Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 29 #3
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CAPÍTULO 29 #3

Antes de que pueda contestar, me veo rodeada por cuatro brazos y, aunque es posible que mis amigas me estén cortando la circulación, siento que me cuesta respirar por una razón completamente distinta y, a pesar de todo, esbozo una pequeña sonrisa.

El resto del día transcurre a cámara rápida.

Recogemos todo lo que hemos llevado a la acampada al aire libre y regresamos al campamento base.

En el camino de vuelta, no puedo evitar buscar a Devon entre la multitud, pero debe estar esforzándose mucho por evitarme, porque no veo su melena castaña por ninguna parte.

Tras pasarnos la mañana haciendo el equipaje, comemos en la zona exterior del pabellón.

Hace un día espléndido, lo cual resulta todavía más difícil de sobrellevar teniendo en cuenta los negros nubarrones que se han instalado sin permiso en mi cabeza y que no parece que vayan a evaporarse a corto plazo.

Así que como rápido y, mientras mis amigas alargan la sobremesa, disfrutando de los últimos rayos de sol, me escabullo hacia nuestra cabaña con una excusa barata.

Todavía me queda una última cosa por hacer.

«¿Lista para poner punto y final?», me pregunta Li a.

«Eso creo».

—¡Oye, espera! —me grita Violet, y maldigo por dentro temiendo que me chafe el plan—. No cierres con llave la cabaña cuando acabes, espéranos dentro, que yo ya he devuelto las mías. ¡Y ni se te ocurra largarte sin despedirte! —me advierte arqueando una sola ceja.

—Tranquila, allí os espero. Palabra —le contesto, suspirando aliviada.

—¿Y yo qué? —pregunta una vocecilla a mi espalda—. ¿De mí tampoco te querías despedir?

—¡Kiara! —exclamo dándome la vuelta y levantándola en brazos mientras la cubro de besos.

—¡Puaj, qué asco! ¡Suéltame! ¡Que no soy un perrito! —se queja la niña.

La deposito en el suelo y me mira muy seria, con la nariz tan arrugada que sus pecas se ven más que nunca. Le sostengo la mirada con la misma seriedad y, de repente, incapaz de aguantarlo más, ambas nos reímos, aunque mi risa suene algo triste.

—Te voy a echar mucho de menos —le digo, revolviéndole el pelo—. Prométeme que te vas a portar bien y que no te vas a volver a guardar las cosas para ti.

—Lo haré si tú me prometes que vas a sonreír más —me suelta.

—¡Oye! —me indigno—. ¡Si sonrío todo el tiempo!

—Pero mi mamá dice que, si la sonrisa no te llega a los ojos, no es de verdad —me rebate.

Sin poder evitarlo, rompo a carcajadas y Kiara me acompaña.

—Así está mejor —acepta—. ¡Adiós, Cece!

—Nunca digas adiós, Kiara, di: hasta luego.

—¡¡Hasta luego!! —exclama divertida, y se da la vuelta para alejarse dando saltitos.

C ó mo la voy a echar de menos…

Cuando por fin consigo llegar a nuestra cabaña sin más interrupciones, me dirijo directamente hacia mi cómoda, donde descansa la mochila que solía llevar a las clases.

Un llaverito en forma de mono cuelga del bolsillo más grande; de ahí saco un CD que tiene algo escrito a rotulador.

Se me encoje el alma al leer el nombre del que pensaba que sería el amor de mi vida y que ahora va a pasar a la historia otra vez como « el de lo que pudo ser: Devon Carter » .

Agarro el CD con firmeza y me muevo por la habitación hacia el lugar donde me espera otra mochila bien distinta.

Esta es de cuero negro, decorada con colgantitos de plata: desde un gatito hasta unas cerezas, pasando por un zapato de tacón o un pintalabios.

Junto a ella, reposan las maletas de Violet.

Aguanto la respiración, deslizo el CD dentro y los abalorios tintinean, como la campana que suena en una tómbola cuando ganas el premio gordo.

Cruzo los dedos para que me acompañe esa misma suerte y, soltando el aire, me alejo de la cabaña a buen ritmo con la intención de volver antes que mis compañeras se den cuenta.

La última despedida es para mi caballo. Tiemblo un poco cuando me acerco a los establos, pero, por suerte, están desiertos, a excepción de los animales, claro.

Spirey me recibe tranquilo, escrutándome con esos enormes ojos castaños como si pudiera leerme por dentro.

Me fundo en un abrazo con él y rezo para que el mundo se detenga, pero un ruido a mi espalda me obliga a apartarme. El corazón me va a mil.

—¿Hay alguien ahí? —pregunto.

Pero no hay respuesta.

Deposito un beso sobre la cabeza de Spirey y doy la vuelta al establo, pero allí no hay nadie.

Mi imaginación debe haberme jugado una mala pasada.

De repente, otro ruido bien distinto, el de varios coches crujiendo sobre la gravilla en la zona improvisada de parking , que no está muy alejada del picadero, me recuerda que los primeros transportes están llegando y que debo regresar a la vida real.

Pues, aunque el Campamento White Yarrow no haya sido un sueño, se siente como tal.

Tomo una última bocanada de aire limpio de los bosques y una súplica silenciosa, que la naturaleza recibe, inunda mis pensamientos: que su pureza y la verdad que he hallado en ella se quede siempre conmigo y me recuerde quién soy, acompañándome en cada paso de ese nuevo camino que debo emprender.