Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 25 #3
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CAPÍTULO 25 #3

Para mi desgracia, conforme pasan los días, la cosa no mejora y la tristeza se va extendiendo por el campamento como una plaga silenciosa.

Vayas a la clase que vayas, predominan las caras largas y la atmósfera, de normal llena de vibras positivas, se ha vuelve irrespirable.

Así que, cuando el jueves nos liberan de la última clase de la mañana para que nos preparemos para la acampada a la intemperie de dos días de la que me habló Devon y que tendrá lugar junto al lago esta misma tarde, yo me apresuro a dejar mi mochila lista en un santiamén para escabullirme a Beakend.

Puede que sea una de las últimas oportunidades de estar con Devon a solas.

—¿Esto es en serio? —pregunto al ver que el skater boy ha acudido a la cita con el complemento que dio pie a su apodo.

Visto lo visto, agradezco no haberme puesto la falda vaquera hoy.

—El campamento se acaba y te prometí que te enseñaría a hacer un ollie . Y yo cumplo mis promesas. ¿Recuerdas las posiciones? —Devon me ofrece la mano y me invita a subir al monopatín.

—Respecto a eso… ¿tú no estás preocupado? —no puedo evitar preguntarle mientras atrapo su mano e intento recordar d ó nde iba cada pie, concentrada en no perder el equilibrio.

—No mucho. —Me agarra de la cadera y rectifica mi posición—.

Trisha dice que todos los años pasa lo mismo.

La última semana es complicada, pero para eso estamos los monitores: para conseguir que os olvidéis del drama y disfrutéis a tope de estos últimos días.

De ahí la acampada —con cluye haciéndome flexionar mejor las rodillas—. ¿Estás lista?

¿Lo estoy? ¿Acaso a él no le preocupa ni un poquito qué pasará con nosotros o solo está fingiendo para que no me sienta mal? En cualquier caso, tiene razón. Todavía quedan tres días.

«Confía en la semilla», me digo , repitiendo el mantra, que me ha acompañado toda la semana, con la esperanza de que surta efecto.

—Lista… o eso creo —claudico.

—De acuerdo, recuerda: mirada al frente. A la de tres pisa la cola, desliza el pie e impúlsate hacia arriba. Siente el monopatín como parte de ti misma, deja que acompañe cada uno de tus movimientos. Tres, dos, uno… ¡ahora!

Me concentro en el aquí y en el ahora, me anclo a esa tabla que es la esencia pura de Devon, esa que pienso llevarme esté donde esté, con o sin él, y de repente estoy en el aire.

En un segundo arriba y al siguiente abajo, de nuevo sobre el monopatín.

El golpe contra el suelo hace que el cuerpo me tiemble desde los pies a la cabeza y hago espavientos con los brazos para mantener el equilibrio.

Devon alarga la mano para evitar que me caiga, pero no hace falta esta vez, pues he conseguido regresar a la posición inicial.

—¡Toma ya! ¡Esa es mi chica! ¡Enhorabuena! Ya conoces el fundamento del skate , a partir de esta simple pirueta nacen todas las demás. Con un poco de práctica, puedes llegar a dominarlas todas.

—¡Enséñame más! —le pido, emocionada.

La adrenalina que he sentido en ese pequeño salto que apenas ha durado unas décimas de segundo me ha hecho sentir tan liberada que solo puedo pensar en cómo se ha tensado y destensado cada músculo de mi cuerpo.

Y gracias a eso, me he liberado de todo pensamiento intrusivo.

Es una sensación muy parecida a la que me ofrecía el ballet, ¡no recordaba cuánto me llenaba!

Devon me enseña algunos trucos sencillos más, con una paciencia infinita, y celebra cada diminuto avance como si fuera a ganar una medalla olímpica.

Su confianza en mí me cala tanto que en uno de los últimos movimientos me vengo arriba y estoy a punto de caerme, esta vez sí, de cabeza.

Por suerte, Devon acude a mi rescate en el último momento y ambos acabamos tendidos en el suelo, yo encima de él.

—¡Dios mío! ¿Estás bien? ¿Te has dado en la cabeza? —pregunto preocupada al ver que él ha amortiguado todo el golpe.

Devon me contempla con los ojos fuera de las órbitas, como si estuviera intentando entender qué es exactamente lo que ha pasado y, de repente, se echa a reír a carcajadas.

Estoy pensando en lo agradable que resulta verlo así tan a menudo cuando me pilla por sorpresa y estrella sus labios contra los míos.

Este beso sabe a sal por las lágrimas de risa que se deslizan por sus mejillas y que acaban humedeciéndonos los labios.

El aroma que desprende Devon, esa especie de olor marino de su gel de baño, me transporta al mar.

Es curioso porque Devon es un chico de bosque y, aun así, me acordaré de él cada vez que esté cerca de la costa.

De alguna manera eso me hace regresar a Los Hamptons, donde no tardaré en volver en apenas unos días, y de repente este beso se siente un poco como una despedida.

Creo que él siente lo mismo porque me besa con más ansia, más necesidad.

Me besa con los labios, pero también con todo el cuerpo, aferrándose a mí, quizá ocultando un: «¡por favor, no te vayas!

». Sin embargo, al igual que la mayoría de los barcos acaban regresando a puerto, no podemos prolongar esto eternamente.

Así que, cuando nos separamos para recuperar el aliento, Devon se levanta y me tiende la mano.

—Nos vemos esta tarde junto al lago. Te guardaré el último baile —me promete.

—¿Baile? ¡ No me fastidies que aquí también hacéis esas cosas! ¿No queda un poco raro? Pensaba que tostaríamos nubes y esas cosas.

Devon se carcajea de nuevo. Música para mis oídos.

—Eso también —reconoce—, pero me reservo un as bajo la manga. Te sugiero que no me presiones. Es una sorpresa y no querrás estropeártela, ¿no?

—Mmm, de acuerdo —acepto—. Nos vemos esta noche.