LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) CAPÍTULO 1
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LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6)

LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6)

Por Nora Kael

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Incidencia

Hoffer llamó a las once y cuarto. Llama siempre a esa hora cuando llama desde el libro y no desde su casa. A mí me gusta saberlo. En el despacho de las sociedades de Levante hay tres personas que pueden descolgar ese teléfono. Si en la pantalla pone Berlín, lo descuelgo yo.

—Señor Barinov. Le llamo para notificar.

—Buenos días, Hoffer. ¿Cómo sigue esa rodilla?

—Mejor, gracias. Le llamo para notificar que la ratificación de la plaza de Madrid no se verá en el pleno de noviembre. Pasa al de enero.

—Enero está bien. En enero se trabaja mejor, no hay nadie de vacaciones. ¿Por qué pasa?

—Porque hay una incidencia abierta sobre el asiento.

Hoffer custodia el libro desde el noventa y uno. No pertenece a ninguna plaza, no tiene casa, no tiene gente. Tiene el libro, una rodilla que le operaron en marzo y una manera de decir «incidencia» con la que uno entiende que la palabra lleva meses escrita antes de pronunciarse.

—Cuénteme la incidencia, si puede.

—Puedo. En junio leí la versión completa de la comparecencia del señor Malkov.

No la de las copias: la del libro. El señor Malkov declara que, cuando entró en la oficina, el diferencial estaba bajado y había una silla de fórmica puesta de cara al cristal, fuera de su sitio.

Declara que no vio al hombre de Madrid. Nadie ha explicado al consejo quién bajó ese diferencial ni quién se sentó en esa silla.

Madrid debe presentar una memoria del asiento que lo conteste. Y testigo, si lo tiene.

—¿Testigo de la oficina?

—Testigo del muelle. De aquella noche. El consejo entiende que Madrid tenía gente abajo.

Le pregunté por la rodilla al principio para poder preguntarle lo otro después, y lo otro era de qué copia había salido la incidencia. A mí me llegó una de las seis de la secretaria, en julio, y en la mía no había ninguna silla. Se lo dije así, con la copia delante, leyendo el número de folio.

—La incidencia la abrí yo, señor Barinov. Leyendo. De qué copia sea es cosa del libro.

—¿Y en el libro consta quién pidió la lectura completa?

—En el libro consta que está abierta.

Le di las gracias. Le pregunté si en enero haría frío en Berlín y me dijo que en enero en Berlín hace frío todos los años, y colgamos.

Luego escribí el acuse de recibo, porque Berlín quiere los acuses el mismo día: Madrid toma nota del aplazamiento y de la incidencia, y comunica que no tiene constancia de persona alguna en la oficina de la nave en la fecha del asiento.

Lo firmé con la pluma, lo escaneé, lo mandé.

Era la primera vez en doce años que le mentía a Berlín por escrito.

Por teléfono no cuenta, por teléfono miente todo el mundo.

Y ahora lo voy a decir aquí, una vez, para que esté en algún sitio que no sea yo.

La silla era yo.

Aquella noche tenía cuarenta y dos años y llevaba seis administrando las sociedades de Madrid.

Arseni creía que yo era suyo. Grigori Denísov sabía que no.

Había comido con él en Hamburgo cuatro veces, en un sitio de Altona donde el arenque lo sirven con cebolla cruda y una manzana.

A la cuarta comida me dijo que un administrador tiene que saber de quién es antes de saber qué administra.

Yo le contesté que ya lo sabía. Él me pidió la cuenta.

Me llamó a las nueve de la noche. Dijo: vete a la oficina de la nave antes de que llegue nadie y tráeme las libretas de Ferrer.

No dijo para qué. Yo no pregunté, y eso es lo primero que debería contar de mí, porque yo pregunto siempre.

Fui, y llegué tarde: cuando subí por la escalera de fuera ya había gente abajo, en la nave.

La oficina estaba arriba, con un cristal sobre el suelo de la nave, y desde el muelle se veía la luz.

Las libretas estaban en el segundo cajón, dos, de hule negro, con los sietes cruzados.

Las tenía en el bolsillo de la gabardina cuando abajo cambiaron las voces, y bajé el diferencial del cuadro para que no se viera la luz.

Tenía que haberme ido entonces. Había una escalera por fuera y un coche a doscientos metros.

En vez de eso cogí la silla de fórmica que estaba contra la pared, la puse de cara al cristal y me senté.

Lo hice despacio, sin ruido, con mucho cuidado, y he pensado muchas veces en ese cuidado, en lo bien que lo hice.

Vi lo que pasó abajo. Vi al chico. Vi a Vólkov subir detrás de Ostrovski y vi cómo acababa.

