CAPÍTULO 27
—¡Bienvenidas a la última jornada de diversión en el campamento!
Hoy aprovecharemos la cercanía del lago para realizar una serie de juegos de agua —anuncia Trisha—.
La novedad de estos juegos es que no van a ser competitivos y que, además, mezclaremos las edades —continúa—.
Queremos que el espíritu de unión y compañerismo que predica el Campamento White Yarrow vaya más allá.
Las actividades durarán todo el día, con una pausa para comer, y serán rotativas, es decir, mientras algunos equipos se encuentren en uno de los estadios, otros irán a uno diferente para evitar que coincidáis con demasiados grupos en el mismo lugar.
Tras mucho entusiasmo y alguna queja aislada, los monitores forman los equipos teniendo en cuenta nuestra trayectoria en el campamento.
En mi caso, tengo la suerte de compartir la experiencia junto a mis compañeras de guitarra, Kiara y Theresa, una chica con la que coincido en equitación y otra que va conmigo a tenis.
La parte peliaguda es que el monitor que han asignado a nuestro equipo es Devon.
—Bien chicas, la primera prueba es facilísima —nos dice, evitando mirarme —. Se trata de la Brigada de Cubos: tendréis que poneros en fila india y derramar un cubo de agua por la espalda de tal forma que caiga en el cubo vacío de la que está situada atrás.
—¿Fácil? ¡Eso es imposible, profe! —se queja Kiara.
—Hay un truco, Kiara —la tranquiliza—. No hay reglas para organizar la fila, así que os ordenaré de mayor a menor altura, de tal forma que la distancia a la que estará el cubo de la persona de atrás, no será tan grande y conseguiréis que no se derrame tanta agua.
—Si tú lo dices… —comenta otra de las chicas.
—¡Venga! ¡Podemos hacerlo, chicas! —las animo—. Solo tenemos que alinearnos bien y hacerlo despacio. Además, no nos jugamos nada; recordad que no es una jornada competitiva, sino para pasarlo bien.
Con mi pequeño discurso motivacional me gano una mirada aprobatoria de Devon que acaba funcionando como el mejor de los incentivos, pues, tras unas cuantas rondas y, aunque nadie se ha salvado de mojarse, hemos sido de los equipos que han conseguido llegar con más agua hasta el final.
No ganamos nada, pero nos da el estímulo necesario para darlo todo en las pruebas sucesivas.
En las carreras de relevos con vasos de agua, Kiara se escabulle entre las chicas más mayores y acaba llegando la primera a la meta.
Está eufórica, así que evitamos mencionar el hecho de que apenas queda una gota de agua en su recipiente.
El éxito se repite en la búsqueda del tesoro subacuática, donde Theresa nos sorprende a todos con su capacidad de buceo y la habilidad para dar con los objetos escondidos en la zona poco profunda del lago.
Sin embargo, ya por la tarde y en el partido de béisbol con globos de agua, nuestra suerte se acaba: uno de mis primeros tiros se desvía tanto que el globo acaba estrellándose de pleno contra las piernas de Devon, que observaba el desarrollo del partido un poco apartado del grupo.
Durante un par de segundos, todas mantienen la respiración y el silencio se adueña del improvisado campo que compartimos junto a otros equipos.
De repente, una voz que sale de la nada, grita: «¡Batalla de globos de agua!
» y se desata la guerra. Una guerra sin bandos donde todos arremeten contra todos: monitores, Hermanas Mayores y campistas.
En medio del caos, me quedo paralizada en el centro del campo hasta que el impacto de un globo me empapa el pelo y me saca del aturdimiento.
Con la boca abierta de la impresión, consigo limpiarme el líquido que me impide ver con claridad justo para distinguir a Devon por el rabillo del ojo. Está más cerca y se parte de risa.
— ¡Eso ha sido un golpe bajo! —me quejo.
—Más bien ha sido un golpe alto —apunta entre risas—. Considéralo mi venganza.
— ¡ Yo no lo he hecho aposta! Es solo que, bueno, ya sabes que mi puntería no es la mejor.
—Sí, me he dado cuenta en Tiro con arco. Eres un poquito torpe.
—¡Serás capullo! —me indigno—. He mejorado un montón desde el principio.
—Si por mejorar te refieres a que ahora aciertas en la diana en lugar de darle al árbol más cercano, sí, entonces has mejorado.
—¿En serio quieres que sigamos por ahí?
Aunque sueno molesta, estoy encantada. Nuestros tira y afloja con tensión del principio se han transformado en una especie de juego cómplice en el que cada uno desempeña un papel. Vaya, que esto es más una dinámica de seducción que otra cosa.
Sin esperar su respuesta, agarro un globo de agua que todavía sigue intacto y le apunto directamente a la cabeza.
—¡Ah, no! ¡ Ni se te ocurra, Cecelia! —me amenaza, utilizando mi nombre de pila a propósito.
—¿Tienes miedo de que tu maravillosa melena queda echa un desastre? —lo provoco.
—¡Agua va!
Por un momento creo que Devon se me ha adelantado, pero no es su voz la que ha proferido la amenaza, sino la de Kiara, que aparece de la nada cargada con dos globos de agua enormes.
