CAPÍTULO 25 #2
Los versos de Shakespeare en Romeo y Julieta acuden a mi mente.
Violet siempre será Violet, pero me alegra descubrir que hay algo más detrás de esa apariencia de pija insoportable que se cree por encima de todo el mundo.
Lo que me lleva a pensar que cuando yo llegué a ese campamento, Devon también me vio de esa manera.
Juzgar por el entorno del que procede alguien es como juzgar a esa flor por llamarse de ese modo.
No es real y sobre todo no es justo. Y creo que por fin estoy empezando a darme cuenta de eso.
«¿Quién es la inmadura ahora, Li a?».
—¿Cece? —Minnie me atrapa la mano con suavidad y me devuelve de nuevo a la realidad—. ¿Vamos?
Levanto la mirada, Violet y Kennedy están esperándonos en la puerta: mis compañeras de cabaña, mis nuevas amigas, mis amigas de verdad, de carne y hueso.
¿Qué importa si mi voz interior ha desaparecido?
No era real, pero esto sí lo es. Y tal y como decidí anoche cuando estaba con Devon, ya es hora de centrarme en el presente y no en el antes ni en el después. Carpe diem .
El fin de semana vuela y, en menos que canta un gallo, es lunes de nuevo, y no un lunes cualquiera, sino el que marca el inicio de mi última semana de campamento y mi cuenta atrás en este tiempo. Debo aprovechar cada minuto.
—¿Puedes no golpear tan fuerte con la raqueta, Cece? —me grita Caddy en clase de tenis—. Nos gustaría conservar nuestro material en perfectas condiciones para cuando empiece un nuevo grupo la semana que viene, gracias.
Pero mi inquietud continúa también en el segundo período, cuando me descargo contra las aguas del lago a golpe de remo en un intento de recuperar el control de mis pensamientos, que no paran de girar en espiral.
¿Por qué me está costando tanto esta vez cumplir con el propósito, que yo misma me he fijado, de disfrutar y no pensar en el tiempo que queda?
Es como luchar contra el quiero y no puedo.
Por suerte, al contrario que Caddy, Jonah no me riñe por mi impulsividad, sino que me felicita por mi energía: he batido mi propio récord de tiempo. Las chicas me abrazan y gritan emocionadas. Incluso Violet, que estaba en clase de vela no muy lejos de nosotras, acude a la orilla.
—¡Dame una C, dame una E, dame otra C, dame otra E! ¡Ceeeceee! —corea, sacando la animadora que lleva dentro.
El selecto grupito que conforma su extraescolar de los viernes y que también acude con ella a vela no tarda en acercarse, Savannah y Olivia entre ellas.
—No has estado mal, Cecelia —reconoce Savannah.
—Gracias.
—Cece es la caña —dice Violet, pasándome un brazo por el hombro. Yo aprovecho para darle un codazo entre las costillas—. ¿Pero qué…?
—¿No tenías que hacer algo? —susurro.
La sonrisa de la morena desaparece al instante; ahora sus labios conforman una fina línea recta, pero carraspea y procede según lo acordado.
—Oye… Lo siento, Savannah, me pasé en el juego de la soga. Me cegaron las ansías de ganar y no estuvo bien —se disculpa.
La cara de la rubia es un poema y tarda un momento en procesar lo que está escuchando.
—Entiendo por qué lo hiciste. En realidad, yo os provoqué llamándoos pringadas, así que disculpas aceptadas —reconoce Savannah.
—¿Y…? —le insta su amiga Olivia.
—Y me disculpo yo también —añade un poco a regañadientes.
—Yo también quiero disculparme. Me paso de competitiva a veces —interviene Kennedy.
—Y yo también —se une Minnie—. O sea, no es que sea muy competitiva, pero me vine arriba, como todas.
—Está claro que todas nos dejamos llevar —Savannah se gira hacia mí—. Salvo tú. Gracias por intentar ayudarme.
¿Yo? ¿Savannah habla en serio? Pero ¡ si no dejo de meter la pata!
—Cece es una chica especial, está claro que dejará huella en el Campamento White Yarrow —añade Kennedy—. Es una lástima que este sea nuestro último verano aquí, hubiera sido genial repetir al año que viene.
—¡Dios! ¡Es verdad! Este es nuestro último año, Ken. ¿Qué vamos a hacer sin el Yarrow? —se lamenta Violet.
—Encontraremos la manera de mantener el contacto —digo, y mis propias palabras me sorprenden.
Todas asienten y retomamos el camino hacia el campamento, como si jamás hubiera ocurrido nada malo entre nosotras.
A lo mejor no todas las adolescentes piensan que el mundo gira en torno a ellas, como suelen decir los mayores, todavía hay lugar para la hermandad en este loco universo.
Me siento mejor que nunca al comprobar que formo parte de él .
Quizá haya hecho algo bien después de todo.
Sin embargo, a pesar del momentazo, me doy cuenta de que Violet camina un poco cabizbaja y me coloco a su vera.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Sí, es que me da pena que esta sea mi última semana aquí. No había caído hasta que lo ha dicho Kennedy. No me apetece volver a casa. Allí todo es una puta mierda.
No sé qué me sorprende más: que la perfecta Violet haya soltado un taco o que me esté confesando que no quiere regresar a su hogar. Por lo poco que sé de ella, debe de tener una vida de ensueño en su mansión de la costa oeste.
—¿Puedo ayudarte en algo? —me ofrezco.
Salta a la vista que la Violet que creía conocer dista mucho de esta otra que se está dejando ver en los últimos días. Quizá su carácter fuera solo una coraza para escapar de lo que quiera que le espere a la vuelta. ¿Es posible que incluso esté empezando a sentir lástima por ella?
— ¡ Oh no, tranquila! Son tonterías —asegura, pero ¿por qué suena como si no lo fueran?
Sin embargo, no tengo tiempo de insistir más porque ya hemos llegado al campamento y, tras quitarnos las ropas mojadas en los baños, cada una toma una dirección diferente para asistir al último periodo de clases de la mañana.
Sigo pensando en Violet cuando llego a la clase de música. Allí no hay nadie todavía y Devon me da la bienvenida con un beso (que esta vez sí podría calificar se como morreo) que me arranca la preocupación de golpe.
—¡Para! ¡Qué nos van a pillar! Las otras chicas deben estar a punto de llegar.
—Vaaale… —cede Devon, acariciándome la espalda en un movimiento descendente que detiene justo antes de llegar al trasero, consiguiendo que un cosquilleo agradable se me instale en el estómago.
Por suerte, cuando Theresa y Kiara llegan unos minutos después, ya estamos sentados a dos sillas de distancia.
—¡Hola, Kiara! ¿Todo bien? Llevas mala cara.
¿Qué le pasa hoy a todo el mundo?
—¿Eh? —Sale de su propia ensoñación al tiempo que se adueña de la silla libre a mi derecha—. Sí, sí. Bien.
—Ahora que me acuerdo, el otro día ibas a contarme algo, ¿no?
No me trago que no le pase nada y me fastidia haber estado empanada con el skater boy y no haberle prestado atención últimamente.
—Ah, no pasa nada. Es que estoy triste porque el campamento se acaba.
¡Vaya! A este paso la lucha entre el «voy a disfrutar sin pensar en el antes o el después» y «pero es que esto se acaba» va a decantar la balanza hacia el lado equivocado. Todas parecen dejarse arrastrar por el desánimo y eso se pega, quieras o no. Este lunes no puede ser más atípico.