CAPÍTULO 28
Con la mochila firme a la espalda, la linterna en una mano y la brújula en la otra, regreso hasta uno de los senderos conocidos y, con mucho esfuerzo y algún que otro rodeo extra, consigo orientarme para llegar a las inmediaciones del río.
La quietud del lugar, tan solo alterada por el sonido de la corriente de agua que discurre despacio, no sirve para calmar mis nervios.
Apunto con la linterna arriba y abajo, desesperada, intentando arrojar luz entre tanta sombra y retengo la respiración cuando el haz de la misma se posa sobre una silueta hecha un ovillo junto a un matorral.
No puede ser…
Asustada me lanzo a su lado y solo suelto el aire cuando compruebo que la figura respira: es una niña y parece dormida. Los mechones de pelo rojo que le caen sobre el rostro, semiocultando unas manchas purpuras que le pintan las mejillas, confirman mi teoría.
—¡Kiara! —grito mientras me agacho y la estrecho con fuerza entre los brazos.
—¿Cece? —pregunta la niña, aún adormilada—. ¡Me estás ahogando!
—¡Ay, lo siento! —Le doy un poco de espacio, pero sin retirar una mano de su hombro—. ¿Estás bien? ¿Estás herida?
—¿Qué? ¿Por qué dices eso? —Kiara se frota los ojos.
—Llevamos horas buscándote. —La miro a la cara, buscando algún rasguño, pero parece estar bien—. Estábamos muy preocupados. ¿Qué haces aquí sola?
—¡Oh, oh…! —se lamenta—. He venido después de ducharme. Quería recoger moras para compartir con mis compañeras en la hoguera de esta noche, pero luego me ha entrado mucha hambre y me he comido algunas y estaba muy cansada por los juegos y… ¿Me he metido en un lío?
Su inocencia me hace sonreír por primera vez esta noche.
—¡Claro que no! Aunque tenemos que volver —la apremio con dulzura y las dos nos ponemos de pie—. Pero antes, dime una cosa: ¿no habrás huido aquí por tus compañeras? ¿Han vuelto a molestarte?
—¿Qué? ¡No! —Kiara abre mucho los ojos—. Eso solo fue una «nonatada ». Quería contártelo el otro día, pero no me hacías caso .
Se me encoge el corazón al escucharla.
—En cuanto a eso… lo siento mucho, Kiara. Sé que he estado un poco distraída estos días. ¿Me perdonas?
—¡Pues claro! —responde sin pensárselo, como si no tuviera importancia ninguna—. Ya te dije que mi mamá siempre dice que todos cometemos errores. No pasa nada.
Ojalá todo fuera tan fácil como tratar con Kiara.
—En cualquier caso… —Le pongo las manos en los hombros y la miro fijamente—. Las novatadas son peligrosas porque puedes hacer daño a la gente y, además, están prohibidas. Deberías hablar con Danielle para explicarle lo que me contaste a mí. Es un asunto más serio de lo que crees.
—¡Cece! ¡Kiara! ¡Joder! Estáis aquí.
Devon irrumpe en escena como un caballo salvaje saliendo al rodeo. Lleva el pelo más revuelto que de costumbre y la preocupación en el rostro lo hace parecer mucho más mayor. Creo que es la primera vez que soy consciente de los dos años que nos separan y el mundo que eso supone a esta edad.
Ahora que Lia ha vuelto, algunos pensamientos que había apartado regresan también. Me fijo en la camiseta arrugada de monitor de Devon. Las normas eran claras, su rol de profesor también. Y todo lo que hemos hecho hasta ahora podría haberlo metido en un lío.
Nos alumbra con la linterna y me protejo los ojos, intentando procesar si ha llegado hasta aquí extrayendo las mismas conclusiones que yo.
Sin embargo, las explicaciones no llegan y cuando Devon se arrodilla delante de la pequeña y la observa detenidamente, comprendo que eso no es la prioridad ahora.
—¿Estás bien? ¿Estás herida? —le pregunta.
—¿Por qué todo el mundo me pregunta lo mismo? ¡Os repetís! —replica Kiara.
Devon esboza una cálida sonrisa y me mira. Ahora sí, es momento de preocuparse por mí. Soy capaz de leer la pregunta silenciosa que se ha perdido en sus labios.
—Yo también estoy bien —aseguro, pero él no se lo traga.
—¿Has estado llorando?
¡Mierda! ¿Por qué tiene que ser tan observador?
Devon se aparta de Kiara con delicadeza, se acerca a mí y me acuna el rostro entre sus grandes manos. Se me forma un nudo en la garganta.
—¿Qué ha pasado? —me pregunta con un cariño tan genuino que se siente como una patada en el estómago.
Sin dar explicaciones, le retiro las manos y lo empujo despacio, apar tándolo.
—Oye, ¿qué mosca te ha pic…?
—¿Cómo sabías que estábamos aquí? —lo interrumpo, intentando desviar el foco de atención.
Devon consigue recomponer la expresión, pero a estas alturas lo conozco demasiado bien y sé interpretar las señales: la espalda envarada y la forma en que aprieta la mandíbula, como si quisiera contener todas las emociones del mundo, lo delatan.
—Minnie vino a buscarme y me contó que te habías marchado en dirección al bosque —dice. Yo rechino los dientes y decido que tengo una conversación pendiente con mi supuesta mejor amiga—. Enseguida pensé en el río. No sé por qué, puro instinto supongo.
