Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Kennedy se encuentra a tan solo un par de pasos de distancia y lleva la ropa deportiva; es obvio que regresa de su carrera matutina.

—Yo… pues… iba… venía… —balbuceo como una niña pequeña.

—No te molestes, Cece. Lo he visto todo.

—Kennedy acorta la escasa distancia que nos separa.

Me pregunto si con « todo » también incluye el beso—.

¡Lo sabía! Tenía mis sospechas de que te estabas viendo con alguien e intuía que había algo raro entre Devon y tú.

Ahora todo encaja, ¡y os estabais morreando!

Pues sí que lo incluía. Aunque técnicamente solo ha sido un beso fugaz y…

En fin, no es momento de matices. Aunque Kennedy ha sido amable los últimos días, esto es una pillada en toda regla, no hay manera de escurrir el bulto, y no tengo claro que vaya a mantener la boca cerrada.

Así que solo me queda apelar a la lástima.

—¿Te vas a chivar?

—¿Por quién me tomas? —se indigna—. Tú no le contaste a nadie lo mío a pesar de que me tenías a huevo así que, ¿por qué iba a hacer yo lo mismo? Estamos en paz .

Kennedy me ofrece la mano y aunque al principio dudo, se la estrecho, temblando un poco. Todo esto es rarísimo.

—¿Qué te parece si nos sentamos un poquito en el porche? —propone—. Sé que es tu lugar sagrado con Minnie, pero ¿ me aceptáis en vuestro círculo?

Primero Violet es simpática y ahora Kennedy quiere charlar conmigo. ¿Qué es esto? ¿Un sueño retorcido? ¿Irá con segundas o las cosas estarán cambiando de verdad?

—No hay ningún círculo, el porche es de todas.

Kennedy sonríe de medio lado y se sienta en una postura excesivamente relajada: con las piernas separadas y los brazos acomodados por detrás de la nuca.

Está claro quién está en control de la situación aquí.

Yo, por el contrario, soy un manojo de nervios lleno de curiosidad.

Me siento con cuidado, con las rodillas juntas y estoy a punto de preguntarle qué quiere sacar de todo esto cuando se adelanta:

—¿Es por eso que te apuntaste a guitarra en lugar de a ballet? —ataca—. Al principio pensé que era por tu necesidad de encajar, pero resulta que era todo por ese chico.

«Al menos no lo ha llamado punk . Eso ya es todo un adelanto » .

—Quizá —le contesto sin querer darle explicaciones; todavía no me siento cómoda con esta extraña conversación.

—¿Te hace sentir bien? —pregunta entonces, directa al grano. Kennedy sí parece sentirse de lo más cómoda, de hecho, diría que hasta lo está disfrutando.

—Mejor que nunca —confieso, contagiándome en cierto modo de esa energía que ella irradia.

No parece que Kennedy tenga malas intenciones y espero no arrepentirme de esto.

—Si es así, ¡ adelante! —me anima—. Aunque, como alguien me dijo una vez: no dejes de ser fiel a ti misma por ello, ¿vale?

—Apenas parpadeo al reconocer mis palabras en las suyas—.

En fin, ha sido un placer haberlo aclarado.

Ahora creo que iré a darme una ducha y te sugiero que hagas lo mismo: ¡tienes el pelo hecho un asco, tía!

Me llevo las manos a la cabeza: una ducha suena razonable. Pero antes de que pueda añadir nada más, Kennedy ya se dirige con paso firme hacia la cabaña para hacerse con su bolsa de aseo. Yo la imito, intentando hacer el mínimo ruido posible para no despertar a nuestras compañeras.

«¿Eso es todo?», me pregunto a mí misma cuando nos dirigimos hacia la zona de los baños en silencio.

En el fondo, creo que sigo esperando que Lia resuelva mis dudas, pero su voz sigue sin dar señales de vida. Así que no me queda más remedio que buscar soluciones yo sola.

Reflexiono bajo el chorro de agua de la ducha: Kennedy me ha pillado, me ha acorralado, me ha interrogado y…

¿ya está? No le ha dado ni la más mínima importancia , no se ha reído de mí, no me ha amenazado.

Si alguien me hubiera contado hace unos días que esto iba a desarrollarse así, lo habría acusado de loco y, sin embargo, así es como ha acabado siendo.

Sencillo, natural, sin puntillas, reproches o revanchas.

Por primera vez, creo que lo que consideré anoche como una posibilidad es ahora una certeza: he hecho amigas en White Yarrow.

—Deja que te ayude —se ofrece Kennedy cuando pongo un pie fuera de la ducha, como si contestara a una pregunta que no he formulado en voz alta.

—¿Qué llevas ahí? —pregunto al ver su enorme bolsa de aseo.

—Tú déjame a mí —responde sin perder un ápice de esa seguridad que l a invade hoy y que conforma su esencia, aunque a veces se le olvide.

Kennedy insiste en arreglarme el pelo; me hace algunas ondas naturales con un rizador de pelo diminuto para luego aplicarme una ligera capa de maquillaje.

—Pero ¡ si hoy solo tenemos talleres! —replico.

—Tranquila. Es crema solar de protección alta con color; te irá bien.

—¿Para un taller? —insisto.

Entiendo que normalmente son al aire libre y la crema solar es imprescindible, pero no veo la necesidad de ese fondo de color.

— ¡ Obvio! Quién sabe si el taller de hoy estará impartido por tu chico. —Sonríe como si fuera lógico y yo corta de entendederas.