No voy a describirlo aquí porque no es mío: es de Ostrovski, que lo hizo, y de Kovaleva, que lleva doce años pidiendo que se escriba.

Lo mío es que estaba sentado y que miré hasta el final.

Me fui antes de que llegara el hombre de Grigori.

Por la escalera de fuera, con la linterna apagada hasta el coche.

Las libretas se las entregué a Grigori en Hamburgo un mes después, en el mismo sitio del arenque.

Las guardó en una cartera sin abrirlas. Me dijo que Madrid iba a ser mía cuando llegara el momento.

Lo fue. Arseni me la entregó diez años después con una firma, creyendo que me daba una cosa suya.

Nunca le dije que llevaba años siendo de otro. Nunca le dije que estaba en la nave.

Y desde entonces firmo yo, cada mes, el ingreso a una señora de Kiev para que la muerte de su hijo siga siendo un accidente de trabajo. Se llama Halyna Vólkova. Tiene ochenta y dos años. Me sé su cumpleaños.

La caja fuerte está en el despacho de casa, detrás de una puerta que mis hijas creen que es un armario de abrigos porque hay abrigos delante.

Dentro no hay dinero. Hay la copia de la comparecencia, hay la carta de Rita Ferrer y hay una hoja que era de Arseni: la lista de nueve líneas, la de la orden, la que en febrero del año pasado tenía el cuatro tachado y en la que yo no tuve que tachar nada porque me la dieron así.

En el margen, en bolígrafo azul, tres palabras en ruso. Y debajo, una inicial: una A.

Las tres palabras no las escribió nadie de Madrid.

Las escribió mi intérprete, en el año veinte, en la mesa de ese mismo despacho, cuando le pedí que me tradujera una hoja que tenía anotaciones en ruso.

Las tradujo. Y al pie de cada traducción jurada que me ha entregado en siete años pone esa inicial, siempre la misma, de un solo trazo, con el travesaño abajo.

Yo tengo cientos. Están en el archivador de la izquierda, por años.

Hace dos semanas le mandé a Rita Ferrer una fotocopia de ese margen y le pedí que leyera la firma.

Rita lee firmas para los juzgados y ya no lee para nosotros; me lo dijo en su casa de Sant Andreu con Iósif al lado.

Le dije que esto no era para nosotros, que era para mí, y que podía cobrármelo.

Contestó en cuatro días. Dice que la raya está tirada de derecha a izquierda, que eso es de mano zurda; dice que la A es de un solo trazo con el travesaño en la base, que eso no es de colegios de aquí, que es de alguien escolarizado en cirílico; dice que quien escribió las tres palabras y quien puso la inicial es la misma persona.

Y pregunta, al final, en una línea aparte, si quiero que compare con una muestra, porque supone que tengo muestras.

No le he contestado. Llevo dos semanas durmiendo mal, y no por la carta. Por la respuesta, que ya la tenía antes de preguntar.

Lucía estaba con los deberes en la mesa de la cocina cuando llegué, y Marina vino a cenar.

Marina tiene veintidós años y un novio que se llama Adrián y hace oposiciones a bombero.

Lo sé porque le pregunté cómo se llamaba y a qué se dedicaba.

Me miró con la cara que pone su madre cuando le pregunto por la familia de alguien.

—¿Y tú por qué quieres saber a qué se dedica?

—Porque voy a hacer cordero en Navidad y quiero saber cuánto come.

—No va a venir en Navidad, papá.

—Pues me lo apunto para el año que viene.

Lucía levantó la cabeza de las matemáticas y dijo que no se podía apuntar a la gente.

Le dije que yo llevo apuntando a la gente desde antes de que ella naciera y que por eso me acuerdo de los cumpleaños.

Marina cenó, me dio dos besos, se fue. Carmen llamó cuando Lucía ya estaba en su cuarto; Carmen vive a dos calles y llama por teléfono para todo, y cuando yo le digo que puede venir andando me dice que para eso se divorció.

—Este año te toca a ti el cordero.

—Me toca todos los años.

—Te toca porque lo haces mejor. Las niñas conmigo el veinticinco. ¿Vas a invitar a alguien?

Le dije que no sabía. Era verdad. Me preguntó si estaba bien y le dije que tenía un asunto en Berlín que se había alargado. Ella no sabe qué es Berlín; para ella es un sitio al que voy. Me dijo que no me acostara tarde y colgó. Seis años divorciados y sigue diciéndome a qué hora me acuesto.

Antes de acostarme le escribí a la madre de Iósif.

Le escribo el día cinco de cada mes desde hace nueve años; antes iba con el ingreso y era una manera de avisar de que el ingreso salía.

