Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Un pitido estridente me despierta en mitad de la noche. Instintivamente, alargo el brazo, pero este cae lacio sobre el colchón, vacío a mi lado. Un extraño déjà vu se apodera de mi cuerpo y me siento incapaz de abrir los ojos, pero el insistente sonido no me deja volver a conciliar el sueño.

Con toda la fuerza de voluntad que consigo reunir, abro por fin los ojos y la realidad me golpea con fuerza.

No estoy en el campamento, ni siquiera estoy en la mansión de la abuela en Los Hamptons o en casa de mis padres, sino en un apartamento que, aunque no recuerdo, sé que es mío.

Aparto las suaves sábanas y, con el corazón desbocado en el pecho, me dirijo hacia el tocador situado enfrente de la cama.

Cuando presiono un pequeño interruptor en la parte superior, el espejo se ilumina, pero no me devuelve el reflejo de una adolescente de rostro inmaculado y largos cabellos rubios.

Al otro lado hay una mujer que está más cerca de la treintena y de melena castaña, llena de despeinadas ondas donde destellean algunas mechas más claras.

—¿Vas a apagar el despertador antes de que nos fría el cerebro? —bufa alguien a mi espalda.

Me giro despacio y me encuentro con unas piernas desnudas que me dan la bienvenida. Curiosa, contin úo el escrutinio en dirección ascendente hasta toparme con una toalla blanca y un pecho musculado que me obliga a cerrar los ojos de nuevo.

«No puede ser…», me digo.

—Cece, ¿estás bien? —se interesa la voz.

—¡Por supuesto! Es solo que… se me han pegado los párpados por las lagañas —miento—. ¡Voy a lavarme la cara!

Asegurándome de mantener la vista fija en el suelo, rodeo al dueño de semejante cuerpo, con cuidado de no rozarlo, y me dirijo hacia la puerta abierta de la que sale el cálido vapor de la ducha.

Entro en el baño y me arrojo agua bien fría sobre el rostro. Quizá, si me espabilo, me daré cuenta de que estoy viviendo un sueño. Pero no funciona. Cuando me seco con la toalla, la situación sigue siendo la misma.

A través de la puerta entornada del baño veo como el joven, de espaldas a mí, apaga el infernal despertador y se deshace de la toalla sin pudor para sacar algo de ropa de uno de los cajones de mi cómoda.

—Ya preparo yo el café, te espero abajo cuando estés lista —anuncia sin volverse, una vez que se ha vestido.

Cuando dejo de oír sus pasos en la escalera del dúplex, me atrevo a salir del baño y me acerco a esa misma cómoda, donde abro y cierro varios cajones hasta encontrar los que guardan mi ropa.

Escojo un conjunto al azar tan rápido que, cuando cierro el último cajón con manos torpes, algo en la parte superior de la cómoda se balancea.

Por suerte, consigo estabilizarlo antes de que se caiga.

Lo tomo con cuidado entre las manos: es un marco de fotos, pero no me atrevo a mirarlo.

«¿Li a?», pruebo en mi cabeza, pero no hay respuesta al otro lado. Lo intento un par de veces más, pero solo recibo más silencio

Con dedos temblorosos, por fin me decido a mirar: es una foto en blanco y negro preciosa.

En ella, un atractivo hombre de cabello corto está arrodillado frente a una mujer que se parece mucho a m í .

Están junto a un almacén que parece abandonado, a las afueras de un pueblo de casas de piedra, al margen de un bosque frondoso que se aprecia al fondo.

El chico lleva una cajita abierta entre las manos, que eleva para que ella la vea.

De repente, los recuerdos llegan a oleadas, inundándome, y me cuesta respirar con normalidad.

Tras aquel verano en el Campamento White Yarrow, en las cercanías de Beakend, el pueblo de la fotografía, pasé unos días en la mansión de Los Hamptons con mi abuela, a la que pedí que me enseñara sus cuadros, esos que escondía con recelo.

Durante los días siguientes, la convencí para que volviera a pintar y yo lo hice con ella.

Apenas salimos de casa excepto para refrescarnos en la piscina o cenar en el césped al aire libre.

Fueron unos días inolvidables y, aunque ella ya no sigue con nosotros, estoy convencida de que se llevó un buen recuerdo al otro lado.

De vuelta en el instituto, un tal Maddox me estuvo dando la lata un tiempo, pero al ver que pasaba de él acabó rindiéndose.

Durante aquellos años, mi única distracción fue la danza, a la cual me dediqué en cuerpo y alma, pues la había echado mucho de menos.

Cuando me gradué, conseguí convencer a mis padres de que me apuntaran a la Escuela Superior de Danza, donde completé mis estudios.

Durante aquel tiempo se puso muy de moda un cantante llamado Devon Carter.

Sí, mi skater boy no tardó en copar las listas de éxitos con un séquito de fans siguiéndolo a todas partes, tal y como yo había augurado.

