LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Ana

El camionero era de Lviv. Había dicho tres veces que el otro coche venía sin luces, y las tres veces con la misma palabra, que en ucraniano es una y en castellano son dos.

Yo traduje las dos. El juez me preguntó si el testigo había dicho «sin luces» o «con las luces apagadas».

Le dije que había dicho una palabra que vale para las dos cosas.

Si quería, se la escribía al pie del acta con la observación.

Quiso. Lo escribí. Debajo puse la fecha, mi número de intérprete jurada y la inicial.

Una A. Un solo trazo, de abajo arriba y de vuelta, con el travesaño en la base, donde lo ponen en los colegios en que yo aprendí a escribir. Llevo doce años poniendo esa letra al pie de todo lo que firmo, y no es la inicial de mi nombre.

El camionero me dio las gracias en la puerta de la sala y me preguntó si yo también era de Lviv. Le dije que de Kiev. Me dijo que se notaba en las vocales. La gente cree que un intérprete no tiene acento. Lo tiene, pero en la lengua que no está usando.

En el despacho, Oksana estaba terminando una partida de nacimiento para un matrimonio de Járkov y Lidia tenía el teléfono entre la oreja y el hombro.

Oksana llegó hace dos años sin papeles, con un contrato de limpieza que no era suyo y una hija de nueve.

Hoy tiene contrato conmigo, nómina, un curso de traducción administrativa que le pago yo y una hija que en noviembre tendrá por fin su tarjeta.

No es generosidad. Es que a mí me dieron un papel con mi nombre cuando yo no tenía ninguno, y he decidido que eso se devuelve a otra, no a quien te lo dio.

Le pregunté por la partida. Hablamos en ucraniano; Lidia dice que cuando hablamos en ucraniano parece que nos estamos riñendo.

—La fecha viene en los dos calendarios. ¿Cuál pongo?

—El gregoriano. Y el otro en nota al pie, con la palabra «juliano» en cursiva, que si no el funcionario cree que es un error.

—En Járkov nadie usa el juliano para una partida.

—La partida no la expidió Járkov. La expidió un pope. Mira el sello.

Miró el sello y dijo una palabra que no se traduce y que en mi casa decía mi abuela cuando se le quemaba la leche.

Luego me preguntó si para la tarjeta de su hija hacía falta la partida de ella también, y le dije que la llevaría yo misma a extranjería en noviembre, que a mí me conocen.

Se rio, porque en este despacho todo lleva nota al pie, hasta eso.

Lidia colgó y dijo mi nombre, el de aquí, el que usa la gente que no sabe ruso.

—Sonia. Piqué.

Ferran Piqué me llama una vez al año, en enero, para decirme que la anualidad está en orden. No estábamos en enero.

—Señora Vólkova, bon dia. ¿Tiene un momento?

—Para usted, siempre.

—Le llamo porque creo que debe saber una cosa, y porque prefiero que la sepa por mí. En las últimas tres semanas me han preguntado por la señora del diecinueve desde tres sitios distintos.

Piqué no dice «su expediente» ni «usted». Dice «la señora del diecinueve», que es como constará si alguna vez alguien le pregunta qué dijo. Once años de facturas con un hombre así y una aprende a oír los papeles que hay detrás de lo que dice.

—Dígame los tres.

—Desde Berlín, la secretaria. Quería saber a qué hora se hizo la llamada de la apertura.

La hora, no el nombre. Desde una señora Kovaleva, que vino en persona y preguntó con qué mano firmó quien abrió.

Y desde Madrid, por escrito, pidiendo una copia de la apertura para una lectura de firma.

Las tres preguntas eran distintas y las tres apuntaban al mismo sitio.

—¿Qué les ha dicho?

—A Berlín, la hora, porque la hora es del libro y el libro es de todos.

A la señora Kovaleva, que el libro no registra manos.

A Madrid, que las copias se piden con un titular y ellos no lo son.

Lo digo para que usted sepa que no lo he dicho.

