CAPÍTULO 29
Me cuesta Dios y ayuda tranquilizar a Violet, entre otras cosas porque yo misma también estoy alterada, pero tras charlar con ella un rato, parece que consigo apaciguarla lo suficiente para volver con el resto.
Casi temo la cólera de Nicky cuando se dé cuenta de cuánto hemos tardado, pero, para mi sorpresa, cuando regresamos a la zona donde todavía arden las hogueras, el ambiente luce distendido.
Los distintos grupos se han mezclado como si quisieran apurar los últimos minutos en compañía antes de que suene el toque de queda.
Kennedy está con su hermana y otras amigas, así que dejo a Violet junto a Minnie y le pido que me conceda unos minutos.
—Te juro que no voy a desaparecer, solo quiero comentarle una cosa a Kiara.
Sin esperar su respuesta, me acerco con disimulo a la hoguera donde la niña charla entre risas con Theresa.
Devon sigue allí, pero nadie parece prestarle atención ya, así que el skater boy está concentrado afinando su instrumento.
Tras un breve intercambio de palabras con mis compañeras de guitarra, paso por el lado de Devon y, asegurándome de que nadie nos mira, le susurro al oído:
—Te espero esta noche en el mismo lugar que ayer, cuando todos estén dormidos.
Devon se aparta el pelo de la cara y alza el rostro extrañado, como si un hada acabara de susurrarle un hechizo, pero no le doy margen para reaccionar: cuando alza la mano en mi dirección, ya no estoy a su alcance. Él no me persigue ni yo me vuelvo, pero confío en que no faltará a la cita.
Es casi de madrugada cuando llega el momento.
Mis compañeras, tendidas en sus sacos, duermen profundamente.
Salgo del mío con el mayor sigilo posible y, a cuatro patas, avanzo por la tienda intentando no rozarlas.
Consigo esquivarlas, no sin cierta dificultad (la estrechez no ayuda), pero logro hacerme con una sudadera y mi linterna antes de abrir la cremallera muy, muy despacio.
Con cada diente que se separa del cierre, el corazón se me acelera un poquito más y, cuando el último cede, contengo la respiración, convencida de que los fuertes latidos van a delatarme.
Sin embargo, nadie parece haberse percatado del ruido.
Una vez en el exterior, respiro hondo y, tras calzarme, me dirijo al lugar donde he quedado con Devon. No tardo en distinguir su silueta apoyada en un tronco de árbol. Trago saliva. Esto va a ser duro.
—¿Dónde te habías metido? Estaba empezando a pensar que me había imaginado lo que me habías dicho. O peor, que te habías arrepentido —me recrimina.
—Estoy aquí, ¿no? A ver si te crees que es fácil escabullirse de una tienda de lona donde duermen cuatro personas —arremeto con frialdad.
Esa forma de hablar le pertenece a la Cece que llegó al campamento y a la que ya he dejado atrás, pero no me queda más remedio que actuar si quiero que esto salga como quiero.
—Está bien, lo siento, tienes razón —musita, rehuyendo mi mirada.
Que Devon no haya entrado al trapo, devolviéndome la bordería, dice mucho de la gravedad de la situación que él, de alguna manera, también intuye.
Tras unos segundos de agónico silencio, Devon reúne el valor parar mirarme a la cara.
Vacila al observar mi rostro impertérrito, pero aun así acaba decidiéndose por acortar la distancia que nos separa y me acuna la cara entre las manos, como desafiándome a apartarme.
No lo hago y pronto me pierdo en ese verde menta que para mí es el color de este verano, del Campamento White Yarrow.
Un color que me ha acompañado hasta en sueños, víctima de su hechizo.
Verde hoja, verde bosque, el color más puro de la naturaleza, su esencia misma.
Poco a poco, siento cómo la máscara se me cae a pedacitos; él también debe notarlo porque, antes de que pueda procesarlo, sus labios están sobre los míos.
Cuando no creía que eso fuera a ser posible, este beso se diferencia, una vez más, de todos los que nos hemos dado hasta la fecha: es más fiero, más desesperado; siento que Devon desea con todas sus fuerzas retenerme junto a él, atarme para siempre, parar el tiempo, evitar la despedida...
Por un momento, me dejo llevar y se lo devuelvo con un ansía desmedida, como si estuviera perdida en medio de un desierto y él fuera un oasis.
Lo quiero todo, lo quiero a él y no quiero que esto acabe.
«Parte del proceso de maduración consiste en dejar ir, en aceptar que hay personas que son parte de tu historia, pero que no tienen por qué formar parte de tu futuro».
Las palabras de la bruja tras leerme los posos de té me retumban en la cabeza, alto y claro, como un aviso para que abandone las nubes en las que me he instalado y vuelva a pisar tierra firme.
Me aparto bruscamente de Devon.
—¿Qué te pasa? —me pregunta con la voz tiznada de preocupación—.
Llevas un día muy raro, pensaba que antes, en el bosque, era por el estrés de lo de Kiara, pero cuando has llegado aquí hace un rato...
—Devon traga saliva y la nuez se le mueve en el cuello, arriba y abajo, como si se atragantara con las palabras.
—Yo… Verás… —Las mías también se me atoran en la garganta y siento la lengua de trapo.
