Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

— ¿Lo mejor para ti o para mí, Cece? —me desafía.

Me gustaría decirle que para él, para todos en realidad, pero mis labios están sellados.

Devon malinterpreta mi silencio—. ¿Qué se supone que he sido para ti entonces?

¿Un ligue de verano más? ¿Una historia que contar cuando vuelvas a tu falso mundo de color de rosa?

¿A esto te referías cuando te pregunté por lo nuestro y me contestaste que lo averiguaríamos?

«¡No y mil veces no!», quiero gritar, pero solo Lia me oye.

«Supongo que es mejor que te odie, así se olvidará antes de ti», reflexiona mi voz interior.

—Tienes que cumplir tu sueño y no seré yo la que te frene —insisto, sin medir mis palabras.

«¡Cuidado!», me advierte Lia.

—¿Ahora sí que quieres hablar de mi sueño? ¡Cece, no entiendo nada! —reconoce exasperado, revolviéndose el pelo con una mano.

«¡No puedo más, Lia!», replico. «Lo siento, pero no puedo seguir por ahí. Devon no se merece esto y no quiero que me odie».

—Parte del proceso de madurar consiste en dejar ir.

Las palabras se me escurren por la boca sin haber pasado por mi cerebro y, para mi sorpresa, actúan como un hechizo porque Devon baja los hombros y su mirada se ablanda, aunque todavía hay una chispa de desafío en ella.

—Dime que no me quieres y me iré —sentencia, negándose a rendirse.

—Yo no… no puedo hacer eso —reconozco.

«¡A la mierda el papel!».

—Entonces me has mentido cuando has dicho que no sentías nada por mí.

Me ha descubierto. Rehúyo su mirada y me apago lentamente.

—Está bien —acepta—. Si es lo que quieres, respeto tu decisión, aunque no la comparta.

Ambos nos quedamos en silencio durante unos minutos que a mí se me antojan horas.

Al final, es Devon el que acorta distancia y me tiende la mano.

—Ha sido un gusto conocerte, Cece —dice sin ceremonias, con una cordialidad fría que solo pretende proteger un corazón tan roto como el mío. Le tomo la mano y la aprieto con suavidad.

—Eres muy bueno, Devon, en todos los sentidos. Nunca pierdas eso, no te desvíes de tu camino, aunque no pueda acompañarte.

Devon duda por un segundo y lo veo luchar contra sí mismo, como yo llevo haciendo cada día desde que pisé este campamento.

—Tú también lo eres, Cece, aunque te esfuerces en ocultarlo. Te veo.

Sus últimas palabras me parten en dos y las lágrimas se me desbordan por las mejillas sin control. Devon hace amago de limpiármelas con la mano, pero en el último momento, mete la mano en uno de los múltiples bolsillos de sus pantalones cargo y me tiende un pañuelo.

—Estaremos bien —asegura como si intentara convencerse a sí mismo tanto como a mí—.

El tiempo cura las heridas mejor que cualquier remedio casero.

Te lo dice un experto en naturaleza y, ¿sabes una cosa?

Estoy convencido de que, si pudieras regresar aquí otro verano, estarías en un grupo bien distinto.

Aquí vuelve el Devon que he conocido y querido.

El que intenta quitarle hierro al momento más dramático del mundo.

Y ese es el recuerdo que escojo llevarme.

El skater boy me guiña un ojo y me parece que una lágrima asoma por él, pero antes de que me permita comprobarlo, se da la vuelta y se marcha, sin mirar atrás.

Cuando su silueta desaparece en la distancia, las rodillas me ceden y caigo al suelo, sintiendo ganas de arrancarme la ropa o el pelo en una locura interna propia de una heroína trágica.

«¡Y volvió la drama queen ! ¡Qué harta estoy de adolescentes hormonados!», me recrimina Lia.

Sé que mi voz interior solo pretende aflojar tanta tensión, pero su falta de tacto consigue que llore más amargamente.

«¿Qué he hecho, Lia? ¿Acaso he perdido la cabeza del todo?».

« Has hecho lo que tenías que hacer », me asegura dándome palmaditas imaginarias en el hombro. «Estaremos bien, en eso le doy la razón al chico, seguiremos navegando».

Y yo la creo, porque no puedo aferrarme a nada más que a eso. Nunca me he sentido tan sola, pero al menos es un tipo de soledad diferente, porque sé que, haga lo haga y suceda lo que suceda, Lia nunca va a abandonarme.

El sábado amanece demasiado temprano y me parece irreal que el mundo siga girando como si nada después de lo de anoche. Cuando alguien abre la cremallera de la tienda de un tirón y la luz lo inunda todo, apenas puedo despegar los párpados, hinchados, y seguramente enrojecidos.

—¡ Rise and shine ! —nos invita Kennedy. Su voz pretende sonar alegre, pero ha perdido la fuerza del resto del verano—. Hay que ponerse en marcha, chicas. Hoy hasta Violet os ha ganado, ya está desayunando. ¡Venga, perezosas!

Minnie reacciona a la primera y empieza a moverse por la tienda, pero yo soy incapaz de levantarme. Kennedy no me quita el ojo de encima.

—No eres la primera ni la última que sufre mal de amores. Lo superarás —suelta sin tapujos.

Minnie se detiene con un brazo dentro de la manga de la camiseta del campamento y otro todavía fuera. Me mira con lástima.

—¿Qué…? —pregunto confundida.

—No eres la mejor escabulléndote por la noche —aclara, acabando de deslizar ambos brazos por donde corresponde—. Creo que la única que no se enteró fue Violet.

—¡Ya ves! Pero incluso ella se olería algo si te viera ahora. No te lo tomes a mal, pero estás hecha polvo, amiga —añade Kennedy.

Estoy demasiado impactada para contradecirlas. Además, ¿de qué serviría? Si esto no es intuición femenina…

—¿Abrazo grupal? —nos invita Minnie, que ya ha acabado de cambiarse.