CAPÍTULO 26
Llego con un cuarto de hora de retraso a la comida, así que no me sorprende ver a Nicky de pie frente a nuestra mesa.
Está de espaldas, enfrente de Minnie que, al ver que me acerco, me dedica una mueca que no sé interpretar.
Deslizo con disimulo la bandeja de la comida por la esquina más alejada de la mesa, intentando pasar desapercibida, pero no lo consigo.
—Gracias por honrarnos con tu presencia, Cece —ataca mi Hermana Mayor—. ¿Dónde te habías metido?
—Yo… estaba terminando de preparar mi equipaje, por si no me da tiempo el sábado cuando volvamos del lago.
Nicky suspira, pero parece que ha colado o que no tiene muchas ganas de discutir.
—En fin, como le estaba comentando a tus compañeras, a las cuatro en punto quiero veros a todas en el lago. ¡Y no os retras é is! ¡Lo vamos a pasar superbién! Acabaremos la fiesta por todo lo grande —completa, cambiando la cara de vinagre por una sonrisa falsa.
Miro a mi alrededor y la misma escena se repite en las diferentes mesas.
Aquí y allá, las Hermanas Mayores prometen a sus grupos que esta acampada va a ser poco menos que la bomba.
Está bastante claro que, como Devon, todas han sido bien instruidas por Trisha para ser las mejores animadoras del fin de fiesta.
Para mi sorpresa, parece funcionar, y para cuando mis compañeras y yo emprendemos la marcha hacia el lago unas horas más tarde, el ambiente del campamento se siente diferente, más distendido. Minnie, alegre, va enumerando en voz alta las cosas que vamos a necesitar, por si nos hemos olvidado algo.
—Espera, rebobina. ¿Qué es lo último que has dicho? —pregunto, distraída.
—¿El cepillo de dientes?
—No, lo de antes, Minnie.
—¿El saco de dormir?
—¡Eso! ¡Mierda! ¡Se me olvidado!
—¡Cece, pero si eso es fundamental —Kennedy me mira indignada—. ¿Es que no has aprendido nada en Supervivencia y naturaleza? ¿Acaso ese tal Paul no os ha enseñado lo básico?
Si ella supiera que todo lo que he aprendido no ha sido precisamente gracias a él …
—Bueno, no es para tanto, estamos al lado. Vuelvo, lo pillo y ahora os alcanzo.
—¿Te acompaño? —se ofrece Minnie.
—No, tranquila, voy y vengo en un tris. Después de cuatro semanas de idas y venidas no voy a perderme. ¡ Nos vemos allí!
—Como llegues tarde, Nicky te cortará el cuello y ya vamos muy justas. Debemos ser de las últimas —dice Kennedy—. Si Violet no nos hubiera retrasado tanto...
— ¿Qué culpa tengo yo ?
—Tía, no sé qué te pasa, pero hoy tienes la cabeza en las nubes y vas a paso de tortuga.
Violet frunce el ceño, pero no desmiente las palabras de Kennedy. Al parecer no soy la única que se ha dado cuenta de que parece más distraída de lo habitual.
—Venga, chicas, no discutáis. —Minnie intenta apaciguarlas con las manos—. Y tú, Cece, ¡acelera!
—Sí, mamá —contesto.
«¡Cómo quiero a estas chicas!», pienso cuando las veo marchar.
Y el pensamiento me sorprende un poco. Es increíble lo mucho que ha cambiado mi relación con ellas en este nuevo pasado.
Jamás habría imaginado que terminaríamos así después de todos nuestros encontronazos.
Cuando pensé en regresar al pasado para arreglar mi vida, solo tenía a Devon en mente, pero ahora me empiezo a preguntar si todo esto no habrá sucedido para que también las encuentre a ellas.
Son como mi pequeña nueva familia. Cada una, con sus más y sus menos, ha conseguido quedarse con un trocito de mí que nunca voy a reclamar de vuelta. Es todo suyo.
Con una sonrisa en los labios, retomo el camino de regreso lo más rápido que puedo.
Para cuando alcanzo el campamento, este se ha sumido en un denso silencio inhabitual.
Kennedy tenía razón: habremos sido de las últimas en abandonarlo.
Se me hace rarísimo verlo así y me recuerda a cuando Renata y yo lo visitamos justo antes de hacer el ritual: tenía el mismo aspecto abandonado que presenta ahora, con todos los edificios cerrados y los caminos desiertos.
De repente, un mal presentimiento me recorre la columna vertebral y empiezo a sudar.
A mi espalda oigo unas pisadas que crujen sobre el terreno, reseco por el calor veraniego.
Me giro como un resorte, pero los fuertes rayos del sol me ciegan, impidiéndome distinguir la silueta que avanza decidida hacia mí.
—¡No! Todavía me faltan unos días, es demasiado pronto, no vengas a por mí aún… —se me escapa.
—¿De qué estás hablando? —pregunta una voz que hacía días que no escuchaba.
Utilizo la mano derecha como visera y me encuentro cara a cara con Renata. Pero no la bruja adulta, sino la adolescente. No sé si sentir alivio al verla o entrar en pánico. ¿Qué hace ella aquí? La última vez que estuvimos juntas la cosa no acabó demasiado bien…
—¿Cece? ¡Cualquiera diría que has visto a un fantasma! Tía, solo soy yo, ¿ qué te pasa?
— ¿ A mí? Nada. —Intento mostrar seguridad, pero la voz me sale más bien estrangulada.
Renata suspira.