—Aunque así fuera, no vamos actuar diferente a como lo hemos hecho hasta ahora en público —la aviso—. Nadie debe saber que estamos juntos, ¿entiendes? Nos meteríamos en un lío, ¡ júrame que no se lo dirás a nadie!

—Ya te he dicho que no, pesada. ¿Es que acaso no confías en mí o qué? —Kennedy termina de darme los últimos retoques y sonríe—. Mira qué guapa estás. Aunque no te lo creas demasiado, ¿eh?

Observo mi reflejo en el espejo. La Cece que hay ahí sonríe y le brillan los ojos. «Está bien», pienso. «Voy a confiar en ellas dos».

Y sigo pensando igual cuando volvemos a la cabaña. Nos hemos retrasado tanto que Violet y Minnie están ya despiertas y listas para ir a desayunar.

—¿De dónde salís vosotras dos? —pregunta Violet.

No sé qué decir, pero, por suerte y para mi sorpresa, Kennedy contesta por las dos:

—Cece y yo venimos de fitness. — «¡Bomba va!» —. Sí, me encanta salir a correr, y la verdad es que lo llevo haciendo todo el verano —reconoce sin pelos en la lengua—. Soy la chica deportista, ya sabes, como Mel C. de las Spice Girls.

Se hace el silencio en la cabaña.

Miro primero a Kennedy y luego a Violet, que tiene las cejas muy juntas y parece que está a punto de decir algo, solo que Kennedy se adelanta:

—Es una sensación liberadora: cuando corro no pienso en el qué dirán, me siento yo misma, en un espacio seguro donde no tengo que dar explicaciones a nadie.

Me pasa lo mismo cuando voy al gimnasio —dice a toda velocidad—.

¿Has visto que músculo se me está haciendo?

—se señala el bíceps con la mano—. Y lo siento mucho, Violet, porque llevo todo el verano cagada de miedo por si todo esto te parecía mal, porque sé que no encaja mucho con la imagen que esperas de mí, pero es que yo no soy animadora y… —Las palabras mueren en su garganta.

Violet sigue en silencio y yo me miro los pies, pensando en lo mucho que me sigue aterrando el qué dirán.

Parece que Kennedy está dispuesta a ser fiel a sí misma, pero ¿y yo?

Todo el tema del ballet me provoca un nudo en el estómago que quizá pueda desenredar si lo retomo.

Después de todo, en mi otra vida era profesora de ballet ¿no?

¿O asistía yo a clases de ballet? Ahora mismo estoy confundida.

—Di algo, tía —insiste Kennedy.

—¿Enhorabuena? —Violet se encoge de hombros—. Mira que te flipa el drama, Ken. ¿Te gusta salir a correr, aunque no te persiga nadie? Pues vale. ¿Y te crees que no me he dado cuenta de que te has puesto cañón? Esos músculos no se consiguen tan solo escalando.

—Pero…

—¿Pensabas que iba a dejar de ser tu amiga? —Violet sonríe—. Me da igual lo que hagas con tu tiempo libre, mientras uses desodorante. Y sí, también me he dado cuenta de que no te hace mucha gracia cuando te maquillo. Tú te lo pierdes.

Ahora el silencio salta a las demás. Minnie, a mi lado, parece que ha dejado de respirar.

—¿Y ya está? —pregunta Kennedy, tan alucinada como nosotras.

—¿Qué querías? ¿Una performance ? ¡Vámonos a desayunar, que me muero de hambre!

—Y dicho eso, Violet se acerca a la puerta.

Nosotras nos quedamos muy juntas, observándola como si acabara de hablar en una lengua alienígena—.

¡Venga, Spice Girls! ¿Qué hacéis ahí paradas todavía?

¡Que nos quitar á n la mesa de fuera! Y, además, ya sabéis que los desayunos de los domingos son siempre especiales.

Alguien me dijo que hoy habrá donuts, tengo que verlo para creerlo.

—¡Uf, paso, gracias! Creo que anoche ya comí bastante dulce —reconozco.

—Por cierto, bonitos tirabuzones, Emma. Te quedan bien —asegura Violet relacionándome con la Baby Spice , siguiendo el juego—. Pero no te preocupes, seguro que aquí nuestra Sporty Spice estará encantada de prepararte un buen desayuno saludable, si eso es lo que quieres. ¿A que sí, Ken?

—¡Por supuesto! Y si quieres también os puedo ayudar a vosotras —contesta Kennedy.

—¡Déjalo! Aquí mi…. no s é qu é apodo ponerte, Minnie, ¿te gusta alguna Spice Girl? —pregunta Violet.

—Mmm, en realidad mi favorita es Mel B —reconoce Minnie poniéndose roja como un tomate maduro.

—¡Vaya! Tienes un lado salvaje. ¡Me encanta! En fin, como iba diciendo, Mel B y yo pasamos de comer alfalfa, bastante tengo con ver esa comida de cobayas que Savannah se pone cada día en el plato.

—¡Violet! —exclama Minnie.

—¿Qué? ¿Acaso he dicho algo malo? —Violet nos mira a todas, extra ñada.

—¿Qué tal si dejamos de prejuzgar a la gente? —sugiere Kennedy—. Ibas bien hasta ahora.

—De acuerdooo —reconoce Violet alargando la última sílaba—, tenéis razón. A lo mejor les debo una disculpa a esas dos por lo que les dije en el juego de la soga. ¿Podemos irnos a desayunar ya, por favor? —suplica.

—Solo si nos cuentas quién es tu Spice Girl favorita, Violet —digo.

—¡Victoria, por supuesto! Me ofende que me hagas esa pregunta.

«La rosa no dejaría de ser rosa, y de esparcir su aroma, aunque se llamase de otro modo».