«Tú puedes, Cece. Es por tu bien, por el suyo, por el de todos. Tienes que dar un paso al frente. Estoy contigo. Estamos a tiempo », me apremia Lia.
—Tenemos que hablar —suelto del tirón, incapaz de retenerlo más.
— ¡ Uf! —se lamenta Devon—. Me he tragado demasiadas películas para saber que nada que empiece por esa frase puede acabar bien, pero, antes de que digas nada, deja que yo lo haga primero.
—Es que… No sé si…
—¡Te quiero! —me interrumpe agarrándome las manos, y el mundo se me cae a los pies—. Sé que suena peliculero, y manda narices, justo después de lo que acabo de decir, pero tienes que saberlo.
El agarre me quema, pero no consigo soltarme.
—Di algo, por favor —me suplica, pero yo me he quedado muda—.
¡ Mierda! Estoy siendo ridículo, ¿verdad?
Estarás pensando que se me ha ido la pinza, pero te juro que nunca he estado tan seguro.
Por eso no quiero que lo nuestro acabe. Puede que el campamento llegue a su fin, pero eso no significa que esto tenga que terminar.
—Devon… —susurro, porque al parecer es todo lo que puedo decir. Se me retuerce el corazón. Me lo está poniendo muy difícil.
—Acabo de terminar el instituto y no me he matriculado en la universidad todavía.
He empezado a trabajar para ganar dinero porque quiero tomarme un tiempo antes de decidir qué voy a hacer a continuación, pero una cosa tengo clara: ¡Voy a salir de este pueblo!
Quizá me mude a la ciudad, donde habrá más oportunidades de trabajo, de dedicarme a lo que me gusta: la música.
Sé que es complicado, pero no voy a renunciar a mi sueño.
Alguien que me importa mucho me dijo una vez que tengo un don que debo compartir, y yo la cre í .
Y entonces lo siento: una daga que se me clava en el corazón y me abre en canal.
Esa fui yo.
—Trabajaré incansable hasta conseguirlo y, mientras, tú acabarás tus estudios —insiste—. Lo tengo todo pensado. Te voy a esperar, Cece, ¿me oyes? ¡Este es nuestro camino y lo recorreremos juntos!
«¡Madre mía! No puedo con tanto drama. Cece, tienes que actuar. ¡Reacciona!», me insta Lia.
El dolor que me desgarra el pecho es tan salvaje que las primeras lágrimas me asoman por los ojos, aunque me esfuerzo por retenerlas.
Me encantaría decirle que sí a Devon, sí a todo.
Una vida juntos es lo que nos merecemos, una segunda oportunidad que he anhelado siempre; es una certeza que me golpea por dentro aún sin saber de dónde viene.
Y, sin embargo, voy a permitir que se me escurra de entre los dedos como si sus palabras estuvieran hechas de agua.
Debo dejarlo ir. Es mi destino, ese en el que había dejado de creer y que regresa ahora con la fuerza de un huracán, burlándose de mí.
— ¿Cece? —me suplica Devon sin dejar de escrutarme con esos ojos que ahora mismo reflejan un maremoto de emociones contenidas.
Yo me veo obligada a bajar los míos pues si no lo hago, me perderé en esas dos esmeraldas verdes que son una luz entre la oscuridad, para mí, y muy pronto para muchos otros.
«¿Sab es qué es lo peor, Lia? Que estoy a punto de romperle el corazón y ni siquiera puedo contarle la verdad.
No puedo confesarle que lo que estoy a punto de hacer es por su bien, que yo también le quiero, que le quise incluso antes de que él comenzara a interesarse por mí, que siempre lo voy a querer » .
«El amor duele, pequeña, pero lo superaremos. Lo haremos juntas, lo que está en juego es mucho más grande que nosotras».
Las palabras de Lia acaban por convencerme, la decisión está tomada.
—Lo siento, pero yo no siento lo mismo —suelto sin anestesia, desasiéndome de su agarre.
Las palabras me desgarran la garganta al salir por la boca y, cuando creía que no soportaría un tormento más, la herida sangra a borbotones y amenaza con ahogarme.
Pero lo que siento no es nada en comparación con la manera en la que Devon me está mirando ahora, como si me viera por primera vez, como si fuera una extraña que acaba de cruzarse en su camino.
La luz de su mirada se apaga, abre y cierra la boca como un pez fuera del agua y una nueva emoción se le instala en el rostro: dolor. Puro dolor.
Devon retrocede dos pasos.
—Yo no… —tartamudea—. No lo entiendo.
Saco fuerzas de donde no las hay y me ciño al papel.
—Ha sido bonito mientras ha durado, pero los dos sabemos que lo nuestro no iba a llegar a ningún sitio. Pertenecemos a mundos distintos.
—¿Hablas en serio?
—Me temo que sí —sentencio, aunque la voz me tiembla.
Nuevas emociones amenazan con barrer a Devon y veo cómo se debate ente la incredulidad y la ira.
—No te reconozco, Cece —reflexiona.
No le contesto, no puedo hacerlo. Ni siquiera yo sé quién soy ni hacia dónde voy, pero sí sé cómo debo llegar hasta allí.
—Es lo mejor —acierto a decir.