CAPÍTULO 26 #2
—Supongo que esto es todo. Tengo que volver al pueblo para la cena y tú tienes un fin de semana increíble por delante que sé que quieres aprovechar con Devon, así que no te entretendré más. ¡Disfruta dlo! ¡Nos vemos en otra vida!
—¿Perdona? —pregunto, atragantándome.
—Es solo una frase hecha, tía. Soy una bruja buena, no te preocupes, no voy a matarte —dice, guiñándome un ojo y dándose la vuelta decidida, sin mirar atrás.
La tarde ha volado. Tras montar la tienda de campaña junto a mis compañeras (compartiremos una cada cuatro, igual que las cabañas), hemos hecho una clase especial de yoga frente el lago.
Después, los cocineros del campamento, con la ayuda de monitores y Hermanas Mayores, han preparado una gran barbacoa que hemos devorado sentadas en círculos, charlando y riendo con nuestras compañeras del mismo grupo de edad.
Las chicas y yo estamos ayudando a limpiarlo todo cuando llega Savannah.
—¡ Showtime !
—¿Eh? —pregunto, dejando una bolsa llena de desperdicios en el suelo.
—¿No te has enterado? Esta noche habrá un espectáculo. Los del grupo de teatro hemos preparado una pequeña representación y creo que los de danza clásica también harán una demostración —explica Savannah—. Por eso vengo a buscar a Violet, ¿lista?
—Sí, supongo que sí —contesta ella, cerrando su bolsa de basura—. Ahora nos vemos, chicas.
—¡Rómpete una pierna! —le desea Kennedy.
Unos minutos más tarde, Minnie, Kennedy y yo nos abrimos paso entre la multitud frente a un improvisado escenario que han montado al otro lado de la zona de las tiendas.
—¿Te gusta el vestido que lleva? Fue idea mía —dice Minnie, orgullosa. No me sorprende; ella está en el grupo que dirige Mary Anne y que se dedica al vestuario.
Las campistas, que se han unido a nuestra compañera, representan una escena de una versión moderna de Romeo y Julieta . Sonrío al ver a Violet enfundada en un precioso vestido blanco con alas incorporadas. Vale, está claro que Minnie está obsesionada con esa película.
—Violet lo está haciendo genial —comento al observar la amplitud de sus gestos y cómo se mueve por el escenario.
—Mmm, no creas… Cuando representamos la obra completa el miércoles lo bordó, pero hoy la veo más insegura —susurra Minnie.
—Bueno, supongo que no será lo mismo hacerlo en un teatro de verdad con vuestro grupo como único testigo que aquí en medio del bosque y con todas mirando —la defiende Kennedy.
Minnie se encoge de hombros y zanja la conversación.
Aunque quiero seguir pensando sobre ello, mi atención se desvía pronto hacia otra cosa: acaban de dar paso a la representación del grupo de danza clásica.
Siento una punzada de envidia al verlas bailar y, un rato después, los pies se me mueven sin querer, como si rectificaran algunos movimientos que las chicas no acaban de ejecutar milimétricamente.
Me detengo con brusquedad cuando soy consciente de lo que estoy haciendo.
Cuando terminan, todas rompen a aplaudir a mi alrededor, y Trisha toma su lugar, haciéndose con el micro.
—Y ahora, lo que todas estabais esperando: ¡La fiesta! ¡Música maestro!
Las chicas se revolucionan cuando, a través de los altavoces, empieza a sonar la música.
En un momento me encuentro atrapada entre un mar de cuerpos que se mueven al ritmo de las canciones; desatados, liberándose, celebrando el final del campamento por todo lo grande, como prometieron las Hermanas Mayores.
No tardo en perder de vista a mis amigas e intento abrirme paso en su búsqueda mientras suena Whenever, Wherever , de Shakira, a todo volumen.
De repente, alguien me atrapa la muñeca y, moviéndose con la facilidad que yo no he conseguido, me aleja de la multitud.
No me resisto, pues podría reconocer ese tacto hasta con los ojos cerrados.
Cuando alcanzamos la zona boscosa y por fin nos quedamos a solas, mi secuestrador, lejos de soltarme, me sujeta la otra mano y se me queda mirando a los ojos, la travesura pintada en su refrescante mirada.
—Eso ha sido un movimiento muy arriesgado, soldado —le recrimino, aunque en realidad estoy esforzándome por sonreír como él.
—Es posible —reconoce Devon—, pero, como en el skate , si ejecutas bien tus movimientos, no tienes que temer la caída y aquí nadie ha salido herido.
—Aun así, alguien podría haberse dado cuenta —insisto.
—En ese caso le hubiera dicho que te estaba rescatando porque te estabas ahogando entre la marea.
—¡Qué caballeresco por tu parte!
—Tanto como cumplir mis promesas, y yo te hice una: te debo un baile.
—¿Y que será, noble caballero? —continúo con el juego—. ¿Un vals? Te advierto que soy bailarina, así que puede que los bailes de salón se me den igual de bien.
—¡Nada de eso! Escucha la letra y sigue mi ritmo —dice, señalando hacia el campamento, donde la música de Shakira continúa sonando a todo volumen.
Devon canta el trozo en el que la cantante habla de estar juntos cuándo sea y d ó nde sea, porque están destinados a ello.
Su intento de imitar el peculiar acento de Shakira es bastante pobre, pero lo compensa moviendo las caderas en plan sexy.
No puedo evitar sonreír, aunque siento una punzada de dolor en el pecho al mismo tiempo. Ojalá supiera si lo que dice será posible o no. Sin embargo, decido no pensar en ello ahora y me uno a su baile alocado hasta que ambos acabamos sudados y riendo a carcajadas.
—¡Estás loco! ¿Lo sabías? —lo acuso cuando consigo recuperar el aliento.
—Ríete todo lo que quieras, pero algún día seré una estrella del rock y te tendré comiendo de la mano. Ya lo verás.
El corazón se me encoge y me trago lo que pienso, que Devon no sabe hasta qu é punto esas palabras son certeras. Y eso me llena de orgullo tanto como me escuece.
—Ya me tienes comiendo de tu mano —contesto, esquivando la bala.
—Entonces, objetivo conseguido —resuelve, estrellándose contra mis labios.
Y es allí, bajo un manto de estrellas como testigo y sintiendo más que nunca que el tiempo avanza en mi contra como una locomotora sin frenos, que pienso que son estos pequeños recuerdos los que me llevaré a la otra vida cuando todo acabé, y no me refiero solamente a aquella que dejé atrás cuando regresé a este tiempo.
La mayoría de personas no tienen segundas oportunidades como la que se me ha concedido a mí, pero incluso en su caso, o precisamente por eso, es muy importante atesorar estos instantes.
Ahí es donde marcamos la diferencia, donde reside la auténtica magia.