Me alegré mucho de que hubiera hecho realidad su sueño firmando para la discográfica del padre de Violet, con la que, por desgracia, perdí todo el contacto.

Aun así, la recordaré siempre con cariño porque creo que, aunque algunas personas no están destinadas a quedarse, formaron parte de nuestra vida porque necesitábamos que nos acompañaran un tramo del camino.

Con quienes sí seguí hablando fue con Kennedy y Minnie, de hecho, aunque nuestras vidas han avanzado por separado, ninguna falta a nuestra cita anual: una semana de vacaciones de chicas.

En una ocasión, incluso llegó a unirse Savannah, a la que nos cruzamos por casualidad en uno de nuestros destinos.

Apenas un par de años después del debut de Devon, su nombre, y por consiguiente sus canciones, dejaron de escucharse progresivamente hasta que, en algún momento, fue reemplazado por la siguiente estrella de turno.

Se puede decir que la carrera del skater boy fue una de esas de one-hit wonder : un cantante de un solo éxito.

Mientras su carrera se diluía, terminé mis estudios superiores de danza y, con el dinero que me dejó mi abuela en herencia, me compré este dúplex y me independicé de mis padres, con los que no es que me lleve especialmente bien hoy día, pero mantenemos una relación cordial.

Durante algunos años tuve algún ligue espont á neo, pero nada serio, porque mi objetivo era otro y no pensaba dejar nada al azar: me labraría mi propio futuro, por mí misma y sin ayuda.

Dejo la fotografía en la mesilla con cuidado y bajo por las escaleras con cuidado.

En mi ausencia, parece que la lavadora ha vuelto a hacer de las suyas (últimamente no sé qué le pasa a ese cacharro infernal), y descubro al mismo chico recogiendo el agua derramada mientras el pan se quema en la tostadora y el café se enfría.

«¡Amo mi maravillosa vida imperfecta!», pienso.

Sin decir ni una palabra, tiro las tostadas a la basura y pongo unos huevos a hervir mientras corto un par de aguacates y recaliento el café.

Cuando estoy acabando de cocinar, unas manos me envuelven la cintura y una cabeza se apoya en mi hombro.

Unos cortos mechones de pelo castaño me hacen cosquillas en la cara y aspiro un aroma marino que me encoge el estómago.

Me vuelvo despacio y me encuentro cara a cara con dos grandes esmeraldas verdes que me dejan sin aliento, sobre todo cuando los labios de su dueño se estrellan contra los míos.

Este beso sabe a mar, a bosque, a veranos largos, a confidencias compartidas, a promesas futuras y a… ¿chocolate?

Devon Carter y yo nos reencontramos cuando empecé a cursar unos estudios adicionales enfocados a los negocios con la idea de formarme para emprender.

El skater boy , que había perdido su legendaria melena, se había apuntado con una idea en mente similar a la mía.

Como me confesaría más tarde, nunca había acabado de sentirse a gusto entre flashes y focos, pero la música seguía siendo parte de él y buscaba darle otro enfoque.

Nuestro reencuentro fue un poco tirante.

¿Cómo es posible que dos personas que se habían querido tanto se sintieran como dos extrañas?

Sin embargo, al final, el roce hace el cariño, o reabre puertas que crees cerradas, así que, tras un par de trabajos juntos y alguna que otra salida espontánea, limamos asperezas y conseguimos empezar de cero.

Aun así, no fue sencillo porque llegó el día en que él me pidió explicaciones por lo que había hecho, la decisión que había tomado, y ahí descubrí que había partes de aquel verano que no recordaba con claridad.

Los lapsus mentales, como el que he sufrido esta misma mañana, son cada vez menos habituales, sobre todo desde que empecé a asistir a terapia, pero existen y todavía estoy aprendido a lidiar con ellos.

Cuando estos ocurren, me siento más conectada que nunca a esa drama queen de dieciséis años a la que la vida se le hacía bola.

Mi psicóloga dice que es fruto de la educación estricta que recibí durante mi infancia, pero poco a poco lo estamos superando juntas.

Antes de empezar con la terapia, todavía escuchaba a Lia de vez en cuando, pero su voz se hizo cada vez más lejana hasta acabar diluyéndose.

No recuerdo el momento exacto en que ella llegó a mi vida, pero por lo que he podido deducir, fue en un temporada en la que mi salud mental no pasaba por su mejor momento, por lo que quiero pensar que el que se acabara yendo fue un cambio positivo.

Es verdad que a veces todavía la echo de menos, pero no con tristeza, sino más bien con nostalgia, porque con ella nunca me sentía sola, aunque ninguno de nosotros lo estamos en realidad, eso también me lo enseñó mi psicóloga: la persona más importante de nuestras vidas somos nosotros mismos, pues con ella nacemos y moriremos. No hay verdad más absoluta.