—No he venido a discutir contigo otra vez, si eso es lo que temes. —«No, no van por ahí los tiros»—. Estoy aquí porque acabo de hablar con Devon —«Ni mucho menos por ahí»— … y bueno, creo que te debo una disculpa.
—¿Y has venido a buscarme al campamento solo para eso? —pregunto, confusa.
—Devon me contó que os ibais de acampada. Entonces caí en la cuenta de que no habr á club esta semana y que tampoco volveréis ya por el pueblo porque bueno, esto se acaba para vosotras y, en fin, no me gusta dejar asuntos pendientes.
«Asuntos pendientes». ¿Es necesario que Renata hable como si estuviéramos en una lectura espiritual? No puedo evitar que se me ponga la carne de gallina.
—Pues has tenido suerte —contesto, armándome de valor. No sé por qué estoy tan inquieta. Solo es Renata, mi amiga, o al menos lo era hasta hace unos días—. Debería estar ya en el lago, pero se me había olvidado el saco de dormir y he vuelto a recogerlo.
—Eso es genial. Te acompaño y hablamos.
Me encojo de hombros y retomo el camino hacia nuestra cabaña en silencio. El paralelismo con ese otro futuro, que parece cada vez más borroso, es tan real que duele: ambas caminando por las inmediaciones del campamento vacío. Durante unos minutos ninguna dice nada, pero al final Renata se decide:
—Quería hablar contigo antes de que te marches para siempre.
«Para siempre». Esas palabras me resuenan en el interior como un gong que no solo marca el fin de una etapa, sino quizá el fin de mis días, al me nos como los conozco.
—Gracias por recordármelo —gruño.
—¡Ay, perdona! Ya me ha contado Devon que estáis todas de capa caída. Él también está hecho polvo, ¿sabes?
—Ah, ¿sí?
De repente, el interés se sobrepone al dolor.
—Claro que sí, tonta. No sé qué le has hecho, pero lo tienes enamorado hasta las trancas.
—¡Yo no le he hecho nada! ¡No escogemos de quién nos enamoramos! —me defiendo, haciendo mías las palabras que Devon me dijo no hace mucho y que ahora escuecen más que nunca.
—¡Tranquila! No era una acusación. En realidad, me alegro mucho por vosotros y por eso quería pedirte perdón por lo del otro día. Devon tenía razón, mi madre se pone muy intensa a veces. Además, los sueños, sueños son; a veces me olvido de que solo son un reflejo de nuestros miedos.
¡Uf! Si ella supiera que estos miedos son más bien supersticiones … y muy acertadas de hecho. Puede que en estos momentos esté delante de una Renata adolescente, una bruja todavía inexperta, pero es obvio que ya apunta maneras.
—La cuestión es —continúa— que Devon me hizo ver que di una impresión equivocada y esa no era mi intención.
Nunca he sentido nada por él que no fuera una bonita amistad.
Nos hemos criado juntos desde pequeños, eso ya lo sabes, somos como hermanos y, cuando sientes que atacan a tu familia, la defiendes con uñas y dientes.
—Yo no lo ataqué —protesto.
—Lo sé, y por eso lo siento todavía más.
Es solo que, bueno, tú te irás, él se quedará roto y, en fin, seré yo la que recoja todos los pedacitos.
Entre eso y los sueños… ¡ Vamos, que me ray é !
—Renata suelta una risa incómoda cuando llegamos a la puerta de la cabaña—.
Perdóname, Cece; eres una buena chica, pero el destino es ineludible. De eso no tengo ninguna duda.
Me vuelvo hacia mi amiga para enfrentarla.
Esos ojos morados, como de otra dimensión, que parecen capaces de calarme hasta el alma, me provocan una punzada de dolor en el corazón porque el temor que Renata me está transmitiendo, también es mío.
La semilla que he plantado debería ser suficiente para conseguir lo que vine a hacer aquí, pero me aterra que el campamento vaya a terminar: ¿ Qué será de nosotros cuando se separen nuestros caminos?
—No sé lo que nos deparará el destino. De hecho, ni siquiera estoy segura de que exista tal cosa. Devon y yo solo creemos en el camino —me sincero—. Pero si algo sé es que eres una buena amiga, Renata.
Y cuando digo esto, no solo estoy pensando en lo que ha pasado en estos días de campamento, sino en todo lo que Renata hizo por mí y en la segunda oportunidad que me concedió, aunque ella no lo sepa. Así que, sin poder esperar más, me lanzo a sus brazos y la estrecho con fuerza.
— ¿ Amigas para siempre? —Sonrío.
—Bueno, eso de para siempre… —Renata se aparta suavemente—. ¿Te acordarás de esta chica de pueblo cuando vuelvas a tu glamurosa ciudad?
— ¡Por supuesto! Nos escribiremos —le prometo—. ¿ Tienes AOL?
—¿Ese chat online? Sí, claro, aunque no lo uso mucho. Me gusta más el método tradicional, ya sabes, el de las cartas.
—¡Venga ya, Renata! ¿Eres mi madre? Dime tu usuario y te agrego al llegar a casa. ¡Espera, te doy mi móvil también!
Corro al interior de la cabaña, garabateo mi número en un papel y salgo con el saco de dormir bajo el brazo.
—Puedo mandarte algún SMS cuando vuelva a la ciudad y recupere la cobertura. Si es que llega hasta Beakend, claro… —caigo al darme cuenta de que posiblemente ella no tenga ni móvil.
Renata se ríe, aunque sigue teniendo expresión triste. Se guarda el papelito en el bolsillo de su falda vaporosa, larga hasta los pies.