella guardaba el contrato y yo guardaba la copia de la hoja, saqué la carta de Hamburgo de la semana pasada para enseñarle el párrafo que yo quería que fuera en el anexo.

Leí en voz alta la frase de Vogt, en ruso, la de las atenciones, y la leí mal.

La palabra que Vogt usa para «atenciones» tiene una raíz que es casi la de «galletas», y yo dije galletas.

Ella se levantó, dio la vuelta a la mesa y se inclinó sobre la carta, a mi lado, a un palmo.

Me corrigió la palabra en voz baja, dos veces, la mala y la buena, despacio, para que oyera la diferencia.

Olía a tinta de sello y a café. Leyó la frase de Vogt completa, en voz baja, con la palabra buena, y al terminar añadió, todavía inclinada, que Vogt escribe «atenciones» con la ortografía antigua, la de antes de la reforma, y que eso es de haber aprendido ruso con un libro viejo o con un hombre viejo.

Lo apunté también. A Hoffer le interesan esas cosas.

—Señora Vólkova, ¿cómo se dice «silla» en ucraniano?

No contestó. Se enderezó, volvió a su lado de la mesa y cerró la caja de los pasteles con la mitad del de crema dentro.

—¿Cuándo es la primera sesión?

—El jueves. En Madrid, en mi casa. Es donde está el libro de la plaza, y el libro no viaja.

—¿Y sus hijas?

Me sorprendió que supiera que tengo hijas.

Luego pensé que lleva siete años traduciendo mi correspondencia, y en tanta correspondencia hay de todo: Berlín pregunta por la familia en la primera línea de cada carta, por protocolo, y yo contesto.

Le dije que el jueves las niñas están con su madre, que a Carmen le tocan los jueves.

Le dije el nombre de Carmen sin que me lo pidiera.

Ella lo apuntó, o eso me pareció, en la carpeta cerrada, con la izquierda.

—El jueves, entonces. Lleve los documentos de la casa. Los originales, no copias.

—Los originales no salen de Madrid.

—Por eso voy yo.

Bajé por la escalera de la tienda de telas con la caja casi vacía.

Lidia se había llevado la palmera; Oksana no estaba; la señora Vólkova se había quedado la mitad de un pastel y me había devuelto la otra mitad en la caja, cerrada, para que me la llevara.

En el tren la abrí. Me comí esa mitad, que es una cosa que no hago nunca con nadie, y cuando llegué a Atocha ya había decidido cómo iba a empezar la memoria.

Por el diferencial. Por lo único que puedo contar sin mentir y sin que me cueste la plaza: que estaba bajado.