Y para que sepa que tres personas que no se hablan entre sí han llegado a la misma página el mismo mes.

Le di las gracias. Él añadió, antes de colgar, que su hijo, el de la gestoría de Mataró, había tenido una niña en septiembre, y que me lo decía porque en enero se lo iba a preguntar.

Colgué, dejé el teléfono en la mesa y miré un rato la A que Lidia pone en las notas cuando el recado es para mí: una A normal, de aquí, con el travesaño en medio.

Lo que Piqué no sabe del todo lo voy a contar aquí, porque es la única parte de esta historia que nadie ha comprado todavía.

Mi padre se llamaba Andréi Vólkov y era de los de Madrid.

Lo digo con sus palabras: «de los nuestros».

Vino a Barcelona en el año trece con una plaza en el puerto que no estaba en ningún papel.

Yo vine con él. En Kiev no había trabajo para una licenciada en filología de veintitrés años, y mi abuela dijo que un padre solo en un puerto se muere.

Trabajé en el muelle con una tarjeta comprada que decía Ana Melnyk.

En el muelle me llamaban Sonia porque así me llamaba mi padre, y en la tarjeta ponía Ana, y yo contestaba a las dos.

La noche de la nave había once personas.

Yo era una de las dos mujeres a las que mandaron abajo.

El que nos mandó abajo era un hombre con la cara rota por la izquierda.

Nos dijo en ruso que bajáramos al sótano y que no subiéramos hasta que él lo dijera.

Lo dijo tan tranquilo que la otra mujer, una mayor que yo, que no lloraba, le preguntó cuánto tiempo.

Él no contestó. Bajamos. La escalera del sótano era de hierro, con la pared de la nave a un lado y, al otro, por una ventana de ventilación a la altura del segundo escalón, el patio de atrás.

Por el patio de atrás subía la escalera de fuera a la oficina.

Vi subir a un hombre. No le vi la cara. Llevaba una linterna en la derecha, apuntando al suelo.

En cada escalón la luz le iluminaba la muñeca.

En la muñeca llevaba el reloj por dentro, con la esfera mirando hacia él.

Lo pensé entonces y lo pienso ahora: así llevan el reloj los que se lo ponían para no rayarlo en el trabajo y ya no trabajan.

Subió. La luz de la oficina, que se veía por el cristal del fondo de la nave, se apagó de golpe, con el clac de un diferencial.

Y después, encima de nosotras, arrastraron una silla por el suelo de la oficina. Despacio. Con cuidado.

Luego pasó lo de arriba. De eso no cuento nada: la mujer que no lloraba se ha pasado diez años consiguiendo que se escriba, ya está escrito, y es suyo.

Mi padre murió en esa nave. Me enteré a la mañana siguiente, en mi rellano, por un hombre amable que subió con un sobre y me habló de mis papeles.

Me explicó que la tarjeta que yo tenía no iba a servir.

Había habido un accidente laboral; a las personas que trabajaban aquella noche se les iba a arreglar la situación si firmaban una lista.

Firmé. Puse lo que ponía la tarjeta, porque era lo que me había dicho que firmara el hombre que la vendía.

Ana. El hombre amable se llamaba Danil, lo he sabido doce años después, leyendo una comparecencia.

En el año quince me llegó un contrato. Era de una sociedad de Madrid, Levante, para una traducción jurada de unos estatutos que nadie necesitaba traducir, y venía firmado por V.

Barinov. Fue el primer papel con mi nombre entero, Sofía Andréievna Vólkova, que tuve en este país.

Con ese contrato me registré como jurada.

La rúbrica que dibujé en el Ministerio la hice con la A, porque era la letra que me salía sin pensar: llevaba un año siendo Ana.

En el año diecinueve, ese mismo hombre entró en este despacho con una carta en ruso que le había mandado Berlín y me dijo que le habían dicho que yo era la mejor. Yo le miré la muñeca antes que la cara. Lleva el reloj por dentro.

Llevo siete años sentada a dos metros de esa muñeca.

