Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

De hecho, la noche que escuché a Lia por última vez tuve un sueño de lo más extraño: soñé que había vivido otra vida como adulta junto a una persona que desconocía, una que no me apreciaba, una que me obligó a huir para pedirle a una bruja que me transportara atrás en el tiempo para empezar de nuevo.

¡Menuda locura! Pero lo cierto es que, a partir de ahí, las cosas empezaron a mejorar.

Devon y yo acabamos dándonos una nueva oportunidad y emprendimos un camino juntos.

Si algo he aprendido durante todos estos años es que la vida no es una línea recta: en el caminar diario no es raro encontrarse con un cruce de caminos, pero al final, no importa el rodeo que des, todos acaban en el mismo lugar.

Así, tras acabar los estudios, no tardamos en mudarnos juntos, pues ambos sentíamos que, de alguna manera, debíamos recuperar el tiempo perdido.

Devon siguió componiendo y empezó a vender sus letras a otros artistas, con tanto éxito que acabó fundando su propia empresa.

Pronto, y gracias al equipo que logró reunir, fueron capaces de ampliar los servicios que podían ofrecer a la industria musical.

En la actualidad, ya reciben encargos de otros estados, entre ellos de la costa oeste del país, donde se mueven todas las figuras influyentes y donde Devon todavía conserva algunos contactos que están empezando a resultarle provechosos.

Yo, por mi parte, no he conseguido formar mi propia empresa de momento, pero soy feliz dando clases de ballet en un pequeño estudio al otro lado de la ciudad.

Además, ahora que Devon y yo nos hemos comprometido, estoy un pelín ocupada organizando una boda que, aunque no quiero que sea por todo lo alto (como les gustaría a mis padres), sí pretendo que sea muy especial.

—¡Devon! ¿Ya has atacado los dulces de Halloween otra vez?

—le recrimino con una sonrisa. Me siento orgullosa al pensar que sí me llega a los ojos, como le prometí a Kiara .

Esta es mi vida ahora, no es tan perfecta como seguramente soñaba aquella alocada adolescente de dieciséis años, pero espero que esté conforme porque es la que he elegido vivir—.

¡Con el desayuno tan saludable que me acabo de currar! Kennedy estaría superorgullosa de mí.

—Lo siento —se disculpa él—. No he podido resistirme, me lo pasé muy bien en el pueblo este fin de semana.

¡Renata se lo curró mucho! Nunca pensé que ella y su madre se acabarían uniendo al tradicional Trick or treat .

Su madre siempre se queja de que en el pueblo les tienen miedo, pero para ser el primer año, pasaron muchos niños por el hostal.

—Fue divertido ayudarlas —reconozco—, pero se supone que los dulces eran para los niños del pueblo, no para ti.

—En mi defensa diré que necesito un extra de azúcar esta mañana: ¡Hoy es el gran día!

Es cierto; se supone que hoy Devon tiene una reunión importante para su negocio y cruzo los dedos para que todo salga según lo previsto.

Unos minutos después, tras haber desayunado, Devon agarra las llaves y se despide, pero lo retengo justo en la puerta.

Me aferro a él y le doy un beso tierno que pronto se prolonga y acaba convirtiéndose en todo lengua y dientes.

Devon aprisiona mi trasero con la mano derecha al tiempo que pega su cuerpo más al mío, tanto que lo siento a través de los pantalones del traje.

Él también parece darse cuenta y mira su reloj de pulsera, algo nervioso.

— ¡ Anda, ve! —lo apremio, rompiendo el beso al tiempo que lo empujo suavemente con las manos.

—Mmm, a lo mejor puedo entretenerme diez minutos. Las estrellas siempre llegan tarde —asegura.

—Pensabas que ya no querías ser una estrella.

—Y no quiero, pero es que de repente creo que ha surgido una urgencia en mis pantalones —explica, pícaro.

—A la vuelta. Prometido —le contesto.

—¿Promesa de girl scout ?

Ambos rompemos a reír y mi mente viaja de nuevo a aquel verano de 2002.

—¡Oye, que al final aprendí mucho en Supervivencia y naturaleza! —protesto.

—Eso es porque tuviste un buen profesor, aunque fuera de extranjis.

—El mejor —convengo.

Y, tras darme un último beso que sabe a «continuaremos donde lo dejamos en cuanto vuelva», Devon abandona el apartamento.

Hace un día de otoño inusualmente agradable de camino al trabajo; cierro los ojos, alzo el rostro hacia el sol como si quisiera absorber hasta el último rayo antes de que este desaparezca para ser reemplazado por días nublados y temperaturas gélidas.

Cuando los vuelvo a abrir, me doy cuenta de que ya estoy a dos manzanas de casa.

Justo antes de meterme en la boca de metro, me fijo en el estudio de danza en quiebra que lleva ya un par de semanas con el letrero de «Se traspasa» colgado sobre la puerta principal.

Verlo cada día me provoca una extraña sensación de desazón que hace que, de normal, pase de largo, pero hoy, sin embargo, me quedo más rato de lo normal mir á ndolo.

En ese momento, una chica de más o menos mi edad, de espesos rizos castaños que enmarcan un rostro en forma de corazón, sale del interior, se planta frente a la puerta y lo descuelga.

—¿Van a cerrar definitivamente? —pregunto sin poder evitarlo. Su cara me resulta familiar, pero no consigo ubicarla.

—No, es que ya está vendido. ¿Acaso le interesaba?

—Yo no… No, era simple curiosidad.

La mujer me mira raro.

—Reabriremos muy pronto —me explica—. No dude en correr la voz si es de la zona o conoce a alguien que pueda interesarle; tendremos clases para todas las edades y a precios asequibles.

Asiento y me giro para desaparecer en la boca de metro sin darle más vueltas.

Sin embargo, una vez en el vagón, me sorprendo a mí misma imaginándome como propietaria, empezando un negocio desde cero, aplicando los conocimientos que he reunido en los últimos años.

No obstante, pronto rechazo la idea. Ese estudio ya está vendido.

Esa posibilidad no existe, pero estoy bien así.

Si el destino quiere que alguna vez sea dueña de mi propio negocio ya proveerá; mientras tanto voy a seguir viviendo el día a día sin preocupaciones, porque el estrés es la tristeza por el pasado o la ansiedad por el futuro, y yo no voy a volver a caer en ninguno de los dos. Carpe diem .