CAPÍTULO 24 #3
—No te preocupes, opino igual. Se nos ha ido la pinza, ¿eh? Échale la culpa al influjo de la luna —bromeo y de repente el ambiente se relaja y Devon, aliviado, sonríe.
Durante estos últimos días, e incluso hasta hace unos minutos, oía un reloj marcando cada segundo ruidosamente en mi cabeza, advirtiéndome de que el tiempo pasaba, de que mi misión llegaba a su fin y que debía darme prisa, pero, después de esto, comprendo lo equivocada que estaba.
Devon tiene razón: lo bueno se hace esperar.
Yo ya he sembrado mi semilla aquí, he cumplido con mi parte, ahora solo queda esperar a que brote.
Confiar en que lo hará. Debo disfrutar de lo que me queda en este tiempo sin más expectativas que vivir el momento y, en cuanto al resto, ya lo iremos viendo por el camino.
—¿Te apetece un snack bajo las estrellas? He traído un pequeño tentempié —me invita Devon.
—¡Madre mía! Pero ¿ qué clase de mochila es esa? ¡Parece el bolso de Mary Poppins!
—¿Todavía no has aprendido a preparar una buena mochila antes de salir a la naturaleza? ¿Qué os enseña Paul?
—Mmm, prefiero no responder.
—De acuerdo. A ver… —Devon empieza a rebuscar—. ¿Qué prefieres? ¿ Annie’s Cheddar Bunnies o una Nature Valley ?
—¿Unas galletitas saladas orgánicas en forma de conejito o una barrita de granola? ¿En serio?
—Bueno, ¿qué esperabas? Debemos promover una alimentación sana entre nuestras campistas.
—Ya, pues igual deberíais esforzaros más. ¿Ese paquete rojo que asoma por ahí no son regalices?
—¡Me has pillado! ¿ Twizzlers entonces?
—¡Ni lo dudes! —exclamo, haciéndome con la caja.
Puede que en algún momento me arrepienta de la cantidad de guarrerías que estoy comiendo esta noche, después de la celebración con las chicas, pero es que siguen apeteciéndome dulces.
Unos minutos después, estoy devorando esas tiras de cereza ácida cuyo sabor casi había olvidado mientras Devon me ilustra sobre el manto de estrellas que brillan en el cielo despejado; jamás había visto tantas juntas.
—¿Sabes que podrías estar viviendo en el pasado ahora mismo? —me pregunta y de repente el dulzor del azúcar me sabe amargo y aparto el paquete. Devon lo interpreta como que se las ofrezco y las rechaza—. No gracias, todas para ti.
—¿Seguro? Están mucho más buenas que esas galletitas cutres que estás picando —digo, intentando desviar el tema.
Devon se lleva un puñado de conejitos salados a la boca, como para indicarme que no tengo razón, y a continuación, y para mi desgracia, retoma la conversación:
—Ahora mismo podríamos estar viviendo en el pasado porque la luz de las estrellas tarda miles de años en llegar a nosotros, así que es muy posible que algunas de ellas ya hayan desaparecido en realidad.
—¡Ah! ¡Qué curioso! —suspiro aliviada.
Solo ha sido una falsa alarma. Mientras mis pulsaciones vuelven a su ritmo habitual, me recuerdo que debo relajarme y vivir el momento.
Me concentro en eso durante un buen rato, escuchando a Devon y asombrándome como una niña pequeña de todo lo que sabe, hasta que no puedo contener un gran bostezo y nos vamos a dormir.
—Descansa —me desea depositándome un tierno beso en la sien cuando ambos nos apretujamos en el interior de la tienda, bajo el saco de dor mir.
Aspirar su aroma y notar su calor me hace sentir reconfortada, en mi refugio, y no me refiero solo a la tienda de campaña. De repente, los parpados me pesan y, cuando por fin me quedo dormida, lo hago con una sonrisa en la boca. Esto es suficiente, lo que tenemos lo es, no necesito más por ahora.
Cuando, unas pocas horas después, las primeras luces del amanecer penetran a través de la lona de la tienda, me despierto descolocada.
Por un segundo no sé dónde estoy y entonces noto una presencia a mi lado.
Devon duerme con la cabeza prácticamente pegada a la mía, tanto que siento su respiración: inhala despacio, con esa paz que solo traen los sueños.
Parte de su melena le oculta la mitad del rostro, la otra mitad se ilumina tímidamente con los primeros rayos de sol que se abren paso entre la tela de la tienda.
Parece un ángel bajado a la Tierra y no puedo evitar apartarle un mechón de pelo.
—¿Eh? —Es lo primero que dice cuando se despierta.
Parece confuso durante un instante, y luego se convierte en un torbellino de juramentos que me hace dar un bote—.
¡ Mierda! ¡Mierda! ¡Cece! ¡Ya es de día!
Es muy tarde, tengo que llevarte de vuelta al campamento antes de que noten tu ausencia o nos la vamos a jugar. ¡Mierda!
Recogemos todo a la velocidad del rayo y casi volamos de vuelta al campamento, sin detenernos a disfrutar del despertar mágico del bosque. Alcanzamos la meta a las siete menos diez, escasos minutos antes de que empiece la actividad de fitness opcional.
Devon se despide de mí en la puerta de nuestra cabaña con un beso fugaz y desaparece de inmediato, pero yo todavía necesito unos segundos para recuperar el aliento y asimilar todo lo que ha pasado.
—Vaya, vaya, ¡buenos días! Aunque, por lo que veo, los tuyos son realmente buenos.