«Instinto… Mmm, llámalo X», rezonga Lia.
—Lo que no entiendo es qué estabas haciendo tú aquí, señorita, —añade, volviéndose hacia Kiara—. Creo que me debes una buena explicación.
Parece que la maniobra de distracción ha dado sus frutos.
—Vosotros sí que me debéis una explicación. ¿Sois novios?
No doy crédito a su atrevimiento.
—¡Qué tonterías dices! —me pongo muy rígida—. Devon es nuestro monitor y, además, ¿no ves lo mal que le queda esa melena hippie que lleva? ¡Ni de coña saldría con alguien que parece haberse quedado anclado en los sesenta!
No sé si Kiara ha entendido la broma, pero se ríe, y eso me indica que ha mordido el anzuelo. Devon, por el contrario, me mira enfurruñado, decidiendo si merece la pena discutir conmigo ahora o no. Al final, opta por esconderse en el rol de monitor.
—Bueno, se acabaron las chácharas, chicas. Las dos de vuelta al lago. ¡ Delante de mí donde pueda veros! —nos ordena—. Y, Kiara, sigo esperando una explicación; tienes todo el camino para contarme por qué te has escapado.
El trayecto de vuelta fluye en un incómodo silencio solo interrumpido por el rato que Kiara emplea en dar las mismas explicaciones que me ha ofrecido a mí, las cuales se ve obligada a repetir delante de los dos monitores jefe una vez llegamos a la zona de acampada junto al lago.
Lamento que la directora Felicity no esté aquí hoy, porque sería todo más sencillo.
Así las cosas, ni siquiera yo me libro del interrogatorio y acabo confesándoles que fui en su busca por mi cuenta y riesgo, sin implicar a nadie más.
—Estoy bastante decepcionada con usted, señorita Ross —me reprende Kevin, el hermano de Trisha, en un tono excesivamente formal y que choca mucho con el de su hermana—.
Creo recordar que todas las Hermanas Mayores les advirtieron de que no se movieran de aquí.
De no haber sido por el monitor Carter, no sé qué habría sido de ustedes.
—En realidad, fue Cece, digo… Cecelia Ross la que encontró a la pequeña Kiara Colvin junto al río. Lo mío fue suerte —interviene Devon, esforzándose por mantener el tono de su superior—. Gracias a ella, la niña está a salvo.
—¿Y cómo sabía usted que ella estaría ahí, Cecelia? —me exige, sin dar el brazo a torcer.
—¡Fácil! Es mi compañera de clase y me ha contado muchas veces que le encantan las moras.
Sabía, por la guía de campo, pues he aprendido mucho a pesar de estar en el nivel más bajo de Supervivencia —añado a propósito—, que las zarzamoras silvestres prefieren las zonas húmedas, por lo que no es raro verlas crecer en los márgenes de ríos o arroyos.
Así que solo tuve que sumar dos más dos —concluyo orgullosa.
Para entonces, Trisha está tan impresionada que abre la boca de par en par y Devon se muerde el labio inferior conteniendo la risa. Kevin levanta tanto las cejas que las gafas se le deslizan nariz abajo, pero se recompone rápido.
—¿Y eso es todo? —insiste.
Me tomo unos segundos para responderle. Estoy entre la espada y la pared, pero, tras la charla con Lia, he comprendido que debo redoblar mis esfuerzos si quiero enmendar mis errores, así que confieso:
—Creo que Kiara también quería contaros algo más al respecto de por qué ha salido huyendo al bosque, porque no es la primera vez.
—Traidora —me acusa la niña entre dientes, aunque no parece enfadada, sino quizá hasta aliviada, como aquel que sabe que actuando correctamente podrá al fin quitarse un peso de encima. Es una sensación compartida.
—Soy toda oídos, señorita Colvin.
Veinte minutos más tarde, aclarados todos los puntos, nos dejan marcharnos.
No nos hemos librado de la bronca, pero hemos salido impunes.
Al final, incluso el duro de Kevin ha sabido ver que yo había obrado con buenas intenciones y bueno, tampoco es que tenga mucho sentido castigarnos ahora cuando apenas quedan veinticuatro horas de campamento.
Además, nos han prometido seguir muy de cerca el tema de las novatadas, especialmente cuando llegue la nueva remesa de campistas el próximo domingo, para cortarlo de raíz incluso antes de que se pueda gestar.
Cuando salgo de la tienda en la que ha tenido lugar la charla, me marcho sin atreverme a mirar a Devon. Él tampoco hace amago de hablarme, ni mucho menos de retenerme.
«Chico listo. Si sabe lo que le conviene, no volverá a dirigirte la palabra en lo que queda de noche. Demasiados ojos puestos en él», indica Lia.
«Es mejor así», intento convencerme, aunque me sienta como ese último bolo que, al ser derribado, marca el fin de la jugada. Desde su punto de vista, ha perdido, a pesar de que gracias a él alguien haya ganado.
Con el ánimo bajo, recorro la zona de acampada en busca de mis amigas y no tardo en hallarlas alrededor de la que será nuestra última hoguera.
—¿Qué ha pasado? —Kennedy corre hasta mí—. ¡Ya tardas en ponernos al día!
—Lo siento mucho. Te he guardado un sándwich —me informa Minnie, ofreciéndome el bocadillo a modo de disculpa.
Lo tomo entre las manos y compruebo que está hasta los topes de mayonesa de arándanos. Muy a mi pesar, sonrío.