Lo que ocurre a continuación lo observo casi a cámara lenta: Kiara levanta los brazos; los largos rayos de sol le iluminan la cabellera pelirroja y resaltan las pecas de su rostro (que parecen haberse duplicado tras tantos días al aire libre) .
Una sonrisa malvada se le pinta en la boca desdentada cuando prorrumpe en una risa de villana y…
los dos globos se dirigen hacia mí con una puntería que ya quisiera yo.
Instintivamente, me tapo con un brazo y me preparo para recibir el impacto, pero este nunca llega.
Devon se interpone en nuestro camino, recibiendo ambos golpes.
—¡Oh no, estoy muerto! —exclama en tono teatral, tirándose al suelo.
El agua le gotea desde la cabeza hasta los pies y hace que la ropa se le llene de barro, pero a él no parece importarle—.
¡La despiadada pirata Kiara Sonrisa Malvada me ha derrotado!
¿Qué voy a hacer ahora? ¡Grumete Cece, sálvate mientras puedas!
Kiara se parte de risa y, agarrando un poco de barro del suelo, se pinta dos franjas marrones en ambas mejillas.
—¡Soy invencible! —clama orgullosa, alzando el mentón.
Mientras tanto la batalla se ha encarnizado y, al echar un vistazo a mi alrededor, veo que nosotros tres no somos los únicos que hemos acabado perdidos de agua y barro.
A pesar de ello, todos se ven más contentos que nunca, al menos hasta que la aparición repentina de Trisha detiene el juego.
La monitora jefa no parece enfadada, aunque sí sorprendida de cómo se nos ha ido de las manos, sobre todo a los supuestos responsables.
Acaba por mandarnos a todos a asearnos a las duchas del campamento.
La cola es enorme, así que acabo saliendo de los baños de las últimas y, cuando emprendo la vuelta a la zona de acampada junto al lago, ya está cayendo la noche.
Allí me encuentro con un revuelo inusual en el ambiente.
Algunos monitores corren de un lado para otro, hay grupitos cuchicheando y las Hermanas Mayores intentan poner un poco de orden entre tanto caos.
Decido no darle mayor importancia; seguro que están organizándose para la cena (es más complicado hacerlo aquí que en las cómodas instalaciones del pabellón).
Pero cuando me acerco a las chicas, empiezo a sospechar que está pasando algo raro. Casi puedo ver los rayos de furia que emanan del cuerpo de Nicky.
—¡Mira! ¡Ahí la tienes! —la interrumpe Kennedy, señalándome.
—¿Dónde te habías metido, maldita sea? ¿Por qué nunca estás donde tienes que estar? —Parece a punto de estallar.
—Había cola para ducharse. Tampoco es para tanto…
—No es para tanto, dice. ¿Sabes quién lo pagaría si te pasara algo? ¡Yo, Cece! Yo sería la primera responsable. Con la que está cayendo solo nos faltaría que alguien más desapareciera.
—¿Alguien más? —me extraño—. ¿Qué ha pasado?
—Nada que te incumba —gruñe Nicky, intentando mantener la calma. Aunque su mirada escurridiza cuenta otra historia—. Ayuda a tus compañeras a servir la cena; el personal de cocina necesita que echéis una mano, los demás estamos… ocupados. ¡Y no os alejéis del campamento!
Nicky se gira para marcharse con tanto ímpetu que, si fuera un animal salvaje, estoy segura de que nos habría golpeado con la cola.
—¿Me podéis explicar qué es lo que está pasando? —pregunto a mis amigas.
—Ni idea —Minnie se encoge de hombros—. Todos están muy alterados, pero no sabemos la razón. Las Hermanas Mayores han estado contándonos una a una y Nicky se ha cabreado un montón cuando no te ha visto.
—Es todo muy raro. Bueno, que Nicky esté enfurruñada no, ese es su estado natural… —añade Kennedy y se me escapa una risita nerviosa—. Pero, ya me entiendes.
—Sí, aquí hay gato encerrado —murmuro—. ¿Os habéis quedado con lo que ha dicho?: «Solo nos faltaría que alguien más desapareciera». ¿Qué coño significa eso?
Las chicas intercambian miradas preocupadas, al menos Kennedy y Minnie, porque Violet mantiene la suya gacha, como si el suelo resultara de lo más interesante. Es raro que no nos haya deleitado con algún comentario mordaz de los suyos.
—¿Violet? —llamo su atención—. ¿Sabes algo?
—¿Qué? —Violet da un brinco y parece salir de su letargo—.
Ah, ya has vuelto. ¡Genial! ¿Has encontrado tu saco de dormir?
—pregunta, echando a andar hacia la zona donde se reparte la cena.
Es obvio que no le importa mi respuesta.
Además, lo del saco ocurrió ayer, y Violet ha visto c ó mo he dormido dentro de él esta noche: ¡ y ella pegada a mí!
Esto me huele raro: o bien no ha estado prestando atención a nuestra conversación o es que sabe más de lo que parece y está intentando hacerse la despistada.
Sea como sea, está claro que no tiene la cabeza en el mismo lugar que el cuerpo.
—¡Cece! —un grito a mi espalda interrumpe mi hilo de pensamiento—. ¡Por fin!
Es Devon, que se acerca corriendo. A diferencia de Nicky, él no oculta la preocupación en su rostro desencajado.