Le traduzco la correspondencia de Berlín, la de Hamburgo, los estatutos, las actas.

Me paga bien, me paga a tiempo, se sabe el nombre de mis empleadas.

Y cada mes, desde la casa que él administra, le llega a mi abuela a Kiev un ingreso para que la muerte de mi padre siga siendo un accidente de trabajo.

Mi abuela cree que es una pensión. Yo nunca le he dicho que no.

Lo que vendí lo vendí por Piqué, porque Piqué guarda papeles y los papeles son lo único que en este mundo no se puede matar.

En el año dieciocho reconocí al hombre de la cara rota en un pasillo de los juzgados de Tarragona.

Esperaba para declarar como testigo de una pelea en un cámping; no era el acusado, era el que había separado a los dos.

Dio un nombre que no era el suyo y yo no lo corregí.

Pedí el expediente de la pelea, y en el expediente estaba el cámping.

En el año diecinueve fui a ver a Piqué, en persona, con dinero en efectivo para cinco años, y abrí una referencia.

Le pedí el número ciento dieciocho. Me preguntó por qué ese y le dije que lo pusiera al lado del de mi padre.

No le dije qué padre. Ferrer era el único hombre de aquel muelle que sabía quién era yo y quién era mi padre, porque Ferrer llevaba las cuentas de todos, y su carpeta era la ciento dieciocho del año cuatro.

Quería que la mía estuviera donde estuviera la suya, por si un día alguien abría la de él.

Es lo más parecido a dejar flores que he hecho en mi vida.

Por el diecinueve vendí ese nombre dos veces.

La primera, ese mismo año, a Hamburgo, que pagó por Piqué sin preguntar quién vendía.

La segunda, cuatro años después, a la señora Kovaleva.

Ella no compró por Piqué: compró en Berlín, a un hombre que vive encima de una tienda de alfombras en Mitte y que es cuñado de mi primo Pavlo.

Nunca ha sabido que la que vendía era la otra mujer del sótano.

Y la tercera vez no fue una venta. En el año veinte Barinov me puso delante una hoja con nueve líneas y anotaciones en ruso y me pidió que se las tradujera.

Las traduje. Y en el margen, en bolígrafo azul, escribí tres palabras en ruso que no estaban en la hoja: el nombre del cámping.

Debajo, por costumbre, puse la A. Madrid tenía así lo mismo que Hamburgo, gratis, y sabía por quién lo tenía.

Quería que lo supiera. En lo que no pensé fue en la A.

Lo he pensado mucho esta tarde, desde que Piqué me dijo lo de Madrid y la lectura de firma.

Tres sitios tienen el cámping. Ninguno puede quitarme de en medio sin perder lo que compró, porque lo que compró soy yo. Eso lo entendí a los veintinueve años, y desde entonces duermo bien.

Hasta esta semana.

El mensaje llegó a las siete. Era de él, sin nombre, desde el número de la oficina: Lunes, a partir de las doce, en su despacho.

Gracias por el ruso del otro día. V. B. El ruso del otro día eran dos palabras en la puerta.

Las dijo para que yo supiera que las había entendido, y lo escribe para que yo sepa que lo apuntó.

Mandé a Lidia a casa. Oksana se fue con la partida terminada y las dos fechas.

Cerré la puerta de la calle, abrí la caja del fondo, la de los originales que no se devuelven, y saqué la copia de mi apertura del diecinueve: una hoja de Piqué, con su membrete, con mi nombre verdadero y mi firma verdadera.

Sin inicial. Es la única firma mía que no lleva la A, porque aquel día quise que en ese papel constara quién era yo.

La dejé sobre la mesa de Oksana, al fondo, donde el lunes no va a estar nadie. El lunes él va a pedirme que jure. Yo sé lo que vale un juramento mío, y sé que él lo sabe, porque lo ha pagado trescientas veces.

Dejé la hoja ahí, sin guardarla, para decidir de aquí al lunes si la encuentra encima de la mesa o no.