Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

—Los preliminares son importantes —dice—.

Montar el campamento es la prioridad ahora, construir nuestro refugio —me recuerda, sonriendo más ampliamente al tiempo que deposita la pesada mochila en el suelo.

De ella extrae un farolillo y lo pone en marcha, alumbrando mejor el claro.

A continuación, saca la tela de la tienda y otras piezas metálicas.

No me queda otro remedio que recomponerme e intentar echar una mano. Quizá así acabaremos más rápido.

Tomo unas cuantas piezas al azar.

—¿Acaso has montado una tienda de campaña alguna vez? —me pregunta al verme juguetear con esos cacharros, intentando averiguar dónde se colocan.

—Mmm, creo que no —admito.

—Ya me parecía… Venga, sigue mis instrucciones. Será un ensayo estupendo para la semana que viene.

—¿Hablas de algún otro tipo de actividad grupal? —pregunto horrorizada. Después de las últimas sorpresas, ya me temo lo peor.

—¡Exacto! Es la tradición durante la última semana de campamento —sonríe—, y una buena práctica para lo que hemos aprendido en Supervivencia y naturaleza. Serán dos días de acampada a la intemperie llenos de actividades. Lo pasaremos bien.

Trago saliva. No sé qué me asusta más: lo de «la última semana de campamento» o lo de «serán dos días de acampada a la intemperie» .

«De acuerdo, eso será problema de la Cece del futuro», intento razonar para anclarme al momento presente.

—Detrás del uno va el dos —indica Devon, como si hubiera seguido mi hilo de pensamiento—. Empezaremos clavando las piquetas. Son esas piezas metálicas de ahí. Con ellas sujetaremos la lona al suelo.

Trabajamos juntos durante algunos minutos y, antes de lo que me imaginaba, nuestra tienda está lista. No ha sido tan complicado, después de todo. Mientras Devon acaba de hinchar una colchoneta y la mete dentro de la tienda, yo evalúo nuestro refugio desde fuera, indecisa.

—¡Vamos, chica de ciudad! —me incita asomándose por la entrada de la tienda—. Sé que no es una cama con dosel, pero te aseguro que es có moda, y te prometo que no nos va a atacar ninguna criatura salvaje.

—Puede que sea una chica de ciudad, pero nunca he dormido en una cama con dosel; no soy tan pija —me defiendo. Aunque, en realidad, en la mansión de Los Hamptons de la abuela sí hay una de esas, pero él no lo sabe y no pienso confesarlo.

—¿Seguro? ¿Dónde te has dejado el móvil? ¿Ya te has cansado de buscar cobertura? —me vacila, recordándome nuestro primer encuentro.

De pronto parece que hayamos retrocedido un montón de casillas en nuestra relación, así que no puedo evitar entrar en el juego. Solo que esta vez hay algo distinto, una complicidad tonta que me hace sonreír.

—¿Y tú? ¿Dónde te has dejado tu skate , punk ? Ah y ten cuidado con esa melena que llevas, es posible que sí haya bichos que se sientan atraídos por ella esta noche: ¡los piojos!

—¿Quieres guerra? Muy bien, pues la vas a tener.

De un salto, Devon sale de la tienda, me agarra por la cintura y me lanza sobre sus hombros, como si fuera un saco.

—¡Oye, suéltame! —grito, golpeándole la espalda con los puños—. ¡Cómo se te ocurra tirarme al río es lo último que vas a hacer en tu vida, te lo juro!

Devon se carcajea, pero no me suelta. Para mi alivio, no me lanza a las gélidas aguas de la poza, sino que me mete en la tienda de campaña y me tumba sobre el saco de dormir, que ha dispuesto sobre la colchoneta.

Sin mediar palabra, empieza a cubrirme el cuerpo de besos, empezando por la frente y siguiendo en sentido descendente.

No tarda en alcanzar mi cuello de nuevo y esta vez no reprimo el gemido.

Devon responde al sonido abalanzándose sobre mi boca, con urgencia, con desesperación.

Yo la abro y encuentro su lengua nerviosa y expectante.

Es como si nuestras emociones se entrelazaran, marcadas por la certeza de que el tiempo se nos acaba, de que quizá no tengamos otra oportunidad para esto.

Le paso los dedos por el pelo y le atrapo el labio inferior con los dientes mientras él suelta un gruñido sorprendido , recordándome más que nunca a un animal salvaje, salvo que a este no le tengo miedo.

En un segundo, me quita la sudadera y desliza las manos por mi torso, como si la camiseta del pijama (bajo la cual no llevo ropa interior) no existiera.

En respuesta, arqueo la espalda y profundizo el beso, jugando a entrelazar nuestras lenguas mientras Devon me acaricia el cuello con los dedos y el pecho después, despertando un ruido en mi garganta que me sobresalta.

Es entonces cuando lo siento: un bulto presionándome el muslo, justo debajo de la cinturilla de mi fino pantalón de raso, y la sangre me regresa al cerebro.

Abro los ojos de par en par y me detengo por un segundo, no porque quiera parar, sino porque una pequeña vocecita, que sigo sin escuchar, pero cuyo eco todavía resuena en mí, me advierte de que esto quizá no sea una buena idea después de todo.

Parece que Devon también la ha escuchado, porque aparta la mano que todavía quedaba bajo mi camiseta y me acaricia con ella la mejilla, donde deposita un dulce beso final en la comisura de mis labios antes de retirarse y sentarse enfrente de mí, manteniendo una distancia prudencial.

Por unos segundos, ninguno decimos nada, concentrados en recuperar el aliento… y la cordura.

—Cece, yo no quería… —baja la voz—. Lo siento.

—No tienes nada por lo que disculparte.

Devon malinterpreta mi tono.

—En realidad yo sí quería, y quiero, pero no creo que este sea… el momento. Es… pronto, ¿no?

El fuego de mi interior se apaga. Por mucha rabia que me dé que se haya roto el momento, reconozco que he sido yo la que ha echado el ancla.

De alguna manera, entiendo a lo que se refiere Devon: no es el momento ni el lugar.

Él sigue siendo mi monitor y yo una campista.

Sería diferente si los dos nos hubiéramos conocido en el instituto o en algún café.

Pero aqu í, en White Yarrow, hay unas normas que dicen que e sto no está bien, por muchas ganas que tengamos.

—Lo que quiero decir es que… —Devon vuelve a intentarlo—. A lo mejor de aquí un tiempo… Ya sabes, lo bueno se hace esperar —resume guiñándome un ojo, intentando rebajar la tensión.