CAPÍTULO 28 #2
—Tenía que avisar a un superior —insiste—. Me daba miedo que te perdieras o te pudiera pasar algo. El bosque puede ser un sitio superpeligroso por la noche. Una vez, mi hermano Seb me contó que…
—Ya está, Minnie —la corto—. No te preocupes, lo entiendo. Gracias por preocuparte por mí.
Mi amiga me sonríe y todo resto de enfado se disipa. Muerdo un trozo de sándwich y me relamo del gusto. Esto sí es confort food para mi alma rota.
—Y ahora que ya tienes tus necesidades básicas cubiertas. ¿Te importa contarnos qué ha pasado con la niña? ¿La habéis encontrado? —insiste Kennedy—. ¿A que yo tenía razón? ¿Se había escondido por diversión?
—¡Déjala respirar, Kennedy! —la regaña Minnie, dando una palmada que hace que todas nos sobresaltemos. Sobre todo Violet que, distraída a su lado, pega un brinco y se lleva una mano al pecho.
—¿Estás bien? —le pregunto con la boca llena.
La morena no tiene oportunidad para contestarme, porque Nicky, que acaba de reaparecer, nos lleva al orden a todas. Esta noche han preparado cinco grandes hogueras, una por cada grupo de edad. En algunas de ellas las chicas asan nubes, en otras cantan canciones de campamento y…
«Es todo tan Disney Channel que voy a potar», opina Lia.
«Estás un poco obsesionada con ese canal, amiga» .
«¿Tú crees? Porque el nivel está alto, drama queen ».
«¡Yo también te quiero, petarda!».
La respuesta de Lia es una mueca de asco, o así es cómo la visualizo, pero creo que en realidad oculta una sonrisa. De alguna manera eso me hace sentirme mejor.
—Bienvenidas a la última hoguera de campamento —anuncia Nicky, sacándonos de la conversación—. Lo primero que vamos a hacer hoy es escuchar vuestras propuestas de mejora. ¿Qué os ha parecido el campamento? Soy toda oídos.
—Deberíais organizar a las campistas de otra manera en Supervivencia y naturaleza —intervengo sin poder evitarlo—. Las agrupaciones mixtas ayudan a que los alumnos aprendan los unos de los otros y, además, está muy feo eso de etiquetar.
La cara de Nicky es un poema, pero un murmullo general confirma que mis compañeras están conmigo. Al otro lado de la hoguera, Savannah me guiña un ojo.
—Y ya puestos —se envalentona Minnie—. Deberíais considerar la posibilidad de crear un campamento mixto, no solo de chicas.
Total, ya hay monitores de ambos sexos, no tiene ningún sentido disgregar a las campistas por su género —puntualiza, utilizando un vocabulario de lo más académico—.
¡Hace dos años que entramos en el nuevo siglo, por favor!
Bueno, eso último no ha sonado tan formal, pero ha surtido el efecto que buscaba: todas las chicas apoyan la moción con gritos de entusiasmo y corean el nombre de Minnie, que se pone roja como un tomate.
Me siento superorgullosa de ella. Todavía recuerdo el día en que hablamos sobre el tema en una de nuestras conversaciones en el porche.
Me maravilla comprobar que yo no he sido la única que ha evolucionado durante esta experiencia.
Minnie ha roto ese cascarón de timidez en el que se escondía y no puedo ocultar mi gozo.
Me siento tan llena ahora mismo que mi pesar desaparece del todo: si me dijeran que aquí se acaba todo, lo acataría sin rechistar, pues cada pieza parece haber encajado en su lugar.
—Me hago pis. Ahora vuelvo —se excusa Violet, interrumpiendo mi reflexión interna mientras a nuestro alrededor se desata un acalorado debate.
El destello que provoca el crepitar del fuego, ilumina las mejillas de la morena al pasar junto a la fogata y me parece ver algo en su rostro, lo que me lleva a pensar que quizá haya alguna pieza rebelde que todavía no ha encontrado su hueco.
La partida no ha terminado.
—¡Cece! ¿Has visto eso? —Kennedy me pasa una mano por delante de la cara.
Al principio creo que se refiere a nuestra amiga, pero su dedo apunta al resto de campistas a nuestro alrededor.
Todo el mundo parece estar pasándoselo genial, exprimiendo las últimas horas del que seguro será un campamento que recordarán de por vida.
Paseo la mirada por los diferentes grupos hasta llegar al de Kiara.
La pequeña está entre ellas, pero la atención de las niñas está en otra parte.
El corazón me da un vuelco al distinguir a Devon tocando la guitarra para ellas. No alcanzo a escucharlo bien desde mi posición, pero sus labios se mueven al compás y mi cerebro evoca una cadencia de voz tan dulce que podría hacer la competencia a la de los ángeles.
—¿Qué mosca le ha picado a Violet? —pregunta Minnie, obligándome a apartar la mirada de la hoguera de las niñas.
—¿A qué te refieres? —le contesto con cautela.
—No sé si te has fijado, pero me ha parecido ver que estaba llorando.
«Mierda, es verdad. Me he distraído de lo importante una vez más».
—Violet nunca llora —interviene Kennedy—. Estás como una regadera. Seguro que se le ha metido el humo en los ojos y ha ido a retocarse el maquillaje.
—¿En un urinario portátil? —apunta Minnie.
—También tienen espejo —le rebate Kennedy.
—¿Sabéis qué? —las interrumpo—. Tanto hablar de pis a mí también me están entrando ganas. Ahora vuelvo.
Minnie me mira raro, como decidiendo si estoy mintiendo o no, pero entonces Kennedy le pega un codazo y señala hacia la hoguera de las niñas, donde Devon sigue tocando. Mi mejor amiga asiente y ambas me dejan marchar sin pedirme explicaciones.
¡Van listas si creen que estoy escabulléndome para ir al encuentro del skater boy ! Al menos, no es mi intención en este momento. Pero, por otro lado, no podría ser más oportuno, así no sospecharán de adónde me dirijo en realidad.