Desde abril ya no hay ingreso, porque la cuenta se cerró en Berlín, y le sigo escribiendo el día cinco.

Ella no me ha preguntado por qué. Yo tampoco me lo he preguntado mucho.

¿Cómo está la Mari? La Mari es su vecina del rellano, en Alicante, a la que operaron de la cadera en julio; me lo contó por teléfono una tarde de julio en que llamaba para darme las gracias por seguir escribiéndole, y acabó hablándome de la escalera, de que la Mari no podía bajarla.

Yo me lo apunté. Contestó a los diez minutos: Mejor, ya baja sola.

Iósif vino el domingo. Gracias por preguntar, Vadim.

Es la única persona que me llama Vadim que no me debe nada ni yo a ella.

Bueno. Eso no es exacto. Es la única que no lo sabe.

A la tarde siguiente, en la oficina, mi intérprete me trajo la traducción de la carta de Hamburgo.

Se llama Sofía Vólkova. En el muelle, hace doce años, la llamaban Sonia, y así la llaman en su despacho de Sant Antoni las dos mujeres que trabajan para ella.

Yo la llamo señora Vólkova desde el año diecinueve, cuando fui a buscarla con una carta de Berlín en ruso y le dije que me habían dicho que era la mejor.

Era verdad. Y era lo único que podía decirle.

Su primer contrato con papeles, en el año quince, lo firmé yo.

Fue un contrato de las sociedades de Levante para una traducción que nadie necesitaba.

A las mujeres de aquel muelle había que darles un papel con su nombre para que no tuvieran que contar de dónde salía el anterior, y Grigori quiso que lo hiciera Madrid.

Yo entonces supe quién era. Ella sabe que yo firmé. No sé si sabe por qué.

Entró, dejó la carpeta y me dijo que Hamburgo escribía mejor en ruso que en alemán.

La frase del segundo párrafo tenía dos lecturas; había puesto una nota al pie con la otra.

Siete años de esto. Siete años de una cortesía tan bien hecha que un día me paré a mirarla.

Ni ella ni yo la habríamos sostenido tanto tiempo sin una razón, debajo, para sostenerla.

Le pregunté por Oksana, por si ya tenía los papeles de la hija.

Me dijo que en noviembre. Le pregunté por Lidia y se rio, un poco, y dijo que Lidia había aprendido a decir buenos días en ruso para contestar al teléfono y lo decía con acento de Lugo.

Al sacar el bolígrafo de la carpeta para que yo firmara el recibí, se le cayó al suelo. Rodó hasta mi lado de la mesa. Me agaché, lo recogí y se lo tendí, y ella lo cogió con la izquierda.

Tenía la derecha libre y lo cogió con la izquierda.

Firmé el recibí y le devolví el bolígrafo.

Mientras ella guardaba la carpeta abrí la agenda donde apunto todo: la de los nombres, la de la rodilla de Hoffer y la cadera de la Mari y el novio bombero.

Escribí Vólkova, zurda en la página del día, con la letra pequeña que uso para lo que no quiero que lea nadie por encima del hombro. Ella lo vio escribir. No vio qué.

—Señora Vólkova, voy a necesitarla para una cosa que no es una carta.

—Dígame.

—Berlín me pide una memoria sobre un asiento antiguo. La memoria lleva anexos en ruso y tiene que ir con traducción jurada. Y Berlín pide, además, un testigo. Del muelle. De una noche de hace doce años.

Ella no cambió de postura. Guardó la carpeta en el bolso, despacio, y me preguntó qué noche.

—La de la nave siete.

—Yo estaba abajo.

—Lo sé. Por eso se lo pido a usted y no a nadie.

Hubo un momento en que podría haberme preguntado qué más sabía yo, y no lo hizo, y yo podría haberle dicho qué más sabía, y tampoco. Le dije que la citaba el lunes, en Barcelona.

—¿En Barcelona?

—En su despacho. En el mío hay demasiada gente que recuerda.

Lo dije con la sonrisa que uso para los proveedores, y era mentira: en el mío no hay nadie que recuerde nada.

Ella dijo que el lunes a las diez tenía un juzgado y que a partir de las doce estaba libre, y que Lidia saldría a comer.

Lo dijo en castellano. Luego, al salir, ya en la puerta, dijo hasta el lunes en ruso, en voz baja, sin volverse.

Entendí las dos palabras: son de las pocas que entiendo sin que me las traduzcan.

La agenda se quedó abierta encima de la mesa. El lunes iba a sentarme con la única mujer que podía escribir aquella memoria, y la había elegido yo, y no le había dicho por qué.