LO QUE QUE QUEDA EN EL LIBRO (El Corredor 6) EPÍLOGO
100%

EPÍLOGO

Lo que queda

La chica que estaba en la mesa de Oksana aquella mañana de julio se llamaba Daryna.

Tenía diecinueve años. Había llegado de Odesa en marzo con una mochila y una dirección escrita en el dorso de un billete de autobús, y no sabía firmar en latino.

Sabía escribir su nombre en cirílico, rápido, con una inclinación de colegio que yo reconocí desde mi mesa sin levantarme.

Oksana le había puesto delante un contrato de una lavandería de la calle Parlament, media jornada, con alta en la Seguridad Social. Le había escrito en un folio aparte, con letra grande, su nombre en latino: Daryna. Y le hacía copiarlo, una vez y otra, debajo, hasta que le salió solo.

—No tengas prisa —le decía en ucraniano—. Es tu nombre. Tienes toda la vida para firmarlo.

Daryna lo copió doce veces. A la decimotercera firmó el contrato.

Oksana lo miró, asintió, y le dio la vuelta para que firmara también la copia de la lavandería.

Luego le dijo que el jueves la acompañaba a extranjería, igual que la acompañé yo a ella en noviembre con la niña.

Daryna se echó a llorar sin hacer ruido, con el bolígrafo todavía en los dedos.

Oksana le pasó un pañuelo de papel y siguió hablando del horario de la lavandería.

Lidia, desde su mesa, me miró. Yo le hice que sí con la cabeza. Lidia tachó en su agenda la palabra «Daryna» y escribió al lado, en verde, «factura: no».

⁂

El correo llegó a las doce, todo junto, como llega en julio.

Una postal de Berlín, con una foto de la Puerta de Brandeburgo que nadie de los que conozco en Berlín habría elegido.

Dentro del sobre, además de la postal, un posavasos de cartón del Kombüse, con una mancha de caldo en una esquina.

En la postal, con su letra pequeña de libreta, Yelena había escrito tres líneas en castellano.

Danil había puesto un horno nuevo. Marc había pasado una semana con ellos en Semana Santa y se había aprendido todas las líneas del metro.

Y en la libreta de la secretaría constaba mi apellido «para nosotros, no para el libro».

Firmaba con una Y y una K. Debajo, otra letra, más grande, con faltas: «Ven a comer. D.»

Un sobre de la custodia del libro, con la H al pie.

Dentro, una fotocopia de una sola hoja del libro: la lista de las seis, con el margen.

Mi A nueva frente a la vieja, y debajo mi nombre en las dos letras, y la línea de Hoffer en ruso.

Sin carta. Solo, a pluma, en la esquina de abajo, «Para la parte. H.».

Y un mensaje en el móvil, de Rita, sin texto: una foto.

Su cuarto del fondo, el de la casa de su padre, con la cama hecha y la ventana al patio.

En la pared, encima de una cómoda donde había un frasco de colonia de hombre, de los antiguos, con el tapón de cristal, un marco negro, sencillo.

Dentro, la copia sellada de la hoja de Ferrer, puesta por el revés: «Rita — matrícula, segundo plazo.

No olvidar.» Con el sello de Piqué en la esquina, «es copia fiel del original».

Le contesté con una foto mía: el original, por la otra cara, en la carpeta azul, entre los dos cartones. No le escribí nada. Me contestó con un punto.

⁂

Subí a casa a la hora de comer. Vivo dos calles más arriba, en un tercero con ascensor, y desde que terminó el curso la cocina es de Lucía.

Estaba sentada en la encimera, que no se puede, con las piernas colgando y un cuaderno de matemáticas abierto encima de las rodillas aunque ya había aprobado.

Barinov cortaba tomate en la tabla, despacio, con la camisa remangada hasta el codo.

La franja de la muñeca era ya casi del mismo color que el resto del brazo.

—La de la panadería se llama Mercè —le estaba diciendo Lucía—. Y tiene un hijo en Girona que es bombero, como Adrián, pero de verdad.

—Adrián también es de verdad. Le queda un examen.

—Pues eso. —Pasó una hoja—. El del quiosco es Ramón, pero le llaman Moncho porque es de Ourense, y Lidia dice que eso no es catalán, que es gallego. La señora del perro es la señora Puig, eso ya lo sabías. El perro se llama Pinxo. La de la farmacia no me lo ha dicho.

—Pregúntaselo mañana.

—Pregúntaselo tú. Tú sabes preguntar.

Él se rio y siguió con el tomate. En dos semanas, entre los dos, se habían aprendido toda la calle, puerta por puerta, y lo repasaban por la noche, en la cena. Lucía apuntaba en el cuaderno de matemáticas, en la última página, al revés, para que no lo viera la profesora.

En la terraza del despacho había albahaca en las cuatro macetas.

Había aguantado. Kuzmín había venido en mayo, una mañana, sin avisar, a devolverle a Oksana el táper de los varéniki.

Venía lleno de rosquillas. Se tomó un café de pie en la mesa de Lidia, saludó con la cabeza, y se volvió a Madrid en el tren de la tarde.

Oksana dice que es el hombre más educado que ha conocido en España.

⁂

Después de comer bajé otra vez al despacho. Estaba vacío: Oksana se había ido con Daryna a ver la lavandería y Lidia comía fuera, a y media, como siempre.

Abrí el cajón de mi mesa y saqué el cuaderno de las traducciones.

Es un cuaderno de tapas duras, negro, de los que se venden en las papelerías de los juzgados, y llevo uno desde hace doce años.

En él apunto cada traducción que juro: la fecha, el cliente, el número, el documento.

Y al final de cada línea, la A. Doce años de A, una debajo de otra, a la izquierda del todo de la página, en cuatro cuadernos iguales.

Este era el quinto. Lo abrí por la última página, la de la contraportada, que nunca uso.

Cogí el bolígrafo con la izquierda. Escribí, despacio, con todas las letras, en latino:

Sofía Andréievna Vólkova

Y debajo, en cirílico, con la letra de la escuela de Kiev:

Софья Андреевна Волкова

No puse la A.

Lo miré un rato. Luego cerré el cuaderno, lo dejé en el cajón, encima de los otros cuatro, y cerré el cajón. Por la ventana, abajo, la tienda de telas sacaba a la acera un rollo de lino crudo para que lo viera la gente. Arriba, en la terraza, olía a albahaca.